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Cuento sobre la guerra 9/10 años Lectura 17 min. (6)

Globi y las pegatinas de la paz

Globi, un mapa del mundo, acompaña a una clase a entender los conflictos y la importancia del diálogo, mientras se enfrentan a situaciones cotidianas y conocen a una nueva compañera que trae consigo historias de superación. A través de juegos y actividades, los niños aprenden a cuidar y resolver desacuerdos con empatía y respeto.

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Globi, un gran globo terráqueo sonriente, se encuentra en el centro de la escena, con ojos brillantes de curiosidad y una ligera sonrisa cálida. Está decorado con mapas coloridos que representan continentes y océanos, y sus líneas de latitud y longitud son claramente visibles. A su lado, Lucía, una niña de cabello castaño y rizado, lleva una camiseta amarilla brillante y un pantalón corto de mezclilla. Ella mira a Globi con asombro, sus ojos brillando de emoción, mientras señala una ciudad en el globo. Marcos, un niño con gafas redondas y cabello castaño, se encuentra un poco más atrás, con los brazos cruzados, mostrando una expresión de reflexión. Observa atentamente la conversación entre Globi y Lucía, listo para hacer una pregunta. El decorado es un aula luminosa, con paredes pintadas de azul claro, carteles educativos colgados y una gran ventana que deja entrar la luz del sol. Hay escritorios coloridos dispuestos alrededor de la sala y una alfombra suave en el suelo, donde los niños pueden sentarse. La situación principal muestra a Globi explicando a los niños la noción de conflicto y paz, con ilustraciones de países y personas en su globo, mientras Lucía y Marcos intercambian ideas sobre cómo resolver conflictos con gestos amistosos. reportar un problema con esta imagen

El día en que el mapa hizo cosquillas

Cada mañana, Globi miraba la clase desde su rincón. Le gustaba que las manos pequeñas recorrieran sus mares con el dedo, como si fueran barcos curiosos. Cuando alguien pegaba una pegatina sobre una ciudad, Globi sentía cosquillas dulces, justo en el ecuador. Ese día, las cosquillas llegaron desde un lugar que, para la clase, sonaba lejano.

La maestra Pilar apagó el proyector después de mostrar una noticia. No había imágenes duras. Solo un presentador con voz seria diciendo que había un “conflicto en un país del norte”. La clase se quedó en silencio, como cuando cae nieve. Los ojos se movieron, inseguros. Un alumno levantó la mano y preguntó qué quería decir esa palabra. Pilar prometió explicarlo con calma.

Globi escuchó atento. Tenía ganas de aprender más. Era valiente con las preguntas. Las preguntas no pinchaban, pensaba; abrían puertas. Y, además, todo lo que tenía que ver con países y fronteras siempre le hacía vibrar el meridiano. Sentía que, si entendía aquella palabra, podría ayudar a sus amigos a no asustarse.

Lucía se acercó sin avisar y pasó el dedo sobre un mar azul profundo. “¿Dónde está eso del norte?”, dijo. Globi inclinó un poco su latitud, como quien ofrece un hombro. Lucía encontró el continente, luego el país, luego una ciudad con nombre nuevo. Le puso una pegatina pequeña, de color verde, para no tapar nada. “Aquí”, dijo, bajito.

—¿Y por qué hay gente que discute tanto? —preguntó Marcos, desde el fondo.

Pilar respiró. Esas respiraciones largas que sirven para ordenar las ideas. Dijo que lo contarían después del recreo, con ejemplos de la vida diaria. “Todo con calma”, añadió. La palabra calma quedó flotando, como una cometa con cola.

Mientras tanto, Globi se quedó pensando en su propia manera de entender. Las montañas, los ríos y las líneas que separaban países le parecían como costuras de una manta. A veces, las mantas se descosen un poco. Alguien tiene que volver a coser. Tal vez su papel era mostrar dónde estaban las puntadas sueltas.

Al sonar el timbre, la clase salió con prisa. Globi oyó risas y pasos, y un balón rodando. Miró la pegatina verde. No dolía, pero pesaba. Era el peso de una duda. Decidió que ese día haría algo más que quedarse quieto. Estaba listo para escuchar, preguntar y, si podía, construir un pequeño puente con palabras.

