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Cuento sobre la guerra 9/10 años Lectura 26 min. (6)

Lucía y los puentes de paz

Lucía, una niña curiosa, aprende sobre la importancia de la comunicación y la mediación ante conflictos en su escuela y su comunidad, mientras se prepara para la Feria de la Paz. A través de talleres y actividades, descubre que los problemas pueden resolverse con escucha activa y acuerdos claros.

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Una niña de 10 años, Lucía, con largos cabellos castaños y ojos brillantes, observa con curiosidad y una ligera sonrisa, sentada en un banco de madera en un parque soleado. Lleva una camiseta azul con un diseño de flores y un short de mezclilla. A su lado, su mejor amiga Amina, también de 10 años, tiene el cabello rizado y lleva un vestido amarillo brillante, sostiene un libro abierto y parece atenta a lo que dice Lucía. Al fondo, un grupo de niños juega con un balón, riendo y corriendo sobre la hierba verde, mientras árboles con hojas de un verde intenso ofrecen sombra. La escena transmite una atmósfera de camaradería y paz, mientras Lucía y Amina discuten la importancia de la comunicación para resolver conflictos, rodeadas de risas y juegos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1. La noticia y el nudo

La mañana olía a pan tostado y a cáscara de naranja. Lucía, de diez años, llenó su vaso con leche y escuchó la radio que su mamá había puesto bajito. Entre música y el pronóstico del tiempo, apareció una voz seria. Hablaba de una guerra en un país con un nombre que a Lucía le sonaba a viento frío. No dijeron muchas cosas, pero bastó para que un nudo pequeño, como un botón perdido, se quedara en su estómago.

—¿La guerra puede venir hasta aquí? —preguntó, suave, con la cucharita del yogur dando golpes pequeños al borde del plato.

Mamá le sostuvo la mirada y respiró despacio. Sus manos olían a café y jabón. —Hay guerras en algunos lugares, hija. Son cosas muy serias, y hay gente trabajando para que terminen. Aquí estamos bien, y si alguna vez te preocupa, lo hablamos. Cuando oigas algo que te asuste, no te lo guardes sola.

Lucía hizo una cosa que le gustaba mucho: pausó su prisa. Apagó la radio un momento. Se quedó callada. Luego sacó una libretita con tapas verdes y escribió: “Preguntas para entender”. Debajo anotó: “¿Qué es una guerra exactamente? ¿Qué hace un mediador? ¿Cómo se hace la paz?”. Sus letras bailaban, pero eran firmes. Eso le dio un poco de calma. Le gustaba ir con paciencia cuando había información. No compartir al instante. No dejar que un rumor entrara a su cabeza sin pasar por la puerta de las preguntas.

En el camino a la escuela, los árboles del barrio parecían peinar el cielo. Lucía caminó con su amiga Amina. Amina había escuchado algo por la televisión. —Dicen que hay tan… —se detuvo— cosas grandes. No sé. Da miedo.

—Yo también tuve miedo —dijo Lucía—. Pero mamá me dijo que hay personas que ayudan a hablar. Mediadores. Hoy le preguntaré al profe. Y si no sabemos algo, lo buscamos.

El profesor Martín los recibió con sonrisa de lunes. En la pizarra, escribió: “Círculo de preguntas”. Todos sentaron las sillas en círculo. —A veces hay noticias que hacen ruido —explicó—. Cuando algo nos preocupa, podemos hablarlo aquí. Sin prisa. Con respeto.

Manos al aire. Palabras que salían y volvían, como palomas. El profe puso en limpio ideas sencillas, con su voz clara: un conflicto ocurre cuando dos o más personas quieren cosas diferentes y no se ponen de acuerdo. Puede ser pequeño, como quién usa la pelota del recreo, o grande, como cuando dos grupos grandes no encuentran maneras pacíficas de entenderse. Una guerra es cuando los grupos grandes deciden usar la fuerza, en lugar de la palabra, para conseguir lo que quieren. Es grave. Por eso hay gente que se dedica a evitar que pase o a pararla cuando ya empezó. Hay leyes, hay acuerdos, hay mediadores.

—Mañana vendrá una mediadora municipal —anunció el profe—. Se llama Carla. Nos enseñará cómo se ayuda a dos personas a escuchar y a construir un acuerdo.

