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Cuento sobre la tolerancia 11/12 años Lectura 10 min.

La plaza que escuchaba

Mateo, Iker y Samir deciden crear un espacio en su plaza que fomente la inclusión y la diversidad, donde se pueda jugar, aprender y compartir comidas de diferentes culturas. A través de su proyecto para la feria del barrio, enfrentan desafíos y malentendidos, pero aprenden a colaborar y escuchar las ideas de cada uno.

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Hay 3 personajes: Mateo, un niño de 10 años con cabello castaño despeinado y ojos brillantes, que lleva una camiseta verde y un short azul, está dibujando planes para una huerta en una hoja grande de papel; Iker, un niño de 11 años con cabello negro y gafas redondas, piel clara y un sudadera roja, sostiene un cartel colorido con pictogramas, sonriendo y listo para explicar los juegos a los demás; y Samir, un niño de 10 años con cabello rizado y piel oliva, que lleva una camiseta amarilla y pantalones beige, distribuyendo pequeñas porciones de pita a los niños que lo rodean con una gran sonrisa. La escena se desarrolla en una bonita plaza soleada, rodeada de edificios coloridos y vegetación, con mesas de madera decoradas con flores y verduras en macetas. Los niños juegan y las familias se reúnen para probar los platos. Al fondo, una iglesia con una gran puerta de madera y paredes blancas se alza majestuosamente. La situación principal muestra a los tres amigos creando un espacio de convivencia y juego, donde reúnen a niños de diferentes orígenes para jugar juntos y aprender palabras en diferentes idiomas, en un ambiente alegre, lleno de risas y colores, simbolizando la tolerancia y la amistad. reportar un problema con esta imagen

El partido en la plaza

La tarde olía a pan recién hecho y sal marina. Mateo pateaba la pelota con la destreza de quien juega en el patio de la abuela: suave, con intención. Iker corría a su lado, los audífonos brillando cuando le daba el sol, y Samir seguía detrás con una sonrisa fácil, manos siempre llenas de ideas nuevas.

—¡Pásamela aquí! —dijo Mateo, señalando con la espalda del pie un hueco entre dos baldosas.

Iker levantó la mano para avisar que llegaba, pero por un segundo no oyó el silbato del señor del puesto de periódicos que marcaba el final del recreo. La pelota siguió rodando, un niño mayor chilló y todos miraron a Iker como si hubiera hecho algo mal.

—No lo vi venir —dijo Iker, con voz tranquila, y se tocó el audífono con la yema del dedo.

Samir se agachó y le pasó la pelota.

—Fue el silbato —explicó Samir—. ¿Quieres que inventemos una señal que se vea mejor?

Mateo, Iker y Samir rieron como si hubieran encontrado un tesoro. En ese lugar, entre risas y zapatos polvorientos, nació una idea pequeña: adaptar el juego para que nadie se quedara fuera por no escuchar o por no entender una norma.

La tarea del colegio

En la escuela, la profesora de Ciencias Sociales anunció un proyecto: la feria del barrio, donde cada clase montaría un puesto que representara una manera de vivir mejor juntos. No era obligatorio, pero la maestra dijo con voz cálida que los proyectos que salieran del corazón solían funcionar mejor.

—Piensen en algo que haga que su calle o su plaza sea más amable —dijo—. Puede ser un mural, un banco, un juego, una huerta... Lo importante es que incluya a muchas personas.

Los tres amigos se miraron. Mateo pensó en la huerta de su abuela; Iker en las dificultades que a veces tenía para seguir las conversaciones cuando el ruido subía; Samir en las meriendas que traía de casa, diferentes y ricas. Decidieron unir todo: crearían un rincón en la plaza donde se pudiera jugar, aprender palabras de distintas lenguas y compartir comidas pequeñas, y donde las reglas se vieran, se tocaran y se entendieran.

Trabajaron en casa, en la biblioteca y en la feria de ideas del recreo. Mateo hacía dibujos de camas de madera para plantas; Iker proponía señales visuales y pictogramas; Samir escribió carteles en español, árabe y frases sencillas en tamazight que enseñó a sus amigos. La mezcla de manos y voces comenzó a dar forma a algo más que un proyecto: un plan para que nadie se sintiera extraño.

Decisiones y malentendidos

Organizar no fue fácil. En el primer ensayo, colocaron mesas y carteles, pero la balanza entre lo que cada uno aportaba empezó a inclinarse. Mateo quería plantar tomates en grandes macetas; Iker quería más señales y juegos silenciosos; Samir creía que la comida tradicional traería vecinos que no vendrían por otra cosa.

—Si ponemos muchas semillas, nadie podrá cuidarlas —dijo Iker, preocupado—. Las plantas necesitan rutina.

—Pero si solo hay plantas, algunos preferirán sentarse a comer y no hablar con los demás —respondió Samir—. La comida une.

Mateo se sintió entre dos fuegos. Había pensado que su huerta sería el corazón del puesto, pero no quería que sus amigos se sintieran desplazados. Las discusiones fueron respetuosas, pero dejaron un rastros de duda. Una tarde, después de una pelea leve sobre dónde colocar los banquitos, Iker se quedó callado más rato de lo habitual y Mateo vio cómo Samir caminaba por la plaza sin mirar a nadie.

En casa, Mateo encendió la luz de su cuarto y, con las manos en la barbilla, pensó en las razones. Ninguno quería imponerse. Todos querían incluir. Esa noche escribió una lista con tres palabras: escuchar, probar, adaptar.

