Un día en el parque
Era un día soleado en el parque. El cielo estaba azul y las nubes eran como algodones de azúcar. Cuatro amigos, Lucas, Mateo, Paula y Samir, estaban listos para jugar. Todos tenían sonrisas grandes y brillantes.
“¡Vamos a jugar a la pelota!” dijo Lucas, con su voz alegre. Tenía el cabello rizado y siempre llevaba una gorra roja.
“¡Sí!” gritaron los demás.
Mateo, que usaba unas muletas, sonrió con confianza. “Puedo jugar también. ¡Voy a lanzar la pelota!” Él tenía una gran fuerza en su brazo y sabía que podía hacerlo muy bien.
“Claro que sí, Mateo. Eres el mejor lanzador,” dijo Paula, que tenía el pelo largo y trenzado. Ella siempre animaba a sus amigos.
Samir, que tenía una sonrisa brillante, dijo: “Voy a correr a atraparla.” Samir era muy rápido y siempre estaba dispuesto a ayudar a sus amigos.
Los cuatro amigos se fueron a la zona de juegos. Allí había un gran espacio para correr, árboles frondosos y una pequeña cancha. Mateo se preparó para lanzar la pelota. Con mucha fuerza, lanzó la pelota hacia Lucas.
“¡Aquí voy!” gritó Lucas mientras corría. La pelota voló y él la atrapó con sus manos. “¡Lo logré!” exclamó feliz.
Mateo sonrió. “¡Buen trabajo, Lucas! Ahora es mi turno.”
Mateo lanzó de nuevo la pelota, pero esta vez, la pelota se fue un poco más lejos. “¡Oh no! La pelota se fue lejos,” dijo Mateo, un poco preocupado.
“No te preocupes, ¡yo voy!” dijo Samir con entusiasmo. Corrió rápidamente y atrapó la pelota. “¡La tengo!” gritó, sosteniéndola en alto. Todos aplaudieron.
“¡Eres muy rápido, Samir!” dijo Paula, que estaba muy contenta. “Vamos a jugar otra vez.”
Así pasaron la tarde, lanzando y atrapando la pelota. Mateo usaba sus muletas, pero siempre estaba listo para jugar. “A veces es un poco difícil para mí correr, pero puedo lanzar muy bien,” dijo Mateo con una sonrisa.
“Eres increíble, Mateo. Siempre haces grandes lanzamientos,” le respondió Paula.
Después de jugar, los amigos decidieron descansar bajo un gran árbol. El árbol les daba sombra y era un lugar perfecto para relajarse.
“Me gusta jugar con ustedes,” dijo Mateo, mientras se acomodaba en la sombra. “Siempre me hacen sentir bien.”
“¡Y a nosotros nos encanta jugar contigo!” contestó Lucas. “Eres parte de nuestro equipo.”
“Sí, somos un gran equipo,” dijo Samir, mirando a sus amigos. “Podemos hacer cualquier cosa juntos.”
Mientras descansaban, Paula sacó un bocadillo de su mochila. “¿Quieren galletas?” preguntó con una gran sonrisa. Todos dijeron que sí. Compartieron las galletas y se rieron.
“¡Qué ricas son!” dijo Mateo, disfrutando de cada bocado. “Gracias, Paula.”
El sol comenzó a ponerse y el cielo se llenó de colores. “Es hora de ir a casa,” dijo Lucas, mirando a sus amigos. “Pero mañana podemos volver a jugar.”
“¡Sí! ¡Mañana otra vez!” gritaron todos emocionados.
Mientras caminaban hacia la salida del parque, Mateo sintió una gran alegría. Se dio cuenta de que, aunque a veces era un poco diferente, siempre podía jugar y divertirse con sus amigos.
“Siempre podemos encontrar formas de jugar juntos,” pensó Mateo. Y eso era lo más importante.
Todos los amigos se despidieron con abrazos y sonrisas. Aprendieron que la amistad y la diversión son lo que realmente cuenta.
Y así, con el corazón lleno de alegría, Mateo y sus amigos se fueron a casa, listos para otro día lleno de juegos y risas.
La lección del día
Al final del día, Mateo pensó en lo especial que era tener amigos que lo aceptaban tal como era. “La amistad nos hace fuertes,” se dijo a sí mismo. “Juntos, podemos hacer cosas maravillosas.”
Y así, el día terminó, pero la alegría de la amistad quedó en sus corazones.