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Cuento sobre un miedo de niño 9/10 años Lectura 10 min. Disponible en audiocuento (2)

Lía y la caja de la valentía

Lía, una niña con miedo a la oscuridad, aprende a enfrentar sus temores a través de pequeños pasos, respiraciones y la creación de una caja de valentía que la ayuda a encontrar coraje en las noches solitarias. Con el apoyo de su familia y amigos, descubre que no está sola en su lucha contra los miedos.

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Una niña de 10 años, con largos cabellos castaños y ojos brillantes, está acostada en su cama, rodeada de almohadas suaves y una manta estrellada. Su rostro expresa una ligera preocupación, con las cejas fruncidas y la boca ligeramente abierta, como si escuchara atentamente los ruidos de la noche. A su lado, un pequeño conejo de peluche, suave y sonriente, está abrazado a su corazón, brindando una sensación de consuelo. En la habitación, su mamá, una mujer de unos treinta años con cabello castaño y una sonrisa tranquilizadora, está sentada al borde de la cama, sosteniéndole la mano con ternura. Lleva un suéter suave y cómodo, y su mirada está llena de comprensión y amor. La habitación está decorada con paredes en tonos pastel, con carteles de planetas y estrellas brillantes en el techo. Una luz suave entra por una ventana entreabierta, dejando entrar una ligera brisa que hace danzar las cortinas. La situación principal muestra a la niña, un poco nerviosa, escuchando los ruidos de la noche, mientras su mamá le habla suavemente, ofreciéndole palabras reconfortantes para calmar su miedo. reportar un problema con esta imagen

La versión de audio está disponible de forma gratuita para este cuento:

Duración del audiocuento: 09:45

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Capítulo 1: La noche que no quiso cerrar los ojos

Lía tenía nueve años y una colección de calcetines con dibujos de planetas. Esa noche, después de una tormenta que hizo bailar las cortinas y golpear la ventana con un ritmo extraño, Lía se quedó despierta bajo la sábana como si fuera un pequeño refugio. Su habitación estaba en penumbra; la lámpara del pasillo dejaba un rectángulo claro en la puerta. Las sombras de los árboles dibujaban figuras en la pared y, por un momento, Lía creyó que los árboles habían entrado para mirar dentro.

Su corazón latía más rápido que cuando jugaba a las carreras en el patio. Pensó en monstruos con dedos largos y voces que susurraban desde los rincones. No era una historia nueva: a veces la oscuridad le parecía un lugar lleno de cosas que no entendía. Y en la escuela, cuando sus amigos hablaban de aventuras, Lía solo decía que le gustaba la noche por las estrellas, pero no por quedarse sola en la cama.

Esa noche su mamá abrió la puerta y dejó un vaso con agua en la mesita. "¿Todo bien?", preguntó en voz baja. Lía negó con la cabeza y explicó a medias, porque las palabras a veces se esconden: "Tengo miedo de escuchar ruidos y no saber qué son." Su mamá se sentó en el borde de la cama, le pasó la mano por el pelo y dijo: "El miedo es como una canción que se repite en la cabeza. Se puede escuchar y cambiar la melodía." Le explicó que sentir miedo estaba bien y que juntas podían encontrar maneras para que la canción no sonara tan fuerte. Antes de apagar la luz, le dio un pequeño conejo de peluche y le dijo que lo abrazara como si fuera una almohada que dice frases de ánimo. Lía cerró los ojos, pero los sonidos de la lluvia parecían hacer eco y volvió a abrirlos. Esa noche, ella aprendió que el miedo podía ser invitado a sentarse a la mesa sin dejar de ser escuchado.

Capítulo 2: Pequeños trucos para noches grandes

Al día siguiente, mientras desayunaban pan tostado, su mamá le propuso un plan de "pequeños pasos". Primero, encender una luz tenue junto a la puerta durante diez minutos después de que ella se fuera. Segundo, practicar una respiración que suena como un suspiro de felicidad: inhalar contando hasta cuatro, sostener dos, exhalar contando hasta cuatro. Tercero, escribir en un papel uno o dos pensamientos que la asustaran y luego ponerlos dentro de una cajita que Lía pudo decorar con pegatinas de estrellas.

Lía, que adoraba los pegatinas, hizo la caja color lila y pegó planetas que parecían sonreír. Al atardecer, colocó la caja debajo de la almohada como un pequeño secreto protector. Antes de acostarse practicó la respiración con su conejo. Contó despacio: "Uno, dos, tres, cuatro", y notó cómo su pecho bajaba y subía, como una ola tranquila. Aquello la ayudó a sentir que algo dentro de ella se calmaba.

