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Cuento de desafío imposible 5/6 años Lectura 10 min.

La cueva de las risas luminosas

Cuatro amigos entran en una cueva luminosa y enfrentan retos imposibles con ingenio, risas y la ayuda de animales curiosos para recuperar una misteriosa llave de luz.

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Hay 7 personajes: Luna, niña de 6 años, pelo castaño corto, camiseta amarilla y vaqueros, sentada en la roca luminosa central con mirada tierna; Nico, niño de 6 años, gorra roja ladeada y camiseta a rayas azul y verde, a la izquierda soplando una burbuja que se convierte en un pequeño animal de goma; Sara, niña de 6 años, pelo trenzado, vestido rosa con gran bolsillo de gomets, a la derecha pegando una estrella brillante en la roca; Manu, niño de 6 años, pelo alborotado y pantalón cargo, sujeto a una cuerda por los murciélagos haciendo una pirueta detrás de la roca; La Roca Rietes, la roca personaje, piedra grande y suave nacarada dorada con vetas azules, pequeñas bocas-campana dibujadas, flotando sobre el suelo con ojos dulces y fisuras que brillan; Pepita, la pequeña caracola luminosa, caracol de concha transparente que emite luz cálida amarillo-anaranjada y deja una estela de purpurina, avanzando hacia la roca; un grupo de cuatro murciélagos pequeños, siluetas redondeadas con alas translúcidas violetas, suspendidos sobre y detrás de la roca sosteniendo una cuerda brillante con la cola para ayudar a los niños. El lugar es una cueva colorida y brillante con paredes onduladas estriadas en turquesa, verde hoja y oro, suelo salpicado de cristales rosas, estalactitas florales y gotas de luz flotantes, con ambiente cálido y mágico. Situación: los cuatro niños intentan alcanzar la roca flotante que oculta una pequeña llave luminosa; acción dinámica y alegre: escalada con cuerda sujeta por los murciélagos, Sara pega una estrella, Nico hace nacer la burbuja-animal, Luna cuenta una historia sentada, Pepita ilumina el camino y la roca sonríe empezando a abrirse y a dejar escapar filamentos de luz de colores. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La cueva que brillaba como un cuento

Luna, Nico, Sara y Manu entraron en la cueva con las manos en los bolsillos y las linternas que no necesitaban. La cueva no era oscura. Sus paredes cantaban colores: azules como el cielo, verdes como las hojas y dorados como el pan tostado. Gotas de luz rebotaban en el suelo y hacían pequeños saltos de felicidad.

Los cuatro tenían seis años y corazones grandes. Caminaban en fila, como si siguieran una línea invisible de luciérnagas. Nico llevaba una gorra roja torcida. Sara tenía una mochila llena de chicles y pegatinas. Manu había llevado una cuerda que, según él, servía para todo. Luna sonreía tranquilo; cuando algo parecía imposible, ella frotaba el pulgar contra el índice y pensaba en una idea loca.

En el centro de la cueva vieron algo increíble: una roca enorme, lisa y luminosa, que flotaba a un palmo del suelo. La roca suspiró y dijo, con voz como agua: "Soy la Roca Rietes. Me han pedido que custodie la llave de la Luz Mayor. Para sacarla, hay que subirme encima y reírme tres veces. Pero nadie puede subir: las paredes son resbaladizas y se esconden las pisadas. Es imposible."

Los niños se miraron. "¡Imposible!" repitió Sara, porque le gustaba decir palabras grandes. Manu frunció el ceño. Nico dio un salto. Luna se tocó la barbilla y, en silencio, pensó en una manera de hacer lo que parecía imposible.

Capítulo 2: Los retos resbaladizos y los aliados rápidos

Primero, intentaron trepar. Las paredes resbalaban como jabón y cada mano se deslizaba. Nico pegó un pegote de chicle en la piedra, pero el chicle se convirtió en burbuja y voló como globo. Sara intentó atar la cuerda a una estalactita, pero la estalactita bostezó y se convirtió en una coliflor brillante. Manu probó saltos acrobáticos, pero sus zapatillas patinaron y él hizo una pirueta graciosa que los hizo reír.

