—¡Hola, Zorro! —dijo el Conejo, saltando felizmente.
—¡Hola, Conejo! —respondió el Zorro, moviendo su cola.
—¿Qué haces hoy? —preguntó el Conejo.
—Voy a buscar comida —dijo el Zorro, frotándose la barriga.
—¿Comida? ¡Yo tengo zanahorias! —exclamó el Conejo.
—¡Perfecto! —dijo el Zorro con una sonrisa—. ¡Me encantan las zanahorias!
—¿Y tú, Zorro? ¿Tienes algo rico? —preguntó el Conejo.
—Solo tengo... ¡ideas! —rió el Zorro.
—¿Ideas? —se sorprendió el Conejo.
—Sí, ¡ideas para un juego! —dijo el Zorro, guiñando un ojo.
—¡Juguemos! —gritó el Conejo, saltando de emoción.
Los dos amigos comenzaron a jugar, riendo y saltando. El Zorro hizo un movimiento gracioso y el Conejo se rió tanto que casi se cayó.
—¡Eres muy divertido, Zorro! —dijo el Conejo, tocándose la barriguita.
—¡Y tú, Conejo, eres el mejor compañero! —respondió el Zorro.
Y así, entre risas y juegos, pasaron el día.