Lucía sintió el nudo bajar un poco. No era que todo fuera fácil, pero había caminos. Caminos con palabras.

Ese día, en el recreo, un niño gritó: —¡Va a haber guerra aquí también!

Lucía se acercó. Tenía la voz tranquila, como una manta de algodón. —¿Quién te lo dijo?

—Lo vi en el teléfono de mi primo —respondió el niño.

—¿De cuándo es ese video? —preguntó Lucía—. ¿Sale el nombre de nuestra ciudad?

El niño no supo. Lucía no lo empujó con más preguntas. Solo dijo: —Podemos preguntar a un adulto y buscar en fuentes confiables. Yo primero quiero saber bien. No quiero asustarme sin necesidad.

Por la tarde, al volver a casa, la abuela de Lucía la abrazó con brazos de cocina y flores. —Cuando sientas miedo —le dijo—, nombra el miedo y respira. El miedo se hace más pequeño cuando lo miras con luz.

Lucía escribió eso también en su libretita. Dibujó una lámpara al lado. Luego, antes de dormir, miró el cielo por la ventana. Las estrellas parecían puntitos con orejas. Quizá escuchaban. Ella cerró los ojos y se dijo, en voz baja, como si se mandara una carta a sí misma: “Mañana aprenderé más. No estoy sola”.

Capítulo 2. La mediadora y el balón

El martes, las sillas del aula estaban en semicírculo. Llegó Carla, la mediadora, con una carpeta amarilla y una sonrisa tranquila. Tenía el pelo recogido en una trenza y una voz que no apuraba a nadie. Puso un reloj pequeño sobre la mesa.

—Este reloj no marca la hora —dijo—. Marca turnos para hablar. En mediación, escuchamos sin interrumpir.

Javier levantó la mano. —¿Mediador es alguien que ama el mediodía?

Todos rieron con una risa que no pincha. Carla guiñó un ojo. —Me encanta el mediodía, la verdad. Pero un mediador o mediadora es alguien que ayuda a dos personas a hablar y a encontrar un acuerdo. No juzga. No da sermones. No impone. Ayuda a que se entiendan.

El profe contó que había un problema con el balón del recreo. Dos compañeros habían discutido fuerte el día anterior. Mateo quería llevarse la pelota a su casa. Sara decía que era de todos.

—¿Les parece si hacemos una práctica? —propuso Carla.

Mateo y Sara aceptaron. Se sentaron frente a frente. Carla marcó reglas en una cartulina con letras grandes:

—Hablar en primera persona.

—No insultar.

—No interrumpir.

—Buscar una solución que funcione para ambos.

—Mateo, ¿quieres contar qué pasó? —preguntó Carla.

—Compré la pelota con mis ahorros —dijo Mateo—. A veces la presté y se volvió aplanada. Me da bronca que no la cuiden.

Carla asintió. —Entiendo. Te molesta que no cuiden algo que te costó esfuerzo. Ahora, Sara, ¿qué escuchaste que dijo Mateo?

Sara miró a Mateo. Sus manos dejaban de temblar. —Escuché que se siente triste y enojado porque la pelota se arruinó y la pagó él.

—Bien —dijo Carla—. Sara, ahora cuéntanos tú.

—La pelota la usamos todos —dijo Sara—. Si es de uno, entonces algunos se quedan sin jugar. Propuse que sea de la clase, y que nos organicemos para cuidarla, pero Mateo no quiso.

Carla miró a Mateo otra vez. —¿Qué escuchaste?

—Que Sara quiere que juguemos todos y que haya reglas para cuidarla.

Lucía, desde su silla, iba tomando notas con letras chiquitas, como hormiguitas ordenadas. Subrayó: “repetir lo que el otro dijo ayuda a calmar”. También anotó: “las reglas claras dan paz”.

Carla les pidió que pensaran en necesidades. Mateo dijo: —Quiero que la cuiden.

Sara dijo: —Quiero que todos podamos jugar.

Carla preguntó: —¿Qué ideas tienen? No hace falta elegir ahora. Vamos a ponerlas todas en la mesa.

Salieron ideas como mariposas: llevar la pelota por turno, inflarla los lunes, guardarla en un armario con llave, nombrar dos responsables por semana, hacer una “clínica del balón” cuando se desinfle. Carla sonrió. —¿Ven? Ya tienen acuerdos posibles. ¿Eligen uno para probar esta semana?

