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Cuento de superhéroes cómico 11/12 años Lectura 17 min.

Lía Centella y el techo feliz: el ascensor rebelde y la caja perdida

Lía Centella, una heroína con un poder impredecible y su Multitodo 3000, cause caos al intentar ayudar pero aprende a colaborar con vecinos de un huerto comunitario para resolver problemas inesperados.

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Una joven superhéroe llamada Lía, sonriente pero algo avergonzada, cabello corto castaño, capa roja, botas amarillas y traje azul con manchas de tierra, sentada sobre un cojín de compost verde oscuro sosteniendo una pequeña caja de madera ornamentada; detrás a la izquierda, Maite, mujer de unos 60 años con rostro arrugado y dulce, sombrero de paja y guantes de jardinería, de pie sosteniendo una manguera metálica y sonriendo orgullosa; a la derecha, Bruno, adolescente de unos 15 años con pelo alborotado y camiseta clara “Yo sobrevivo a los lunes”, agachado sujetando la cintura de Lía con expresión traviesa; cerca, Nerea, chica de unos 13 años con trenzas y rodilleras, señalando con el índice una pequeña pantalla luminosa verde junto al panel del ascensor; en el suelo, un artilugio rectangular llamado Multitodo 3000 cubierto por una rejilla metálica gris con tornillos visibles y una grapadora de plástico sobre la cabeza de Lía como corona; decoran la azotea-jardín maceteros de madera con tomates rojos, lechugas y hojas de calabacín, sacos de tierra, un depósito de agua verde y al fondo edificios gris claro con pancartas; escena cómica y cálida del rescate concluido: Lía alza la caja recuperada, los tres forman una cadena humana solidaria con objetos metálicos esparcidos, tierra y gotas de agua brillantes y pequeñas abejas alrededor de un mini hotel de insectos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La heroína que aterriza donde no toca

En Villa Prismática, los semáforos cambiaban de color como si tuvieran prisa y las pantallas gigantes anunciaban batidos “con sabor a lunes”. Allí vivía Lía Centella, joven superhéroe oficial… más o menos. Tenía capa, botas con suela antirresbalón y una mascarilla que le quedaba genial. Lo que no tenía era un manual de instrucciones para su propio desastre.

Su poder era potente: podía concentrar energía y soltarla como un “¡ZAS!” brillante. El problema era que su “¡ZAS!” a veces salía con ideas propias. Una vez intentó iluminar un callejón oscuro y terminó encendiendo, sin querer, la fuente de la plaza con burbujas de fresa durante tres horas. La gente aplaudió, pero el alcalde tosió muy fuerte.

Esa tarde, Lía corría por la avenida cuando recibió una alerta en su reloj-gadget, el Multitodo 3000: un dispositivo que supuestamente hacía de todo. Supuestamente.

—Alerta: situación imprevista —dijo una voz metálica—. Nivel: “¿qué es eso?”.

—Ay, Multitodo, no me hables en acertijos —murmuró Lía—. ¿Dónde?

El reloj vibró, mostró un mapa… y se apagó como si se hubiera dormido.

—No, no, no. ¡Despierta! —Lía le dio un golpecito—. ¿Cómo se enciende esto?

El Multitodo 3000 respondió con un pitido que sonó a risa de pato.

Justo entonces, un dron de reparto perdió una caja y la caja rebotó por la calle como un balón nervioso. Lía, queriendo ayudar, juntó energía para frenar el desastre con un empujoncito suave. Pero su “suave” se emocionó.

—¡Centella-controlada! —gritó… y soltó un destello.

La caja salió disparada hacia arriba, arriba, más arriba… y Lía, por reflejo, saltó detrás para atraparla.

Saltó tan alto que, cuando se dio cuenta, ya estaba aterrizando en un lugar inesperado: un tejado-jardín. Un mar de macetas, huertos y flores ondeando entre edificios.

Cayó en un montículo de compost.

—Genial —dijo, escupiendo una hojita—. Aterrizaje aromático.

Una señora con sombrero de paja y guantes de jardinería la miró como si acabara de brotar del suelo.

—¿Eres… un espantapájaros nuevo?

—Peor —respondió Lía—. Soy una superhéroe con mala puntería.

