En el Bosque de Azúcar, donde las hojas brillaban como monedas verdes y el aire olía a leche tibia, vivía un león llamado León Lino. Tenía melena de sol suave y patas grandes como almohadas. No rugía fuerte; su voz era como un tambor de lana.
León Lino tenía un deseo, el más querido: quería compartir una historia. Una historia que hiciera sonreír, que arropase como manta.
Cada tarde, él decía: “Hoy sí la cuento”. Pero luego miraba alrededor y pensaba: “¿Y si no es buena? ¿Y si me trabo?”. Y se le escondían las palabras, como pececitos tímidos.
Un día, caminó hasta el Claro de las Campanillas. Allí vivía Lía la liebre, rápida y risueña. Lía saltaba y cantaba:
“¡Uno, dos, tres, salto otra vez!”
León Lino la saludó con una reverencia.
“Hola, Lía. Yo… quiero contar una historia.”
Lía abrió los ojos, redondos como uvas.
“¡Pues cuéntala! Yo pongo las orejas, grandes, grandes.”
León Lino respiró. Pero solo salió un “Ejem”.
En ese momento llegó Tilo el tortugón, lento y tranquilo. Su caparazón parecía una taza de té.
“¿Qué pasa aquí?” preguntó Tilo.
“León Lino quiere contar una historia”, dijo Lía, “pero las palabras se le esconden.”
Tilo sonrió despacio.
“Las palabras no se esconden. A veces están dormidas. Hay que despertarlas con cariño.”
León Lino bajó la cabeza.
“Yo quiero contar algo bonito. Algo que dé luz.”
“Entonces vamos a buscar luz”, dijo Lía. “¡Aventura pequeñita!”
Y los tres caminaron por el camino de pétalos. El bosque, amable, les hacía cosquillas con ramas suaves. Los pájaros cantaban como flautas.
Primero encontraron a Nube, una ovejita que parecía un algodón que aprendió a caminar. Estaba junto al arroyo, mirando el agua.
“Hola, Nube”, dijo León Lino. “¿Qué miras?”
“Mi reflejo”, dijo Nube. “Hoy me siento un poquito apagada.”
Lía le guiñó un ojo.
“¡Te falta una risa!”
Tilo habló con calma:
“¿Te damos compañía?”
Nube levantó la mirada.
“Sí, por favor.”
León Lino sintió algo calentito en el pecho. Como una vela pequeñita.
Siguieron y llegaron a un puente de madera. Debajo, el agua hacía “plim, plim”. En el puente estaba Pico, un pajarito azul, con una pluma torcida.
“¿Por qué estás tan serio?” preguntó Lía.
“Perdí una pluma bonita”, dijo Pico. “Y con menos plumas, me da vergüenza cantar.”
León Lino se acercó despacio.
“Tu canto no vive en tus plumas. Vive en tu corazón.”
Pico parpadeó.
“¿De verdad?”
“De verdad”, dijo Tilo. “Y además, siempre hay algo que agradecer.”
León Lino miró al suelo y vio la pluma perdida, atrapada entre dos tablitas del puente. Con su pata grande, la sacó con cuidado, como quien rescata una miguita.
“¡Aquí está!”
Pico dio un saltito.
“Gracias, gracias, gracias.”
El “gracias” de Pico sonó como campanita. Y esa campanita le despertó una palabra a León Lino: “Gracias”. La palabra brilló dentro de él como una estrella.
Más adelante, el cielo se puso naranja, como una fruta dulce. Encontraron una cueva pequeñita que no daba miedo; parecía una taza boca abajo. Adentro había luciérnagas, pequeñas lámparas vivas.
Nube susurró:
“Qué bonito.”
Pico cantó bajito:
“La luz no se pierde, la luz vuelve.”
León Lino sintió que su historia ya estaba allí, escondida en lo que habían vivido. Se sentaron en círculo, sobre hierba blandita. Lía se acomodó. Tilo bostezó. Nube se pegó a ellos. Pico se puso en una rama bajita.
Lía dijo:
“Ahora sí. Cuenta.”
León Lino tragó saliva. Miró sus amigos. Y habló.
“Había una vez un león que quería compartir una historia, pero tenía miedo de no hacerlo bien. Entonces salió a caminar. Y descubrió que la historia no vive en ser perfecto… vive en decir ‘gracias'.”
“¿Gracias a quién?” preguntó Nube con voz de algodón.
“Gracias al bosque, por el camino”, dijo León Lino. “Gracias a Lía, por sus orejas grandes. Gracias a Tilo, por su paciencia. Gracias a Nube, por pedir compañía. Gracias a Pico, por su campanita de ‘gracias'. Y gracias a las luciérnagas, por su luz.”
Pico cantó:
“¡Qué historia tan calentita!”
Lía aplaudió con las patas.
“¡Me encanta! Y no te trabaste.”
Tilo asintió.
“¿Ves? Las palabras solo querían venir en familia.”
León Lino sonrió. Su melena parecía aún más dorada.
Esa noche, mientras la luna ponía una sábana plateada sobre el bosque, León Lino volvió a casa con sus amigos. Y antes de dormirse, susurró:
“Gracias.”
Y el Bosque de Azúcar, feliz, susurró también:
“De nada.”