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Cuento sobre la tolerancia 11/12 años Lectura 15 min.

La tiza que dibujaba puentes

Lucía, una niña muy metódica, aprende a combinar sus reglas con la escucha y la creatividad para integrar a Amina y convertir diferencias en juegos y proyectos compartidos en su colegio.

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Niña de 12 años, Lucía, sonriente pero concentrada, ojos grandes, coleta castaña, vaqueros y sudadera; traza letras en el suelo con tiza blanca. Niña de ~12 años, Amina, de origen marroquí, piel oliva, pañuelo verde, mirada curiosa; muestra una casilla del juego de letras a Lucía. Niño de 12 años, Dani, piel clara, pelo castaño despeinado, sostiene un balón bajo el brazo y observa sonriendo desde la derecha. Adolescente Tomás, ~16 años, hermano de Lucía, piel clara, apoyado en la pared, mirada amable. Lugar: porche escolar húmedo con suelo de hormigón, un gran círculo de tiza con letras de colores y una pequeña rayuela, charcos y muros de ladrillo al fondo. Escena: juego conjunto alrededor del círculo de tiza, intercambio de una piedra entre Lucía y Amina, Dani espera su turno, Tomás vigila; ambiente cálido, colores pastel (verdes, rosas suaves, azul cielo), luz suave de tarde. Estilo: kawaii minimal, formas redondeadas, sombras ligeras, textura de tiza visible, expresiones claras. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La lista de Lucía

Lucía tenía once años y una manía que a su madre le parecía divertida: hacía listas para casi todo. Listas de libros por leer, de tareas del colegio, de canciones para caminar al instituto. Esa tarde, en la mesa de la cocina, escribió con letra clara en una libreta de cuadros:

1) Merienda

2) Deberes

3) Preparar cartel del club de ciencias

4) Dormir temprano

—¿“Dormir temprano” también va con casilla para marcar? —bromeó su hermano mayor, Tomás, pasando por detrás con una tostada.

—Por supuesto —respondió Lucía sin levantar la vista—. Si no lo apunto, mi cerebro se hace el distraído.

Su madre dejó un plato con manzana cortada y un puñado de nueces.

—Mañana llega Amina a tu clase, ¿verdad? La hija de la señora del tercero.

Lucía asintió. Había visto a Amina en el portal, con un pañuelo verde suave y unos ojos curiosos que parecían mirar el mundo con lupa. La gente del edificio hablaba de ella en voz baja, como si fuera un misterio.

—Dicen que viene de Marruecos —comentó Tomás—. A ver si trae dulces raros.

—No son “raros”, serán diferentes —corrigió la madre, sin regañar, solo afinando el tono.

Lucía mordió una nuez y pensó en “diferente” como en una palabra que podía ser un puente o una pared. Ella prefería los puentes, aunque a veces su manera metódica de hacer las cosas la empujaba a construir paredes sin querer.

Esa noche preparó su mochila con precisión: estuche, cuaderno, agenda, una tiza blanca que usaban en tecnología para marcar medidas en cartón. La guardó en el bolsillo lateral, como quien guarda un plan.

Capítulo 2: La pizarra y el primer malentendido

Al día siguiente, el aula olía a rotuladores y a lluvia reciente. La profesora, Marta, sonrió con esa energía tranquila que hacía que incluso los lunes parecieran menos lunes.

—Chicos, hoy se une a nosotros una compañera nueva. Amina, pasa.

Amina entró con una mochila pequeña y un cuaderno apretado contra el pecho. Llevaba el mismo pañuelo verde de la otra vez y unas zapatillas limpias, demasiado nuevas, como si todavía no se hubieran atrevido a pisar charcos.

—Hola —dijo en voz bajita.

—Hola —respondió la clase, con un coro irregular.

La profesora la sentó cerca de Lucía, en el puesto vacío de al lado. Lucía, que ordenaba siempre sus lápices de menor a mayor, notó cómo se le tensaba el estómago. No por Amina, sino por la idea de lo imprevisible.