Capítulo 2: El techo-jardín y la conspiración del calabacín

La señora se presentó como Maite, encargada del huerto comunitario “El Techo Feliz”. Había tomates que parecían rubíes, lechugas con peinados imposibles y un calabacín enorme que, honestamente, intimidaba.

—Aquí arriba todo se comparte —explicó Maite—. Agua, herramientas… y chismes. Hoy el chisme es que alguien dejó la puerta del ascensor atascada y la gente no puede subir con las regaderas.

Lía se sacudió la capa. El Multitodo 3000 seguía apagado, ofendido.

—Yo puedo arreglarlo. Tengo… bueno, tengo energía. Y tengo… —lo agitó— esto. Que hoy está de huelga.

Un chico con camiseta de “Yo sobrevivo a los lunes” apareció cargando un saco de tierra.

—¿Tú eres Centella? —preguntó, con ojos brillantes—. Mi hermana tiene un póster tuyo. Sales posando sobre un coche… ¿lo partiste?

—Era un coche de juguete —dijo Lía rápido—. La foto engaña.

Otra chica, de trenzas y rodilleras, se asomó desde detrás de unas plantas.

—Soy Nerea. Y él es Bruno —dijo señalando al chico—. Si vas a arreglar el ascensor, te acompañamos. El último que lo intentó se quedó atrapado entre el piso doce y el “no sé dónde”.

—Genial. Mi lugar favorito: el “no sé dónde”. —Lía levantó el pulgar, intentando parecer segura—. Vamos.

En el camino, cruzaron pasillos de cristal con vistas a la ciudad: coches como escarabajos y gente como puntos con prisa. El viento olía a tierra húmeda y a menta.

Al llegar a la puerta del ascensor, Lía vio el panel de control: una lucecita parpadeaba como un ojo nervioso. Intentó encender el Multitodo 3000.

—A ver… ¿se enciende con huella, con pensamiento, con amor…? —susurró.

Bruno se acercó.

—¿Has probado con el botón?

—Claro que… —Lía miró el reloj—. ¿Tiene botón?

Nerea señaló un discretísimo círculo.

—Ahí.

Lía lo pulsó. El reloj emitió un “¡PLIN!” orgulloso y proyectó un holograma… al revés. Las letras se leían como un hechizo.

—Bien, ahora solo necesito… —Lía frunció el ceño—. ¿Alguien sabe leer idioma espejo?

Maite, que los había seguido con una regadera como si fuera una espada, carraspeó.

—Gira la muñeca, hija.

Lía giró la muñeca. El holograma se puso bien. En la pantalla: “Modo Reparación: Activar imán”.

—Perfecto —dijo Lía—. Imán. Fácil.

El Multitodo 3000 vibró y soltó un imán… pero no pequeño. Enorme. Tan enorme que atrajo las herramientas del cuarto de mantenimiento: destornilladores, llaves inglesas y hasta una grapadora, que voló como un pájaro enfadado.

—¡Agáchense! —gritó Nerea.

Bruno se tiró al suelo. Maite levantó la regadera como escudo. Lía intentó apagar el imán, pero el reloj interpretó “apagar” como “más fuerte”.

La grapadora le aterrizó en la cabeza a Lía como una corona.

—Ahora soy… Reina de las Oficinas —dijo, mareada.

Capítulo 3: El imán tragón y la patrulla de ayuda

La situación era ridícula, pero no peligrosa: los objetos daban vueltas y chocaban entre sí como si estuvieran jugando al pilla-pilla metálico. Lía, con la grapadora-coroa, respiró hondo.

—Vale, equipo. Esto no lo arreglo sola. Necesito… entraide. Digo, ayuda.

—Eso se nos da bien —sonrió Bruno, levantándose con cuidado—. ¿Qué hacemos?

Lía miró el panel del ascensor y luego el reloj.

—Si el imán está atrayendo todo, quizá podemos… distraerlo. Que se “cansé” con algo grande y se suelte.

Maite señaló el carrito de jardinería, lleno de herramientas.

—¿Y si lo alimentamos con esto? Total, siempre pierdo los rastrillos.

—¡No! —protestó Nerea—. El rastrillo es mío. Tiene nombre.

