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Cuento sobre la tolerancia 11/12 años Lectura 17 min.

Puentes de ritmo: el juego donde todos caben

En el patio del colegio, Martín, Inés y el nuevo Sami inventan un juego que mezcla ritmo y movimiento para que todos participen, aprendiendo a escuchar, esperar y adaptarse.

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Hay cuatro niños: Martín, ~11 años, piel clara, pelo castaño corto, camiseta verde y vaqueros, a la izquierda con una pelota y sonrisa serena; Inés, ~11, piel morena, trenza, en silla de ruedas azul al centro-derecha con la mano en el reposabrazos y mirada traviesa; Sami, ~12, piel oliva, pelo negro rizado, camiseta amarilla a la derecha marcando el ritmo con palmas y sujetando la pelota en la cadera; y Leo, ~12, piel clara, pelo rubio, sudadera roja, sentado en primer plano izquierdo riendo tras levantarse. Están en una escuela bajo un gran árbol, suelo de hormigón con líneas de baloncesto, cuatro conos naranjas formando un rectángulo y un banco a la sombra; ambiente luminoso y colores vivos. Juegan a pasar la pelota al ritmo de las palmas: dos palmadas rápidas y una lenta; los demás esperan sobre los "puentes" marcados por las líneas y cruzan el rectángulo en la pausa lenta; la escena muestra dinamismo, ayuda y paciencia. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Una tarde tranquila en el patio

Martín caminaba despacio por el pasillo del colegio, con la mochila colgándole de un hombro y la cabeza llena de calma, como si llevara dentro una música suave. Le gustaba observar cosas pequeñas: el eco de las risas en las paredes, el olor a tiza, el viento que movía las hojas del plátano del patio.

En la puerta del gimnasio lo esperaba su amiga Inés, sentada en su silla de ruedas, con una botella de agua apoyada en el reposabrazos. Tenía el pelo recogido en una trenza y una expresión divertida, como si acabara de pensar una broma.

—¿Vienes a ver el partido o a contar nubes? —preguntó Inés.

—A las dos cosas, si me dejan —respondió Martín, sonriendo.

Los viernes por la tarde, el patio se convertía en un pequeño mundo: unos jugaban al fútbol, otros hacían trucos con una cuerda, y un grupo se juntaba siempre para inventar juegos nuevos. Hoy, sin embargo, había una energía distinta. Un chico nuevo, de su edad, estaba de pie cerca de las canastas con una pelota bajo el brazo. Se llamaba Sami, según había oído en clase. Miraba alrededor como quien busca una puerta invisible.

Martín lo observó un momento. Sami no parecía triste, pero sí atento, como si estuviera descifrando un idioma.

Inés también lo vio.

—Es el nuevo —dijo—. En lengua casi no habló, pero cuando la profe dijo “metáfora”, levantó la ceja como si fuera un detective.

Martín soltó una risa corta.

—¿Vamos a saludar?

—Vamos —dijo Inés—. Pero sin asustarlo. Como cuando te acercas a un gato.

Martín respiró hondo. No porque estuviera nervioso, sino porque le gustaba empezar las cosas despacio, con paciencia.

Se acercaron.

—Hola, Sami —dijo Martín—. Soy Martín. Ella es Inés.

Sami ajustó la pelota contra su costado.

—Hola —respondió—. Estoy… mirando.

—Mirar es un gran deporte —comentó Inés—. Aunque hoy creo que todo el mundo está esperando que pase algo.

Sami soltó una sonrisa pequeña.

—En mi otro cole jugábamos a un juego con palmas. Aquí veo… fútbol.

—También jugamos a otras cosas —dijo Martín—. Si te apetece, te unes. Estamos a punto de empezar un juego de patio, pero… todavía no sabemos cuál.

Sami miró a Inés, luego a Martín.

—Me apunto —dijo, y la pelota pareció menos pesada en sus brazos.

Capítulo 2: El juego que no encajaba del todo

En la zona de sombra, junto al banco largo, se reunían siempre para “El Relámpago”, un juego rápido de carreras cortas y cambios de dirección. A Martín le gustaba porque no hacía falta hablar demasiado: solo mirar, moverse y confiar en el equipo.

Hoy estaban allí tres compañeros más, pero el grupo principal era pequeño: Martín, Inés y Sami. A veces, menos gente significaba más espacio para que el juego respirara.

—Vale —dijo Martín, apoyando una mano en el respaldo del banco—. Jugamos a “El Relámpago”. Dos equipos, una base en cada lado, y la pelota es el relámpago. Hay que llevarla a la base contraria sin que te la quiten.

Sami asintió, interesado.

