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Cuento sobre el acoso 7/8 años Lectura 14 min.

Nico y la caja de las palabras valientes

Nico, un conejito de fuertes costumbres, recibe un mensaje hiriente que lo hace sentir solo y, con la ayuda de sus amigos y su maestra, aprende a hablar sobre el acoso y buscar apoyo.

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El personaje principal es un pequeño conejo blanco de orejas largas y pelaje crema, con mirada vulnerable pero decidida, que sostiene un papel arrugado; a su izquierda una ardillita rojiza, protectora y cariñosa, apoya el brazo en su hombro; a su derecha un tejón gris con camiseta verde, serio pero empático, sujeta una pequeña pelota como gesto de amistad; al fondo, dos zorritos más grandes se alejan cabizbajos; lugar: rincón tras un porche de madera pintado de azul, suelo de cantos rodados y hojas otoñales, luz cálida de mañana; escena: el grupo protegido alrededor del conejo tras encontrar una nota cruel, ambiente acogedor con contrastes de colores cálidos y fríos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Las costumbres de Nico

Nico el conejito era famoso por dos cosas: sus orejas largas y sus costumbres aún más largas.

Cada mañana hacía lo mismo. Primero, contaba tres mordiscos de zanahoria en casa. Luego, revisaba que su mochila estuviera bien cerrada. Y, al llegar a la escuela del Bosque Alegre, iba directo a su sitio favorito del recreo: detrás del porche cubierto, justo donde el suelo tenía piedritas redondas para saltarlas.

“Uno, dos, tres…”, murmuraba Nico, alineando las piedritas con la punta de la pata. Eso lo calmaba.

Su amiga Lila, una ardillita rápida como un chasquido, lo encontró agachado.

“¿Otra vez con tus piedritas, Nico?”

“Sí”, sonrió él. “Si las ordeno, mi cabeza también se ordena.”

Lila se rió bajito. “Tu cabeza ya está ordenada. Mira, hasta te peinas las orejas.”

“¡No me las peino!”, protestó Nico, aunque era verdad que siempre se las acomodaba.

Ese día, al pasar por el tablero de anuncios cerca del patio, Nico vio un papel pegado torcido. No era un anuncio de excursión ni el menú del comedor. Era un papel pequeño con letras feas, como hechas con prisa.

Nico se acercó. Leyó. Y su barriga se encogió un poquito.

Decía: “NICO ES UN BEBÉ. SIEMPRE SOLO.”

Se quedó quieto. Miró alrededor. Nadie parecía notar el papel. Los pájaros cantaban, el timbre aún no sonaba y el patio olía a hojas.

“Tal vez… no es para mí”, pensó. Pero ahí estaba su nombre, grande y claro.

Lila apareció detrás de él y también lo vio.

“¿Qué es eso?” preguntó, abriendo mucho los ojos.

Nico tragó saliva. “No sé. Alguien lo escribió.”

“Eso es feo”, dijo Lila, frunciendo el hocico. “No es una broma graciosa.”

Nico arrancó el papel con cuidado, como si quemara.

“Mejor lo tiro y ya”, murmuró.

Intentó sonreír, pero la sonrisa se le quedó a medio camino. Sus orejas se bajaron un poco.

“¿Estás bien?” preguntó Lila, ahora con voz suave.

“Sí… solo que… yo no hice nada.”

“Claro que no”, dijo Lila. “Y no tienes que aguantar esto solo.”

El timbre sonó. Nico guardó el papel arrugado en su mochila sin saber por qué. Tal vez porque quería entenderlo. Tal vez porque le daba vergüenza.

En clase, la maestra Carmen, una tortuga sabia con gafas redondas, explicó las fracciones con manzanas dibujadas. Nico normalmente habría levantado la pata para contestar. Pero ese día miraba la esquina de su cuaderno, como si allí estuviera escondida la respuesta a otra pregunta.

