Capítulo 1: Un estribillo que hace cosquillas
Lola tenía nueve años, dos coletas saltarinas y una risa que parecía un cascabel. Aquella mañana, el circo había llegado al descampado de su barrio como una enorme tarta de colores: lonas rojas, banderines amarillos, y un olor a palomitas que se metía en la nariz para bailar.
Lola no era artista oficial. Era “ayudante por entusiasmo”, que es un cargo muy importante aunque no venga en ningún carnet. Se coló por la entrada de los camiones, saludó al elefante pintado del cartel (por si acaso respondía) y se quedó escuchando el zumbido alegre de los ensayos.
Entonces le pasó algo raro: le nació un estribillo en la cabeza, como cuando te pica la lengua por pensar en un helado.
Probó a canturrearlo bajito:
“¡Pim, pam, pom, por aquí!
¡Pim, pam, pom, por allí!
Si te ríes, sale el sol…
¡y el circo dice: olé y olé!”
Le gustó tanto que dio un saltito. El saltito, por cierto, fue demasiado cerca de una caja de sombreros. Los sombreros se desparramaron como tortugas con prisas, y uno terminó en la cabeza de Lola, enorme, con plumas moradas.
“Me queda… misterioso”, susurró.
Una payasa pasó empujando una carretilla llena de narices rojas y guiñó un ojo. “Si te queda grande, es que te caben ideas.”
Lola decidió que aquel estribillo no podía quedarse encerrado en su cabeza. Tenía que volar por la carpa, colarse por las cuerdas, hacer cosquillas a los focos. Hoy mismo.
Capítulo 2: Ensayo con tropiezos y palomitas rebeldes
En los camerinos, el circo era un mundo secreto: espejos con bombillas, baúles con lentejuelas, cintas colgando como serpientes dormidas y un gato que se creía director.
Lola encontró a Nico, el malabarista, intentando ensayar con tres pelotas… y una manzana que se empeñaba en ser protagonista. La manzana subía, bajaba y, justo cuando parecía obediente, se iba rodando como si tuviera una misión urgente.
“Se escapa porque tiene hambre de escenario”, dijo Lola muy seria.
Nico la miró y se rió. “¿Y tú quién eres? ¿La entrenadora de manzanas?”
“Soy Lola. Y he inventado un estribillo de circo. Quiero que todo el mundo lo cante.”
Nico levantó una ceja, como si la ceja fuera una cuerda floja. “A ver.”
Lola lo cantó, esta vez más alto. Un par de acróbatas, mientras se estiraban, empezaron a marcar el ritmo con los pies. La payasa de la carretilla apareció otra vez y, sin avisar, soltó una bocina que sonó justo en el “¡pom!”. Fue tan perfecto que parecía ensayado desde hace siglos.
Pero en ese momento, un cubo de palomitas —sí, un cubo— decidió rebelarse. Estaba encima de una mesa, y alguien lo había dejado demasiado cerca de un ventilador. El ventilador sopló, el cubo se inclinó, y las palomitas salieron volando como una nevada comestible.
“¡Está nevando maíz!”, gritó un acróbata.
Lola trató de atraparlas con el sombrero gigante. Resultado: se le llenó el sombrero y pareció una maceta de palomitas con niña incluida.
Nico se inclinó para ayudarla, pero resbaló con una palomita traicionera y acabó sentado dentro de un aro de hula-hoop.
La payasa aplaudió. “¡Nuevo número: el Malabarista Encajado!”
Todos se rieron, incluso Lola, que ya veía su estribillo pegándose a las risas como caramelo. Pero todavía faltaba lo más importante: que sonara en la pista, con los focos y el público. Para eso necesitaba al jefe de la música… o al menos a alguien que supiera dónde estaba.
Capítulo 3: El mago de las cajas y la caja equivocada
Lola siguió el sonido de un “¡tac!” y un “¡clac!” hasta una esquina detrás de la carpa. Allí, un hombre con chaleco brillante y un bigote tan retorcido como una cuerda hacía magia con… cajas. Cajas cuadradas, cajas largas, cajas que parecían más inocentes de lo que eran.
Era el Mago de las Cajas, Don Crispín.
Don Crispín hablaba con sus cajas como si fueran mascotas. “Tú, caja pequeña, no te me escapes. Tú, caja alta, no te hagas la importante.”
