Parte 1: El plan de Lolo
Lolo era un conejo lógico. Tenía orejas largas, suaves como almohadas nuevas, y una nariz que hacía tic tic al oler zanahorias. Cada noche decía su frase especial: "dodo dodo". Lo decía serio, con su voz de conejito que sabe lo que quiere.
"Si es de noche, entonces toca dodo dodo", explicó Lolo, mirando la ventana. "Y si toca dodo dodo, mi cama me espera".
Su cama era pequeña, blanca, con sábanas que olían a nube dulce. Lolo puso la almohada bien recta. Miró la manta. Comprobó sus calcetines de lunares. Todo en orden.
"Plan para dormir", dijo, y levantó una patita como si tuviera una cuerda invisible para agarrar el sueño. "Uno: bostezar. Dos: cerrar ojos. Tres: dodo dodo".
Bostezó, claro. Un bostezo tan grande que casi se tragó una lucecita que pasaba volando. La luciérnaga se rió y dio vueltas. "Perdón", dijo Lolo. "Pero es que hoy, dodo dodo".
Apagó la lámpara. La noche entró suave. Se oyó un cric cric musical de un grillo en el jardín. La luna, redonda, miraba curiosa. Lolo se metió bajo la manta.
"Humm. Bien", dijo. "Si estoy abrigado, me duermo rápido. Dodo dodo".
Parte 2: Cosas que pasan antes del dodo dodo
Justo cuando cerraba los ojos, la almohada se escondió detrás de su oreja. Lolo abrió un ojo. "Ajá", dijo. "Si hay bulto, hay almohada". Metió la patita, la sacó, y ¡zas!, almohada recuperada.
"Gracias, almohada", susurró. "Pero ahora, dodo dodo".
La manta hizo una ola como si el mar estuviera de visita. Un calcetín saltarín apareció brincando. "¡Plop!" Cayó en su cabeza.
"Calcetín", dijo Lolo, "no es hora de circo. Es hora de dodo dodo".
"Un saltito más", pidió el calcetín.
"Uno, y ya", aceptó Lolo, lógico pero amable.
El calcetín dio un último salto y se quedó quieto, muy orgulloso. Lolo lo guardó con su pareja y sonrió. "Orden logrado. Dodo dodo".
El grillo cantó muy rápido, como si tuviera prisa. "Cri-cri-cri-cri-cri".
"Señor grillo", dijo Lolo, asomando la cabeza por la ventana, "¿podría cantar más despacio? Un canto de cuna, tal vez".
El grillo inclinó su sombrerito de hoja. "Con gusto". Y empezó: "cri... criii... cri... criii", más suave, más lento, como chocolate tibio.
"Así está mejor", dijo Lolo. "Dodo dodo".
De pronto, la luna hizo "hip". Un pequeño hipo redondo. Las luciérnagas se asustaron un poquito y luego se rieron, porque el hipo de la luna sonaba como una burbuja.
"Tranquila, luna", dijo Lolo. "Si bebes un sorbito, tal vez se quite".
Una nubecita pasó por allí, gordita y amable. "Tengo una gota", dijo. Dejó caer una gota de agua tan clara como un suspiro en la lengua de la luna. La luna hizo "hip... hi... hipo...". Y luego, nada. Silencio brillante.
"Bravo", aplaudió Lolo con sus patitas suaves. "Ahora, dodo dodo".
Su cama chirrió, pero no feo. Era un chirrido de patito: "cuic". Lolo pensó. "Si chirría, necesita caricias".
Le hizo cosquillas a la pata de la cama con un trocito de pluma. "Cuic-cuic". Los dos se rieron. "Gracias, patita", dijo Lolo. "Silencio de patito. Dodo dodo".
Una brisa traviesa entró por la ventana y le hizo cosquillas en los bigotes. Lolo estornudó: "¡achú!" Se rió. "Brisa, eres graciosa. Pero ahora quiero dormir".