“¿Nico?” llamó la maestra. “¿Quieres intentarlo?”

Nico dio un pequeño salto en su asiento. “Eh… la mitad…”

“Bien”, dijo la maestra con paciencia. “Respira, conejito. Aquí todos aprendemos.”

Nico respiró, pero la frase del papel seguía en su cabeza, dando vueltas como una mosca molesta.

Capítulo 2: Detrás del porche cubierto

En el recreo, Nico fue a su sitio de siempre, detrás del porche cubierto. Era un rincón tranquilo. Se escuchaban las risas a lo lejos, y allí el viento hacía cosquillas sin empujar.

Nico sacó tres piedritas y empezó a alinearlas. “Uno… dos… tres…”

“¡Eh, Nico!” gritó alguien.

Eran dos zorritos de otra clase, Rojo y Brinco. Solían ir juntos y hablar fuerte. No estaban haciendo nada peligroso, solo eran un poco pesados.

Rojo miró las piedritas y se rio.

“¿Jugando a las piedritas? ¡Qué bebé!”

Brinco añadió: “Seguro que llora si le quitan una.”

Nico se quedó congelado. Las palabras no eran tan fuertes como un grito, pero le pinchaban igual.

Lila, que estaba cerca, se plantó a su lado.

“Dejadlo en paz”, dijo. No gritó, pero su voz sonó firme, como una puerta que se cierra bien.

Rojo levantó las cejas. “Uy, la guardiana.”

“¿Y?” respondió Lila. “Ser guardiana de un amigo está bien.”

Nico miró al suelo. Quería decir algo, pero la voz no le salía.

En ese momento llegó Tomás, un tejón con camiseta verde, que siempre llevaba una pelota bajo el brazo.

“¿Qué pasa aquí?” preguntó.

“Nada”, dijo Brinco rápido. “Solo hablamos.”

Tomás miró a Nico y notó sus orejas caídas.

“No parece ‘nada'”, dijo.

Rojo se encogió de hombros. “Es que Nico es raro.”

Nico sintió calor en las mejillas. “No soy raro… solo… me gusta mi sitio.”

“¿Ves?” soltó Rojo. “Su sitio, sus piedras, sus cosas. Siempre igual.”

Tomás frunció el ceño.

“Que te gusten las costumbres no hace daño a nadie”, dijo. “A mí me gusta botar la pelota tres veces antes de tirar.”

Lila sonrió. “¿Ves? Cada uno tiene sus manías.”

Rojo se rió, pero ya no sonaba tan seguro.

“Bah, da igual.” Y se fueron dando pataditas al aire, como si así ganaran algo.

Cuando se alejaron, Nico soltó el aire que tenía guardado.

“Gracias”, susurró.

“Para eso estamos”, dijo Lila.

Tomás añadió: “Si alguien te molesta, lo dices. No es chivarse. Es cuidarse.”

Nico apretó las piedritas en su pata.

“Hoy vi un papel… con mi nombre”, confesó. “Decía cosas feas.”

Lila abrió la mochila de Nico con cuidado. “¿Lo tienes?”

Nico asintió y sacó el papel arrugado.

Tomás lo leyó y se puso serio.

“Esto ya no es ‘hablar'. Esto es hacer daño.”

Nico bajó la mirada. “Me da vergüenza.”

Lila le tocó el brazo. “La vergüenza no es tuya. Es de quien lo escribió.”

Nico notó que esa frase le hacía un huequito de luz en el pecho.

“Vamos a decírselo a la maestra Carmen”, propuso Tomás.

Nico dudó. “¿Y si empeora?”

Tomás negó con la cabeza. “Cuando se guarda, crece. Cuando se habla, se vuelve pequeño.”

Lila añadió: “Y no estás solo. Vamos contigo.”

Nico miró su rincón detrás del porche cubierto. Siempre le había gustado porque era tranquilo. Pero ahora entendía algo nuevo: un lugar tranquilo no sirve si uno se queda callado con algo pesado dentro.

