Érase una vez un reino encantado lleno de colores, música y risas. En medio de este reino había un castillo grande, muy alto y reluciente, con banderas que bailaban con el viento. Allí vivía el príncipe Nico, un niño valiente, muy simpático y siempre con una sonrisa en la cara.
El príncipe Nico llevaba una capa azul brillante, unos pantalones con estrellas doradas y, por supuesto, una corona que siempre se le caía porque era un poquito grande para su cabeza. Nico era muy curioso, siempre quería saberlo todo. Le gustaba ayudar y, sobre todo, ¡le encantaba hacer reír a todos los habitantes del reino!
Capítulo 1: El dragón bromista
Un día, mientras Nico desayunaba galletas con mermelada, escuchó unos ruidos raros afuera del castillo. Sonaban como "¡Puf! ¡Paf! ¡Puf! ¡Paf!" Nico se asomó por la ventana y vio un dragón verde y gordito, con manchas amarillas y una cola tan larga que daba vueltas sobre sí misma.
El dragón estaba intentando volar, pero cada vez que saltaba, su tripa hacía "¡Puf!" y caía al suelo haciendo "¡Paf!". Todos los pajaritos del jardín miraban y reían. El dragón, lejos de enojarse, también reía.
—¡Hola, dragón! —saludó Nico con su voz alegre—. ¿Qué haces aquí?
—¡Hola, príncipe Nico! —gruñó el dragón, que en realidad hablaba muy suave—. Estoy practicando para el gran concurso de vuelo. Pero mi barriga rebota y rebota.
—¡Qué divertido! Yo también quiero rebotar —contestó Nico, y salió corriendo a saltar junto al dragón.
Saltaron juntos: "¡Puf! ¡Paf! ¡Puf! ¡Paf!" Pronto, se unieron las ardillas, los conejitos y hasta la princesa Margarita, la hermana pequeña de Nico. Todos rebotaban y reían.
El dragón, que se llamaba Tito, era muy bromista. De repente, Tito sopló fuerte y lanzó una nube de burbujas por la boca.
—¡Toma, príncipe, pompas mágicas! —gritó Tito.
Las burbujas flotaban, y cuando explotaban, ¡salían pequeñas flores de colores! Todos saltaron y trataron de atrapar las burbujas. Nico atrapó una con su mano y se le quedó la nariz llena de pétalos.
—¡Mira, Tito, ahora tengo nariz de flor! —dijo Nico, y todos rieron.
Capítulo 2: La torre de los calcetines
Después de tanto saltar, Nico y Tito estaban cansados y con hambre. Caminaron hacia la torre más alta del castillo, donde vivía la abuela de Nico, la reina Sofía. La abuela era famosa por hacer los mejores bocadillos y... ¡por su colección de calcetines!
Cuando llegaron, la abuela estaba tejiendo. Había calcetines de todos los colores: rojos, azules, verdes, con rayas, con lunares y hasta con dibujos de gatos bailando.
—¡Hola, abuela! ¿Puedes prepararnos un bocadillo? —preguntó Nico.
—Claro, mis niños. Pero primero, ¡debéis encontrar el calcetín mágico! —dijo la abuela, guiñando un ojo.
Todos buscaron, Tito buscó debajo de la cama y Nico miró dentro de los cajones. De pronto, Tito estornudó: "¡Aaaachís!" Y un montón de calcetines volaron por el aire.
Uno de los calcetines cayó sobre la cabeza de Nico. Era muy grande, azul como el cielo y tenía un dragón sonriente dibujado.
—¡Lo encontré! —gritó Nico.
—Ese es el calcetín mágico —dijo la abuela—. Cuando alguien lo lleva, ¡todo le sale al revés!
Nico se puso el calcetín en la cabeza, y de inmediato, Tito empezó a saltar hacia atrás, las ardillas caminaban de lado y la abuela servía bocadillos volando en platos que daban vueltas por la habitación.
