En un dĂa soleado, un conejito llamado Pipo decidiĂł jugar. “¡Vamos a jugar!” dijo Pipo, saltando de alegrĂa. Pipo tenĂa dos amigos: la tortuga Tula y el pato Pato.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Tula, moviendo su cabeza lentamente.
—¡Jugar a las escondidas! —gritĂł Pipo con energĂa.
—¡SĂ! —dijo Pato, aleteando sus alas.
—¡Uno, dos, tres! —empezó a contar Pipo.
Tula se escondió detrás de un árbol grande. Pato se metió en un arbusto. Pipo, con sus orejas largas, buscó a sus amigos.
—¿Dónde están? —miró a su alrededor.
—¡Cocorocó! —dijo Pato desde su arbusto.
—¡No, no! —rió Pipo. —¡No puedes hablar!
Pipo siguiĂł buscando. EncontrĂł a Tula.
—¡Te encontré, Tula! —saltó de felicidad.
—¡Ay, qué rápido! —dijo Tula, riendo.
Ahora, Pipo buscĂł a Pato.
—¿Dónde estás, Pato? —preguntó.
—¡Aquà estoy! —gritó Pato, asomando su cabeza.
—¡Sorpresa! —dijo Pipo, riendo a carcajadas.
Los tres amigos se rieron juntos.
—¡Vamos a jugar otra vez! —propuso Tula.
—¡SĂ, más risas! —dijo Pato.
Y asĂ, Pipo, Tula y Pato siguieron jugando todo el dĂa, llenando el bosque de risas y alegrĂa. ¡QuĂ© divertido era ser amigos!