Un día, un cuervo llamado Coco decidió hacer una fiesta. Coco era un cuervo muy divertido. Tenía plumas negras y brillantes, y siempre estaba buscando una razón para reír.
“¡Voy a invitar a mis amigos!” dijo Coco. Voló hacia la casa de su amiga, la tortuga Tula.
“Tula, ¡ven a mi fiesta!” gritó Coco.
“¿Fiesta? ¡Sí, sí!” respondió Tula, moviendo sus patas. “¿Qué vamos a hacer?”
“¡Vamos a bailar y a comer!” dijo Coco, emocionado.
Luego, Coco voló a ver a su amigo, el conejo Rabo.
“¡Rabo! ¡Fiesta en mi casa!” dijo Coco.
“¡Qué divertido! ¿Habrá zanahorias?” preguntó Rabo, saltando de alegría.
“¡Sí! ¡Muchas zanahorias!” aseguró Coco.
Así, Coco, Tula y Rabo se prepararon para la fiesta.
Coco puso música. “¡Bailen, amigos!” gritó. Tula movía su caparazón de un lado a otro. “¡Soy una tortuga bailarina!” decía riendo.
Rabo, por su parte, saltaba y giraba. “¡Soy un conejo volador!” exclamó.
De repente, Rabo se cayó y rodó. “¡Ay, ay, ay!” gritó, pero luego se rió. “¡Soy un conejito rodante!”
“¡Eres muy gracioso, Rabo!” dijo Tula, mientras se reía.
Coco, que estaba volando, se asustó y se desvió. “¡Cuidado con la comida!” gritó. Pero ya era tarde, ¡todas las zanahorias estaban en el suelo!
“¡Oh no! ¡Las zanahorias!” dijo Rabo, mirando las zanahorias esparcidas.
“¡No importa! ¡Podemos comerlas así!” dijo Tula, y empezó a comer una zanahoria del suelo.
“¡Sí! ¡Comer zanahorias es divertido!” rió Rabo.
Coco se unió a ellos. “¡Esta es la mejor fiesta!” exclamó.
Y así, entre risas y zanahorias, Coco, Tula y Rabo disfrutaron de su gran fiesta. Fin.