Cerró un poquito la ventana. Dejó pasar solo lo justo, como por una pajita. La habitación se llenó con olor a hierba y pan tostado de estrella. Dulce. Calmo.
"Si la brisa es pequeña, el sueño es grande", calculó Lolo. Se metió bien, hasta la barbilla. "Dodo dodo".
"¿Puedo decir algo?" preguntó una voz lentita desde la puerta. Era Tuga, la tortuga vecina. Asomó el casco como si fuera una luna verde. Traía algo en la boca.
"¿Sí, Tuga?"
"Te traje tu gorro de dormir. Lo dejaste en el columpio".
"Gracias", dijo Lolo, feliz. "Con gorro o sin gorro, me duermo. Pero con gorro me duermo calentito. Dodo dodo".
Tuga bostezó tan despacio que el bostezo le dio una vuelta entera al casco. "Uy", dijo. "Se me pegó el sueño".
"Se pega porque es suave", explicó Lolo. "Si quieres, puedes hacer dodo dodo en tu casita".
"Buena idea", murmuró Tuga, y se fue arrastrando con un sonido de papel de seda. "Buenas noches, Lolo".
"Buenas noches", susurró él. "Dodo dodo".
El grillo hizo una reverencia. Las luciérnagas bajaron la luz, como cortinas. La luna sonrió sin hipo. Todo estaba listo.
Parte 3: El dodo dodo más lindo
Lolo miró el techo. Dejó que sus ojos fueran globitos que flotan, suben, bajan. Pensó con su cabeza lógica y dulce: "Si cuento cinco estrellitas, tal vez me llegue un sueño grandote".
"O mejor cuento zanahorias", dijo, riéndose bajito. "Pero no para comer. Para pensar. Solo pensar".
"Cinco... cuatro... tres..." Su voz era una pluma. "Dos... uno..."
Entonces, una zanahoria de mentira rodó como un lápiz naranja por su mente. Detrás venía una nube con ruedas. Detrás, un patito que hablaba inglés de pato: "cuac-cuac". Lolo se rió, pero con la boca cerrada. Era una risa dentro de la panza. Una risa que masajea el sueño.
"Si me río bajito, el sueño no se espanta", decidió. "Dodo dodo".
Se acomodó otra vez. Un oído aquí, el otro más allá, como antenas que escuchan mimos. Sus patitas se hicieron blanditas. Sus ojos pesaron un poquito, y luego otro poquito más. Pesaban como dos uvas moradas dormidas.
Afuera, alguien dijo "buenas noches". Tal vez un árbol. Tal vez un zapato cansado. El grillo ya cantaba tan lento que parecía un reloj de agua. "cri... criii..." En la casa de Tuga no se oía nada. Solo un sueño redondo, rodando, despacito.
Lolo pensó su último pensamiento lógico del día: "Si aquí estoy calentito, y todo está bien, entonces solo queda... dodo dodo".
"Sí", susurró, muy bajito. "Dodo dodo".
La manta lo abrazó como un abrazo de nube. La almohada se hizo barco. Lolo viajó por un río de algodón, sin mojarse, sin prisa. Las luciérnagas fueron estrellas chiquitas pegadas a una cuerda. La luna guió el barco con un hilo de luz.
"Todo está bien", dijo la noche, con voz de mamá-árbol. "Todo está bien", respondieron las ventanas, bostezando.
"Todo está bien", repitió Lolo, ya casi en sus sueños. "Dodo... dodo..."
El aire se puso suave. La habitación se volvió un dulce de leche tibio. Las sombras eran gatitos que dormían en el suelo. El tiempo se estiró como un chicle de vainilla, largo, lento, blandito.
Lolo sonrió con la comisura de la boca. Su corazoncito hizo pum pum tranquilo. Sus ideas se agacharon y se taparon con una mini manta. Ya no había prisa, no había nada que comprobar, más que esto: el silencio bonito, la risa chiquita, el dodo dodo.
Y sobre todo, arriba, muy arriba, el cielo se volvió suave, profundo, redondo como una caricia. Un cielo de terciopelo.