Parte 1: La jugadora y la mañana brillante
Lola era una mujer adulta y jugadora de fútbol profesional. Tenía botas suaves, una camiseta con un número grande y una sonrisa tranquila.
Esa tarde había partido. En el estadio se oían palmas: clap, clap, clap.
Antes de salir al campo, Lola hizo su rutina. Estiró brazos, estiró piernas y respiró hondo.
“Así cuido mi cuerpo”, dijo bajito.
También bebió agua. “El agua me ayuda a correr y a pensar”.
En el vestuario, saludó a sus compañeras.
“Hola, equipo”, dijo.
“Hola, Lola”, respondieron.
Lola chocó las manos con todas. Una por una. Con calma.
“En el fútbol profesional jugamos juntas”, explicó. “Y nos cuidamos”.
Llegó la entrenadora.
“Hoy jugamos con alegría”, dijo. “Y con fair-play”.
Lola asintió. “Fair-play es jugar limpio. Sin empujar. Sin enfadarse. Y diciendo ‘bien' cuando alguien lo hace bien”.
Salieron al césped verde. El césped parecía una alfombra. El sol era tibio.
Lola miró las gradas y pensó: “Gracias”.
Gracias a su equipo. Gracias a quien prepara el campo. Gracias a quien lava las camisetas. Gracias a quien anima.
El silbato sonó: piiii.
Y el balón rodó, redondo y feliz.
Parte 2: El balón que se fue y el plan amable
El partido iba suave. Lola corría, pasaba y escuchaba.
“Pasa”, dijo una compañera.
“Voy”, contestó Lola.
Un pase, otro pase. Tap, tap. Como música.
De pronto, un viento juguetón empujó el balón.
El balón rebotó en un pie, luego en otro, y… ¡hop! salió del campo.
Rodó y rodó hasta un rincón, cerca de unas flores y una valla bajita.
Todos se quedaron quietos un momento. No era grave, pero el balón se había ido lejos.
Lola levantó la mano. “Yo lo recupero”, dijo con voz tranquila.
La entrenadora asintió. “Ve con calma. Y con cuidado”.
Una rival, una jugadora del otro equipo, también se acercó. Tenía cara amable.
“Puedo ayudarte”, dijo ella.
“Gracias”, respondió Lola. “Eso es ayudar”.
Lola caminó rápido, pero sin correr demasiado. Miró al suelo para no pisar las flores.
El balón estaba ahí, como un queso redondo, escondido junto a la valla.
Pero la valla tenía una pequeña puerta cerrada.
Lola no se enfadó. “En el fútbol profesional, también esperamos nuestro turno”, dijo.
Miró alrededor y vio a un señor con un chaleco, el encargado del campo.
“Perdón”, dijo Lola con educación. “El balón se fue. ¿Puedes abrir la puerta?”
“Claro”, respondió el señor. Abrió la puerta despacito.
La rival señaló el balón. “Allí está”.
“Sí”, dijo Lola. “Gracias por mirar conmigo”.
Lola se agachó. Tomó el balón con las dos manos. Lo apretó un poquito.
“Te encontré”, susurró, como si el balón fuera un amigo.
De regreso, Lola notó una cosa: una niña pequeña estaba cerca de la banda, con ojos muy abiertos. Tenía una hoja y un lápiz.
La niña dijo: “Me gusta cómo corres”.
Lola sonrió. “Gracias. Para correr así, entreno mucho. Entreno para ser fuerte, para ser rápida y para jugar en equipo”.
“¿Qué haces en un día?” preguntó la niña.
Lola habló simple, como un cuento.
“Primero, entreno. Corro y salto. Luego, practico pases. También descanso. Como fruta, verduras y pan. Bebo agua. Duermo bien. Y escucho a mi equipo y a mi entrenadora”.
La niña hizo una rayita en su hoja. “¡Yo también beberé agua!”
Entonces Lola miró a la rival.
“Gracias por ayudarme”, dijo Lola.
La rival sonrió. “De nada. El balón es de todas en el juego”.
Volvieron al campo. El público aplaudió suave.
El silbato sonó otra vez: piiii.
Y el partido siguió, alegre y limpio.
Parte 3: Un final tranquilo y una composición que se borra
El partido terminó con abrazos y manos chocando. Ganaran o no, Lola se sentía bien. Habían jugado con fair-play.
Lola miró a sus compañeras. “Gracias por pasarme el balón”.
“Gracias por correr”, dijeron ellas.
Lola también fue hacia las rivales. “Buen partido”, dijo.
“Buen partido”, respondieron.
En el vestuario, Lola se sentó y respiró. Se secó el sudor con una toalla.
“Cuidar el cuerpo también es descansar”, dijo.
Antes de irse, Lola vio a la niña otra vez, ahora con su hoja llena de dibujitos.
“Te hice una composición”, dijo la niña. “Es un dibujo de ti con el balón. Y un sol. Y un corazón”.
Lola se agachó para verla mejor.
“Qué bonito”, dijo Lola. “Gracias. Me hace feliz”.
La niña añadió, un poco tímida: “Pero me equivoqué en una línea”.
Lola señaló el lápiz. “No pasa nada. Los errores son parte de aprender”.
La niña sacó una goma de borrar. La frotó suave: frot, frot.
La línea se fue. La composición quedó limpia y tranquila.
“¿Ves?” dijo Lola. “Se puede borrar y volver a intentar”.
La niña sonrió grande. “Gracias, Lola”.
“Gracias a ti”, contestó Lola. “Y gracias al balón, que nos juntó”.
Al salir, el cielo estaba de color azul oscuro, como una manta. Lola caminó despacio hacia casa.
Pensó en el balón recuperado. En la ayuda de la rival. En el señor de la puerta. En su equipo. En la niña y su composición borrada.
Lola se dijo bajito: “Gracias, gracias, gracias”.
Y con ese pensamiento suave, todo quedó en calma, como un último pase que llega bien.