Primera parte: La sombra que hacía chistes
Tomás tenía tres años.
Vivía en un piso normal.
Con un sofá normal.
Con una mesa normal.
Y con… una sombra nada normal.
Era su propia sombra.
Pero no era seria.
No, no.
Era una sombra muy bromista.
Por la mañana, cuando Tomás se lavaba los dientes,
la sombra se lavaba las orejas.
Tomás se reía y decía:
“¡Sombra, eso no se hace!”
Y la sombra respondía, muy orgullosa:
“¡Se hace si es divertido!”
Sus padres no veían nada raro.
Solo veían a Tomás riéndose frente al espejo.
Mamá decía:
“Tomás, ¿te hacen cosquillas las nubes?”
Papá decía:
“Tomás, tienes risa de dragón chiquitito.”
Y Tomás decía, muy serio:
“No, es mi sombra.
Mi sombra es chistosa.”
Un día, Tomás decidió algo importante.
Miró al suelo y murmuró:
“Sombra, te voy a enseñar modales.”
La sombra puso las manos en la cintura (de sombra)
y contestó:
“¿Modales? ¿Se comen?”
Tomás negó con la cabeza:
“No. Son para respetar.
Para ser amable.
Para no molestar.”
La sombra dio una vuelta en el suelo.
“Bueno”, dijo, “podemos probar.
Pero solo si seguimos jugando.”
Tomás sonrió.
“Trato hecho.”
Y se dieron la mano.
La mano de Tomás tocó el suelo.
La mano de sombra tocó la luz.
Y todo hizo “¡plim!” muy bajito.
Segunda parte: La escuela de sombras
Tomás decidió que el pasillo
era la escuela de sombras.
Ponía un cojín en el suelo.
Un vaso de agua en la mesa.
Y un peluche en la silla.
“Hoy”, dijo Tomás, “vamos a aprender respeto.”
La sombra se sentó en el cojín.
Bueno, casi.
Porque no tenía culo de verdad.
Pero se sentó lo mejor que pudo.
Tomás explicó:
“Respetar es no empujar.
No gritar.
No tirar cosas.
Y escuchar.”
La sombra levantó la mano.
“¿También respetar es no hacer cosquillas
cuando alguien dice ‘basta'?”
Tomás pensó un poco.
“Sí. Eso también.”
La sombra se quedó callada un momento.
Luego dijo:
“Yo hago muchas cosquillas.
¿Eso está mal?”
Tomás se acercó despacito.
“No está mal hacer reír.
Pero si alguien dice que pare,
hay que parar.
Porque queremos que el otro esté bien.
¿Sí?”
La sombra se alargó en el suelo.
Parecía una sonrisa muy grande.
“Vale”, dijo.
“Haré cosquillas respetuosas.”
Tomás aplaudió.
“¡Muy bien, sombra!”
Entonces, la sombra quiso practicar.
Fue hasta el peluche.
Le hizo cosquillas suaves.
Y luego preguntó:
“¿Está bien así?”
Tomás cambió la voz
para ser el peluche:
“Sí, muchas gracias, sombra.
Estoy bien.”
Los dos se rieron.
Luego practicaron turnos.
Tomás habló.
La sombra escuchó.
La sombra bailó.
Tomás la miró sin interrumpir.
Cada vez que la sombra respetaba el turno,
Tomás decía:
“Punto de respeto.”
La sombra, muy orgullosa, decía:
“Voy ganando a mi antiguo yo.”
Tercera parte: La gran noche luminosa
Una noche, hubo luna llena.
La luz entraba por la ventana.
El suelo del cuarto estaba claro y suave.
Tomás estaba en pijama.
Sostenía su peluche.
Miró su sombra en la pared.
Era muy grande.
Pero no daba miedo.
Parecía un dibujo.
“Sombra”, susurró Tomás,
“hoy vamos a aprender
a decir ‘lo siento'.”
La sombra se hizo un poco más pequeña.
“¿He hecho algo mal?”, preguntó.
Tomás recordó.
“Cuando tiraste mis bloques
mientras yo construía mi castillo.”
La sombra bajó la cabeza de sombra.
“Quería jugar…”
“Lo sé”, dijo Tomás, tranquilo.
“Pero me puse triste.
Me costó mucho.
Por eso podemos decir:
‘Lo siento, Tomás'.”
La sombra respiró luz.
Luego dijo despacio:
“Lo siento, Tomás.
No quise hacerte daño.
La próxima vez, pregunto.”
Tomás sonrió mucho.
“Te perdono, sombra.
Gracias por respetar.”
En ese momento,
pasó algo mágico.
Pero de risa.
La sombra empezó a cambiar de forma.
Primero fue un pato con sombrero.
Luego fue una bicicleta con bigote.
Luego una galleta con capa.
Tomás no paraba de reír.
“¡Eres la sombra más loca del mundo!”
La sombra respondió:
“Y también la más educada, ¿eh?”
La luna los miraba por la ventana.
Todo estaba tranquilo.
Tomás bostezó.
“Es hora de dormir, sombra.”
La sombra se estiró a su lado.
Como una manta de oscuridad suave.
“¿Seguimos respetando mañana?”,
preguntó la sombra.
“Claro”, dijo Tomás.
“Jugamos.
Reímos.
Respetamos.
Y si te olvidas,
te enseño otra vez.”
La sombra se quedó muy quieta.
No hizo chistes grandes.
Solo uno pequeñito.
Se convirtió en un corazón en la pared.
Muy redondo.
Muy tierno.
Tomás susurró:
“Buenas noches, sombra.”
Y la sombra, muy bajito, contestó:
“Buenas noches, mi amigo.”
La habitación se llenó de calma.
De risas dormidas.
De magia pequeña.
Y así, cada día,
Tomás y su sombra
jugaban, reían
y aprendían juntos
a ser divertidos
y respetuosos
al mismo tiempo.