“Vale”, dijo, y su voz sonó un poquito más fuerte. “Vamos.”

Capítulo 3: Hablar con la tortuga sabia

La maestra Carmen estaba en la sala de lectura, ordenando libros con mucha calma, como si cada libro fuera un amigo que vuelve a su sitio.

Cuando los vio entrar, levantó la cabeza.

“Hola, equipo. ¿Ha pasado algo?”

Nico apretó el papel. Lila le dio un empujoncito suave.

Nico dio un paso adelante. “Maestra… encontré esto.”

La tortuga lo tomó con cuidado, leyó y frunció el ceño.

“Gracias por traerlo”, dijo al fin. Su voz era tranquila, pero firme, como un árbol fuerte.

Nico preguntó: “¿Hice algo malo?”

“Claro que no”, respondió la maestra Carmen. “Lo que está mal es el mensaje. Eso se llama acoso cuando alguien repite palabras o acciones para hacer sentir pequeño a otro.”

Tomás preguntó: “¿Y qué hacemos?”

“Primero, Nico no está solo”, dijo la maestra. “Segundo, vamos a investigar sin señalar a nadie delante de todos. Y tercero, vamos a cuidar el patio para que sea seguro.”

Nico jugueteó con sus dedos.

“Es que… yo soy de costumbres”, dijo. “Y a veces me da miedo cambiar.”

La maestra sonrió con ternura. “Tener costumbres puede ser una fuerza. Te ayuda a sentirte estable. Pero también puedes aprender a pedir ayuda. Eso también es una costumbre buena.”

Lila levantó la pata. “Yo vi a Rojo y Brinco decirle cosas. No sé si ellos hicieron el papel, pero…”

La maestra asintió. “Gracias por decirlo. Ser testigo y hablar es valiente. No es acusar, es proteger.”

Nico miró a Lila y a Tomás.

“Yo pensé que si lo decía… todos me mirarían.”

“Te mirarán”, dijo Tomás, “pero para cuidarte, no para reírse.”

Lila añadió: “Y si alguien se ríe, aprenderá que no está bien.”

La maestra Carmen se inclinó un poco hacia Nico.

“Vamos a hacer un plan sencillo. Si vuelve a pasar algo: uno, lo guardas como prueba o lo señalas a un adulto. Dos, se lo cuentas a alguien de confianza. Tres, buscas un lugar con compañeros, no te quedas aislado.”

Nico asintió despacio. “Puedo hacerlo.”

“Y ahora”, continuó la maestra, “vamos a hablar con el grupo sobre mensajes amables. Sin decir nombres. También hablaremos con Rojo y Brinco en privado para entender qué pasa.”

Nico sintió un alivio tibio, como una manta ligera.

Antes de volver al aula, la maestra le dijo:

“Nico, tu voz importa. No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Ser fuerte también es pedir ayuda.”

Nico sonrió, esta vez completa. “Gracias, maestra.”

Capítulo 4: Mezclar los grupos

Al día siguiente, en la asamblea de la mañana, la maestra Carmen colocó una caja en el centro.

“Esta es la Caja de las Palabras”, anunció. “Aquí pondremos mensajes que nos hagan sentir bien, y también podremos pedir ayuda si algo nos preocupa.”

Algunos animales se miraron curiosos. Un mapache levantó la mano.

“¿Y si alguien escribe algo malo?”

“Entonces lo hablaremos”, respondió la maestra. “Aquí no escondemos los problemas. Los resolvemos juntos.”

Nico escuchaba con atención. Sentía el corazón más tranquilo porque sabía qué hacer.

En el recreo, la maestra y el director, un búho amable, observaron el patio. No era para asustar a nadie. Era para cuidar.

Rojo y Brinco se acercaron a la maestra cuando ella los llamó a un lado. Nico los vio de lejos. No escuchó lo que decían, pero vio que Rojo bajaba las orejas y que Brinco se rascaba la nuca.