En el recreo, Lucía sacó una tiza y empezó a dibujar una rayuela en el suelo del patio, con cuadrados perfectos. A varios les encantaba jugar ahí porque Lucía hacía líneas rectas, como si tuviera una regla invisible en la muñeca.

—¿Puedo? —preguntó Amina, acercándose.

—Claro —contestó Lucía, y le dio una piedrecita para lanzar.

Amina la lanzó con cuidado, pero no cayó dentro del primer cuadro. Rebotó y se fue hacia la línea, justo donde Lucía había marcado un “NO PISAR” pequeño, en una esquina.

—No pasa nada —dijo Amina, sonriendo como si el error fuera solo un chiste.

Lucía notó que una parte de ella quería decir: “Regla: si no entra, pierdes turno y ya”. Y otra parte, más suave, le susurró: “¿De verdad hace falta esa regla ahora?”.

Se aclaró la garganta.

—Mira, la rayuela es para divertirnos. Tira otra vez.

Amina la miró, sorprendida, como si le hubieran regalado un minuto extra de aire.

—Gracias.

Al rato se les unieron otros. Dani dijo riéndose:

—Lucía está hoy generosa. Eso sí que es noticia.

—Estoy… práctica —respondió ella, y se rieron.

Sin embargo, cuando Amina saltó, lo hizo diferente: en vez de ir a la pata coja, alternaba pasos, como una pequeña danza. A algunos les pareció raro.

—Así no es —soltó alguien al fondo.

Amina se detuvo, y su sonrisa se encogió. Lucía sintió un impulso conocido: corregir, ordenar, poner “la forma correcta”. Pero miró a Amina, que no estaba rompiendo nada, solo jugando con su propio ritmo.

—En mi casa jugábamos parecido —dijo Amina, y levantó un poco los hombros—. No sabía que aquí tenía una sola forma.

Lucía respiró y, sin grandes discursos, añadió:

—Podemos jugar de las dos maneras. Turnos: una ronda “clásica”, otra ronda “baile”. Así todos aprendemos.

La palabra “todos” sonó redonda, como una piedra bien pulida. Y, sin que nadie lo anunciara, la rayuela del patio se volvió más grande.

Capítulo 3: El club de ciencias y una regla que casi nace

Esa semana, Lucía tenía una misión importante: el club de ciencias iba a preparar una actividad para la feria del instituto. A ella le encantaba porque había cosas que se podían medir, anotar y comprobar. En la biblioteca, extendió su cuaderno y dibujó una tabla con columnas: “Material”, “Cantidad”, “Responsable”, “Tiempo”.

—Necesitamos un experimento que no explote —dijo Sara, mirando a los demás con seriedad teatral—. O que explote, pero poquito.

—Nada de explotar —sentenció Lucía, marcando un cuadradito.

Amina estaba invitada por la profesora para integrarse, y llegó con una hoja doblada en cuatro.

—Puedo ayudar —ofreció—. En mi otra escuela hicimos un filtro de agua con arena y carbón.

—Eso está bien —dijo Lucía, y lo apuntó—. Pero hay que hacerlo exactamente igual para que salga bien.

Amina frunció el ceño.

—¿Exactamente igual? Cada arena es distinta. Y si no tenemos carbón del mismo…

Lucía sintió que el “exactamente” se le había escapado como una orden. A veces hablaba así porque le daba seguridad, pero no quería que sonara como un muro.

—Vale, me explico —dijo, bajando el tono—. No necesitamos que sea idéntico. Necesitamos que funcione y que podamos explicarlo. Si tú sabes adaptarlo, mejor.

Dani, que estaba cortando cartón, soltó:

—¿Entonces la regla de Lucía es “no hay regla”? Qué confuso.

—Hay una regla —respondió Lucía, mirándolo—: escuchar antes de mandar.

Se le escapó la frase sin planearla. Amina la miró y sonrió, como si se hubiera encendido una luz pequeña.