Inés hizo girar suavemente una rueda.

—La base de allí me parece bien —dijo—. Pero… una cosa: en este juego hay mucho de empujar y correr, y no me apetece que alguien se emocione demasiado y me convierta en “obstáculo”.

Lo dijo con humor, pero sus ojos estaban serios, tranquilos. Martín conocía esa mezcla: cuando alguien bromea para que los demás escuchen mejor.

Sami miró el suelo, como pensando.

—En mi juego —dijo—, si alguien no puede correr, se le da otra tarea importante. No como “pobrecito”, sino como… el que controla el tiempo. O el que decide si algo cuenta.

Martín sintió que la frase se le quedaba en la cabeza. “Otra tarea importante”. Eso sonaba justo.

—Podemos adaptarlo —dijo Martín—. Que el relámpago no sea solo correr.

Inés levantó una ceja.

—Me gusta cómo suena eso. “Adaptarlo” suena a taller de inventos.

Sami apretó la pelota con más confianza.

—Yo puedo explicar el juego de palmas —ofreció—. Se llama “Palmas y Puentes”. Hay que pasar por “puentes” marcados, y el ritmo decide quién avanza.

Martín imaginó el patio lleno de palmadas como lluvia suave. Le gustó. Era diferente a lo de siempre.

—Hagamos una mezcla —propuso—. Algo que tenga movimiento, pero también ritmo y reglas claras. Y que nadie se quede fuera por cómo se mueve o por lo rápido que corre.

Inés señaló con el dedo una línea pintada en el suelo, de esas del campo de baloncesto.

—Podemos usar esas líneas como “puentes”. Y la pelota se pasa solo cuando oyes el ritmo. Así nadie se lanza como una tormenta.

Martín sonrió. En su cabeza, el juego ya empezaba a existir.

—Entonces —dijo—, necesitamos paciencia. Si vamos con prisa, esto será un caos bonito, pero caos al fin.

Sami soltó una risa breve.

—En mi casa dicen: “La prisa te hace tropezar con tu propia sombra”.

—Qué buena frase —dijo Inés—. Me la apunto para cuando Martín quiera correr al final de educación física.

—Yo no corro —protestó Martín—. Yo… me desplazo con entusiasmo.

Sami se rió de verdad esta vez. Y con esa risa, el grupo se sintió un poco más grupo.

Capítulo 3: Reglas nuevas, dudas viejas

Se colocaron en un espacio amplio del patio. Martín buscó cuatro conos de plástico que habían quedado olvidados y los puso formando un rectángulo.

—Estos son los “puentes” —explicó—. Para avanzar, tienes que cruzar un puente con la pelota, pero solo se puede pasar la pelota cuando el ritmo suena.

Sami se aclaró la garganta.

—El ritmo es así —dijo, y comenzó a dar palmadas: dos rápidas y una lenta. “Pa-pa… Paa”.— Cuando suena la lenta, se pasa la pelota.

Inés agregó:

—Y quien tenga la pelota cuando se acabe el ritmo… se queda quieto un turno. Para que pensemos y miremos, no para castigar.

Martín asintió. Le gustaba que las reglas tuvieran sentido, no solo “porque sí”.

Sin embargo, cuando empezaron a probar, apareció la primera complicación. Dos chicos del fútbol se acercaron, curiosos, y uno de ellos, Leo, miró los conos con cara de “¿qué invento es este?”.

—¿Jugáis a… aplaudir? —preguntó Leo, intentando sonar gracioso.

Inés se encogió de hombros.

—Sí. Es peligroso. Podríamos aplaudirte demasiado fuerte y te vuelves famoso.

Sami sonrió, pero parecía tenso. Martín notó cómo apretaba la pelota.

Martín habló sin levantar la voz.

—Estamos probando un juego nuevo. Si quieres, te unes. Pero hay que seguir el ritmo.

Leo miró alrededor y se rió con su amigo, no de mala intención, más bien por costumbre.

—Yo soy malo con los ritmos —dijo—. Me pierdo.

—Eso se entrena —respondió Sami, sorprendiéndose a sí mismo por hablar con firmeza—. Y si te pierdes, no pasa nada. Esperas el siguiente. Paciencia.

Hubo un silencio. Martín lo sintió como una pequeña puerta abriéndose.

—Exacto —dijo Martín—. Aquí no gana el que corre más. Gana el que escucha mejor.

El amigo de Leo, Dani, se quedó mirando los conos.

—Bueno… —dijo—. Me da curiosidad.

Inés hizo un gesto teatral con la mano.

—Bienvenidos al club de las personas que escuchan. No mordemos. Solo aplaudimos.