Palabras que caben en la mano

La maestra Pilar colocó dos lápices sobre la mesa y un sacapuntas en medio. Era una escena sencilla, casi un truco. “Imaginad que estos lápices sois vosotros”, dijo. “Los dos queréis usar el sacapuntas al mismo tiempo. Eso es un conflicto: dos personas que quieren cosas diferentes, o sienten cosas diferentes, en el mismo momento.”

La clase asintió. Nadie se asustó con esa idea. Un conflicto no tenía rugidos ni sombras, si se miraba así. Era como encontrarse en una puerta y no saber quién pasa primero. Pilar siguió: “Hay muchas formas de resolverlo. Una es empujar y gritar. Otra es hablar, explicar y buscar un acuerdo. Si hablamos y escuchamos, las cosas se arreglan sin romperse”.

Globi giró apenas, un susurro de geografía. Pilar señaló los países en su superficie. “Entre países también hay conflictos”, explicó. “Algunas veces se resuelven con reuniones, tratados y paciencia. Otras veces, por desgracia, se convierten en guerra. La guerra es un conflicto grande, cuando grupos o países deciden usar la fuerza y hacen daño. No vamos a hablar de cosas duras, porque no hace falta para entenderlo. Sí vamos a pensar en las personas: familias, niñas y niños que quieren jugar, aprender y estar a salvo”.

Lucía levantó la mano. “¿Y qué hace la gente cuando hay guerra?” Pilar miró a Globi, como si el mapa pudiera responder. Dijo: “Muchas personas se van a lugares más seguros. Otras ayudan: médicos, vecinas, conductores, profesoras, voluntarias. Hay quienes trabajan para que el conflicto pare y vuelva el diálogo. La ayuda es como una cuerda que lanzamos para traer a alguien a tierra firme”.

Marcos tenía otra duda. “¿Cómo se para una guerra?” Pilar no prometió magia. Explicó que se para con conversaciones largas entre líderes, acuerdos claros, respeto a las reglas, y con muchas manos detrás que cuidan a la gente. “No es rápido”, añadió. “Pero siempre hay algo que nosotros sí podemos hacer: entender, hablar con respeto y ayudar”.

Para que la idea no flotara sola, Pilar propuso un juego. Se llamaba “Semáforo del diálogo”. Verde: escuchar. Amarillo: pensar. Rojo: hablar con respeto, sin interrumpir. La clase practicó con pequeños desacuerdos: quién usaba el sacapuntas, quién elegía la canción. Miraron a Globi para colocar pegatinas con los colores según la situación. El aula se llenó de pequeños guiños.

Al final, Pilar escribió en la pizarra palabras que cabían en la mano: escuchar, explicar, acordar, ayudar, cuidar. “Son herramientas”, dijo, “como el sacapuntas. No hacen ruido, pero arreglan las cosas.” Globi se sintió útil. Su mapa no servía para pelear, sino para señalar caminos. Un mapa no decide. Un mapa acompaña.

Un recreo con líneas y tiempos

Ese recreo empezó con un trote de zapatillas y un murmullo de emoción. El campo de fútbol del patio brillaba al sol. Dos grupos querían usarlo al mismo tiempo: los de cuarto A y los de cuarto B. El balón ya estaba en el centro y varias voces subieron a la vez. “¡Nos toca a nosotros!” “¡No, hoy vamos nosotros!” La pelota quedó quieta, prisionera de la duda.

Globi no suele moverse mucho, pero aquel día se deslizó de su base con un pequeño clic. Nadie se asustó. A veces, en los recreos, ocurren cosas extrañas y amables. Lucía lo vio y lo empujó con cuidado por el pasillo. “Vas a ayudarnos, ¿verdad?”, susurró. Globi sintió el cosquilleo del Atlántico.

Al llegar al patio, colocaron a Globi junto a una portería, como un árbitro silencioso. Pilar observaba desde un lado. No quería mandar ahora. Quería que practicaran. Marcos tomó aire y dijo con tono valiente: “Tenemos un conflicto. Vamos a usar el semáforo. Yo escucho primero”. Se hizo un silencio pequeño pero suficiente.

Los de cuarto A explicaron que llevaban toda la semana esperando su turno. Los de cuarto B contaron que el lunes no jugaron porque llovía. “Hoy tenemos el equipo completo”, añadió una niña de B. Las razones se entendían. No eran gritos. Eran datos. Globi, con sus líneas de meridianos, parecía invitar a ordenar el tiempo como un mapa.

