En la alfombra del salón, Tomás saltó sobre una raya de sol. Su sombra saltó con él. Hasta ahí, normal. Pero luego la sombra hizo una reverencia, como un actor, y sacó… ¡un sombrero invisible!
Tomás parpadeó.
“Hola”, dijo Tomás.
“Hola”, dijo la sombra, moviendo la mano como si tuviera cinco dedos extra.
Tomás rió. “Eres rara”.
La sombra se encogió de hombros. Parecía muy contenta de ser rara.
Tomás tuvo una idea seria, de las que pesan poquito. Quería domar a esa sombra alegre. Como se doma a un gato. O a una nube. O a una cucharita que se escapa.
“Te voy a enseñar”, anunció. “Primero: sentarse”.
Tomás se sentó. La sombra… se tumbó boca arriba, con los brazos abiertos, como si estuviera en la playa.
“No. Sentarse”, repitió Tomás, muy maestro.
La sombra se sentó. Pero al revés. Con la cabeza donde van los pies. Un truco de magia de los baratos.
Tomás puso las manos en la cintura. “¡Eso no vale!”
La sombra levantó un pulgar. Luego levantó otro. Luego levantó un tercero. Tomás se quedó mirando.
“Mamá dice que solo hay dos”, murmuró.
La sombra se rió sin sonido. Era una risa de tinta.
Tomás fue a la cocina, donde olía a pan. Volvió con una galleta.
“Si haces caso, premio”, dijo.
La sombra quiso morder la galleta. Pero sus dientes eran de aire. La galleta no se movió.
Tomás se preocupó un poquito, solo un poquito. “¿Tienes hambre?”
La sombra negó con energía. Luego señaló el suelo. Señaló la luz. Señaló a Tomás. Y abrió los brazos como diciendo: “¡Juego!”
“Ah”, dijo Tomás. “Tú comes juegos”.
Entonces Tomás empezó el Entrenamiento Oficial de Sombra. Era muy oficial porque lo dijo él.
“Paso uno: seguir”, ordenó.
Tomás caminó despacio. La sombra lo siguió, pero con un bailecito. Pasito, pasito, giro. Como si el suelo tuviera música.
“Paso dos: parar”.
Tomás paró. La sombra también. Perfecto. Luego sacó otra vez el sombrero invisible y lo saludó.
Tomás aplaudió. “¡Bien!”
“Paso tres: dar la pata”.
Tomás sacó su mano. La sombra sacó la suya… y la mano atravesó la mano. Tomás sintió cosquillas.
“¡Jajá! ¡Eso sí que es magia de casa!”, dijo.
Tomás miró el reloj de la pared. El reloj miró de vuelta, como hacen los relojes. La tarde se iba haciendo suave.
“Último paso”, dijo Tomás, bajito. “Quedarte conmigo, pero sin hacer travesuras cuando estoy cenando”.
La sombra puso cara muy seria. Tan seria que Tomás casi se rió. Luego la sombra se pegó a sus pies, quieta y calentita, como una manta negra.
Tomás suspiró feliz. “Domada”.
La sombra levantó un dedo. Solo uno. Como diciendo: “Más o menos”.
Tomás se metió en la cama. La luz de la lamparita hizo una sombra pequeña y amable en la pared. Tomás le susurró: “Buenas noches”.
La sombra le devolvió el saludo, sin sombrero esta vez. Y se quedó allí, tranquila, jugando bajito con el silencio, mientras Tomás cerraba los ojos con una sonrisa curiosa.