Lola se acercó despacio, como si las cajas pudieran morder.
“Hola, Don Crispín. He inventado un estribillo. Quiero que lo cante todo el circo.”
Don Crispín abrió los ojos como si fueran dos monedas que acababan de caer. “¡Un estribillo! Eso es magia auditiva. ¿Cómo suena?”
Lola lo cantó. Al terminar, una de las cajas hizo “¡pop!” y se abrió sola, como emocionada. De dentro salió… un pañuelo interminable. Salía y salía y salía, como si la caja tuviera un río de tela.
“Uy”, murmuró Don Crispín. “Esa era la caja de los pañuelos nerviosos.”
Lola intentó ayudar a meterlos. Tiró por un lado, Don Crispín por el otro, y el pañuelo los envolvió a los dos como una serpiente cariñosa. Quedaron pegados espalda con espalda, dando pasitos cortos.
“Parece que somos un sándwich de mago y niña”, dijo Lola.
“Con relleno de tela”, añadió Don Crispín, muy digno.
Entre los dos, consiguieron liberar los brazos. Don Crispín le dio un golpecito a una caja mediana. “Caja, por favor, compórtate. Tenemos una misión.”
La caja mediana se abrió y salió… un cartel que decía al revés: “AVISAR AL DIRECTOR”.
“¡Perfecto!”, dijo Lola. “¿Dónde está el director?”
Don Crispín señaló una puerta. “Allí. Pero cuidado: el director está ensayando su cara seria.”
Lola respiró hondo. Su estribillo quería saltar al escenario. Y si una caja podía sacar un cartel, quizá su canción podía sacar sonrisas.
Antes de irse, Don Crispín le guiñó un ojo. “Tu estribillo puede ser el truco que une todo el espectáculo. Pero necesitarás cooperación. En el circo, hasta las cajas se ayudan… cuando no están nerviosas.”
Lola asintió. Iba a reunir a todos.
Capítulo 4: La pista se convierte en una sopa de confeti
El director, una mujer alta llamada Martina, practicaba su cara seria frente a un espejo. La cara seria era tan seria que parecía que no sabía lo que era un chiste.
Lola se plantó delante, con el sombrero aún lleno de palomitas.
“Señora directora, tengo un estribillo para el circo.”
Martina la miró de arriba abajo. Una palomita cayó del sombrero y rebotó en el suelo como si saludara.
“¿Un estribillo?”, preguntó Martina, intentando que su voz no sonara curiosa.
Lola cantó. Y mientras cantaba, algo raro pasó: Nico, el malabarista, empezó a marcar el “pim, pam, pom” con sus pelotas. La payasa sopló su bocina justo en los “¡pom!”. Los acróbatas hicieron un pequeño salto en el “¡olé!”. Don Crispín, desde la puerta, abrió una cajita y sacó un sonido de cascabel, como si la caja también quisiera participar.
Martina intentó mantener la cara seria… pero se le escapó una esquina de sonrisa. Luego otra. Al final, su cara seria se rindió y se convirtió en cara de “vale, esto es genial”.
“De acuerdo”, dijo. “Lo usaremos como hilo del espectáculo. Pero hay un problema: el confeti.”
Como si el confeti hubiera oído su nombre, un ayudante apareció corriendo. “¡Directora! El cañón de confeti se ha atascado y ahora estornuda confeti a ratos.”
En ese instante, desde una esquina de la pista, el cañón hizo “¡ACHÚ!” y lanzó una nube de confeti directo a la zona de ensayo. La nube era tan grande que durante un segundo todos parecieron fantasmas de papel de colores.
Nico se sacudió. “Estoy decorado.”
La payasa estornudó también, por imitación. “¡Achís! ¡Achís!” Y cada “achís” hacía sonar la bocina.
Don Crispín se acercó con una caja larga. “Podría encerrar el confeti… si el confeti acepta negociar.”
Lola miró a Martina. “Podemos arreglarlo entre todos.”
Y así, sin que nadie lo declarara oficialmente, empezó una operación de cooperación total.
Los acróbatas sostuvieron una lona como una red. Nico usó sus pelotas para empujar, con precisión, los montoncitos de confeti hacia la lona sin pisarlos. La payasa guiaba el ritmo cantando el estribillo, y cuando todos cantaban, se movían a la vez, como si fueran una sola máquina alegre.
