En un pequeño pueblo lleno de colores, vivía un gallo llamado Ramón. Ramón era un gallo muy especial. Tenía plumas brillantes y un canto que hacía reír a todos.
Un día, Ramón decidió que quería hacer una fiesta. "¡Voy a invitar a todos los animales del pueblo!", pensó. Así que fue a buscar a su mejor amigo, el pato Pablo.
"¡Pablo! ¡Tengo una idea!", gritó Ramón.
"¿Qué idea?", preguntó Pablo, moviendo su patita.
"¡Voy a hacer una fiesta en el granero!", dijo Ramón, emocionado.
"¿Una fiesta? ¡Qué divertido!", aplaudió Pablo. "¿Qué vamos a comer?"
"¡Tortillas de maíz y semillas!", exclamó Ramón.
"¡Y pastel de fruta!", añadió Pablo, moviendo su cabeza de un lado a otro.
Ramón y Pablo comenzaron a preparar la fiesta. Ramón trajo las tortillas y Pablo buscó las frutas. Pero, ¡oh no! Pablo encontró una sandía muy grande.
"¡Mira, Ramón! ¡Es gigante!", dijo Pablo, riendo.
"¡Vamos a hacer un pastel gigante!", gritó Ramón, saltando de alegría.
Así que, juntos, hicieron un pastel enorme. Pero, cuando lo iban a poner en la mesa, ¡se cayó! ¡Boom! La sandía estalló y la fruta voló por todas partes.
"¡Eso fue muy gracioso!", rió Ramón.
"¡Sí! ¡Sandía voladora!", rió Pablo, mientras corría detrás de las frutas.
Los animales del pueblo llegaron y vieron la fiesta. Todos comenzaron a reír al ver la sandía por el aire.
"¡Esto es lo mejor!", dijo una vaca.
"¡Vamos a bailar!", gritó Ramón.
Y así, Ramón y Pablo bailaron y rieron, mientras la sandía voladora llenaba el aire de risas y alegría. ¡Qué fiesta tan divertida!