Entre todos decidieron construir dos filtros: uno con los materiales típicos de la clase y otro con una combinación distinta que Amina propuso usando una tela vieja y piedras más finas. Así podrían comparar resultados.

Lucía organizó el trabajo sin mandar demasiado: repartió turnos, apuntó tiempos, dejó espacio para cambios. Notó algo nuevo: ser metódica no era controlar a los demás; era cuidar el camino para que todos pudieran andar.

Capítulo 4: La tiza y el mapa del patio

El jueves, durante educación física, el profesor permitió unos minutos libres. El patio estaba húmedo y el cielo parecía una manta gris. Algunos se quejaron de que “no se podía hacer nada”.

Lucía sacó la tiza de su mochila, porque siempre la llevaba “por si acaso”. Con ella dibujó un gran círculo bajo el porche, donde el suelo estaba seco. Dentro escribió: “ZONA DE JUEGO TRANQUILO”.

—¿Qué es eso? —preguntó Tomás, que estaba en primero de ESO y había ido a buscarla para volver juntos a casa.

—Un sitio para jugar sin carreras —dijo Lucía—. Hoy el suelo resbala.

Amina se acercó y señaló el círculo.

—En mi barrio hacíamos un juego de palabras en el suelo. Como un tablero.

Lucía se agachó.

—¿Me enseñas?

Amina dibujó con la tiza varias casillas y escribió letras. Era un juego en el que había que formar palabras saltando de letra en letra, sin tocar ciertas líneas.

—Se llama “camino de letras” —explicó—. Mi primo decía que si te equivocas, no pasa nada, solo cambias de palabra.

Dani apareció con su balón bajo el brazo.

—¿Y aquí se puede jugar al fútbol? —preguntó, viendo el círculo.

Lucía casi dijo “no”, porque el cartel decía “tranquilo” y ella imaginaba silencio perfecto. Pero vio cómo Dani miraba el suelo mojado, con ganas de moverse, y cómo Amina se apartaba un poco, insegura de volver a ser “la diferente”.

Lucía pensó rápido: una regla inútil iba a salir de su boca, solo para que el mundo encajara en su dibujo. Y decidió guardarla.

—Fútbol no, porque aquí hay letras y nos podemos resbalar —dijo—. Pero puedes hacer tiros a una pared, sin entrar al círculo. O jugar con nosotros a las palabras y luego tú nos enseñas un truco con el balón.

Dani parpadeó, como si le hubiera costado esperar un “no” rotundo.

—Vale… —aceptó—. Pero el truco será difícil.

—Y las palabras también —contestó Amina con una chispa en la voz.

Tomás se rió.

—Nunca había visto a mi hermana negociar una norma. Estoy orgulloso y confundido.

Lucía le sacó la lengua, pero con cariño. Y el porche se llenó de pasos cuidadosos, risas bajas y letras que se iban combinando. Cuando alguien se equivocaba, Amina decía:

—No pasa nada. Cambiamos de palabra.

Y, sorprendentemente, nadie se enfadaba. Parecía una magia simple: la de permitir que el juego respirara.

Capítulo 5: La feria, el agua clara y las preguntas valientes

Llegó el día de la feria del instituto. En el pasillo, los stands olían a cartulina, a pegamento y a nervios. El club de ciencias montó su mesa con dos botellas cortadas, capas de piedras, arena, tela y carbón. Debajo, dos vasos transparentes esperando.

Lucía colocó un cartel que decía: “¿Se puede limpiar el agua? Observa y pregunta”. Amina ajustó el filtro con la tela y revisó las capas, con manos seguras.

Se acercaron alumnos de otros cursos y algunos padres. Una niña pequeña preguntó:

—¿Por qué llevas eso en la cabeza?

Amina se quedó quieta un segundo. Lucía sintió un pinchazo, como si alguien hubiera tocado una cuerda demasiado tensa.

Amina respiró y respondió con calma:

—Es un pañuelo. Me gusta y también es parte de mi familia.

