En un prado verde y soleado, vivía un caballo llamado Rápido. Rápido era un caballo muy curioso. Un día, decidió visitar a su mejor amigo, el pato Pío.
—¡Hola, Pío! —gritó Rápido al llegar al estanque.
—¡Hola, Rápido! —respondió Pío, chapoteando en el agua—. ¿Qué haces hoy?
—Quiero jugar. ¿Tienes alguna idea?
Pío pensó un momento y dijo:
—¡Sí! ¡Hagamos una carrera!
—¡Buena idea! —dijo Rápido, emocionado—. Pero, ¿cómo vamos a correr?
Pío sonrió y dijo:
—Yo nadaré y tú correrás. ¡Así será divertido!
—¡Perfecto! —dijo Rápido—. ¡A la cuenta de tres!
—Uno, dos, ¡tres!
Rápido salió corriendo y Pío se zambulló en el agua. Rápido corría rápido, pero Pío nadaba aún más rápido. Rápido miró hacia el estanque y gritó:
—¡Oye, Pío! ¡Eres muy rápido en el agua!
—¡Y tú en la tierra! —respondió Pío, riendo.
De repente, Rápido decidió hacer una broma. Saltó sobre el estanque y... ¡splash! ¡Cayó en el agua!
—¡Rápido! —gritó Pío, riendo—. ¡No sabía que eras un caballo nadador!
Rápido salió del agua, empapado, y dijo:
—¡No soy nadador, soy un caballo divertido!
Ambos se rieron mucho y jugaron hasta que el sol se escondió. ¡Qué gran día!