Leo respiró hondo, como si aceptar fuera un reto.

—Vale. Una ronda —concedió.

Empezaron de nuevo. Sami marcaba el ritmo con palmas, Martín observaba para asegurarse de que todos entendieran, e Inés, desde su posición, controlaba que los “puentes” estuvieran despejados y que nadie empujara sin querer.

Al principio, Leo se equivocó dos veces y se quedó quieto un turno. Se sonrojó.

—Es raro —murmuró—. Me siento tonto.

Martín se acercó lo suficiente para que lo oyera sin que los demás lo notaran.

—No es tonto parar —le dijo—. Parar es parte del juego. Y si lo piensas… en el fútbol también paras cuando el árbitro pita.

Leo lo miró, y el rojo de su cara bajó un poco.

—Ya —dijo—. Supongo.

Sami siguió con el ritmo, constante, como un corazón. Y poco a poco, Leo empezó a acertar.

Dani, en cambio, quería ir más rápido y se adelantaba antes de la palmada lenta.

Inés levantó la mano.

—Alto. Dani, vas con motor de carrera.

—Es que si espero, me la quitan —se defendió Dani.

—Precisamente —dijo Inés—. Este juego te enseña a esperar sin perder. Es como cuando haces cola en la cafetería: si te cuelas, llegas antes, pero la gente te mira fatal y luego nadie quiere sentarse contigo.

Dani soltó una carcajada.

—Vale, vale. Esperaré.

Martín pensó que eso era la tolerancia en versión patio: aprender a ajustarse sin humillar a nadie, y entender que las reglas nuevas no son una amenaza, sino una forma de que todos quepan.

Capítulo 4: El momento en que todo se entiende

Con el paso de los minutos, el juego dejó de ser un experimento y se volvió real. Había tensión sana, risas, y un tipo de silencio atento entre palmada y palmada.

En un turno, la pelota quedó en manos de Inés. Martín vio cómo Leo dudaba: estaba acostumbrado a arrebatar el balón corriendo, pero aquí no servía de nada lanzarse sin ritmo.

Sami marcó: “Pa-pa… Paa”.

Inés pasó la pelota con un movimiento rápido y preciso hacia Martín, que estaba en un “puente” lateral. Martín la recibió y esperó la siguiente palmada lenta. Su cuerpo quería moverse antes, por impulso, pero se obligó a quedarse. Notó la impaciencia como un cosquilleo en los tobillos.

—Tranquilo —se dijo en voz baja—. Es solo un segundo.

Cuando llegó la palmada lenta, avanzó. Dani intentó interceptar, pero se detuvo a tiempo, recordando la regla. Se rió, como si acabara de evitar chocar contra una pared invisible.

—¡Casi me olvido! —exclamó.

Leo, que al principio parecía desconfiar, empezó a disfrutar. En un turno le tocó quedarse quieto porque se adelantó, y en lugar de enfadarse, se dio una palmada en la frente.

—Mi sombra me ha hecho tropezar —bromeó, citando sin querer a Sami.

Sami abrió los ojos, sorprendido y contento.

—¡Esa era mi frase!

—Pues ahora es de todos —dijo Leo—. Pero la cuido, ¿eh?

Martín sintió algo cálido en el pecho. No era una gran hazaña, no habían ganado un torneo ni nada. Solo estaban compartiendo un juego. Pero en ese compartir había una especie de puente invisible, más importante que los conos del suelo.

En medio de la partida, una niña de otro curso, Clara, pasó cerca y miró curiosa.

—¿Qué hacéis? —preguntó.

Inés respondió:

—Un juego que no se enfada si eres diferente.

Clara parpadeó.

—¿Los juegos se enfadan?

—A veces las personas se enfadan dentro de los juegos —dijo Martín—. Pero estamos intentando que aquí no pase.

Clara se quedó pensando.

—¿Puedo probar?

Sami asintió.

—Sí, pero primero escucha el ritmo.

Clara escuchó. Aplaudieron juntos. Falló una vez, se rió, esperó su turno, y luego acertó. Nadie la apuró. Nadie le dijo “¡pero qué lenta!”. Ese detalle, pequeño, parecía sostenerlo todo.

Martín miró a Inés un segundo. Ella le devolvió la mirada, satisfecha.

—¿Ves? —dijo Inés en voz baja—. Adaptar no es hacer el juego más fácil. Es hacerlo más justo.

Martín asintió, sintiendo que esa frase también se quedaba para siempre en algún lugar.

Capítulo 5: Una pausa para hablar y escuchar

Cuando el timbre anunció que quedaban pocos minutos, el grupo se detuvo por sí solo, como si el ritmo de las palmas hubiera enseñado también a frenar.