Más tarde, Rojo se acercó a Nico, pero lo hizo despacio, sin gritar.

“Eh… Nico”, dijo.

Nico miró a Lila y a Tomás, que estaban con él detrás del porche cubierto. Ellos se quedaron cerca.

“¿Qué?” preguntó Nico, con voz pequeña pero firme.

Rojo tragó saliva. “Lo del papel… no estuvo bien.”

Nico sintió un nudo, pero respiró como le habían enseñado.

“Me hizo sentir triste”, dijo. “Y con vergüenza.”

Rojo miró al suelo. “Yo… quería hacerme el gracioso. Y… Brinco también se rió. La maestra nos explicó que eso es acoso si se repite.”

Tomás dijo: “Las bromas no deben doler.”

Lila añadió: “Si duele, no es broma.”

Rojo levantó la vista. “Perdón. No lo haré más.”

Nico tardó un segundo y luego asintió. “Gracias por decirlo.”

No fue magia. No todo se arregla en un chasquido. Pero ese “perdón” era un paso. Y Nico no estaba solo.

Esa semana, la maestra Carmen cambió algo en el recreo.

“Hoy vamos a mezclar los grupos”, anunció. “Cada día jugaremos con compañeros diferentes. Así nos conocemos mejor y nadie se queda fuera.”

Hubo quejas pequeñas.

“¡Pero yo siempre juego con los mismos!” dijo una ranita.

“Yo también”, murmuró Nico, y se sorprendió de decirlo en voz alta.

La maestra le guiñó un ojo. “Las costumbres son buenas, pero también lo es abrir un poco el círculo.”

Ese día, a Nico le tocó jugar con Tomás, Lila, una eriza llamada Púa y, para su sorpresa, Brinco.

Brinco sostenía la pelota de Tomás sin saber muy bien qué hacer.

“¿Cómo se juega?” preguntó bajito.

Tomás sonrió. “Fácil. Pasamos la pelota y contamos hasta diez. Si alguien se equivoca, nos reímos… pero con cariño.”

Nico levantó una piedra redonda.

“Yo puedo ser el que cuenta”, propuso. “Me gusta contar.”

Púa se rió. “¡Eso sí que es una costumbre útil!”

Jugaron detrás del porche cubierto, donde Nico se sentía seguro. La pelota rodó, alguien se confundió, y se rieron de forma suave, sin burlas. Nico notó que su pecho se hacía más ligero.

Al final del recreo, Lila le susurró:

“¿Ves? Mezclar no rompe tus costumbres. Solo les hace un poco de sitio a otras cosas buenas.”

Nico asintió. “Y si algo vuelve a pasar… hablaré.”

Tomás chocó su pata con la de Nico. “Eso es valentía.”

Esa noche, al acostarse, Nico pensó en sus tres mordiscos de zanahoria, en sus piedritas ordenadas y en su nueva costumbre: no guardar el dolor en silencio.

Y se durmió con una idea clara y cálida: su voz era importante, y con ayuda, podía sentirse grande por dentro.

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Costumbres
Hábitos que alguien hace casi siempre, como rutinas diarias.
Recreo
Tiempo en la escuela para jugar y descansar entre clases.
Porche cubierto
Zona junto a la entrada con techo donde se puede estar protegido.
Arrugado
Que tiene pliegues o dobleces, como un papel muy apretado.
Acoso
Cuando alguien repite palabras o acciones para hacer daño a otra persona.
Testigo
Persona que ve algo que pasa y puede contarlo a otros.
Asamblea
Reunión de varias personas para hablar y decidir cosas juntos.
Investigar
Buscar información o pruebas para entender qué pasó.
Vergüenza
Sentimiento que aparece cuando uno se siente humillado o incómodo.
Valiente
Persona que enfrenta algo difícil con ganas y sin esconderse.

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