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Cuento de desafío imposible 5/6 años Lectura 14 min.

La sonrisa imposible de la tienda Trucos y chispas

Lía, una niña prudente y creativa, enfrenta tres retos imposibles en la tienda TRUCOS Y CHISPAS usando calma, ingenio y cuidado del material; su misión incluye cruzar un pasillo resbaladizo, atrapar un suspiro escurridizo y hacer sonreír a un espejo serio.

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Niña de 6 años, Lía, rostro concentrado y sonriente, ojos grandes y atentos, cabello en dos coletas, vestida con un vestido a rayas y calcetines coloridos; sostiene un pequeño frasco de vidrio con una mano y guía una gran burbuja irisada con la otra. Hombre de unos 50 años, el señor Cuchuflí, corpulento, con bigote, bata con bolsillos y gafas redondas, a la izquierda aplaudiendo con expresión orgullosa y amable. Hombre adulto, el inspector, con el pelo cubierto de purpurina visible bajo un gran sombrero, detrás de la mesa a la derecha, quitándose el sombrero con sorpresa divertida. Sobre la mesa frente a Lía: una caja abierta que suelta un soplo invisible, tres pañuelos doblados, una lupa roja, un rollo de cuerda blanda y una pequeña botella de líquido brillante etiquetada "burbujas resistentes". Interior de una tienda acogedora con estanterías de madera llenas de cajas coloridas, una lámpara metálica colgante y un espejo dorado en la pared que refleja la escena; suelo de baldosas verdes y plantas en maceta al lado. Situación: Lía captura un soplo invisible (representado por nubes de polvo brillante) en una burbuja irisada que empuja hacia la abertura del frasco, burbuja a medio dentro, expresión de concentración alegre; los adultos la miran maravillados. Estilo: tinta coloreada con trazos definidos y texturas de acuarela, colores cálidos y contrastados, detalles lúdicos (etiquetas manuscritas, pequeñas manchas de color), composición centrada en Lía y el frasco. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: La tienda de las ideas raras

En la calle del Mercado Chiquitín había una tienda con un cartel torcido que decía: “TRUCOS Y CHISPAS”. La puerta tenía una campanita que sonaba como “¡tilín!” y, a veces, como “¡tolón!”, porque le gustaba cambiar de humor.

Allí trabajaba Lía, una niña de cinco años con coleta saltarina y ojos muy atentos. Lía era prudente. Mucho. Cuando caminaba, miraba el suelo como si buscara hormigas con casco. Cuando tocaba algo, lo hacía despacito, como si el aire fuera de gelatina.

—Buenos días, señor Cuchuflí —saludó Lía al dueño de la tienda.

El señor Cuchuflí era un señor redondito con bigote como escobita. Se asomó desde detrás de una montaña de cajas de “polvos de risa” y “cintas que se pegan y se despegan solas”.

—Buenos días, capitana Precaución —dijo él—. Hoy tenemos un reto… de los

Lía abrió los ojos.

—¿Imposible-imposible? ¿Como meter un elefante en una taza?

—Más imposible todavía —susurró el señor Cuchuflí, dramático—: el Cliente Misterioso ha pedido… ¡una sonrisa que no se caiga aunque le hagan cosquillas a la tristeza!

Lía se quedó quieta, concentrada. Se llevó un dedo a la barbilla, como había visto hacer a los detectives de dibujos.

—Las sonrisas no se caen —dijo.

—Ah, pero esta es una sonrisa especial —explicó el señor Cuchuflí—. Tiene que aguantar tres pruebas imposibles.

En ese momento, la campanita sonó: “¡tilín!”. Entró un cliente con una gabardina enorme y un sombrero tan grande que parecía una pizza en la cabeza. Solo se veían sus zapatos… y uno estaba al revés.

—Buenas —dijo el cliente, con voz rara—. Vengo por lo imposible.

El señor Cuchuflí le guiñó un ojo a Lía.

—Lía se encargará. Ella cuida el material como si fuera de cristal con sueño.