—¿Cómo se llama un rastrillo? —preguntó Lía.

—Ras-Tristán —dijo Nerea, muy seria.

Lía parpadeó.

—Ok. Ras-Tristán no se toca.

Entonces Bruno tuvo una idea.

—En el huerto hay una valla metálica suelta, la que protege el depósito de agua. Es grande. Si la traemos, el imán la cogerá y quizá se estabilice.

—Bruno, te acabo de nombrar oficialmente “cerebro del grupo” —dijo Lía.

Corrieron de vuelta al techo-jardín. El viento les pegaba la ropa y las hojas bailaban como si aplaudieran. Maite dirigía como una capitana.

—¡Nerea, por la izquierda! ¡Bruno, cuidado con el calabacín, que es territorial!

El calabacín, efectivamente, estaba allí, enorme y tumbado como un guardia. Lía lo miró.

—No se mueve, ¿verdad?

—Si lo miras mal, crece —susurró Maite.

Encontraron la valla metálica junto al depósito. Era pesada, con tornillos que parecían chicles endurecidos.

—A la cuenta de tres —dijo Lía—. Uno, dos…

—¡Tres! —dijeron todos.

Levantaron la valla. A Lía le temblaron los brazos, pero Nerea apretó los dientes y Bruno empujó con el hombro. Maite, sorprendentemente fuerte, soltó:

—¡He cargado sacos de tierra desde antes de que existieran los selfies!

Con esfuerzo y risas, llevaron la valla hasta el cuarto de mantenimiento. El imán seguía girando objetos como un carrusel.

—Ahora —dijo Lía— la acercamos despacio. Sin drama.

—Esa frase en tu boca me da miedo —murmuró Nerea.

Acercaron la valla. El imán la sintió y… ¡ZUMP! La valla salió de sus manos, pegándose al Multitodo 3000 con un estruendo de campana. Todos se quedaron quietos.

Los objetos dejaron de volar. Parecía que el imán, satisfecho, se había calmado. Lía exhaló.

—Bien. ¿Ves? Control absoluto.

La grapadora se le cayó de la cabeza.

—Eh, Reina de las Oficinas —se rió Bruno—, te des-coronaste.

Lía se tocó el reloj, ahora cubierto por la valla pegada como si fuera un escudo.

—Genial. Mi gadget se ha convertido en una parrilla.

Capítulo 4: Ascensor rebelde y el plan “manguera elegante”

Con el caos detenido, pudieron mirar el panel del ascensor. Nerea leyó una etiqueta:

“Fallo de sensor por humedad”. O sea: el ascensor está llorando.

—Yo también estaría triste si viviera encerrado —dijo Bruno.

Maite señaló la tubería del depósito de agua.

—Si el problema es humedad… quizá el sensor está empapado y no hace contacto. Necesita secarse.

Lía asintió, animada.

—Puedo usar mi energía para generar calor suave. Muy suave. Prometo no hacer burbujas de fresa.

—Promesas peligrosas —dijo Nerea, pero sonrió.

El problema era que, con la valla pegada al Multitodo, Lía no podía controlar bien la salida de energía. El reloj pitaba cada vez que ella respiraba.

—No me gusta tu “parrilla” —dijo Bruno—. ¿Y si la despegamos?

Lía tiró. No se movió ni un milímetro.

—Esto está más pegado que un chicle en un banco.

Maite miró alrededor y levantó una manguera de riego.

—Tengo una idea: “manguera elegante”. Si enfriamos el imán con agua, quizá pierda fuerza.

—¿Agua y aparatos? —dijo Nerea—. Suena a “no hagas esto en casa”.

—Estamos en un cuarto de mantenimiento —respondió Maite—. Técnicamente, no es “casa”.

Lía se mordió el labio.

—Vale. Pero con cuidado. Y apuntando al reloj, no a mi cara. Ya tuve una vida de compost hoy.

Con la manguera, Maite soltó un chorro finito, como lluvia educada. Bruno sostenía una toalla para que no se encharcara todo. Nerea vigilaba el panel.

