Era un día soleado en la selva. El elefante Emilio estaba muy emocionado. Tenía una idea divertida.
—¡Hola, Lila! —gritó Emilio, su amiga la rana—. ¿Quieres jugar a saltar?
—¡Sí! —respondió Lila, saltando con alegría—. Pero, ¿cómo saltas tú, Emilio?
Emilio se rió. Su trompa se movía de un lado a otro.
—Yo no salto como tú. ¡Soy un elefante! —dijo con una gran sonrisa.
—¡Pero eso no importa! —exclamó Lila—. ¡Vamos a intentar!
Emilio se preparó. Cerró los ojos y tomó aire. Luego, ¡BUM! Hizo un pequeño salto. ¡Pero fue tan pequeño que casi no se movió!
—¡Eres el rey de los saltos! —rió Lila, dando volteretas.
—¿Rey? ¡Yo quiero ser un gran saltador! —dijo Emilio, un poco triste.
Lila pensó un momento.
—¡Ya sé! ¡Contemos hasta tres! —sugirió—. Juntos saltamos. ¡Uno, dos, tres!
Los dos contaron juntos. ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! Y… ¡salto! Lila voló alto, pero Emilio hizo un salto enorme.
—¡Mira, Lila! ¡Salto más alto! —gritó Emilio feliz.
—¡Es verdad! —respondió Lila, aplaudiendo—. ¡Eres un gran saltador!
Emilio sonrió. Se sintió feliz.
—Gracias, Lila. ¡Nunca pensé que podía saltar!
—¡Eres un elefante especial! —dijo Lila.
Y así, el elefante Emilio y la rana Lila siguieron jugando, saltando y riendo en la selva. ¡Fue un día lleno de diversión!