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Cuento divertido del reino encantado 5/6 años Lectura 10 min.

El sombrero saltarín y la campanita risueña

El príncipe Tomás y su sombrero saltarín se embarcan en una aventura para recuperar la risa perdida del reino, encontrando amigos y risas en el camino. Juntos, descubren que la alegría se multiplica cuando se comparte.

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Un príncipe alegre, de unos 8 años, con cabello rizado dorado y una gran sonrisa, lleva un abrigo azul brillante y un sombrero de lunares que salta alegremente en su cabeza. Está riendo, con los brazos abiertos, en medio de un camino de piedras cantantes. A su lado, una pequeña rana con gafas redondas y un aire travieso, que sostiene una manzana colorida, salta de alegría. Un ogro miniatura, con piel verde y ojos brillantes, se encuentra un poco apartado, riendo a carcajadas mientras sostiene un calcetín rayado. El escenario es un hermoso bosque encantado, donde los árboles de troncos coloridos susurran chistes y las flores se abren sonriendo, bajo un cielo azul salpicado de nubes en forma de caramelos. La escena principal muestra al príncipe y sus amigos compartiendo risas y cuentos divertidos, rodeados de una atmósfera de magia y alegría, con destellos de luz que bailan a su alrededor. reportar un problema con esta imagen

Había una vez un príncipe que tenía un sombrero que no se quedaba quieto.

Capítulo 1: El sombrero que brincaba

El príncipe Tomás vivía en un reino donde los árboles susurraban chistes y las nubes hacían cosquillas a las montañas. Su castillo era de piedra suave y ventanas redondas como galletas. Tomás era pequeño para ser príncipe. Sus manos eran rápidas y sus ojos, como dos monedas brillantes. Pero lo que más llamaba la atención era su sombrero. No era un sombrero cualquiera. Era un sombrero saltarín, de tela azul con puntitos como estrellas dormidas.

Cada mañana el sombrero daba un brinco. Brinco, brinco. Se iba a jugar con los pájaros, volvía con plumas, y nunca, nunca se ponía en silencio. A veces el sombrero se escondía detrás de la tetera. Otras, hacía cosquillas en la oreja del príncipe. Tomás reía. Su risa era una campanita clara, como agua que corre por una concha.

Un día el rey y la reina se despertaron muy serios. La risa del reino, la risa que vivía en la torre del reloj, había desaparecido. La campanita risueña que tocaba cada hora, la que hacía rebotar las croquetas de la cocina y mover las plantas con alegría, se había quedado muda. La gente miró su pan y se le cayeron las migas del susto. Las flores dejaron de abrirse en forma de sonrisa. Todo estaba un poco triste.

Tomás miró su sombrero. El sombrero brincó y dijo, con un brinco más grande: "¡Vamos!" El príncipe no sabía qué hacer. Pero su sombrero sí. Así que Tomás se puso la capa, ató sus zapatos con lazos de colores y salió con su sombrero que brincaba, feliz como un caracol en patines.

Capítulo 2: Aventuras y risas escondidas

El camino hacia la torre del reloj era un camino de piedras que cantaban cuando uno las pisaba. Tomás las escuchó: "tin, tan, tun", y respondió con un pequeño zapateo. Primero encontró a una rana con gafas. La rana le ofreció una manzana que no picaba. La manzana era chistosa: tenía cara de sueño. Tomás se rió y la rana también, pero no encontraron la risa del reino entre las hojas.

Luego apareció una nube pequeña que parecía una almohada. La nube estornudó colores. ¡Achís! Salió en un arco iris que hizo cosquillas a los lirios. Los lirios empezaron a bailar, pero su risa no era la risa de la torre. El sombrero saltó sobre la nube y les dijo a todos con un brinco: "Siguiente pista". Tomás siguió.

Más adelante vivía un ogro diminuto que coleccionaba calcetines que sus pies no cabían. El ogro era bonachón. Sacó un calcetín con manchas de luna y empezó a contar chistes que eran tan malos que se volvían buenos. La risa del ogro sonó como un tambor chiquito. Todos rieron. Tomás rió. El sombrero dio vueltas y dijo: "Casi, casi". Pero la risa de la torre seguía sin aparecer.

En el bosque de las palabras olvidadas, Tomás encontró un mapa que tenía la forma de un pez. El pez mapa señaló con su aleta a la colina de los susurros. "Allí", dijo el pez con voz de papel, "allí se esconde la campanita risueña". Tomás subió la colina. El viento, que llevaba chispas de canciones, peinó su capa. El sombrero pegó un salto tan alto que casi tocó la luna. Tomás agarró al sombrero y sopló una risa pequeñita para probar. Nada. Suspiró un "uy", y de su suspiro salió una nota que hizo cosquillas a una nube. La nube soltó un estornudo-luz que alumbró un sendero secreto.

El sendero tenía piedras que contaban secretos con voz de galleta. "Nadie ríe solo. La risa es como una pelota, necesita ser lanzada", dijo una piedra. Tomás entendió que la risa se había escondido donde nadie la compartía. Así que siguió con ojos atentos, con el sombrero en cabeza y la esperanza en el bolsillo.