Lía miró su mesa de trabajo: tenía una caja de lápices de colores bien ordenados, un rollo de cuerda suave, tres pañuelos limpios, un frasco de “burbujas resistentes” y una lupa pequeña con mango rojo. También tenía una bolsita para guardar todo y que nada se perdiera.

—Yo puedo —dijo Lía, despacio—. Pero primero ordeno.

El cliente misterioso tosió.

—¿Ordenar? ¿Para lo imposible?

—Sí —respondió Lía—. Si está ordenado, mi cabeza hace “clic”.

El señor Cuchuflí aplaudió sin ruido, como si tuviera guantes invisibles.

—Perfecto. Primera regla de la tienda: concentración alegre.

Lía respiró hondo y sonrió. Una sonrisa chiquita, pero firme.

—Dígame las pruebas —pidió.

El cliente levantó tres dedos… aunque uno era un dedo de guante que se cayó y tuvo que volver a ponérselo.

—Uno: cruzar el Pasillo de las Cáscaras Resbalosas sin resbalar. Dos: atrapar el Suspiro Escurridizo en un frasco sin romperlo. Tres: hacer reír al Espejo Serio… sin decir “ja”.

Lía parpadeó.

—Eso suena… súper imposible.

—¡Ajá! —dijo el cliente, contento.

Lía miró su bolsita, su lupa y sus pañuelos.

—Entonces lo haremos súper con calma.

Parte 2: El pasillo que quería hacer “¡plaf!”

Detrás de la tienda había un pasillo largo con baldosas verdes. A los lados, dos macetas con plantas que parecían peinarse solas. En el suelo había… cáscaras de plátano. Montones. Como si un mono hubiera tenido una fiesta.

El señor Cuchuflí levantó un cartelito: “PASILLO DE LAS CÁSCARAS RESBALOSAS. PROHIBIDO ANDAR COMO PATO ASUSTADO”.

Lía tragó saliva.

—Yo no ando como pato —dijo.

—A veces haces “cuac-cuac” cuando te sorprendes —bromeó el señor Cuchuflí.

—Eso fue una vez… y era un pato de mentira —se defendió Lía, roja.

El cliente misterioso se colocó al final del pasillo, como juez de juego.

—Si resbalas… la sonrisa se cae —anunció.

Lía se agachó y sacó de su bolsita tres pañuelos limpios.

—Material, no te preocupes —susurró—. Yo te cuido.

Extendió un pañuelo sobre cada zapato, como si fueran calcetines de superhéroe.

—¿Pañuelos? —preguntó el señor Cuchuflí.

—Sí. Así mis zapatos hacen “shhh” en vez de “¡plaf!” —explicó Lía.

Dio un paso. “Shhh”. Otro paso. “Shhh”. Funcionaba… hasta que una cáscara decidió ser traviesa y se pegó a su pañuelo como una lengua de plátano.

—¡Ay! —dijo Lía—. Cáscara pegajosa.

El cliente misterioso se inclinó.

—¿Te vas a caer?

Lía se quedó quieta, como estatua. Pensó. Se concentró alegre: miró una baldosa, luego otra, como si fueran islas.

—No —dijo—. Voy a jugar a “islas”.

Con la cuerda suave hizo un camino: la puso en el suelo formando una línea serpiente, evitando las cáscaras.

—La cuerda es mi río —explicó—. Yo camino por la orilla.

Caminó pegando los pies a la cuerda. Paso corto, paso corto. “Shhh, shhh”. Cuando una cáscara quiso atacar, Lía la empujó con la punta del pie, despacito, sin romper nada.

—¡Fuera, plátano bailarín! —dijo con voz seria… y eso la hizo reír un poquito por dentro.

Llegó al final sin resbalar. El cliente misterioso se cruzó de brazos.

—Hmmm. Eso parecía fácil.

—No era fácil —dijo Lía—. Era lento.

El señor Cuchuflí levantó los pulgares.

—Lento y listo.

Lía recogió sus pañuelos del suelo. Los dobló con cuidado.

—Pañuelos: siguen limpios… casi.

Uno tenía una manchita amarilla.

—Esa mancha es un recuerdo —dijo Lía—. Pero no lo voy a oler.

