Parte 1: Paseo por la ciudad brillante
En la ciudad del futuro, todo era grande y bonito. Los edificios eran altos y en sus techos crecían muchos jardines verdes y flores de todos los colores. Había puentes en el aire, puentes largos como serpientes, que unían los tejados-jardín. El cielo estaba lleno de luz y los coches volaban muy despacio, como mariposas suaves.
Sara, Lucía y Emma vivían en esta ciudad. Tenían cuatro años y eran amigas. Les gustaba caminar por los puentes con sus zapatillas que hacían “clac-clac” en el suelo transparente. Las niñas miraban hacia abajo y veían los árboles y los caminos donde jugaban los niños pequeños.
Una mañana, el sol brillaba fuerte. Sara dijo: “Vamos a buscar flores nuevas para mamá”. Lucía sonrió y contestó: “Sí, y podemos ver si hay frutas en el jardín de arriba”. Emma aplaudió y gritó: “¡Vamos, vamos!”
Las tres subieron por un ascensor redondo, que tenía luces azules y decía: “Arriba, arriba”. Cuando salieron, olía a hierba y a fresas frescas. Los pájaros cantaban en los árboles. Las niñas rieron y corrieron entre las plantas.
Parte 2: El pequeño descubrimiento
Mientras buscaban flores, Sara escuchó un ruido. Era un “clic-clic, clic-clic”. Se detuvo y miró debajo de un arbusto. Allí, entre las hojas, había algo muy curioso: un animalito de metal, pequeño y brillante. Tenía cola de espiral y ojos que parpadeaban. Parecía un robot, pero también un animal.
Lucía se acercó y preguntó: “¿Es un ratón?” Emma miró y dijo: “No, tiene cola larga… ¡Es un robot-ardilla!”
La robot-ardilla llevaba un pequeño cubo en la espalda. Con sus manitas recogía cosas del suelo: palitos, hojas, una pala de juguete y un cepillo pequeño. Colocaba todo en su cubo y luego se iba a otra parte, siempre ordenando.
Sara se agachó y susurró: “Hola, robot-ardilla. ¿Qué haces?” El robot movió su cola y dijo con una vocecita suave: “Hola, niñas. Soy Risi, el robot-ardilla. Yo ayudo a mantener el jardín limpio y ordenado. Recogo herramientas y las pongo en su sitio.”
Emma aplaudió otra vez. “¡Qué bonito eres, Risi!” Lucía sonrió: “¿Podemos ayudarte?” Risi parpadeó contento. “¡Sí, por favor! Jugar y ayudar es divertido.”
Parte 3: Jugar y ordenar juntos
Las niñas siguieron a Risi por el jardín. Encontraron una regadera roja, una pala azul y una pequeña manguera. Sara recogió la regadera y preguntó: “¿Dónde la ponemos?” Risi señaló una caja amarilla con una etiqueta de gotitas. “Aquí van las regaderas.”
Lucía encontró la pala azul y la puso en una caja con una flor dibujada. Emma enrolló la manguera y la dejó junto a las otras. Cada vez que ponían algo en su sitio, Risi hacía un sonido alegre: “¡Bip, bip, bien hecho!”
Mientras ayudaban, las niñas hablaban con Risi. Le preguntaron si tenía amigos. Risi dijo: “Sí, hay más robots como yo. Unos ayudan a regar, otros a plantar, y otros a cantar canciones para las plantas.” Lucía rió: “¡Me gustaría escuchar una canción!” Risi cantó una melodía suave sobre el sol y las flores. Las niñas cantaron con él y dieron vueltas entre los árboles.
Cuando terminaron de ordenar, el jardín estaba bonito y limpio. Sara se sentó en la hierba y suspiró: “Me gusta este lugar.” Emma acarició la cabeza de Risi. “Eres nuestro amigo.” Risi movió su cola de espiral y dijo: “Siempre estaré aquí para jugar y ayudar.”
Parte 4: Una despedida feliz
El sol empezó a bajar. Era hora de volver a casa. Las niñas se despidieron de Risi. Lucía le dio una flor pequeña. “Para ti, Risi.” El robot la guardó en su cubo y dijo: “Gracias, amigas. Vuelvan pronto.”
Las niñas bajaron por el ascensor. Saludaron a los pájaros y miraron cómo las luces se encendían en los puentes del cielo. Sus mamás las esperaban con abrazos grandes.
Esa noche, Sara, Lucía y Emma soñaron con jardines altos, puentes mágicos y un pequeño robot-ardilla que siempre las esperaba con una sonrisa y una canción.
Y así, en la gran ciudad del futuro, todo era posible si se ayudaban y cuidaban juntos.