Sami dejó de aplaudir y se secó las manos en el pantalón.

—Me duelen un poco —confesó—, pero de un modo feliz.

Leo se sentó en el suelo, con las piernas estiradas.

—No pensé que me gustaría —admitió—. Creí que iba a ser… no sé, raro.

Inés lo miró sin burla, solo con curiosidad.

—¿Y fue raro?

Leo se rascó la nuca.

—Sí. Pero un raro bueno. Como cuando pruebas una comida que tiene un nombre imposible y luego dices: “Eh, pues esto está rico”.

Dani asintió.

—A mí me costó esperar. Me ponía nervioso. Pero cuando esperas y luego te sale… es como si el cuerpo dijera “gracias”.

Martín escuchaba y se sentía contento sin necesidad de saltar. Le gustaba esa sensación serena, como una luz pequeña encendida en una habitación.

—Podemos hacer un círculo —propuso de pronto—. Un círculo de palabra, para cerrar. Como hace la profe de tutoría cuando discutimos algo importante.

Inés sonrió.

—Perfecto para antes de irnos. Y para que nadie se vaya con cosas sin decir.

Se colocaron en círculo en la zona de sombra. Inés quedó integrada como una más, con el grupo ajustándose de forma natural para que todos se vieran la cara.

Martín respiró y habló primero, porque le parecía justo empezar si él había propuesto.

—Yo me di cuenta de que me cuesta esperar —dijo—. No porque tenga prisa de verdad, sino porque me da miedo equivocarme y quedarme atrás. Hoy esperé y no pasó nada malo.

Clara levantó la mano, como si estuviera en clase, y luego se rió de sí misma.

—Yo… me sentí bienvenida —dijo—. Aunque no sabía el juego. Eso me gustó.

Sami miró sus manos.

—Yo estaba nervioso al principio —confesó—. Pensé que mi idea no encajaría aquí. Pero cuando vi que la mezclábamos con la vuestra… fue como hacer un puente entre dos lugares.

Leo se aclaró la garganta.

—Yo pensé cosas sin pensarlas —dijo, serio—. Como “esto es raro”. Y luego vi que raro no significa malo. Solo significa nuevo para mí.

Dani habló después, más tranquilo.

—A mí me sirvió que nadie me gritara. Si me hubieran gritado, me habría puesto terco. Pero como me lo explicasteis… me dio ganas de intentarlo otra vez.

Inés fue la última. Su voz sonaba suave, segura.

—Me gustó que el juego se adaptara sin que fuera “sobre mí” —dijo—. Solo fue… sobre todos. Sobre jugar juntos. Y me gustó que la paciencia fuera una regla, no solo una palabra bonita.

Martín miró el círculo: caras distintas, formas distintas de moverse, de bromear, de callar. Y, aun así, el mismo aire compartido.

—Entonces —dijo Martín, para cerrar—, ¿qué nos llevamos?

Sami sonrió.

—Que escuchar también es jugar.

Clara añadió:

—Que esperar puede ser parte de la diversión.

Leo soltó una risa pequeña.

—Y que las sombras no mandan, ¿vale?

Se rieron, sin ruido excesivo, como una risa que no rompe la tarde. El timbre sonó de nuevo, y el círculo se deshizo despacio, sin prisa, como si cada uno se llevara un pedacito del ritmo en los bolsillos.

Martín caminó junto a Inés hacia la salida. Sami iba a su lado, con la pelota bajo el brazo.

—El lunes —dijo Inés—, repetimos. Pero con un nombre mejor. “Palmas y Relámpagos” suena a grupo de música.

—O “Puentes de Ritmo” —propuso Sami.

Martín pensó un segundo.

—Lo decidimos en otro círculo —dijo—. Con calma.

Y se fueron, dejando en el patio los conos, las huellas de pasos y, sobre todo, una idea sencilla: cuando uno tiene paciencia, las diferencias dejan de ser muros y se vuelven caminos.

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Algo que molesta o impide avanzar en un juego o camino.
Paciencia
Capacidad de esperar sin enfadarse ni perder la calma.
Adaptarlo
Cambiar algo para que funcione mejor para otras personas.
Preciso
Que se hace con exactitud y sin errores, muy puntual.
Tutoría
Clase o reunión con el profesor para hablar temas del curso.
Círculo de palabra
Actividad en grupo donde cada persona habla por turno.
Relámpago
Aquí, palabra para decir que la pelota se mueve muy rápido.
Puentes
Líneas o zonas que sirven para pasar de un lado al otro.

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