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Cuento de superhéroes cómico 11/12 años Lectura 15 min. (1)

La superheroína silenciosa y las estrellas traviesas

Lía Nébula, una superheroína que convierte los problemas en cosas suaves, interviene en el planetario cuando estrellas traviesas transforman la función en caos; junto a la guía Nora y el público, crean un juego colectivo para recuperar el orden.

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Lía, heroína de rostro suave y decidido, sonrisa tímida, cabello eléctrico estilo "pomelo" con reflejos azules, chaqueta azul noche y broche en forma de cometa, manos enguantadas cubiertas de espuma brillante mientras toca un gran proyector redondo en una pose serena; Nora, mujer de unos 35 años con moño tipo antena y gafas redondas, expresa entusiasmo y calma junto al proyector con un bloc de notas; un niño de 8 años, castaño y risueño, en primera fila señala al techo formando una constelación con las manos; un hombre de unos 50, bigotudo y jovial, aplaude detrás; interior del planetario con cúpula azul profunda, butacas claras, un viejo proyector metálico que lanza espuma brillante y luces que proyectan estrellas coloreadas; situación: las estrellas imitan las formas del público y Lía convierte la broma ruidosa en una constelación colectiva, suave y espumosa, ambiente cómico y cálido, colores saturados y texturas de gouache. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La heroína que no hace “¡Bum!”

En Ciudad Claraboya, los rascacielos reflejaban el sol como cucharas gigantes, los patinetes zumbaban por las aceras y las pantallas publicitarias te guiñaban un ojo aunque tú no se lo pidieras.

Allí vivía Lía Nébula, superheroína… en secreto y en silencio. No porque fuera misteriosa, sino porque prefería no gritar cosas como: “¡JUSTICIA!” mientras se le quedaba la capa atrapada en una puerta giratoria.

Su traje era sencillo: una chaqueta azul noche, guantes con puntitos brillantes y un broche en forma de cometa. Y su superpoder era, digamos… peculiar: podía convertir los problemas en cosas suaves. Literalmente.

Si alguien tiraba una maceta desde un balcón, Lía la volvía esponja. Si un dron se descontrolaba, lo convertía en globito con cara de “perdón”. Y si un villano lanzaba una granada de humo… ella la transformaba en un bote de talco perfumado. Elegante, sí; espectacular, no tanto.

Ese día, mientras caminaba hacia el metro, vio un cartel enorme: “PLANETARIO LUMINARIA — NUEVA SESIÓN: ESTRELLAS TRAVIESAS”.

Lía frunció el ceño. No lo dijo en voz alta, claro.

En ese mismo instante, un grupo de niños salió del colegio y se quedó mirando el cartel.

—Dicen que las estrellas hablan —susurró una chica con coleta.

—Yo oí que se ríen —añadió otro, con cara de “yo nunca me asusto, pero por si acaso sí”.

—Yo oí que te cambian el peinado —dijo un tercero, y todos se tocaron la cabeza como si la gravedad pudiera hacer bromas.

Lía ajustó su broche de cometa y siguió andando. Por dentro, sin embargo, algo le cosquilleaba: curiosidad con un poquito de “ay, a ver qué lío es este”.

Capítulo 2: El planétarium que huele a palomitas y misterio

El Planetario Luminaria estaba en una plaza con fuentes que salpicaban a los despistados y bancos que siempre tenían una paloma supervisora. Dentro olía a palomitas, a metal frío y a ese perfume raro de “museo moderno”.

En la entrada, un trabajador con chaleco fosforito repartía folletos.

—Bienvenidos. Si ven una estrella que les guiña un ojo… guiñen de vuelta. Es educación —dijo muy serio, como si eso estuviera en el reglamento municipal.

Lía compró una entrada sin decir palabra y se coló en una fila de familias. Nadie la reconoció; y si alguien lo hubiera hecho, ella habría respondido con su mejor arma: una sonrisa pequeñita y un encogimiento de hombros.

La sala principal era una cúpula gigantesca. Las butacas parecían cuencos de helado azul oscuro. En el centro, el proyector apuntaba al techo como un faro dormido.

Un guía subió al escenario: una mujer con gafas redondas y un moño que parecía una antena.

—Soy Nora, su piloto espacial de hoy. Abróchense los cinturones imaginarios. Aquí arriba… todo puede pasar.

Las luces se apagaron. El techo se encendió con un cielo perfecto: estrellas, nebulosas, planetas con anillos como hula-hoops.

Y entonces, una estrellita parpadeó de manera… sospechosa. No como “hola, soy parte del universo”, sino como “jeje, mira lo que sé hacer”.

En una fila cercana, un niño estornudó.

—¡Achís!

La constelación entera cambió de sitio, como si se hubiera asustado del estornudo y hubiera salido corriendo.

La gente se rió nerviosa. Nora tragó saliva.

—Ehm… eso no estaba en el programa.

Lía, desde su asiento, entrecerró los ojos. Las estrellas… estaban actuando.