El agua cayó sobre el reloj-valla. El Multitodo 3000 emitió un “bip… bip… ¿bip?” inseguro. La valla tembló, como si estuviera pensando si quedarse o irse. Lía aprovechó y tiró.

—¡Ahora!

Con un “CLONK”, la valla se despegó y cayó al suelo. Todos dieron un salto hacia atrás.

—¡Viva! —gritó Bruno.

—¡Silencio! —susurró Nerea señalando el panel—. El ascensor… se encendió.

Una luz verde apareció. El botón de llamada brilló como una luciérnaga.

Lía sonrió, aliviada. Se acercó al sensor.

—Calor suave, Lía. Suave. Como una tostada tibia.

Concentró energía en sus manos. Salió un resplandor pequeño, controlado… casi perfecto. El aire se calentó un poquito. La humedad del sensor empezó a evaporarse.

Y entonces el Multitodo 3000, celoso de no ser el centro de atención, activó sin permiso el “Modo Ventilador”.

Una ráfaga de aire disparó tierra de maceta, hojas secas y un cartel que decía “NO PISAR LAS PLÁNTULAS” directamente hacia Lía.

—¡Achoo! —estornudó Lía, y su estornudo soltó un mini “¡ZAS!” que pegó el cartel en la pared, derechito, como si fuera un cuadro.

Todos se quedaron mirándolo.

—Bueno —dijo Maite—. Al menos aprendimos dónde va el cartel.

Nerea pulsó el botón del ascensor. Se oyó un “ding” feliz.

—Funciona —dijo ella, casi sorprendida.

Lía se llevó una mano al corazón.

—Lo logramos. Juntos. Y sin convertir a nadie en burbuja.

Capítulo 5: La caja perdida y el rescate más tonto del mundo

Subieron en el ascensor para comprobar que llegaba al techo-jardín. En el camino, Bruno miró a Lía con curiosidad.

—¿Y la caja del dron? ¿La que te hizo saltar?

Lía se quedó congelada.

—¡La caja!

—No me digas que… —empezó Nerea.

—Sí —dijo Lía—. Salté, aterricé en compost, coronada por una grapadora… y olvidé la caja.

Maite se dio una palmada en la frente.

—La caja es de las abejas urbanas. Traía un nuevo “hotel de insectos”. Si se rompió, las abejas van a estar… muy ofendidas.

Cuando llegaron al techo-jardín, buscaron entre macetas, detrás del depósito y bajo la mesa de semillas. Nada. Lía se asomó al borde del edificio, con cuidado.

—Por favor, que no haya caído en la calle…

Nerea señaló hacia una esquina donde crecía una enredadera espesa.

—Allí hay algo.

Se acercaron. Entre las hojas, atrapada como en una red verde, estaba la caja. No estaba rota. Solo… atascada, colgando sobre un conducto de ventilación que soltaba aire caliente.

—Si se cae, adiós caja —dijo Bruno.

Lía se agachó.

—Puedo estirar el brazo y agarrarla.

—Y el conducto te hará peinado “huracán” —advirtió Maite.

Nerea observó la escena y sonrió.

—Podemos hacerlo en equipo: Bruno sujeta tu cintura, Maite sujeta a Bruno, y yo sujeto a Maite. Cadena humana. Cero drama.

—Eso suena a anuncio de dentífrico: “¡Juntos llegamos más lejos!” —se rió Bruno.

—Pues venga, dentífrico —dijo Lía—. A la cadena.

Se colocaron. Lía se estiró hacia la caja, sintiendo el aire caliente en la cara como si un dragón estuviera bostezando.

—Un poquito más… —gruñó Lía.

—Te tengo —dijo Bruno, firme.

—Yo también —añadió Maite.

—Y yo —cerró Nerea.

Lía agarró la caja con las puntas de los dedos.

—¡La tengo!

Justo entonces, el Multitodo 3000 vibró y dijo con voz alegre:

—Modo “Ayuda”: activado.

—¡NO ACTIVES NADA! —gritaron los tres a la vez.

Demasiado tarde. Del reloj salió un gancho retráctil… que lanzó su cuerda, enganchó la caja… y tiró con tanta fuerza que casi arrastra a Lía al conducto.

—¡Mi dentífrico! —chilló Bruno.

