En un prado tan verde como una esmeralda, vivía Lola la mariquita. Sus alas rojas eran dos barquitas con lunares negros, y su corazón, un tambor pequeño que decía: “¡Pum, pum, puedo!”
Una mañana, el viento trajo un susurro antiguo, como cuento en una hoja: la Leyenda de la Gota de Luz. Decían que, cuando el cielo se nublaba, una gota brillante dormía en la Flor del Alba y enseñaba a no rendirse jamás.
Lola abrió los ojos muy grandes. “Quiero saber si es verdad”, dijo. Y sin hacer drama, porque el prado era seguro y amable, llamó a sus amigos.
Llegó Tomás el caracol, con su casa a cuestas como quien lleva un abrazo. Llegó Pío el pajarito, rápido como una chispa. Y llegó Nina la hormiga, seria y alegre a la vez, con pasos de tamborcito.
“Vamos juntos”, dijo Lola. “La verdad es más bonita cuando se comparte.”
Caminaron entre margaritas que parecían soles pequeñitos. El camino era suave, pero de pronto apareció un charco ancho, brillante como un espejo.
Tomás miró el agua. “Yo soy lento… y el charco es grande.”
Pío saltó y dijo: “¡Yo cruzo volando!”
Nina señaló una ramita. “Podemos hacer un puente.”
Lola tragó aire, y su miedo fue como una nube chiquita. “Nube, puedes pasar”, susurró. Entre los cuatro empujaron la ramita. Uno a uno cruzaron. Y cuando Tomás llegó, el charco pareció aplaudir con ondas.
Más adelante, una brisa fuerte quiso jugar. Soplo y soplo, y Lola casi perdió el equilibrio. Sus alas temblaron como pañuelos.
“¡Ay!”, dijo Lola, apretando sus patitas.
Pío se puso delante. “Yo hago de pared.”
Nina se pegó a una piedra. “Yo hago de ancla.”
Tomás, paciente, dijo: “Yo hago de tiempo. El tiempo ayuda.”
Lola respiró despacio. “Puedo, puedo, puedo”, repitió, como canción. La brisa se cansó de soplar y se volvió caricia.
Al fin vieron la Flor del Alba. Era alta, con pétalos rosados como algodón y un centro dorado como pan calentito. Allí estaba la supuesta gota: una bolita de rocío que brillaba.
Lola la miró. “¿Eres la Gota de Luz?”
La gotita no habló con palabras, pero sí con reflejos. En ella, Lola vio algo: se vio a sí misma cruzando el charco, aguantando el viento, sin rendirse. Vio a sus amigos cerca, como cuatro puntitos en un mismo dibujo.
Tomás rió suave. “La leyenda era verdad… pero la luz estaba en ti.”
Nina asintió. “Y en tu intento. Intentar es volver a levantarse.”
Pío cantó: “¡La gota solo nos lo recordó!”
Lola sintió calor en el pecho, como si tuviera un farolito. “Entonces la verdad es esta: cuando algo cuesta, no me rompo. Me hago valiente otra vez.”
Volvieron al prado sin prisa. Las nubes pasaron como ovejas y el sol volvió a peinar la hierba. Lola se posó en una hoja y miró sus lunares, pequeños sellos de viaje.
Esa noche, bajo una luna suave, Lola susurró a los grillos: “Si mañana hay charcos o viento, ya sé el secreto. Me caigo un poquito, me levanto mucho, y sigo. Con amigos, mejor.”