Lucía propuso una idea sencilla. “Partimos el recreo en dos tiempos. Quién juega primero se decide con un pie y una mano: piedra, papel o tijera. Al día siguiente, cambiamos el orden.” A todos les pareció razonable. No era perfecto. Ningún mapa lo es. Pero la solución sonaba justa y posible.

La prueba fue rápida. Dos capitanes, una mano cerrada y otra que se abre. Risas, algún “¡ay!” de nervios, y un ganador. Empezó cuarto B, cuarto A miró con paciencia. A los diez minutos, cambió el turno. Nadie protestó. El balón rodó. El sol siguió ahí, redondo como Globi.

Pilar se acercó a la oreja de la clase. “¿Veis?”, dijo. “Un conflicto es un cruce de caminos. Si hablamos, pintamos señales. Si no, nos chocamos”. Globi volvió a su rincón con ayuda de Lucía. Estaba contento. A veces, el patio y el mundo grande se parecen más de lo que creemos. Un acuerdo pequeño cabe en una mañana. Un acuerdo grande tarda más, pero también se construye con pasos cortos, como los de un recreo.

Historias que viajan en mochila

La semana siguiente llegó una compañera nueva. Se llamaba Samira. Traía una mochila azul con un parche de estrella. Sonreía, aunque la sonrisa estaba un poco cansada. Pilar la presentó con cariño. Dijo que venía de otro país, el de la pegatina verde, y que iba a estudiar con ellos desde ese día.

Samira habló despacio, como se habla cuando se cambia de idioma. Contó que vivía cerca de una plaza con árboles altos. Que en su casa se cocinaba un pan plano que olía a fiesta. Un día, las discusiones entre los que mandaban crecieron mucho. Las calles se pusieron ruidosas. Sus padres decidieron viajar a un lugar tranquilo. “No quiero que pasen cosas malas”, fue lo único que dijo sobre lo difícil. Nadie preguntó más. No hacía falta para entender.

Pilar pidió a Samira que, si quería, señalara su ciudad en Globi. Ella se acercó, tocó una curva de costa, y dejó la punta de su dedo, ligera. Globi notó la temperatura de ese punto como quien siente un recuerdo. La clase estaba cerca, en un círculo respetuoso. Nadie empujó. Nadie corrió. Respiraron al mismo ritmo.

Luego hablaron de la ayuda. Samira recordó a la vecina que les regaló frutos secos para el viaje. Recordó a una mujer de chaleco amarillo que les dijo dónde dormir. Un conductor de autobús que no cobró el billete de su hermano pequeño. “La ayuda es una cadena”, dijo Pilar. “Cada gesto engancha con el siguiente. Y cuando llega, calma el corazón.”

Para dar la bienvenida, la clase organizó un Mapa de Manos Amigas. Cada quien calcó su mano en un papel de colores. Dentro, escribió un mensaje sencillo: “Estoy contigo”, “Si no entiendes algo, te explico”, “¿Jugamos a la comba?”. Pegaron todas las manos alrededor de Globi. Parecían aves protectoras. O guantes que abrazan.

Lucía llevó galletas para compartir en el recreo. Marcos trajo un diccionario pequeño. Otros compañeros juntaron lápices y libretas para la sala de estudio del barrio, donde llegaban familias nuevas. No era una montaña de cosas, pero sí un río. Los ríos, pensó Globi, no hacen ruido fuerte. Pero avanzan. Y dan de beber.

Samira, al final del día, se acercó a Globi. Le susurró gracias en su idioma. Luego buscó con el dedo la ruta que había hecho su familia, ciudad por ciudad. Globi la acompañó sin moverse, con su silencio útil. Comprendió que los mapas no solo marcan distancias. También abrazan caminos.

Rutas de diálogo y una pequeña victoria

Después de conocer a Samira, la clase quiso hacer algo que se quedara. No una cosa de un día, sino una costumbre. Pilar les propuso crear un Rincón del Diálogo. Buscaron un lugar cerca de la ventana, con buena luz. Colocaron dos sillas enfrentadas, una alfombra suave y un reloj de arena pequeño para turnarse al hablar. Encima, un cartel sencillo: “Aquí escuchamos”.

