En un pequeño jardín lleno de flores coloridas, vivía una tortuga llamada Tula. Tula era muy curiosa y le encantaba explorar. Un día, mientras paseaba, se encontró con un conejo llamado Rocco.
—¡Hola, Tula! —dijo Rocco, saltando alegremente—. ¿Qué haces hoy?
—¡Hola, Rocco! —respondió Tula, moviendo su cabeza—. Estoy buscando algo divertido.
—¡Yo tengo una idea! —exclamó Rocco—. Vamos a jugar a las escondidas.
—¡Sí! —dijo Tula emocionada—. ¿Quién cuenta primero?
—Yo cuento —dijo Rocco, cubriendo sus ojos con sus patas—. Uno... dos... tres...
Mientras Rocco contaba, Tula se escondió detrás de una gran flor amarilla. La flor era tan alta que apenas podía ver a Rocco.
—¡Diez! —gritó Rocco—. ¡Listo o no, aquí voy!
Rocco comenzó a buscar. Miró detrás de un arbusto y no encontró a Tula. Miró bajo una hoja grande y tampoco estaba allí.
—¿Dónde estás, Tula? —preguntó Rocco, riendo—. ¿Te has vuelto invisible?
Tula no podía contener la risa. Desde su escondite, dijo:
—¡No soy invisible, Rocco! ¡Estoy detrás de la flor!
Rocco miró hacia la flor y, al verla, se echó a reír.
—¡Tula! ¡Eres una tortuga muy divertida!
Tula salió de su escondite y ambos rieron juntos.
—¡Vamos a jugar otra vez! —dijo Rocco, saltando emocionado.
—¡Sí! —respondió Tula, sonriendo—. ¡Esta vez yo cuento!
Y así, en el jardín lleno de risas, Tula y Rocco siguieron jugando hasta que el sol se puso, felices y contentos.