La niña asintió, como si la explicación le hubiera dado una pieza que faltaba, y se fue a mirar otra cosa.

Un padre, en cambio, comentó a media voz:

—Aquí cada uno con sus costumbres…

Lucía apretó el rotulador. Tenía ganas de soltar una frase perfecta y contundente, de esas que uno imagina en la ducha. Pero miró la mesa, el agua sucia en una jarra, los filtros que habían construido juntos, y eligió otra cosa: una pregunta.

—Señor —dijo, educada—, ¿quiere ver cuál filtro deja el agua más clara? Nos interesa su opinión.

El hombre dudó, luego se inclinó. Miró cómo el agua bajaba gota a gota, cómo las capas retenían la suciedad. Se quedó observando más de lo que esperaba.

—Vaya —murmuró—. Esto sí que es útil.

Amina sonrió sin triunfar, solo contenta.

—La ciencia se parece un poco a convivir —dijo ella—: si filtras los prejuicios, lo demás se entiende mejor.

Dani, que escuchaba, soltó:

—¡Eh, eso suena a frase de cartel! Lucía, apúntala en tu libreta.

Lucía la anotó, pero no como un eslogan. Como un recordatorio.

Al final de la mañana, el filtro de Amina funcionó incluso mejor con los materiales diferentes. Y Lucía, metódica como era, lo celebró con datos: tiempos, claridad, observaciones. Pero también con algo que no entraba en la tabla: la sensación de que una clase podía ser más amplia sin romperse.

Capítulo 6: Buenas noches y una tiza reposada

Esa noche, en su habitación, Lucía hizo su lista antes de dormir:

1) Ducharme

2) Preparar ropa

3) Leer diez páginas

4) Pensar en algo bueno del día

En el punto cuatro escribió: “Amina dijo que no pasa nada. Y hoy sí pasó: nos entendimos”.

Tomás asomó la cabeza por la puerta.

—¿Sigues haciendo listas? Creí que con la feria ibas a tachar tu cerebro entero.

—Las listas no son para mandar —dijo Lucía—. Son para no olvidarme de lo importante.

—¿Y qué es lo importante? —preguntó Tomás, apoyándose en el marco.

Lucía pensó en la rayuela con baile, en el círculo del porche, en el hombre que terminó mirando el experimento con curiosidad, en la niña que preguntó sin maldad.

—Que la gente no tiene que jugar igual para jugar junta —respondió.

Tomás hizo una mueca de aprobación.

—Suena bien. Buenas noches, jefa de… escuchar antes de mandar.

—Buenas noches, experto en tostadas —contestó ella.

Cuando Tomás se fue, Lucía abrió el bolsillo lateral de la mochila y sacó la tiza. La miró un instante. Le gustaba porque servía para trazar líneas claras, pero ahora entendía algo más: las líneas también podían moverse, hacerse más anchas, dejar entrar a alguien.

Se levantó, fue hasta su escritorio, y con cuidado dejó la tiza en su cajita de lápices, en su sitio exacto. Luego apagó la luz.

El cuarto quedó en silencio, cálido y seguro, como un porche en día de lluvia. Y Lucía se durmió pensando que, al día siguiente, habría nuevas diferencias. Y también nuevas maneras de convertirlas en encuentros.

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Manía
Hábito fuerte de hacer algo, a veces sin poder evitarlo.
Rayuela
Juego en el suelo con casillas que se saltan con los pies.
Tiza
Barrita de polvo dura que se usa para dibujar en el suelo o pizarra.
Filtro
Material que deja pasar el líquido limpio y retiene la suciedad.
Carbón
Pieza negra que se usa para limpiar agua o como combustible.
Convivir
Vivir juntos y aprender a llevarse bien con otras personas.
Prejuicios
Opiniones negativas que se tienen sin conocer a alguien.
Observaciones
Notas o comentarios que se hacen al mirar algo con atención.
Metódica
Forma de trabajar ordenada, paso a paso y con reglas claras.
Cartel
Anuncio o letrero que informa o explica algo a la gente.

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