Capítulo 1
Por la ladera de una colina suave vivía un erizo pequeño y tímido llamado Pín. Pín no hablaba mucho. Pín miraba mucho. Pín tenía ojos brillantes y las púas muy ordenadas, como un cepillo que sostiene secretos. Caminaba despacio. Respira, mira, avanza. Así pasaba sus días.
Una tarde, el viento llevaba olores de manzana y hojas crujientes. Pín decidió salir a buscar flores para su amiga la rana Lila. Lila siempre estaba contenta, cantaba con voz de campana. Pín quería darle un ramo. Quería hacerla sonreír.
Pero Pín era tímido. Se escondía detrás de una seta alta. Se escondía detrás de una piedra redonda. Sus patas temblaban de cosquillas. "¿Y si Lila no quiere?" pensó. "¿Y si las otras ranas miran raro?" Sus patas siguieron. Sus patas siempre seguían. Gracias a sus pies. Gracias a sus pies, Pín podía acercarse sin hacer ruido, podía saltar un poquito, podía caminar sobre la hierba mojada sin resbalar.
Encontró flores pequeñas y valientes. Encontró una de cada color: azul, amarillo, rosa. Pín las recogió con cuidado y las colocó en su mochila hecha de hoja doblada. Caminó de regreso, lento y alegre. Sus pies, que habían caminado todo el día, ahora estaban polvorientos y felices.
Capítulo 2
Al llegar al estanque, Lila estaba con amigos: un sapo gordito, una libélula plateada y un pececito anaranjado que hacía burbujas. Pín se quedó detrás de una piedra. Sus mejillas se pusieron rojas como tomate miniatura. "Hola", dijo Lila con voz de campana. "¿Traes algo?" preguntó la libélula, curiosa.
Pín asomó la cabezita. "Traigo... flores", susurró. Sacó su hoja-mochila. Las flores quedaron muy bien. Lila saltó de alegría. "¡Gracias!" exclamó. Todos aplaudieron con patas y aletas.
Después de jugar, los amigos dijeron: "Vamos a repartir bocaditos de helecho." Pín no sabía cortar helechos. Sus patas no habían practicado eso. El sapo sacó un cuchillo de barro (hecho de barro, ¿puedes creer?) y dijo: "Pín, tú puedes ayudar a repartir." Pín sintió mariposas en la barriga. Pero sus pies se acercaron, decididos. Sus pies, que sabían de caminos y flores, sabían ahora de reparto.
"Un bocadito para la rana", dijo Pín, entregando una hoja. "Otro para la libélula." "Otro para el pececito." Cada vez que decía una palabra, su timidez se hacía un poco más pequeña. Sus pies se movían con ritmo. Repartir se convirtió en una danza torpe y divertida. Todos reían. Reían porque Pín movía las patas como si fueran palillos de helado. Reían porque a veces las hojas salían volando y daban vueltas como sombreros.
Tras repartir, el sol empezó a esconder su cara. Pín sintió un cosquilleo en los dedos de las patas. Tenía mucho sueño. Pero antes de irse, Lila se acercó y dijo: "Gracias por las flores y por los bocaditos, Pín. Gracias por venir." Pín bajó la mirada. Sus patas hicieron un pequeño toque en el suelo, un gesto tímido que era su abrazo. "Gracias... a mis pies", murmuró él, casi para sí.
Los amigos se quedaron sorprendidos. "¿A tus pies?" preguntó el pececito, burbujeando. Pín sonrió. "Sí. Mis pies me traen. Mis pies me ayudan a compartir." Todos miraron sus propias patas. El sapo comenzó a reír tan fuerte que saltó en una pata y casi se cayó. La libélula hizo un giro en el aire. Compartir era divertido. Compartir se hizo más grande que la timidez.
