Capítulo 1: La niña que eligió el telón
Lola tenía diez años y una cosa clarísima: en un circo, el telón no es solo una tela. Es como la tapa de una caja de sorpresas. Si el telón es aburrido, la sorpresa bosteza. Si el telón es valiente, la sorpresa salta.
Aquella tarde, el Circo Chisporroteante olía a palomitas, a pintura fresca y a un poquito de nervios felices. En la entrada, las luces parpadeaban como luciérnagas con prisa. Detrás, en la zona de camerinos, todo era un lío precioso: plumas, sombreros, cuerditas, una bicicleta diminuta y un elefante de cartón que alguien usaba de perchero.
El director, don Ramón, tenía un bigote que parecía dos gusanos educados y una libreta llena de listas.
—Lola, hoy tú decides el color del telón —le dijo, como si le entregara una llave secreta.
Lola abrió una caja con muestras de telas. Había rojo tomate, verde pepinillo, amarillo limón y un azul tan profundo que parecía una noche de verano.
Lola tocó el azul. Era suave, pero no tímido.
—Azul —dijo—. Como el cielo cuando te atreves.
En ese momento apareció un clown con un enorme traje a cuadros, zapatos que sonaban “plof, plof” y… un nariz azul brillante, redonda, perfecta, como un caramelo.
—¡Yo apruebo el azul! —anunció el clown, haciendo una reverencia tan larga que casi se le caen los pantalones.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Lola.
—Me llaman Pepinillo… aunque no soy verde, qué injusticia —dijo, y su nariz azul pareció ofenderse un poco—. Pero si te ríes, me da igual.
Lola se rió. Le gustó esa regla.
Capítulo 2: Ensayo de posiciones repere (con alguna torpeza)
Con el telón azul elegido, tocaba ensayar. Don Ramón explicó que Lola saldría al inicio del espectáculo para presentar “las posiciones repere”, unas posturas fáciles de recordar para no perderse en la pista. Lola escuchó muy seria… hasta que oyó la palabra “repere” y pensó que sonaba a “repe-repe”, como un loro con hipo.
La pista estaba vacía, pero parecía llena igual: la arena brillaba, las cuerdas colgaban, y el silencio era de los que hacen cosquillas.
Pepinillo se puso a su lado, con su nariz azul apuntando al techo como si oliera las nubes.
Don Ramón levantó un cartel:
—Primera posición: “Estrella Valiente”. Brazos abiertos, pies firmes, sonrisa.
Lola abrió los brazos como si abrazara todo el circo. Bien.
—Segunda: “Flecha al Frente”. Un paso adelante, mirada al público.
Lola dio el paso… y justo entonces Pepinillo estornudó con tanta fuerza que su nariz azul hizo “¡boing!” y rebotó un poquito.
—¡Mi nariz tiene vida propia! —protestó él, persiguiéndola con dignidad de pingüino.
Lola intentó no reírse para no perder la posición, pero la risa se le escapó como una pompa de jabón.
—Tercera: “Giro del Coraje”. Una vuelta completa sin marearse.
Lola giró. Se mareó un poquito. No mucho, solo lo justo para que el mundo hiciera “brrrr” como una batidora simpática.
—Si el suelo se mueve, tú dile que pare —susurró Pepinillo, muy sabio, mientras se colocaba la nariz azul otra vez.
—Cuarta: “Saludo de Luz”. Mano al corazón, cabeza arriba.
Lola puso la mano en el pecho y pensó: “Vale, corazón, tú y yo vamos a ser valientes. No hagas cosquillas por dentro”.
Don Ramón aplaudió.
—Perfecto. Recuerda: el valor no es no tener miedo. Es salir igual.
Pepinillo añadió:
—Y si te da miedo, sonríe. El miedo se confunde y se va a buscar otra cara.
Capítulo 3: El desastre del telón que se tragó un sombrero
Llegó el día del espectáculo. Fuera, la gente hacía cola con globos y algodón de azúcar. Dentro, los artistas se movían como hormigas con tutú.
Lola estaba detrás del telón azul, que colgaba enorme, precioso, como un mar quieto. Notaba el murmullo del público al otro lado. Le sudaban un poquito las manos, como si tuviera peces diminutos nadando en las palmas.
Pepinillo apareció con un sombrero altísimo y una expresión de “hoy seré elegante”.
—Si te pones nerviosa, mírame a mí —dijo—. Soy un ejemplo de calma absoluta.
En ese momento, el sombrero se le cayó y se quedó colgando del telón, como si el telón lo hubiera mordido.
—¡Ay! ¡El telón azul se está comiendo mi sombrero! —susurró, indignado.
Lola miró. El sombrero estaba atrapado en un pliegue. Y lo peor: el telón no quería soltarlo. Parecía un pulpo tímido.
—¿Y ahora? —preguntó Lola.
Pepinillo tiró del sombrero. El telón tiró de vuelta. Fue una pelea silenciosa y muy seria entre una tela y un sombrero.
Don Ramón, desde un lado, hizo señales desesperadas: era la entrada de Lola, ya.
Lola sintió un “¡plin!” en la barriga, como si alguien tocara una cuerda de guitarra dentro de ella.
Podía salir y dejar a Pepinillo peleando con el telón… o podía ayudar y quizá retrasar todo… o podía hacer algo intermedio, algo de circo: convertir el problema en un número.