Mateo miró a Sara. —Podría funcionar lo de los responsables. Y la pelota se guarda en el armario de la clase. Si se arruina, entre todos la arreglamos.

Sara asintió. —Y habrá un cartel con cómo cuidarla.

Carla escribió el acuerdo en papel. Todos escucharon cómo las palabras se volvían un plan. Firmaron. Sus firmas parecían dibujos de ríos.

—Esto es un acuerdo —explicó Carla—. Un papel que ayuda a recordar lo que decidimos. Si en unos días algo no funciona, lo revisamos. Se llama seguimiento.

Lucía levantó la mano. —Tengo una pregunta, Carla. Si hay guerras, ¿hay mediadores también?

Carla respiró despacio. —Sí. En conflictos grandes también hay mediadores. A veces son de instituciones, de organizaciones que conocen de paz. Buscan que los grupos se sienten en una mesa, que hablen, que hagan pausas para cuidar a las personas, y que construyan acuerdos. Es más complejo, claro. Pero la base es la misma: escucharse, reconocer necesidades, escribir compromisos. No siempre se puede de inmediato. Pero se intenta. Muchas veces se logran cosas concretas, como corredores para que la gente consiga alimentos y llegue a su escuela o a su trabajo, o altos el fuego temporales para que el diálogo avance.

Amina preguntó: —¿Y los niños qué hacemos mientras tanto?

—Cuidar la paz en lo cercano —dijo Carla—. Practicar la escucha activa. No difundir rumores. Buscar adultos de confianza cuando haya dudas. Y recordar que el miedo pide hablarse. Es valiente quien pregunta y quien espera para comprender mejor.

Cuando sonó el timbre del recreo, muchos miraron el balón con otros ojos. Tenía ahora dos responsables. También tenía un papel que lo protegía: un acuerdo claro. Lucía acarició su libretita. Las palabras, pensó, son como puentes. No son de cemento, pero aguantan pasos.

Capítulo 3. El parque y los turnos

El sábado el barrio se llenó de risas y pelotas, de patinetas que parecían pequeñas naves. En el parque, dos grupos querían usar la misma cancha. Unos llevaban camisetas con números. Otros, cascos brillantes y rodilleras. Se formó un murmullo. Alguien dijo en broma, pero sin pensar: —Esta va a ser la guerra del parque.

Lucía sintió que el botoncito del estómago se movía. Se acercó con Amina. La sombra de un árbol las cubría como una sombrilla. Primero escucharon. Diego, capitán del equipo de fútbol, hablaba rápido. —Entrenamos los sábados, a esta hora, desde abril. El torneo empieza y no podemos perder práctica.

Nora, del grupo de patinadores, habló después. —Nosotras también venimos a esta hora. No hay otro suelo tan liso que no tenga piedras. Y hoy queríamos hacer una exhibición para los peques.

Los dos grupos se miraban con cejas tensas. Lucía levantó su mano, como si fuera clase. —¿Puedo hacer una pregunta? ¿Hay algún registro de horarios? ¿Alguien del Centro Comunitario sabe de esto?

Nora negó con la cabeza. Diego se encogió de hombros. —Nunca lo hablamos. Cada uno venía, y ya.

Lucía miró a Amina. Amina le hizo un gesto de “vamos despacio”. Lucía abrió su mochila y sacó su libretita verde. —Podemos probar algo. Primero, pongamos en papel qué necesita cada grupo y qué horas usan. Yo apunto. Luego llamamos a alguien del Centro. ¿Conocen a Carla, la mediadora?

Algunos sí, otros no. Diego aceptó que era mejor eso que gritar. Las palabras, al principio, salieron como astillas. Pero la paciencia de Lucía y la calma de Amina hicieron que se volvieran flechas de papel que se podían doblar. Necesidades: entrenar, ensayar, no lastimarse, compartir. Disponibilidad: los futbolistas podían empezar media hora antes. Las patinadoras podían terminar media hora después en días de más sol. El domingo por la mañana también estaba libre.

Amina llamó al Centro Comunitario. Atendió Miguel, un señor con barba suave y voz de mate caliente. Dijo que llegaría en diez minutos. Diez minutos parecieron menos con helado de limón. Cuando Miguel llegó, puso dos conos naranjas y una mesa plegable. —Vamos a hacer una mini mediación —anunció—. Las reglas son las mismas que ya conocen. Yo facilito. Ustedes deciden.

