Parte 1: La radio de cartón y el reto “imposible”
Tomás tenía 5 años y una radio muy especial: no era de verdad-de-verdad, pero casi. Era un estudio de radio bricolado en su cuarto, hecho con una caja de cartón grande, un rollo de papel de aluminio y botones dibujados con rotulador. El micrófono era un calcetín limpio en un palo de helado. Encima ponía un cartel: “RADIO TOMI: NOTICIAS IMPORTANTÍSIMAS”.
Tomás se acomodó en su silla pequeñita, se aclaró la garganta como un león educado y dijo:
—¡Buenos días, oyentes del planeta de mi habitación! Hoy… ¡tenemos un reto imposible!
En ese momento entró Lola, su vecina, con una cinta en el pelo que parecía una mariposa.
—¿Reto imposible? —preguntó—. ¿Como… comerse una nube?
—¡Más difícil! —dijo Tomás, muy serio—. El Señor Don Tictac, el reloj de la cocina, se ha quedado callado. No hace “tic-tac”. Y mamá dijo: “Eso es imposible de arreglar”.
Lola abrió la boca como una puerta.
—¡Sin tic-tac el tiempo se puede esconder!
—Exacto —dijo Tomás al micrófono-calcetín—. Oyentes, esto es una emergencia de cosquillas.
Tomás miró su mesa de radio: tenía cinta adhesiva, una cucharita, una campanita de bicicleta y un paquete de galletas.
—Vamos a convertir el problema en un acertijo —anunció—. Primera pista: ¿qué necesita un reloj para hacer tic-tac?
Lola se puso pensativa.
—Necesita… ¿un corazón?
—¡Sí! ¡Un corazón que haga “tac”! —Tomás aplaudió—. Y si no tiene, le hacemos uno.
Parte 2: El museo de los “tics” perdidos
Caminaron a la cocina como exploradores, muy despacio, por si el tiempo estaba escondido detrás del sofá. El reloj de pared colgaba quieto, con las agujas congeladas como si tuvieran frío.
Tomás le habló bajito:
—Señor Don Tictac, soy Tomás de Radio Tomi. Venimos a ayudarte.
Nada. Ni “tic”, ni “tac”, ni “toc”.
Lola se acercó y le susurró:
—A lo mejor se ofendió porque ayer le dijiste “reloj aburrido”.
Tomás se puso rojo.
—No era aburrido… era… muy serio.
Entonces Tomás sacó su cuaderno de “acertijos importantes”.
—Segundo acertijo: si el reloj no habla, ¿qué puede hablar por él?
Lola señaló la campanita de bicicleta.
—¡Esta! Hace “ring-ring”.
Tomás negó con la cabeza.
—Necesitamos “tic-tac”, no “ring-ring”. Aunque… podríamos engañarlo un poquito.
Pegaron la campanita cerca del reloj con cinta adhesiva. Tomás movió la campanita suavemente: “rin… rin…”.
El reloj siguió callado, como si estuviera jugando a las estatuas.
De pronto, apareció Nico, el hermano mayor de Lola, con una caja de herramientas.
—¿Qué hacen? —preguntó, mirando la campanita pegada.
—Estamos salvando el tiempo —dijo Tomás muy orgulloso—. Es un reto imposible.
Nico rió.
—Los retos imposibles se arreglan con equipo —dijo—. ¿Puedo ser del equipo?
Tomás miró a Lola. Lola asintió fuerte.
—Sí, pero con una condición —dijo Tomás—: aquí todos ayudan y nadie manda como un dragón.
Nico levantó la mano.
—Prometido, sin dragones.
Nico abrió la tapa del reloj con cuidado. Dentro había un espacio vacío y un “clic” tímido.
—Creo que le faltan pilas —dijo Nico.
Tomás abrió mucho los ojos.
—¿Pilas? ¿Como… las baterías pequeñitas?
—Sí —dijo Nico—. Sin pilas, no hay fiesta de tics.
Tomás lo convirtió en juego:
—¡Tercer acertijo! ¿Dónde se esconden dos pilas traviesas?
Lola dijo:
—En el cajón de las cosas raras.
Tomás apuntó al cajón de los cubiertos.
—¡En el cajón de las cucharas que suenan!
Abrieron cajones uno tras otro. En uno había servilletas con dibujos. En otro, pinzas que parecían cangrejos. En otro… ¡una montaña de tapones!
Tomás declaró por la radio imaginaria:
—Atención, oyentes. Hemos encontrado el Valle de los Tapones. No muerdan tapones.
Por fin, en una caja pequeña, encontraron dos pilas.
Lola las levantó como si fueran tesoros.
—¡Las pilas perdidas!
Tomás las saludó.
—Buenos días, pilas. Por favor, vuelvan al reloj. El tiempo las extraña.
Nico las puso en su sitio. Cerró la tapa.
Todos contuvieron la respiración.
“TIC…”
Tomás casi se cae de emoción.
“…TAC.”
Lola dio un saltito.
—¡Volvió!
Tomás anunció:
—¡Reto imposible vencido! ¡Con ayuda y sin dragones!
Pero entonces… el reloj hizo:
“TIC-TAC-TIC-TAC” tan rápido que sonaba como un ratón corriendo.
—¡Uy! —dijo Nico—. Está en modo “superprisa”.
Tomás se llevó la mano a la barbilla.
—Mini-rebote sorpresa: el tiempo se tomó demasiadas galletas.
Parte 3: La solución divertida y el baile final
Tomás pensó como detective de cosquillas.
—Si el tiempo va rápido… lo calmamos con una canción lenta.
Lola aplaudió.
—¡Una nana para reloj!
Nico se rascó la cabeza.
—Eso no está en mis herramientas.
—Está en las nuestras —dijo Tomás, señalando su garganta.
Tomás acercó el micrófono-calcetín al reloj y habló con voz de locutor:
—Señor Don Tictac, usted es muy valiente. Pero ahora… respire.
Los tres cantaron bajito:
—Tiiic… taaaac… tiiic… taaaac…
El reloj, como si escuchara, empezó a ir más normal:
“Tic… tac… tic… tac…”
Tomás soltó un suspiro.
—¡Funcionó! ¡La música es una llave invisible!
Mamá entró a la cocina y miró a los tres.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó.
Tomás levantó el dedo como presentador.
—Mamá, arreglamos lo imposible. Pero fue con equipo: Lola encontró las pilas, Nico abrió el reloj, y yo… yo le hablé bonito al tiempo.
Mamá sonrió.
—Entonces no era imposible. Era… un trabajo compartido.
—¡Sí! —dijo Lola—. Y sin dragones.
Nico hizo una reverencia.
—Sin dragones, confirmado.
Tomás miró su estudio de radio al fondo del pasillo.
—Última noticia de Radio Tomi: cuando algo parece imposible, se convierte en juego si pedimos ayuda.
Y como todo final feliz necesita un final movido, Tomás dijo:
—¡Baile de “tic-tac”!
Se pusieron en fila. Tomás hacía “tic” con un pie, Lola hacía “tac” con el otro, y Nico movía los brazos como agujas gigantes. Mamá se unió dando vueltas despacio, como un segundero contento.
“Tic, tac, tic, tac”, cantaban y reían, mientras el reloj, orgulloso, marcaba el tiempo justo… y parecía que también sonreía.