Parte 3: El suspiro que se escapaba por las esquinas

Volvieron a la mesa de trabajo. En un rincón, había una caja que decía: “SUSPIROS. NO ABRIR SI TIENES HIPO”. Lía la miró con respeto.

—¿Un suspiro se puede atrapar? —preguntó.

El cliente misterioso asentó muy serio.

—Este suspiro es el más escurridizo. Se mete por cualquier rendija. Y si lo aprietas… ¡puf! se convierte en aire aburrido.

El señor Cuchuflí puso un frasco transparente sobre la mesa.

—Frasco de cristal fino. Trátalo con cariño.

Lía lo tomó con las dos manos.

—Hola, frasco —dijo—. No te voy a dejar caer.

Abrió la caja de suspiros solo un poquito. Salió algo que no se veía, pero se sentía. Hizo “fiuuu” como un viento tímido y olía a galleta triste.

—¡Se va! —dijo el cliente.

El suspiro dio una vuelta por la lámpara, luego se escondió detrás de un cartel que decía “NO TOCAR: COSAS QUE COSQUILLEAN”.

Lía sacó su lupa de mango rojo.

—Lupa, ayúdame a mirar el aire —pidió.

Miró alrededor. En la lupa no se veía el suspiro, claro… pero sí se veía polvo brillando. Y el suspiro movía el polvo como si barriera.

—¡Ajá! —susurró Lía—. El polvo baila donde él pasa.

Se concentró tanto que arrugó la nariz.

—¿Qué haces? —preguntó el señor Cuchuflí.

—Juego a seguir el baile —dijo Lía.

Tomó el frasco y lo acercó sin prisas. Pero el suspiro era rápido. Se metió por una rendija del cajón. Luego salió por otra, como un pez invisible.

El cliente misterioso chasqueó la lengua.

—Imposible.

Lía pensó. Miró el frasco. Miró el frasco otra vez. Y sonrió.

—Si corre mucho, necesita un tobogán —dijo.

Puso un pañuelo limpio sobre la mesa y lo dobló formando una rampita, como una montaña suave. Encima dejó caer una gotita de “burbujas resistentes”.

—Suspiro, ven a patinar —canturreó.

El suspiro, curioso, pasó por allí y… “fiuuuiii”. La burbuja lo atrapó como una manta elástica. No lo apretó. Solo lo abrazó.

—¡Ahora! —dijo Lía.

Con cuidado, guiando la burbuja, la empujó hacia la boca del frasco. La burbuja entró y se quedó dentro, temblando.

Lía cerró el frasco despacito.

—Listo. Sin romper, sin apretar —anunció.

El cliente misterioso se quedó callado. Luego dijo:

—Huele menos triste.

—Porque está cómodo —dijo Lía—. Los suspiros se portan mejor cuando no los asustas.

El señor Cuchuflí juntó las manos e hizo un aplauso pequeñito, casi secreto.

—Bien, Lía. Falta la tercera.

El cliente misterioso señaló una puerta al fondo.

—El Espejo Serio te espera.

Parte 4: El espejo que no quería “ja”

El cuarto del Espejo Serio era brillante y silencioso. En la pared había un espejo enorme con marco dorado. El espejo tenía cara de domingo sin helado.

Lía se puso enfrente. Se vio a sí misma, con su coleta y una manchita amarilla en el pañuelo que asomaba de su bolsita.

El espejo habló con voz plana:

—No me hagas reír. Yo soy serio.

—No necesito que te rías mucho —dijo Lía—. Solo un poquito.

El cliente misterioso se sentó en una silla y sacó un bloc, como si fuera a poner notas.

—Regla —dijo—: sin decir “ja”.

Lía se tapó la boca un segundo.

—Entonces diré… otras cosas.

Pensó en chistes, pero todos tenían “ja” escondida, como un ratón en queso. “¡Qué caja!”… ahí estaba “ja”. “¡Qué pijama!”… también.

—Uy —susurró—. La “ja” está por todas partes.

El señor Cuchuflí le dio una señal: tocarse la sien, como diciendo “piensa con calma”.

Lía respiró. Miró el espejo. Se concentró alegre, como cuando colorea sin salirse.