Hubo momentos de nervios, de “pero es que” y de “no entiendes”. Miguel los invitó a reformular. —Háganlo con “yo siento” y “yo necesito”. Recuerden mirar a la persona, no al suelo.

Nora dijo: —Yo siento que nuestro esfuerzo vale, y necesito un espacio liso una vez por semana.

Diego dijo: —Yo siento presión por el torneo y necesito un horario estable.

Miguel sonrió. —Ya están diciendo cosas claras. ¿Propuestas?

Las ideas, otra vez, quisieron volar. —Turnos rotativos por semanas —dijo uno—. Compartir la cancha mitad y mitad —propuso otra, aunque Miguel señaló que eso podía ser peligroso—. Buscar otro sitio para una parte del entrenamiento. Hacer un cartel con horarios y contactos. Abrir un listado para otras actividades.

Al final acordaron esto: sábados impares, patinaje de nueve a once; sábados pares, fútbol de nueve a once; y los domingos de diez a once, espacio libre para talleres. Pasarían un cepillo grande al suelo para mantenerlo limpio, entre todos. Pondrían agua y una caja de botiquín en un banco. Todo quedó escrito. Firmaron. Las firmas, otra vez, fueron ríos.

—Qué buena paz de parque —dijo una abuela que había visto todo—. Mejor que cualquier regaño.

Lucía sintió algo distinto al botoncito del miedo. Era un abrigo de lana suave. Notar que, cuando la palabra entra, el conflicto cambia. Se vuelve más claro y más pequeño. No siempre hay solución perfecta, pero siempre puede haber una mejor que el silencio o el grito.

Al despedirse, Miguel se agachó a la altura de Lucía. —Buena libreta tienes ahí. Buena paciencia también.

—La paciencia es como un semáforo —dijo Lucía, medio en broma—. Si se pone en rojo, me paro a pensar. Si se pone en verde, comparto.

—Y si está en amarillo, pregunta —añadió Amina, riendo.

El rumor del principio de la tarde se había vuelto otra cosa. No fue “la guerra del parque”. Fue un sábado con acuerdos y helado. Un sábado con gente que, como podía, eligió escucharse.

Capítulo 4. El rumor y la calma

El lunes siguiente, en el grupo de chat de la clase, apareció un mensaje con muchas mayúsculas. “URGENTE. SOLDADOS CERCA. PREPÁRENSE”. Venía con una foto borrosa de camiones. Varios corazones apretados. Varios “es verdad”. El botoncito del estómago de Lucía quiso hacer un nudo grande. Respiró, como le había dicho la abuela. Se acordó de su semáforo. Amarillo: preguntar.

Escribió al grupo: “¿De cuándo es esta foto? ¿De dónde? ¿Alguien la vio en una página oficial?” No hubo respuesta clara. Lucía decidió esperar y buscar. Entró a la página del municipio. Nada. Al portal de noticias confiables. Nada. Llamó a su tía Elena, que trabajaba en un diario.

—Tenemos calma aquí —dijo la tía—. Esa foto circuló hace un año y es de otro país. La gente a veces comparte sin revisar. Es normal asustarse. Pero lo mejor es no difundir a ciegas, y hablar con un adulto de confianza. ¿Quieres que tu profe lo trate en clase? Podemos mandar una guía.

En clase, el profe Martín ya había visto el revuelo. —Vamos a hacer un taller de verificación —anunció—. Se llama “Noticias con lupa”. Traigan lápices.

Les enseñó pasos sencillos: mirar la fecha, buscar el origen, ver si medios serios lo confirman, desconfiar si hay errores de ortografía y muchas mayúsculas asustadoras. Hicieron la prueba con la foto del chat. Descubrieron que era vieja y de otra ciudad, de otra realidad.

—Un rumor puede hacerse grande como un globo —dijo el profe—. Si lo agarras con alfileres de preguntas, no explota, se desinfla despacito.

Aprovecharon para hablar de la palabra grande: guerra. —Una guerra —explicó el profe— no es cualquier pelea. Es cuando grupos o países, en vez de quedarse en palabras y reglas, usan la fuerza. Por eso hay leyes para proteger a las personas, sobre todo a los niños, a los hospitales, a las escuelas. Y hay instituciones que intentan que la gente se siente a hablar. Se firman altos el fuego, que son pausas. Se abren corredores para que lleguen alimentos. Se hacen acuerdos, algunos pequeños, otros grandes. No siempre es rápido, pero cada acuerdo ayuda a cuidar vidas.