Capítulo 3
Esa noche, la luna puso una lámpara plateada sobre la colina. Pín volvió a su casita de hojas. Sus pies estaban cansados. Caminaron por senderos que tallaban historias en el pasto. Cada paso dejaba una huellita pequeña. Pín las miró con cariño. "Gracias", dijo más claro, esta vez sin esconder su voz. "Gracias, pies. Gracias por llevarme a dar flores. Gracias por no dejarme quedarme escondido." Sus pies se encogieron de cosquillas.
Dentro, Pín preparó té de hojas de menta. Hizo una taza pequeña para Lila, una taza para él, aunque Lila no estaba esa noche. Colocó el vaso de agua en la ventana por si al pasar la brisa quería beber. Pín limpió sus patas con una hoja húmeda. Las patas relucían como si se hubieran puesto medias nuevas. "Qué limpios", dijo el pececito en un recuerdo que venía en las burbujas. Pín rió.
Recordó cómo antes se quedaba siempre detrás de las setas. Recordó la piedra redonda que le servía de escudo. Recordó su propio corazón latiendo lento. Ahora sentía que algo cambiaba de a poquito. Compartir había abierto una puerta pequeña en su pecho. Una puerta para la amistad. Una puerta para la risa.
Esa noche el cielo estaba decorado de puntos brillantes. Pín miró las estrellas. Pensó en Lila, en el sapo, en la libélula que cuenta chistes pequeños aunque no tenga boca para hablar. Pensó en el pececito que hacía burbujas con ritmo de tambor. Pensó en sus pies, que habían caminado mucho, que habían corrido poquito, que habían bailado un poco.
Se acercó a la ventana. Un amigo inesperado tocó la hoja. Era un caracol gris con sombrero de bellota. "Buenas noches", dijo el caracol con voz rolliza. "¿Te acompaño?" Pín asintió. Se acomodaron los dos. El caracol contó historias de caminos lentos y té tardío. Pín prestó atención. Sus ojos se iban quedando más pesados con cada cuento.
Antes de dormirse, Pín les habló a sus pies otra vez. "Hoy fue un buen día", murmuró. "Hoy compartí. Hoy fue un día de risas pequeñas." Sus palabras eran como algodón. Los pies recibían el agradecimiento. Los pies se sentían apreciados, como cuando alguien te cubre con una manta que huele a casa.
Afuera, la brisa tejía una canción. La canción decía cosas como: camina, comparte, sueña. Pín cerró los ojos. Respiró hondo. Una, dos, tres. Su respiración se hizo una cuerda que se aflojaba. Sus patas ya no tenían prisa. Sus patas descansaban. Todo en la casa de hojas olía a menta y a noches redondas.
En su sueño, Pín y sus pies hicieron una carrera silenciosa. No para ganar. Para compartir caramelos imaginarios con las estrellas. Cada estrella pedía un trocito de risa. Pín se lo daba. Sus pies dejaban huellas que olían a flores. El sapo decía "¡Bravo!" desde la orilla del sueño. La libélula pintaba sonrisas en el aire. Lila aplaudía con sus patas verdes.
Cuando la luna bajó la vista y el primer pajarito bostezó, Pín respiró suavemente. Su barriga subió. Sus patas se estiraron. Un suspiro de contento salió de su pecho y viajó por la casita de hojas, pasó por la ventana y se mezcló con la brisa. "Ahhh", dijo el suspiro, y todo sonó más dulce.
Al día siguiente, Pín se despertó con una idea: invitar a más amigos a jugar a repartir cosas. Pero eso era mañana. Ahora, la noche lo había envuelto como una manta tibia. Sus pies estaban listos para soñar otra vez. Sus pies estaban agradecidos. Pín también.
Y así, con un último suspiro de contento, Pín cerró los ojos por completo. Sus pies descansaban. La colina guardó su respiración. La luna sonrió y los amigos, lejos o cerca, sonrieron también. Compartir había hecho la noche más ligera. Compartir había hecho el corazón de Pín más grande. Y en la quietud, se oyó un pequeño ronroneo de felicidad que decía: gracias, gracias, gracias.