Sacó de su bolsita una cinta que se pega y se despega sola. La cuidó bien: la desenrolló sin tirones, la apoyó en la mesa, y luego la cortó con tijeras pequeñitas de punta redonda.

—Cinta, no te enredes —murmuró.

Con la cinta hizo dos cejas gigantes y se las pegó a su propia frente. Se miró en el espejo: parecía un búho sorprendido.

El espejo parpadeó… o pareció parpadear.

Lía infló las mejillas como un globo.

—Mmmf —hizo, porque no quería decir nada peligroso.

Luego sacó un lápiz azul y se dibujó un bigote fino en el dedo. Levantó el dedo como si fuera un señor elegante.

—Buenas tardes, soy el señor Dedo Bigote —dijo con voz grave—. Vengo a comprar… una sopa de calcetines.

El espejo siguió serio, pero su esquina derecha tembló.

Lía cambió de voz.

—¡No, señor Dedo Bigote! Aquí solo vendemos trucos y chispas. La sopa de calcetines está en la tienda de al lado: “Olores y Pies”.

El señor Cuchuflí se llevó una mano a la boca para no reír fuerte.

El cliente misterioso intentó seguir serio, pero se le movió el sombrero-pizza.

Lía se acercó al espejo y susurró:

—Espejo, espejo… ¿por qué estás tan serio? ¿Te falta cosquilla en la nariz?

Y, sin tocar el espejo, Lía sacó una pluma muy suave y la movió en el aire, cerca del marco, como si la pluma hiciera cosquillas a la luz.

—Fiu, fiu, fiu —sonó la pluma, como si cantara.

El espejo, de pronto, mostró una pequeña curva en su boca. Una sonrisa mínima. Tan pequeña que casi era un secreto.

Lía abrió los ojos.

—¡Lo hiciste! —dijo bajito—. Sonrisa de espejo.

El espejo habló, un poquito más amable:

—No fue risa. Fue… un resbalón de alegría.

—Eso vale —dijo Lía—. Los resbalones aquí son permitidos si no son de plátano.

El cliente misterioso se levantó. Se quitó el sombrero gigante. Debajo, tenía el pelo lleno de purpurina.

—¡Sorpresa! —dijo—. Yo soy el inspector de retos imposibles.

El señor Cuchuflí abrió la boca.

—¿Inspector?

—Sí —asintió el inspector—. Vengo a ver si la tienda enseña a concentrarse sin ponerse gruñón. Y esta niña… lo hizo perfecto.

Lía se quedó quieta, sin saber si saludar o esconder su dedo bigote.

—¿Aprobé? —preguntó.

—Más que aprobado —dijo el inspector—. Convertiste obstáculos en juego. Cuidaste el material. Y no te rendiste, aunque todo decía “imposible”.

Lía miró su frasco con el suspiro cómodo, sus pañuelos doblados, su cuerda enrollada.

—Yo solo hice pasos cortos —dijo.

—Eso es lo grande —respondió el señor Cuchuflí—. Pasos cortos, mente despierta.

El inspector sacó una pegatina con forma de estrella y se la dio.

—Para tu bolsita. Pero pégala recta. Si no, la estrella se marea.

Lía la pegó con cuidado, concentrada y sonriente. Quedó recta, orgullosa.

Entonces, el señor Cuchuflí, el inspector y hasta el Espejo Serio hicieron un aplauso discreto: palmas suaves, como lluvia pequeñita.

Lía se puso de puntillas y dijo:

—Mañana… ¿hay más imposibles?

El señor Cuchuflí guiñó un ojo.

—Siempre. Pero contigo, los imposibles se ríen bajito y se vuelven posibles.

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Susurró
Hablar muy bajito, casi en un suspiro, para que pocos escuchen.
Traviesa
Que hace pequeñas bromas o se comporta con picardía.
Rampita,
Una pequeña rampa o subida que sirve para que algo se deslice.
Frasco
Un recipiente de vidrio con boca estrecha para guardar cosas adentro.
Serio.
Cuando alguien no ríe y muestra mucho cuidado o calma.

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