Lola respiró, recordó “Estrella Valiente” y abrió los brazos, aunque nadie la veía aún.
—Pepinillo —susurró—, cuando yo tire, tú suelta un poquito. Hagámoslo como si fuera magia.
—¿Magia con sombrero mordido? Me encanta —respondió él, con una sonrisa que se oía.
Lola dio un tirón suave, Pepinillo aflojó, y el sombrero salió disparado… pero no voló hacia el suelo. Voló hacia arriba, dio una vuelta y cayó justo en la cabeza de Pepinillo, perfecto, como si el telón lo hubiera lanzado a propósito.
Pepinillo se quedó quieto un segundo.
—¡He domesticado al telón! —anunció, orgulloso.
Lola, con el corazón haciendo palmas, empujó el telón un poquito. La música empezó. Era su momento.
Capítulo 4: La pista, las posiciones y el valor con arena en los zapatos
El telón azul se abrió, y una ola de luz cayó sobre Lola. El público aplaudió al ver a una niña pequeña, con un chaleco brillante y una sonrisa que intentaba ser grande, aunque por dentro temblara un poquito.
Lola dio un paso. “Flecha al Frente”, recordó. Miró a la gente. Había niños con ojos redondos como platos, abuelas con abanicos y un señor que llevaba un bigote casi tan serio como el de don Ramón.
Pepinillo apareció a su lado, caminando como si sus zapatos fueran dos panecillos.
—¡Damas, caballeros y gente con ganas de reír! —dijo—. Hoy presentamos: ¡la famosa Lola, domadora de telones y lanzadora de sombreros!
Lola se rió por lo bajito, y ese sonido le quitó un nudo del pecho.
Don Ramón, desde el borde, levantó discretamente un cartelito: “Estrella”.
Lola abrió los brazos: “Estrella Valiente”. El público aplaudió como si ella hubiera encendido el sol.
Luego: “Flecha al Frente”. Un paso. Mirada firme. Lola sintió que los nervios se volvían más pequeños, como si se encogieran para dejarle espacio.
Pepinillo, para acompañar, intentó hacer “Flecha al Frente” también… pero su flecha fue hacia atrás, chocó con una escoba que nadie sabía de dónde había salido y terminó con la escoba saludando al público.
—¡La escoba también quiere ser famosa! —gritó, y la gente se rió.
Tocaba el “Giro del Coraje”. Lola tragó saliva. El mundo no volvió a hacerse batidora. Giró suave, controlando el aire, como si abrazara el viento. Cuando terminó, no se mareó. O si se mareó, fue solo de alegría.
Entonces oyó un pequeño “crac” detrás. Una cuerda de decoración se había soltado y un montón de serpentinas cayó como lluvia de colores justo delante de ella, tapándole un poco el camino. Por un segundo, Lola pensó: “¿Y si tropiezo? ¿Y si me caigo?”.
Pero recordó: el valor es salir igual.
Lola levantó la barbilla: “Saludo de Luz”. Mano al corazón. Cabeza arriba. Y, con cuidado, pisó entre serpentinas como si fueran nubes de papel. No corrió. No se escondió. Cruzó la pista como una capitana en su barco azul.
Pepinillo se acercó y, con su nariz azul brillando como un botón de cielo, susurró:
—¿Ves? El miedo intentó hacerte una broma, pero tú se la devolviste con clase.
Lola presentó el siguiente número, y luego el otro. Entre bambalinas, los artistas le guiñaban un ojo: el trapecista, la malabarista, incluso el elefante de cartón-perchero.
El circo siguió, y cada aplauso era como una palmada en el hombro: “Bien hecho, Lola. Has sido valiente”.
Capítulo 5: El telón azul y un final dibujado
Al terminar el espectáculo, el público aplaudió de pie. El telón azul cayó despacio, como una ola que decide descansar.
Detrás, todos celebraron. Don Ramón sonreía tanto que su bigote parecía dos comas felices.
—Elegiste bien el color —le dijo a Lola—. Ese azul hizo que todo pareciera posible.
Pepinillo se quitó el sombrero con gran ceremonia.
—Yo digo que el azul combina con mi nariz. Somos un equipo: el cielo y el botón —declaró.
Lola se sentó un momento en una caja de vestuario. Tenía arena en los zapatos y brillo en las mejillas. Le dolían un poquito las piernas, pero era un dolor contento, como cuando has subido una montaña y el mundo se ve más grande.
—Hoy tuve miedo —confesó, bajito.
Pepinillo se encogió de hombros.
—Yo también tengo miedo a veces. Sobre todo de los pepinos, por mi nombre. Pero hiciste lo importante: saliste a la pista igual.
Lola miró el telón azul, quieto y elegante. Pensó que el valor no siempre hace ruido. A veces solo abre una puerta. O un telón.
Entonces, Pepinillo sacó un rotulador negro de un bolsillo imposible.
—En este circo, el final se firma como se debe —dijo.
Se acercó a un cartel de madera que decía “GRACIAS” y dibujó, con mucho cuidado, un “fin” grande y redondeado. Luego le puso alrededor estrellitas, una mini nariz azul y un teloncito con flecos.
Lola añadió un detalle: una pequeña flecha al frente, como su segunda posición, apuntando hacia el futuro.
Y así, con un “fin” dibujado y muchas risas guardadas en los bolsillos, el Circo Chisporroteante se fue a dormir, soñando en azul. fin