Parte 1: Un pasillo con cosquillas
Hoy era un día redondo y brillante: ¡era el cumpleaños de Lila la conejita!
Lila abrió los ojos y dijo en voz bajita: “¡Cumple, cumple, cumple…!” Lo repitió tres veces, porque así el día empezaba suave, como una manta.
En la cocina, la mamá coneja removía una olla que olía a zanahoria dulce. En la ventana, el papá conejo colgaba banderitas de papel: una azul, una roja, una amarilla.
“¿Puedo ayudar?”, preguntó Lila, saltando despacito para no hacer ruido… aunque sus orejas ya bailaban solas.
“Claro”, dijo mamá. “Tú eres mi ayudante especial”.
Lila recibió una misión importante: llevar servilletas al salón. Eran servilletas con puntitos, como si alguien hubiera estornudado confeti. Lila caminó por el pasillo… y de pronto tuvo una idea.
Miró el suelo liso del pasillo. Miró sus patitas. Miró una cinta brillante que había en una caja.
“¡Lo sé! ¡Lo sé!”, canturreó. “¡Voy a hacer una pista de baile!”
Con cuidado, pegó la cinta en el suelo, haciendo una línea larga. Luego puso otra línea al lado, y otra más. Parecía un camino de luz.
“Este pasillo tiene cosquillas”, dijo Lila, y se rió sola. “¡Quiere bailar!”
En ese momento llegó Tino el topo, con un gorrito torcido.
“Hola, Lila. Traigo… mmm… una sorpresa”, dijo, escondiendo algo detrás de su espalda.
“¡Hoy es día de sorpresas!”, dijo Lila. “Pero primero: mira el pasillo. ¡Pista de baile!”
Tino abrió mucho los ojos, como dos botones.
“Yo sé bailar con los pies… y también con la nariz”, dijo, moviendo su nariz de topo. “¡Pip-pip!”
Lila se rió. “Perfecto. Hoy todos pueden bailar como quieran.”
Parte 2: La farandola de los amigos
Uno por uno, fueron llegando más amigos.
Rita la ratita apareció con una cajita. “Es para ti”, dijo, y la cajita sonó: clinc-clinc.
Bruno el osito llegó con globos que casi se le escapaban. “Estos globos tienen hambre de techo”, explicó muy serio.
Nora la nutria trajo cucharas de colores. “Para la ensalada de frutas”, dijo. “Y para hacer música: tin-tin.”
También vino Kiko el loro. “¡Felizcumpleañosfelizcumpleaños!”, dijo de corrido, sin respirar. Luego respiró. “Uf.”
Lila los miró a todos y señaló el pasillo.
“Amigos, hoy el pasillo es un río de baile. Yo voy delante y hacemos una farandola. ¿Listos?”
“¿Qué es farandola?”, preguntó Bruno, rascándose la panza.
“Es como un tren”, explicó Lila. “Pero un tren de risas. Uno detrás del otro. Y si alguien quiere ir diferente, ¡también vale!”
Rita levantó una pata. “Yo quiero ir de lado.”
“¡De lado!”, dijo Lila.
Tino dijo: “Yo puedo ir bajito, bajito, como un topo.”
“¡Bajito!”, dijo Lila.
Kiko gritó: “¡Yo puedo ir cantando!”
“¡Cantando!”, dijo Lila.
Nora sonrió: “Yo puedo ir haciendo ‘chap-chap' con mis pies, pero suave.”
“¡Suave!”, dijo Lila. “Aquí todos bailamos como nos sale del corazón.”
Se pusieron en fila. Lila al frente. Detrás, Bruno con globos. Luego Rita, luego Tino, luego Nora, y al final Kiko, que iba diciendo: “¡Pío pío pío, esto es un desfile!”
La farandola empezó.
Un paso, dos pasos, vuelta pequeña. Un paso, dos pasos, vuelta pequeña.
Las cintas brillaban. Las patitas sonaban: tap, tap, tap. Las cucharas hacían: tin-tin. El loro decía: “¡Tira-tira!” pero nadie tiraba, solo reían.
De pronto, Bruno se quedó quieto.
“Mis globos… se enredaron”, dijo, con voz de osito preocupado.
Lila paró la farandola al instante. “Tranquilo. Aquí nadie se queda atrás.”
Rita se acercó con sus deditos rápidos. Nora sostuvo las cuerdas. Tino miró desde abajo y dijo: “La cuerda está haciendo un nudo tímido.”
“¡Nudo tímido!”, repitió Kiko.
Entre todos, despacito, soltaron el enredo. Los globos subieron felices otra vez, como si aplaudieran.
“Gracias”, dijo Bruno, y sonrió muy grande.
“De nada”, dijo Lila. “Seguimos. Un paso, dos pasos…”
Parte 3: Una fiesta luminosa
Cuando llegaron al salón, ¡zas! Las luces se encendieron. No eran luces fuertes, eran lucecitas suaves, como luciérnagas amigas.
“¡Sorpresa!”, dijeron mamá y papá conejo.
En la mesa había pastel de zanahoria con una velita. Solo una, para soplarla sin prisa. También había frutas, galletas, y jugo con pajitas.
Lila se puso el gorrito de cumpleaños. Le quedaba un poquito de lado, como si estuviera bailando también.
“Antes de soplar”, dijo mamá coneja, “cada uno puede decir algo bonito de Lila.”
Rita dijo: “Lila comparte.”
Tino dijo: “Lila escucha.”
Nora dijo: “Lila invita a todos a jugar.”
Bruno dijo: “Lila hace reír hasta a los globos.”
Kiko dijo: “Lila es… ¡LILÁSTICA!”, y todos rieron porque no sabían qué era, pero sonaba genial.
Lila sintió el corazón calentito.
“Gracias”, dijo. “Hoy aprendí algo: cuando cada uno baila a su manera, el baile es más grande.”
Sopló la velita: fuuu. La llama se fue con una sonrisa.
Luego volvieron al pasillo, porque el pasillo seguía con cosquillas.
La farandola siguió: un paso, dos pasos, vuelta pequeña. Un paso, dos pasos, vuelta pequeña.
Y cuando ya estaban cansados, se sentaron juntitos con mantas suaves. Afuera, la noche era tranquila.
Lila bostezó. “Mi pasillo está feliz”, murmuró.
“Y nosotros también”, dijo papá conejo.
Lila cerró los ojos, escuchando un último “tin-tin” de las cucharas, un “pip-pip” de la nariz de Tino y un “pío” pequeñito de Kiko.
Todo estaba bien. Todo estaba en su sitio. Y el cumpleaños, redondo y brillante, se quedó con ellos, como una lucecita suave.