Parte 1: Nariz de lobo, día de fiesta
En la casita del bosque, el lobito Leo abrió los ojos y olió el aire. Olía a pan dulce, a globos nuevos y a algo más… ¡a cumpleaños!
“Hoy cumplo años”, dijo Leo, y su cola hizo pum-pum contra la cama.
En la cocina, mamá loba batía una crema blanca. Papá lobo pegaba una guirnalda que decía “¡LEO!” y se le quedaba pegada en la oreja.
“¡Mira, soy una bandera!”, bromeó.
Leo se rió con una risa chiquita: “¡Bandera-oreja!”
La abuela loba llegó con una caja.
“Dentro hay una sorpresa suave”, dijo, guiñando un ojo.
Leo quiso abrirla ya, ya, ya.
“Primero escuchamos”, le recordó mamá, con voz dulce. “Hoy vamos a practicar orejas atentas.”
Leo tocó sus orejas. “Orejas… ¡atentas!”
Mamá dijo: “Necesitamos preparar una estación de fotos para la fiesta.”
Papá añadió: “Y luego haremos un álbum de recuerdos.”
Leo saltó: “¡Yo puedo! Soy lobo, pero también fotógrafo… casi.”
Pusieron una sábana amarilla como fondo. Leo colocó una mesa baja con pegatinas, un marcador grueso y una cámara sencilla que hacía “clic” como un beso.
Abuela trajo disfraces: un sombrero de sandía, gafas con estrellas y una pajarita que parecía una mariposa.
Leo se probó las gafas. “Veo… ¡extra brillante!”
De pronto, el fondo amarillo se cayó: plof.
Leo abrió mucho los ojos.
“No pasa nada”, dijo papá. “Respira conmigo. Uno… dos…”
Leo respiró. Uno… dos…
Mamá puso cinta nueva y la sábana quedó firme, firme.
Leo sonrió: “La estación de fotos no se asusta. Yo tampoco.”
Parte 2: Clic, clic… y orejas que escuchan
Llegaron los amigos: Conejita Lila con una corona de papel, Oso Bruno con un globo redondo, y Pajarito Pío con una bolsita de confeti.
“¡Feliz cumpleaños, Leo!”, cantaron.
Leo se infló de alegría, como globo feliz.
“Primero, fotos”, anunció Leo, muy importante. Se puso un delantal que decía “Director de Clics”.
“Yo quiero el sombrero de sandía”, dijo Lila.
“Yo quiero las gafas de estrellas”, dijo Bruno.
“Yo quiero todo”, dijo Pío, porque Pío era así.
Leo miró los disfraces. Solo había un par de gafas.
Por un momento, Leo pensó: “Son mis gafas de cumple”.
Pero se acordó: orejas atentas.
“Escucho, escucho”, dijo Leo, poniendo una pata detrás de la oreja, como si fuera una antena.
Lila susurró: “A mí me gusta sentirme grande.”
Bruno dijo: “A mí me gusta brillar.”
Pío dijo: “A mí me gusta… ¡hacer cosquillas de risa!”
Leo tuvo una idea.
“¡Turnos! Primero Lila con el sombrero. Luego Bruno con las gafas. Y Pío… tú puedes usar la pajarita-mariposa y hacer una cara graciosa.”
Pío hizo una cara tan graciosa que la cámara casi se rió: “clic”.
Hicieron muchas fotos.
Una con todos saltando.
Otra con papá lobo con la guirnalda en la oreja otra vez. “¡Bandera-oreja vuelve!”
Otra con mamá loba soplando burbujas de jabón.
Y una muy seria… que duró poco, porque Bruno estornudó: “¡achís!” y el confeti salió volando. “¡Nevó colores!”, gritó Leo.
Después de cada foto, Leo pegaba una pegatina en una hoja grande.
“Esta página dice ‘Risas'”, explicó.
“Esta dice ‘Abrazos'.”
“Y esta dice ‘Ups… pero todo bien'.”
En la mesa, el pastel esperaba, redondo y tranquilo, con velas como pequeñas luciérnagas.
Leo olió. “Huele a abrazo comestible.”
Parte 3: Sorpresas suaves y un álbum para mañana
Antes de soplar las velas, abuela sacó la caja misteriosa.
“Ahora sí”, dijo.
Dentro había un álbum con tapas azules y un bolsillo para fotos.
En la portada, un dibujo: un lobito con una cámara y una sonrisa enorme.
Leo se quedó quieto, como si su corazón dijera “clic” también.
“¿Es para mí?”, preguntó bajito.
“Para ti y para tus recuerdos”, dijo abuela.
Mamá acercó las primeras fotos impresas. Papá trajo un lápiz.
“Podemos escribir debajo”, dijo papá. “Frases cortas.”
Leo leyó despacio, con el dedo: “Aquí… reímos.”
“Y aquí… compartimos.”
Lila sugirió: “Aquí… escuchamos.”
Leo asintió. “Sí. Escuchamos con orejas y con corazón.”
Llegó el momento de las velas.
Todos cantaron otra vez, suave y alegre.
Leo sopló: fuuu.
Las luces se apagaron y la sala quedó con brillo de guirnaldas. Nada daba miedo. Era como una noche chiquita, amable.
“¡Bravo!”, dijeron todos.
Comieron pastel. Se mancharon un poco. Se limpiaron mucho.
Bruno dijo con la boca llena: “Tu estación de fotos es genial.”
Pío dijo: “Tu pajarita-mariposa me hizo cosquillas.”
Lila dijo: “Gracias por esperar tu turno conmigo.”
Cuando la fiesta terminó, nadie se fue triste. Solo cansados de tanto reír.
Leo se metió en la cama con el álbum a su lado.
Pasó una página. Vio la foto del “bandera-oreja”.
“Buenas noches, recuerdos”, susurró.
Y el bosque, contento, parecía decir: “clic… clic… descanso.”