La cueva se rió con ellos. De pronto, un grupo de murciélagos pequeños apareció en fila y comenzó a hacer coreografías. Eran diminutos, de ojos grandes y patas bailarinas. Luna les sonrió y dijo: "¿Nos ayudáis a subir?" Los murciélagos, que amaban los retos y los chistes, se ofrecieron a sujetar una cuerda con sus cabecitas. En un parpadeo, ya sujetaban la cuerda como si fueran cuatro manos extra.

Mientras tanto, una caracolita luminosa se deslizó cerca. Se llamaba Pepita y movía su caparazón como un paraguas. Pepita era lenta, pero sabia. "Si hay que reír tres veces, primero hay que encontrar lo que hace reír a la Roca," murmuró. "Prueben con cosquillas de luz."

Luna pensó: cosquillas de luz. Eso sonó a una idea perfecta. Les pidió a los murciélagos que sostuvieran la cuerda en alto, y ellos formaron una escalera invisible con sus colas, las cuales brillaban como la punta de los lápices. Los niños escalaron apoyándose en las colas danzarinas mientras Pepita iluminaba el camino con su caparazón. La cueva chispeaba y los problemas se convertían en bromas.

Pero había una puerta de eco. Una puerta redonda, con un ojo que escuchaba todo. Cada vez que alguien decía "ja, ja", el eco repetía "ja, ja, ja" en un tono aburrido hasta hacerse enorme y volver loco a quien lo decía. La Roca Rietes no quería un eco que robara las risas. "Si el eco se lleva la risa, no queda para mí," explicó, con voz que tintineaba.

Nico tuvo una idea aparentemente tonta: "Hagamos una risa que no se pueda copiar." Los cuatro se miraron, con los ojos brillando. Sara tomó un chicle y lo sopló, no en globo, sino en una forma de animalito. Manu frunció los labios y comenzó a imitar el sonido de un trombón pequeñito con la boca. Nico cantó una nota como una rana sorprendida. Luna, en voz baja, contó un pequeño secreto divertido: "Las botas de la abuela tienen botones que bailan cuando nadie mira."

La mezcla de chicle-animal, trombón, rana y secreto creó una risa nueva: chispeante, saltarina y con cosquillas de colores. La puerta de eco escuchó y trató de copiarla, pero no pudo. Su eco salió torcido y decidió quedarse a bailar con los murciélagos en lugar de robar la risa. Así, la risa original quedó intacta.

Capítulo 3: El gran salto y la risa que abre todo

Con la corte de murciélagos sosteniendo la cuerda y Pepita alumbrando, los cuatro niños llegaron al lado de la Roca Rietes. El desafío decía que había que subir encima y reírla tres veces. Pero la roca era pegajosa como mermelada y fría como chocolate recién sacado. Además, cada vez que alguien la tocaba, la roca se movía un poquito, como si tuviera cosquillas propias.

Primero subió Manu, con ayuda murciélaga. Puso un pie en la roca, y esta se encogió; Manu hizo un bailecito gracioso y casi se cae. "¡Ríe, Roca!", gritó, pero la roca no se rió. Entonces hizo su famoso trombón con la boca otra vez. Eso hizo reír a los murciélagos, pero la Roca Rietes solo sonrió tímidamente.

Después subió Sara, con su mochila llena de pegatinas. Puso una pegatina de estrella en la roca. Las estrellas eran su manera de decir "te creo". La roca suspiró y soltó un "jeje" pequeño como campanita. Una risa menos. Los niños aplaudieron.