La cadena humana se tensó, crujió… y resistió. Entre todos, tiraron hacia atrás. La cuerda se aflojó. La caja aterrizó en los brazos de Lía, que cayó de espaldas sobre una alfombra de hierbabuena.

La hierbabuena olió a victoria.

Lía levantó la caja como un trofeo.

—Rescate completado. Y nadie fue devorado por un ventilador gigante.

Maite abrió la caja con cuidado. Dentro estaba el hotel de insectos: madera, tubitos, pequeñas cavidades.

—Perfecto —dijo Maite—. Las abejas tendrán su casita.

Bruno miró a Lía.

—Hoy tu gadget casi te come… pero también ayudó. Un poquito.

—Un poquito con dientes —bromeó Lía.

Nerea le dio un codazo suave.

—Lo importante es que pediste ayuda y trabajaste con nosotros. Eso sí es de héroes.

Lía se quedó pensativa. El viento movía las hojas. La ciudad sonaba lejana, como una radio bajita.

—Sí —dijo—. A veces mi poder más fuerte no es el “¡ZAS!”. Es decir: “¿Me echas una mano?”.

Capítulo 6: El techo feliz y el silencio contento

Colocaron el hotel de insectos en un rincón soleado, cerca de las flores. Maite trajo agua; Nerea puso una señal hecha a mano: “Bienvenidas, abejas. No pican si no las molestas”. Bruno, orgulloso, enderezó una maceta que estaba torcida “por estética”.

Lía se sentó en el borde de una jardinera. El Multitodo 3000, por fin tranquilo, mostró un mensaje:

“Recordatorio: el botón sirve para encender”.

Lía lo leyó y suspiró.

—Gracias, Multitodo. Llegas tarde, pero llegas.

Bruno se sentó a su lado con una ramita de menta en la boca como si fuera un detective.

—¿Volverás?

—Claro —dijo Lía—. Pero entraré por el ascensor como una persona normal. Nada de aterrizajes a compost.

Maite se rió.

—El compost te queda bien. Te da un aire… “natural”.

Nerea miró el cielo, donde un dron pasaba sin soltar nada esta vez.

—Misión del día: rescatar una caja y arreglar un ascensor. Suena pequeño, pero aquí arriba significa mucho.

Lía observó el huerto: hojas brillantes, flores abiertas, tierra viva. Había algo tranquilo en ese lugar, como si el mundo hiciera una pausa para respirar.

—Gracias por ayudarme —dijo Lía—. Hoy me habría enredado sola en mi propia cuerda… literalmente.

—Para eso está la gente —respondió Bruno—. Para no dejar que los héroes se caigan del todo.

Maite repartió unos tomates cherry.

—Coman. Son de los que crecen con risas.

Se los comieron. Estaban dulces y frescos. El viento acarició las plantas. Unas abejas, curiosas, rondaron el hotel nuevo sin prisa.

Lía apoyó la espalda, cerró un momento los ojos y escuchó: hojas, ciudad lejana, un “bip” discreto del Multitodo que por una vez no pedía atención.

Nadie dijo nada. Y, sin embargo, todo estaba dicho.

Silencio contento.

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Huerto comunitario
Un lugar en la ciudad donde varias personas cultivan plantas y verduras juntas.
Compost
Mezcla de restos de plantas y comida que sirve para enriquecer la tierra.
Imán
Objeto que atrae metales como clavos o tornillos por su fuerza magnética.
Holograma
Imagen proyectada en el aire que parece real pero no se puede tocar.
Sensor
Pequeño dispositivo que detecta cambios como luz, temperatura o humedad.
Parrilla
Superficie metálica que cubre o protege algo y puede quedar pegada al aparato.
Manguera
Tubo flexible por donde sale agua para regar o limpiar.
Ventilador
Máquina que mueve aire para enfriar o secar un lugar.
Conducto de ventilación
Tubo o paso por donde circula aire dentro de un edificio.
Humedad
Presencia de agua en el aire o en un objeto, que puede mojarlo.
Hotel de insectos
Caja con huecos donde los insectos encuentran refugio y sitio para vivir.
Parpadeaba
Cuando una luz se enciende y apaga repetidamente, como si guiñara.

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