Aprender a escuchar

El sábado por la mañana, se encontraron en el taller del padre de Mateo, un hombre paciente que reparaba bicicletas. Allí, entre clavos y el olor a aceite, empezaron a construir las señales y los pequeños carteles con dibujos claros que Iker había diseñado. Samir trajo pitas y dulces que su madre había mandado para probar.

—¿Y si hacemos una campana de mano? —propuso Mateo, recordando el problema del silbato—. Que suene suave para quien quiera oír y que también tenga una luz que se prenda.

Iker miró entusiasmado.

—Y podemos añadir una tarjeta con símbolos para cada actividad —dijo—. Una flor para la huerta, un plato para la comida, una pelota para jugar. Así cualquiera lo entiende.

Samir dibujó las palabras en tres idiomas y enseñó a sus amigos a saludar en árabe: —As-salāmu ʿalaykum —dijo, y Mateo repitió con una sonrisa torpe que hizo reír a todos.

Mientras trabajaban, descubrieron pequeños detalles útiles: colocaron alfombras antideslizantes, acordaron una "señal de descanso" que consistía en levantar la mano y hacer una sonrisa grande para pedir tiempo, y diseñaron una hoja con preguntas que ayudaban a conocerse sin prisa. Cada idea era como una pieza de un rompecabezas que encajaba mejor cuando todos aportaban.

El día del ensayo general

La semana de la feria llegó con viento templado. Montaron el puesto en la plaza principal. Había macetas con lechugas, unas sillas hechas de palés y una mesa con mini porciones de pitas, hummus y bocadillos de queso. Los carteles en tres idiomas colgaban del toldo y, junto a la mesa, pusieron un tablero con pictogramas para los juegos: “turno”, “escuchar”, “parar”, “contar”.

Un grupo de vecinos curiosos pasó y se quedaron. Una señora mayor, don Luis y un par de niños del colegio. Mateo inició un juego de pasar la pelota usando una luz intermitente en vez de silbato; Iker explicó cómo leer las tarjetas para saber qué juego venía; Samir ofreció bocadillos con la timidez de quien cocina afecto.

—Esto es genial —dijo don Luis, comiéndose un trozo de pita—. Nunca pensé que aprender palabras en otros idiomas pudiera saber tan bien.

Un momento tenso llegó cuando un niño se puso a correr y derribó una maceta. Se quedó paralizado, con los ojos grandes.

—No pasa nada —dijo Iker sin dudar—. Todos podemos ayudar a recoger.

Los tres chicos, con calma, se agacharon a juntar tierra y, mientras lo hacían, explicaron en voz baja por qué la huerta necesitaba cuidado. El niño ayudó y se sintió parte. La plaza respiró más tranquila.

La feria y la sorpresa

El día de la feria fue suave, como un libro que no quieres cerrar. El puesto de Mateo, Iker y Samir fue uno de los más visitados. Los vecinos se sentaron en los asientos de palé, probaron las comidas, jugaron con las señales visuales y, sobre todo, se escucharon de maneras nuevas. Algunos aprendieron a saludar en árabe, otros memorizaban la tarjeta con pictogramas para usarla en casa con sus hermanos.

En un momento, la profe de Ciencias Sociales se acercó y, con voz tenue, dijo:

—Lo que han hecho aquí es mucho más que un proyecto. Han creado un espacio donde la diferencia no es un problema, sino una invitación.

Los tres amigos sonrieron. No por el elogio, sino porque la plaza estaba llena de conversaciones que se cruzaban sin apuros. Un niño con silla de ruedas jugó al balón adaptado; una vecina mayor mostró a Samir cómo plantar bulbos; Iker enseñó a dos niñas a leer las tarjetas para que supieran cuándo era su turno.

Al caer la tarde, recogieron juntos. Mateo notó que ya no reñían por la última maceta; Iker encontró su audífono y se lo pasó a Mateo para que viera cómo brillaba; Samir guardó los restos de pita en un recipiente que llevaba dibujos.

—¿Volvemos a hacerlo el mes que viene? —preguntó Samir.

—Claro —respondió Iker—. Y la próxima vez podemos enseñar más palabras.

—Y plantar más tomates —añadió Mateo.

Se quedaron un rato más, sentados en las escaleras de la iglesia, viendo cómo la plaza se vaciaba. La noche traía luces en ventanas y risas lejanas. La diferencia entre ellos ya no era un tema: era el material con el que habían fabricado algo bonito.

Antes de irse, Mateo puso su mano sobre las manos de sus amigos.

—Gracias —dijo—. Por escuchar y por inventar.

Samir y Iker apretaron las manos en señal de acuerdo, como si esa fuera la forma más simple y clara de decirlo. En la calle, las sombras parecían cuidarlas, y los tres amigos supieron que habían aprendido algo que quedaría más allá de la feria: la tolerancia no es solo aceptar que alguien sea distinto; es invitarlos, compartir lo propio y cambiar las reglas para que todos puedan jugar.

La última luz de la tarde se apagió y la plaza quedó tranquila, como una promesa sencilla y real: cuando la gente se escucha de verdad, las diferencias se convierten en puentes.

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Silbato
Instrumento que se utiliza para hacer un sonido agudo y fuerte, normalmente para llamar la atención o marcar el final de algo.
Pictogramas
Imágenes o símbolos que representan ideas o conceptos, utilizados para facilitar la comprensión.
Bulbos
Parte de algunas plantas que se entierra en la tierra y de la cual crecen las hojas y flores.
Huerta
Terreno donde se cultivan verduras, hortalizas y plantas, generalmente de manera pequeña y familiar.
Tolerancia
Capacidad de aceptar y respetar las diferencias entre las personas, como sus opiniones, creencias o costumbres.
Adaptar
Modificar algo para que se ajuste a una nueva situación o a las necesidades de las personas.

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