El príncipe Nico reía y reía, y Tito también. Los bocadillos terminaron en los bolsillos, en las botas y hasta dentro de una lámpara. Pero nadie se enfadó. Todos estaban felices y seguros, y la abuela repartió bocadillos a todos.
—¡Esto es el mejor picnic de todos! —dijo Nico, con el calcetín todavía en la cabeza.
Capítulo 3: El concurso de vuelo y los sombreros locos
Llegó el día del gran concurso de vuelo. Todo el reino estaba en la plaza del castillo. Había hadas, duendes, caballos con alas y hasta ratones con patines.
Tito estaba un poco nervioso.
—¿Y si me caigo otra vez? —preguntó.
—No importa si te caes —dijo Nico, tomándole la mano—. ¡Lo importante es divertirse y estar seguros! Si necesitas ayuda, grítame “¡Nico, ven!” y yo correré.
El concurso comenzó. Un hada voló haciendo piruetas, un duende dio vueltas en el aire. Ahora era el turno de Tito. Se preparó, abrió sus alas verdes y... ¡saltó!
“¡Puf! ¡Paf! ¡Puf! ¡Paf!” Tito rebotó en el suelo... pero de pronto, ¡voló hacia arriba! Su tripa hacía ruido, pero Tito reía.
—¡Mira, Nico, estoy volando!
Pero, ¡oh, no! Tito perdió su sombrero. El viento lo llevó hasta la cabeza de un caballo que corría. El caballo, sorprendido, corrió más rápido y el sombrero voló sobre las cabezas de todos. Ahora el sombrero estaba en el campanario.
—¡Mi sombrero! —gritó Tito—. Es mi sombrero de la suerte.
Nico fue corriendo, saltando sobre pompas y esquivando ardillas. Trepó la torre y alcanzó el sombrero, pero al bajar, su capa quedó enganchada y empezó a girar como un molinillo.
—¡Ayuda! —gritó Nico, riéndose.
Tito fue al rescate, saltó y juntos cayeron en un montón de heno suave y blando. ¡Todos aplaudieron!
Tito recuperó su sombrero. Nico le dio un gran abrazo.
—¡Eres mi dragón favorito! —le susurró.
Tito sonrió, enseñando todos sus dientes brillantes.
Capítulo 4: Una risa contagiosa
Esa noche, todos se reunieron en el gran salón del castillo. Había luces de colores, música y una gran tarta con frutas.
Nico se subió a una silla y dijo:
—Hoy fue el día más divertido. Saltamos, volamos, nos reímos y estuvimos juntos. Lo mejor fue ayudar y divertirnos, pero siempre con cuidado.
La abuela aplaudió, Tito aplaudió, Margarita aplaudió, y hasta el calcetín mágico aplaudió solo.
—¡Queremos más historias! —pidieron todos.
Tito, el dragón, se puso el calcetín mágico en la cabeza y empezó a contar chistes. Cada vez que contaba uno, le salían pompas de la boca. Nico imitaba a los pájaros y las ardillas, y todos hacían reír a los demás.
Pronto, las hadas bailaban, los duendes cantaban, y hasta el castillo parecía reírse con ellos.
Al terminar la fiesta, Nico y Tito se sentaron bajo una estrella gigante que brillaba en el cielo.
—Tito, ¿sabes qué es lo mejor de este reino? —preguntó Nico.
—¿Qué es, príncipe Nico? —preguntó Tito, curioso.
—Que aquí todos somos amigos y cuidamos unos de otros. Si saltamos, lo hacemos juntos. Si volamos, volamos juntos. Si nos caemos, nos levantamos juntos. Y siempre nos reímos juntos.
Tito dio un bostezo enorme, y de su boca salieron tres pompas de jabón con estrellitas que flotaron y explotaron suavemente.
—¡Buenas noches, príncipe Nico! —susurró Tito.
—¡Buenas noches, dragón Tito! —respondió Nico, acurrucándose.
Ambos cerraron los ojos, seguros y felices. Y mientras todos dormían en el reino encantado, el castillo seguía lleno de risas, colores ¡y aventuras por venir!