“¡Pim, pam, pom, por aquí!”, cantaba Lola, señalando.
“¡Pim, pam, pom, por allí!”, respondían los demás, empujando.
Don Crispín abrió su caja larga y, con un gesto teatral, fue “tragándose” el confeti que caía en la lona. La caja hacía un ruido satisfecho: “ñam, ñam”, como si comiera ensalada de colores.
Al final, el cañón dejó de estornudar. Se oyó un último “¡achú!” pequeñito, como de disculpa, y se quedó quieto.
Martina aplaudió. “Eso es circo de verdad. Ahora, todos a sus puestos. Y Lola… tu estribillo abre el show.”
Lola sintió que le cosquilleaban las orejas de emoción.
Capítulo 5: La noche canta y llueven pétalos
La carpa se llenó de público. Las luces parecían caramelos encendidos. La banda afinó. Detrás de la cortina, Lola tragó saliva. Su corazón hacía “pim, pam, pom” por su cuenta.
Martina le susurró: “No necesitas gritar. Solo necesitas que te sigan.”
Lola salió a la pista con su sombrero gigante ya sin palomitas (las palomitas habían encontrado nuevos hogares en manos hambrientas). Miró a la gente. Había caras curiosas, niños con algodón de azúcar, abuelos con ojos brillantes.
Lola levantó una mano, como si atrapara el aire.
Y cantó:
“¡Pim, pam, pom, por aquí!
¡Pim, pam, pom, por allí!
Si te ríes, sale el sol…
¡y el circo dice: olé y olé!”
Primero lo repitieron los artistas desde la sombra. Luego, la payasa lo cantó tan fuerte que su nariz roja pareció iluminarse. Nico lo marcó con malabares. Los acróbatas lo saltaron. Don Crispín lo acompañó abriendo una caja que soltó chispas de papel plateado, pequeñas y seguras, como luciérnagas.
Y entonces pasó lo mejor: el público lo aprendió en un minuto. De pronto, toda la carpa cantaba. El estribillo rebotaba en las lonas, subía a las alturas, bajaba a la pista y volvía a subir, como un trapecista invisible.
El espectáculo avanzó como una fiesta bien organizada: cada número encajaba con el siguiente porque todos escuchaban a todos. Cuando a Nico se le cayó una pelota, un niño del público la devolvió rodando justo a tiempo, y Nico hizo una reverencia como si aquel niño fuera parte del elenco. Cuando a Don Crispín una caja se le quiso abrir antes de tiempo, la payasa le puso un dedo encima con cara de “shhh” y la caja obedeció, un poco avergonzada.
En el último número, Martina anunció: “Para despedirnos, una sorpresa cooperativa.”
Las luces se suavizaron. Don Crispín trajo al centro una caja grande, grande de verdad, con dibujos de flores en los lados.
Lola se acercó. “¿Qué hay dentro?”
Don Crispín sonrió. “Un final que no se compra: se comparte.”
Todos los artistas rodearon la caja. A una señal de Lola, cantaron el estribillo una vez más, despacito, como un secreto alegre.
“¡Pim, pam, pom…!”
Don Crispín levantó la tapa.
No salió un conejo. No salió un pañuelo infinito.
Salió una lluvia ligera de pétalos, rosados y blancos, que flotaron como si el aire estuviera contento. Los pétalos caían despacio sobre las cabezas, sobre los hombros, sobre las risas. Algunos se pegaron a las narices rojas. Uno se posó en la punta del bigote de Don Crispín, como si quisiera ser famoso.
Lola extendió las manos y atrapó un pétalo. Olía a jardín y a aplauso.
El público aplaudió tan fuerte que parecía que la carpa iba a despegar, pero solo se levantaron un poco los pétalos, dando una vuelta extra antes de tocar el suelo.
Martina miró a Lola. “Tu estribillo hizo que todos trabajaran como uno.”
Lola miró alrededor: a Nico, a la payasa, a los acróbatas, a Don Crispín y hasta a la caja grande, que ahora estaba tranquila, orgullosa de su magia floral.
“Es que solo cantar no basta”, dijo Lola. “Hay que escucharse.”
Y mientras los últimos pétalos caían como un “hasta mañana”, Lola supo que en ese circo, cuando alguien tenía una idea, el resto ponía manos, ritmo y corazón para hacerla volar.