Había una vez una niña que se llamaba Lila. Lila tenía cuatro años. Lila era curiosa. Lila era valiente y dulce. Le gustaba jugar y explorar. Le gustaba mirar la luna.
Una tarde, en la cocina, la galleta de la tarde no estaba donde siempre. Lila abrió la caja. La caja estaba casi vacía. Lila frunció el ceño. "¿Dónde están las galletas?" preguntó.
Su oso, Pompón, le miró con ojos de tela. Su amigo Tomás, el vecino, tocó la puerta. "¿Huele a galleta?" dijo Tomás con una sonrisa. Lila sonrió también. Era el comienzo de una pequeña investigación.
Lila siguió la pista. Miró la mesa. Miró la silla. Miró la caja. No había galletas. Miró al perro, Nube. Nube meneó la cola. Nube tenía migas en el bigote. Lila señaló las migas. "¡Migas!", dijo. Tomás señaló con el dedo. "Sí. Mira las migas."
Lila se sentó en el suelo. Puso sus lupas imaginarias. "Lupa, lupa", dijo en voz baja. A Lila le gustaba decir "lupa". Ayudaba a pensar. Ella dijo: "Vamos a buscar pistas." Tomás dijo: "Yo busco por la sala." Nube corrió con alegría. Pompón guardó silencio y miró la ventana.
Lila miró por la ventana. Afuera el cielo era azul claro. La luna ya asomaba, blanca y redonda. Lila la miró y sonrió. "La luna nos mira", dijo. Mirar la luna la calmó. Mirar la luna la hizo tener una idea. "La luna sabe", susurró. Los tres rieron.
Buscaron juntos. Miraron las migas. Había más migas en la alfombra. Había migas en la puerta. Había una miguita en la maceta. Lila tocó la miguita con su dedo. "Huele a vainilla", dijo. "Sí", dijo Tomás. "A vainilla y chocolate."
Lila puso sus manos en la barbilla. Pensó en quién podría gustar de las galletas. Pensó en Nube. Miró al gato de la vecina, Miso, que pasaba por la ventana. Miso se lamió la patita. "Miso tiene chocolate en la pata", dijo Tomás. Miso saltó y se fue. Lila miró la huella en el suelo. Era pequeña y redonda. "Huella de pata", dijo.
Entonces Lila tuvo una idea lista. Llamó a mamá. Mamá llegó y sonrió. "Equipo", dijo mamá. "Equipo de investigación." Mamá repartió linternas de juguete. "Uno, dos, tres. Equipo listo", dijo Lila. Todos estaban contentos.
Siguieron la senda de migas por el pasillo. Llegaron al jardín. Allí, sobre la casita de pájaros, estaba la caja pequeña de galletas. ¡Abierta! Encima, un sombrerito de papel. Y al lado, pequeñas huellas de dedos de barro. "¡Ah!" exclamó Lila. "Alguien tocó con manos sucias."
Miraron hacia el árbol. Allí estaba el hermano pequeño, Nico, con un bigote de chocolate y una sonrisa tímida. "Yo quería una", dijo Nico bajito. "Pero no quería molestar." Lila se acercó. Le dio un abrazo. "¡Equipo!" dijo ella. Todos rieron.
Lila contó las galletas que quedaban. Suficientes para compartir. Mamá trajo leche. Lila miró la luna otra vez. La luna parecía feliz. "Gracias, luna", dijo Lila. Nico prometió ayudar a cerrar la caja la próxima vez. Nube lamió la mano de Nico. Miso asomó la cabeza desde la ventana. Pompón se sentó en el regazo de Lila.
La investigación terminó. Todos trabajaron juntos. Todos se ayudaron. Lila aprendió que preguntar y mirar con calma ayuda mucho. Lila aprendió que el equipo encuentra la verdad. Y la noche cayó suave. La luna brilló. Lila se durmió contenta, con un cuento y una galleta.