En la cumbre vivía la señora Teja, una bruja amable que tejía bufandas para las estrellas. La señora Teja tenía una caja de botones que hacían tic-tac y un reloj de bolsillo que había sido pintado por los caracoles. Ella le contó al príncipe que la campanita risueña no se había perdido: estaba dormida porque se sentía sola. Se había cansado de tocar y que nadie respondiera con otra risa. "Las risas necesitan compañía", dijo Teja mientras ordenaba botones con abecedario. Tomás sintió que su corazón se abría como una flor de algodón.

El sombrero brincó con emoción. "Entonces, vamos a hacer compañía", dijo. Tomás pensó en todas las veces que había reído solo, y en todas las veces que había guardado chistes en el bolsillo por miedo a sonreír. Abrió la mano. Tenía una pluma que le había dado el viento por la mañana. Era una pluma suave, con puntas de confeti. Tomás la sopló y la pluma hizo una vuelta graciosa en el aire, dibujó un círculo, y se posó sobre la campanita risueña.

La campanita gimoteó como si despertara de un sueño dulce. Pero aún estaba tímida. Necesitaba un motivo para reír de nuevo. Tomás se sentó y comenzó a contar historias tontas: cómo las cucharas se peinaban con tenedores, cómo las zanahorias practicaban ballet, cómo su propio sombrero había aprendido a silbar. Apenas dijo la última frase, el sombrero saltó tan alto que pegó en una nube y soltó un silbido tan ridículo que la campanita no pudo resistir.

La campanita emitió un "tin" pequeño, luego otro, y pronto se soltó una carcajada que sonó como miles de campanitas a la vez. La risa rodó colina abajo como pelota y rebotó en cada tejado. Voló al río, que empezó a hacer espuma en forma de flor. Pasó por la plaza, y las tartas empezaron a rodar de alegría. La gente sonrió, las flores se abrieron y el rey y la reina se abrazaron con alborozo.

Capítulo 3: El regreso del reino risueño

El camino de vuelta al castillo fue una fiesta. Todos se encontraron en la iglesia de las risas, en la panadería que ahora hacía panes con forma de caracol sonriente, y en el parque donde los árboles daban abrazos. Tomás caminaba con su sombrero que ya no solo brincaba: ahora también hacía reverencias. El príncipe se sentía ligero. Su paso cantaba: "plin, plan, plun".

En el castillo, el reloj volvió a tocar cada hora con un "ding, ding, ding" que hacía bailar a las cortinas. El rey le dio a Tomás una medalla que sonaba como chistes dulces. La reina le puso una flor en el cabello, y la flor dijo "gracias" con voz de pan. Pero lo más importante fue que la campanita risueña quedó en la torre para recordar a todos que la risa espera compañía.

Esa noche el príncipe Tomás miró su sombrero. El sombrero se inclinó con modestia. Había aprendido que no era mejor por brincar más alto. Había aprendido que era hermoso cuando su salto invitaba a otros a brincar también. Tomás sonrió. Su sonrisa era tibia, como una sopa de fresa.

Antes de dormir, Tomás dejó su pluma de confeti junto a la ventana. Una brisa la llevó y la pluma salió a pasear por el reino, dejando pequeñas risas en cada gota de lluvia. Las estrellas guiñaron. La luna, que ahora se parecía a una galleta con crema, le lanzó un beso.

Esa noche hubo una fiesta silenciosa en las camas. Los niños soñaron con zanahorias bailarinas y con sombreros que contaban cuentos. Los mayores soñaron con calabazas cantoras y con calcetines que encontraban su pareja. Todos soñaron una risa compartida, y el sueño supo a miel y a abrazo.

Al día siguiente, el príncipe ayudó a la señora Teja a tejer bufandas para las nubes y a la rana a preparar té para los lunes. Cada vez que alguien sonreía, Tomás aplaudía en secreto. Ya no necesitaba que su sombrero brincara solo; prefería verlo brincar con amigos. El reino aprendió a compartir sus risas como quienes comparten un pastel: porciones pequeñas, muchas manos, mucha alegría.

Y así, en un reino donde la magia hacía cosquillas y las sorpresas siempre terminaban bien, el príncipe Tomás descubrió que la risa más bonita es la que se reparte. Se siente mejor cuando es un coro, cuando rebota contra las paredes y regresa con una nueva melodía. El sombrero seguía saltando. A veces buscaba plumas, otras veces buscaba a un amigo para jugar. Tomás lo dejaba. Se reía. Y cuando, al final del día, cerraba los ojos, la última cosa que veía era una sombra pequeña que hacía una reverencia y decía con voz de campana: "Gracias".

Y si alguna vez pasas por ese reino, escucharás, lejos, el repiqueteo amable de una campanita, y sabrás que alguien cerca está compartiendo un cuento tonto para que nadie se duerma sin una sonrisa. Todo terminó con un susurro dulce: "Buenas noches, ríe en sueños".

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Príncipe
Una persona que tiene un título nobiliar y es parte de una familia real.
Sombrero
Una prenda que se usa en la cabeza, generalmente para protegerse del sol o como parte de un atuendo.
Campanita
Una pequeña campana que suena cuando se mueve, a menudo utilizada para llamar la atención.
Aventuras
Experiencias emocionantes o inusuales que suelen ocurrir en historias.
Rinconcito
Un lugar pequeño y acogedor, a menudo escondido o apartado.
Cosquillas
Una sensación que provoca risa cuando alguien toca suavemente la piel.
Abrigo
Una prenda de vestir que se usa para mantenerse caliente, especialmente en climas fríos.

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