Lucía levantó la mano. —¿Y nosotros qué podemos hacer cuando escuchamos algo así?

—Cuidarnos y cuidar —respondió el profe—. Hablar con una persona adulta de confianza. No quedarnos solos con el miedo. No difundir información que no entendemos. Practicar la escucha con quienes piensan distinto, en lo pequeño. Eso también es construir paz.

Hicieron una lista en la pizarra: Herramientas de Paz.

—Escucha activa: mirar a los ojos, no interrumpir.

—Preguntar para comprender, no para ganar.

—Repetir con tus palabras lo que entendiste.

—Pedir perdón cuando lastimás.

—Proponer acuerdos simples y escritos.

—Buscar un mediador si se estanca.

—Ser solidario: ofrecer ayuda concreta.

—Cuidar el lenguaje: palabras puente, no palabras piedra.

Amina puso una más: —Respirar y tomar agua cuando estás nerviosa.

Risas. Y un murmullo de alivio. La clase empezó a fabricar una “Caja de Preguntas Pacíficas”. Decoraron una caja de zapatos con papel azul. Allí pondrían dudas sobre noticias, conflictos y sentimientos. El profe prometió que cada viernes sacarían algunas y las iban a conversar.

Alguien dejó una pregunta que hizo reír: “¿Las palomas pueden ser mediadoras porque llevan mensajes?” El profe se rascó la barba. —Puede que no sepan escribir acuerdos, pero nos recuerdan que los mensajes viajan. Lo importante es que viajen despacio y bien.

Lucía, de camino a casa, miró el barrio. Los balcones tenían macetas. Las tiendas olían a pan. Los perros se dormían bajo la mesa. Pensó que su ciudad era como un coro. Cada voz distinta, pero cantando en voz baja, para no asustar. Esa tarde, cuando volvió a abrir el chat, escribió: “Ayer hubo un rumor. Ya lo verificamos con el profe. Era falso. Si te preocupa algo, habla con un adulto. No estás solo ni sola”. Los corazones que llegaron ahora parecían abrigos.

Capítulo 5. La feria y la canción

La escuela anunció la “Feria de la Paz” para el viernes. Había stand de libros, de juegos cooperativos, de cartas de agradecimiento a personas del barrio. Lucía y Amina propusieron un puesto de “Acuerdos que brillan”. Pusieron una mesa con papeles de colores, marcadores, una jarra de agua, y un cartel: “¿Un conflicto pequeño? Ven, lo practicamos”.

Carla, la mediadora, dijo que pasaría un rato. El profe Martín trajo una caja llena de títeres. El patio estaba feliz como una plaza en primavera. Lucía llevaba su libretita verde. Estaba gastada en los bordes. Eso la hacía quererla más.

Llegó el primer “caso”. Dos niñas discutían por un libro de aventuras. —Yo lo vi primero —decía una—. Lo aparté.

—Yo lo reservé ayer, con la bibliotecaria —decía la otra.

Lucía las invitó a sentarse. Mostró la jarra. —¿Agua? A veces el agua ayuda a las ideas a moverse.

Repasó reglas suaves. Les pidió que hablaran en primera persona. Que repitieran lo que la otra decía. Que pensaran en necesidades. Las niñas lo hicieron sorprendentemente bien. Una quería leerlo antes del lunes porque debía hacer un trabajo. La otra quería llevárselo para el fin de semana porque su papá solo la visitaba ese día y le gustaba leer juntas.

Lucía propuso ideas en lluvia, solo para empezar. Ellas sumaron otras. Al final, acordaron que la niña del trabajo lo leería en la biblioteca esa tarde y tomaría apuntes, y que la otra se lo llevaría el sábado, para leerlo con su papá, y lo devolvería el lunes. Lo escribieron, lo firmaron, y se dieron un pequeño abrazo, como quien choca dos globos.

Carla se acercó y les guiñó el ojo. —Así se hace. Acuerdos claros, y escucha.

Más gente llegó. Un chico preguntó cómo decir “perdón” cuando uno tiene vergüenza. Amina actuó una escena con un títere que decía: “Te escucho. No quise lastimarte. ¿Podemos pensar juntas cómo arreglarlo?”. La gente aplaudió suave. La feria tenía esa música silenciosa de las cosas bien hechas.