Globi fue el centro de ese rincón. No para mandar, sino para recordar el mundo. Alrededor, pegaron cinco tarjetas con pasos que habían practicado: 1) Respirar hondo. 2) Decir cómo me siento y qué necesito. 3) Escuchar sin interrumpir. 4) Pensar soluciones que cuiden a todos. 5) Pedir ayuda si hace falta. Eran frases cortas. Cabían en la memoria como una canción.

Para que no quedara solo en el aula, inventaron la Ruta de la Paz. Eran puntos en el colegio donde practicar gestos amables: en la fila, ceder el paso; en la biblioteca, devolver el libro a tiempo; en el comedor, compartir el pan si falta una rebanada. Hicieron un mapa con caminos de tiza sobre cartulina. Iban marcando con pegatinas cada vez que cumplían una estación. No había premios grandes. La recompensa era saber que lo habían logrado juntos.

Un día, surgió un conflicto nuevo. Dos compañeras querían liderar el mismo trabajo sobre volcanes. A veces el planeta habla con fuego, y las personas también. Se tensaron las voces. Pilar señaló el Rincón del Diálogo. Fueron allí. Respiraron. Dijeron lo que sentían: “Yo quiero liderar porque me preparé”. “Yo porque me hace ilusión”. Pensaron. Propusieron una solución: co-liderar y repartir tareas, como dos guías que conocen rutas diferentes. Salieron con los ojos más suaves. El reloj de arena se detuvo por sí solo. Había caído la última luz.

Mientras tanto, la clase siguió aprendiendo sobre el mundo. Globi contaba historias sosas y sabias: el desierto que parece mar dorado, la selva que respira como un pulmón, la costa que dibuja dientes en el mapa. Y, muchas veces, cuando alguien mencionaba una noticia de un país en conflicto, hacían lo que ya sabían: buscaban el lugar, nombraban lo que entendían, y repetían: “Las personas primero”. No se quedaban pegados a la preocupación. La transformaban en algo que podían hacer con las manos.

Llegó el viernes. Pilar pidió que, entre todos, escribieran un resumen. Un pequeño inventario de lo que habían comprendido. Lucía dictó, Marcos sostuvo el papel, Samira decidió dónde pegarlo. Decía así: “Conflicto es cuando dos o más personas quieren o sienten cosas distintas al mismo tiempo. Puede pasar en el patio o entre países. Si se hace grande y usan la fuerza, se llama guerra, y mucha gente sufre. Para responder, podemos: hablar con respeto, escuchar de verdad, buscar acuerdos, ayudar a quien lo necesita y no repetir cosas sin saber. Cada gesto cuenta.”

Pilar sonrió. “Esto es una pequeña victoria”, dijo. “No hemos cambiado el planeta. Pero aquí, en esta clase, hemos aprendido a nombrar lo difícil sin miedo, y a hacer algo con ello.” Globi sintió un calor amable desde el polo sur hasta el norte. Era como una luz interna. No hacía falta enchufe. Era la luz de lo que se entiende.

Esa tarde, cuando el sol se inclina y las sombras se alargan, Globi miró la pegatina verde que había recibido el primer día. Ya no pesaba igual. Seguía recordando una historia seria, pero ahora estaba rodeada de manos de colores, pasos, sillas, un reloj de arena, una ruta de tiza y un rincón de calma. Habían tejido una red, fina pero firme.

En casa, algunos contaron la Ruta de la Paz a sus familias. Otros enseñaron el Semáforo del diálogo a sus hermanos. Samira dibujó su plaza con árboles y la pegó en su pared. Pilar escribió un correo al centro del barrio ofreciendo libros y tiempo para ayudar. Y Globi, en silencio, guardó cada nueva pegatina como quien guarda semillas.

Al cerrar la semana, la clase volvió a leer su resumen. Era breve, claro y suave. No sonaba a cuento, sino a promesa. Globi no puede aplaudir, pero aquel día, de algún modo, aplaudió con océanos. Y se dijo, sin palabras: entender es una forma de cuidar. Y cuidar hace que el mundo, incluso cuando hay conflictos, encuentre caminos para respirar mejor.

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Conflicto
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Decisión o solución en la que ambas partes están de acuerdo.
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Trato amable y considerado hacia los demás, que reconoce sus sentimientos y opiniones.
Volcán
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Solidaridad
Sentimiento de unidad y apoyo entre las personas, especialmente en momentos difíciles.
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