Esa noche ocurrió un pequeño avance: cuando escuchó un crujido en el pasillo, en vez de dejar que la imaginación llenara los vacíos, se levantó con su linterna y fue a la puerta. Abrió un poco y vio que era la ventana que se había movido con el viento. Miró la ventana, tocó la manija, comprobó que estaba cerrada bien y volvió a su cama sintiendo más firmeza en los pasos. La respiración le había ofrecido tiempo para pensar en lugar de gritar. Al día siguiente escribió en su cuaderno un listado de "cosas que puedo hacer cuando tengo miedo": respirar, revisar, abrazar al conejo, encender la luz. Cada punto era una semilla de coraje.

Capítulo 3: Las sombras que aprendieron a bailar

Un domingo, Lía jugó a proyectar formas con la linterna. Apuntó la luz hacia sus manos y las sombras en la pared se convirtieron en pájaros, en dragones pequeños, en coronas. Le gustó tanto que invitó a su hermano a un juego: llamar a cada sombra por un nombre gracioso. La sombra que antes parecía un monstruo feroz se llamó "Señor Bigotes" y empezó a hacer reverencias. Esa noche, antes de dormir, Lía colocó la linterna en la mesita y la encendió un rato, no para no dormir sino para recordar que ella podía elegir qué ver.

Decidió también dibujar sus miedos. En una hoja grande pintó una figura gris con ojos de luna y la llamó Nube. Al lado, en colores vivos, dibujó una niña con una capa morada que se llamaba Lía Valiente. Le dio a la niña capa una linterna, un cojín de estrellas y una sonrisa. Fue curioso: mientras pintaba, la Nube dejó de ser sin forma y pareció más pequeña. Dibujar le dio palabras a lo que sentía y, con palabras, las cosas se explican y se hacen menos enormes.

Un día, la profesora les pidió que hablaran sobre un miedo y cómo lo afrontaban. Lía contó su método: respiraciones, caja de valentía y el juego de sombras. Sus compañeros rieron con ternura y compartieron sus propias ideas: un compañero escuchaba música de olas, otra tenía una lámpara que cambiaba de color. Lía descubrió que no estaba sola; otros niños también tenían temores y trucos para calmarlos. Eso la hizo sentir acompañada, como si hubiera una cuerda invisible que uniera a todos los que alguna vez miraron la oscuridad con ojos grandes.

Capítulo 4: La noche de la lluvia suave

Pasaron las semanas y las noches empezaron a ser menos enemigas. Hubo una noche en la que, sin esperar nada particular, la lluvia volvió a caer. Esta vez Lía se acordó de los pasos: respiró, puso la linterna en la mesita, colocó la caja de valentía al alcance y abrazó al conejo. Cuando escuchó un ruido fuerte, en vez de congelarse, encendió la linterna y fue a revisar. La ventana estaba cerrada y la persiana había golpeado por el viento; nada más. Lía volvió a la cama con una sensación nueva, como si en su pecho hubiera salido una pequeña luz.

Antes de dormir, escribió en una hoja tres cosas que había hecho bien esa noche: "Revisé la ventana", "Usé la respiración", "No llamé a mamá a las tres de la mañana". Al pegarlas en su pared como recordatorios, se sintió orgullosa. Su mamá asomó la cabeza y le dio un beso en la frente. "Hoy diste pasos", dijo. "Los pasos no tienen que ser gigantes. A veces, caminar un poquito ya es valentía." Lía sonrió y pensó en su caja lila, en el conejo, en el dibujo de la Nube y en la niña de la capa morada. Todo eso formaba un ejército de pequeñas ayudas.

A la mañana siguiente, en el desayuno, Lía contó la noche a su abuela que vino de visita. Su abuela le contó que ella también había tenido miedo de la oscuridad cuando era niña y que lo superó poco a poco con canciones y con velas pequeñas. Lía escuchó y se dio cuenta de que el miedo no desaparece de un día para otro; cambia de forma y se hace más manejable si lo miras de cerca, lo nombras y lo enfrentas con pasos pequeños.

Al acostarse esa noche, Lía apagó la luz sabiendo que podía encenderla si lo necesitaba. La habitación estaba tranquila y las sombras ya no parecían invasoras sino piezas de un rompecabezas que ella podía ordenar. Cerró los ojos y, antes de dormir, susurró: "Gracias por recordarme que puedo hacerlo." La respiración lenta, el conejo pegado al pecho y la caja debajo de la almohada la acompañaron. Durmió con la sensación de que la valentía es algo que se practica cada día, como aprender a montar en bicicleta o a atarse los cordones.

Y así, Lía siguió teniendo noches con ruidos y con lluvia, pero cada vez supo mejor cómo cuidarse: nombrar el miedo, respirar, comprobar, apoyarse en los objetos que le dan consuelo y reconocer sus pequeños pasos. Aprendió que pedir ayuda no es debilidad y que cada logro, por pequeño que sea, merece celebrarse. Con el tiempo comprendió algo más: la oscuridad no era enemiga; era un lienzo donde podía proyectar sus figuras, dibujar sus soluciones y, poco a poco, dormirse con una sonrisa tranquila.

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