En un rincón, una mesa mostraba “Palabras puente”. Estaban escritas en tarjetas: “Entiendo”, “Cuéntame más”, “Lo que te escucho decir es…”, “Propongo”, “¿Qué necesitas?”. Al lado, una papelera decía “Palabras piedra”: “Siempre haces lo mismo”, “No te importa nada”, “Gané”, “Perdés”. Había niños que llevaban una piedra de juguete y la cambiaban por una tarjeta puente. Era un juego, pero también un entrenamiento.

Cerca de las cuatro, el director anunció por el micrófono: —Ahora, Lucía quiere compartir algo.

Mamá y la abuela estaban sentadas en la primera fila. Carla y Miguel también habían llegado. El profe Martín les guiñó un ojo. Lucía subió al pequeño escenario. Sentía mariposas en el estómago, pero eran amables. Miró al público y respiró como le enseñaron.

—Aprendí algo estos días —dijo—. Los conflictos existen, grandes y pequeños. Un conflicto no es una guerra. Un conflicto puede ser una oportunidad para conocernos mejor. Una guerra es cuando los grupos usan la fuerza y se olvidan de las palabras. Por eso hay mediadores, acuerdos y pausas que cuidan a las personas. Aprendí que revisar la información me calma. Si alguien me manda algo que asusta, pregunto, espero, consulto a un adulto de confianza. Aprendí que escuchar activa la paz. Que repetir con mis palabras lo que te escucho, te abraza. Y que un papel con un acuerdo no es solo papel: es una promesa que nos recuerda quiénes queremos ser. Si hoy alguien está preocupado, les digo: hablen. Nadie tiene que cargar solo con un miedo.

Hizo una pausa. El sol de la tarde dibujó una raya de luz en su libretita. —Quiero terminar con una canción que escribí. Es una canción sencilla. Es para escucharla con el corazón quieto. Habla de amistad, de acuerdos, de manos que se encuentran. Si quieren, la pueden tararear.

Lucía tomó la guitarra de la sala de música. Afinó dos cuerdas con cuidado. Sonrió. Cerró los ojos un segundo. Los abrió. Su voz salió clara, bajita, como un hilo de agua que se hace río. Y cantó:

Amiga, amigo, si tu voz tiembla,

yo me siento a tu lado sin hablar.

Miro tus ojos, pongo mi oreja,

y el miedo se hace un poco de sal.

Traigo mis manos, traes tu calma,

juntamos panes para merendar.

Si hay nubes grises, saco mi manta,

si hay viento fuerte, un puente hay que inventar.

Dime despacio lo que te duele,

yo repetiré para entender mejor.

“Te escucho”, digo, y el aire huele

a pan caliente y a flor de limón.

Si no coincidimos, hacemos turnos,

un papel con letras nos guiará.

Tu risa y la mía son dos faroles,

que en la vereda se encenderán.

No quiero piedras, quiero palabras,

que no lastimen, que quieran cuidar.

Si me equivoco, toco tu hombro,

“Perdón” me sale y se puede arreglar.

Cuando haya ruido allá en la calle,

hagamos pausa, tomemos té.

Llamemos juntos a quien nos cuida,

que el miedo solo no sabe qué hacer.

Canta conmigo, aunque te tiemble,

que nuestras voces saben remar.

Soy tu paraguas si cae lluvia,

eres mi abrigo si empieza a helar.

Amiga, amigo, no estamos solos,

hay mediadores, acuerdos y sol.

Si la noche llega, hacemos ronda,

y en la ronda cabemos los dos.

La gente la siguió con un tarareo bajo. Al terminar, hubo un aplauso redondo, no por ruido, sino por calidez. Lucía sonrió y bajó del escenario. Sentía que un camino se había hecho, con pasos pequeños.

Resumen breve, antes de guardar la guitarra: habían comprendido que un conflicto se calma con escucha y acuerdos, que hay mediadores que ayudan a hablar, que las noticias se revisan con paciencia, y que pedir ayuda a un adulto de confianza es una llave. También que la amistad es un puente que aguanta, aunque sople el viento.

Y la canción, como promesa de paz, quedó flotando un rato más en el patio, como una cometa tranquila que sabe volver.

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