Faltaban dos risas. Nico, que siempre llevaba curiosidad en las gafas imaginarias, tuvo una idea: ¿y si la roca se reía con sorpresa? Tomó una burbuja de chicle que aún flotaba en el rincón y la hizo explotar en forma de globito que soltó papelitos diminutos. Cuando los papelitos cayeron encima de la roca, ésta estalló en una carcajada larga que parecía un río de burbujas. Eso fue la segunda risa.

Quedaba la tercera. Luna subió de último. No hizo nada espectacular. Se sentó y miró la roca con ternura, como si fuera una amiga cansada. Recordó todas las cosas pequeñas que hacían reír a la roca: el eco bailón, las estalactitas coliflor, las semillas de chicle voladoras. Luna, en voz baja, comenzó a contar algo divertido y muy sencillo: "Una vez una luciérnaga se perdió porque su luz le cantaba la siesta..." La historia era tan humilde y tan cariñosa que nadie en la cueva la había oído nunca.

La Roca Rietes no pudo resistir. Se rió con una risa que hizo sonar campanas dentro de la cueva. Rió, rió y su risa se volvió brillante como confeti. En cuanto llegó la tercera risa, la roca se abrió como un estuche feliz y dejó caer una llave pequeña, hecha de hilos de luz. Los niños la atraparon con las manos llenas de polvo de colores.

La Roca Rietes dijo, contenta: "Habéis hecho lo imposible con humor y corazón. La llave iluminará lo que más necesitéis." Los cuatro se miraron. No necesitaban abrir puertas. Ya habían abierto algo más grande: la capacidad de crear soluciones con juegos, con amigos y con ideas tan raras que nadie las esperaba.

Epílogo: Regreso con luz y promesas

De camino a la salida, Pepita el caracol iluminó el sendero con dibujos de soles pequeños. Los murciélagos hicieron una fila de aros brillantes por donde pasar y la cueva entera comenzó a cantar una canción que sabían todas las cuevas alegres.

Al salir, cada niño llevó un trocito de la llave de luz en su bolsillo. No era para ganar premios. Era un recuerdo: cuando todo parecía imposible, podían inventar una forma divertida de intentarlo. Luna guardó la costumbre de contar historias tontas. Nico aprendió a mirar las soluciones raras. Sara supo que pegar una pegatina a veces cambia el ánimo de una piedra y Manu descubrió que su cuerda podía sostener risas. Y los cuatro supieron pedir ayuda y ofrecerla al instante.

Se prometieron volver. Antes de irse, le dijeron a la Roca Rietes: "Gracias por creer que podíamos." La roca rió otra vez, más suave, como si fuera un adiós que también era un hasta luego.

Al alejarse, Luna saludó con la mano y dijo, en voz baja y feliz: "À la prochaine." Los demás rieron y respondieron con ecos que ya sabían bailar. Y la cueva, que brillaba como un cuento, cerró un ojo de luz hasta la próxima aventura. À la prochaine

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Cueva
Un lugar grande y oscuro bajo la tierra donde pueden vivir animales o esconderse cosas.
Linternas
Objetos que dan luz para ver cuando hace oscuridad.
Estalactita
Una formación puntiaguda que cuelga del techo de una cueva.
Custodie
Verbo que significa cuidar o guardar algo con responsabilidad.
Pegajosa
Que se queda pegado al tocarlo, como la miel o el chicle.
Caparazón
La casa dura que protege el cuerpo de algunos animales, como un caracol.
Eco
Cuando un sonido vuelve y se oye otra vez en lugares cerrados.
Cosquillas
Sensación que hace reír cuando alguien toca donde eres sensible.
Chispeaba
Cuando algo brillaba con pequeñas luces o destellos.
Murmuró
Hablar muy bajito, casi en un susurro.
Ternura
Sentimiento suave y cariñoso hacia alguien o algo.
Confeti
Papelitos de colores que se lanzan en celebraciones.
Caracolita luminosa
Un caracol pequeño que da luz con su caparazón.

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