Capítulo 3: Estrellas taquines y un poder demasiado blandito

De pronto, una estrella fugaz cruzó el techo con tanta velocidad que parecía un rayón de luz… y “escribió” algo en el cielo:

“COSQUILLAS”

Los espectadores soltaron un “¡oh!” colectivo.

En la primera fila, un señor de bigote se rascó el cuello.

—¿Alguien más siente…? —No terminó. Empezó a reírse como si le hubieran contado el chiste más tonto del universo.

“Jejeje”, parecía decir la cúpula entera.

Lía se levantó sin hacer ruido. Su plan era simple: acercarse al proyector, tocarlo, usar su poder para volver “suave” lo que estuviera causando el caos. Algo amable. Nada de explosiones. Cero drama.

Pero cuando dio un paso, el suelo vibró. No fuerte, más bien como cuando un móvil está en modo silencioso… pero el móvil mide cuarenta metros y es el espacio.

Una lluvia de lucecitas bajó desde el techo y se posó sobre las butacas. La gente se quedó inmóvil, como si una manta invisible les hubiera dicho: “quietos, es para una broma”.

Lía llegó al centro. Nora la vio y abrió la boca.

—Señora, no puede estar ahí…

Lía levantó un dedo, pidiendo paciencia. Siguió en silencio. Tenía cara de “yo no hago escándalos, pero sí soluciones”.

Tocó la carcasa del proyector.

En vez de apagarse, el proyector soltó un “puf” y escupió una nube de polvo brillante que aterrizó en el pelo de Lía. En segundos, su cabello se levantó como un diente de león eléctrico.

Un niño señaló.

—¡Parece un pomelo con antenas!

Las risas llenaron la sala. Nora se tapó la boca para no reírse… y falló.

Lía suspiró por dentro y activó su poder: intentó convertir aquella energía traviesa en algo blandito, calmado.

La nube se transformó… en espuma de baño. Una espuma con chispitas. Suave, sí. Pero ahora el proyector burbujeaba como una olla de chocolate caliente.

Desde el techo, las estrellas “dibujaron” otra frase:

“MEJOR”

La sala volvió a reír. Las estrellas estaban orgullosas de su comedia.

Lía miró arriba, con su pelo-antenna y espuma en los guantes. No dijo nada. Pero su mirada decía: “De acuerdo. Juguemos… con reglas.”

Capítulo 4: La misión del silencio (y del trabajo en equipo)

Nora corrió hasta Lía, intentando no resbalar con la espuma.

—¿Quién… quién es usted? —susurró.

Lía sacó de su bolsillo un pequeño bloc y un lápiz. Escribió rápido:

“AYUDA. ESTRELLAS TRAVIESAS. NECESITO IDEAS.”

Nora parpadeó, luego sonrió como si acabara de encontrar una pieza perdida.

—¡Creación común! —murmuró, y alzó la voz—. Atención, tripulación: necesitamos construir una solución entre todos.

La gente se miró. Hubo un silencio raro, como cuando un profe dice: “trabajo en grupo” y tu cerebro busca un escondite.

Un chico levantó la mano.

—¿Podemos… hablar con las estrellas?

—Podemos intentarlo —dijo Nora—. Pero con respeto. Y con imaginación.

Lía escribió otra nota:

“ESTRELLAS. ¿QUÉ QUIEREN?”

Nora la leyó y la repitió al techo, teatral:

—¡Estrellas, ¿qué quieren?!

Las estrellas parpadearon como si se hicieran las interesantes. Luego aparecieron palabras luminosas:

“JUGAR”

—Vale —dijo una niña—. ¡Pero que sea un juego para todos!

Las estrellas dibujaron una carita sonriente que se le sacó la lengua a la Vía Láctea. La Vía Láctea, muy digna, no respondió.

Nora señaló las filas.

—Vamos a inventar un juego que las estrellas entiendan. Algo que convierta sus bromas en un espectáculo… pero seguro.

Lía levantó su bloc:

“CONCURSO DE CONSTELACIONES”

—¡Eso! —gritó alguien—. ¡Hacemos constelaciones nuevas!

—Y las estrellas las imitan —añadió otro—. Así estarán ocupadas.

Un señor del bigote, ya recuperado de las cosquillas, dijo:

—Yo propongo la constelación del Bocadillo Intergaláctico.

Todos lo miraron.

—¿Con extra de queso? —preguntó una adolescente, seria.

El bigote asintió solemnemente.

Las estrellas titilaron, curiosas. Lía señaló a un grupo de niños y luego al techo. Les hizo un gesto como de “dibujen con los brazos”.

Nora entendió.

—¡En equipos! Cada equipo inventa una constelación con forma. Usen sus cuerpos y sus manos. Lía… —miró a Lía— usted… coordina.

Lía hizo un saludo silencioso, tipo “ok”.

En segundos, la sala era un hormiguero ordenado. Los equipos se juntaron: “Los Astronautas del Chicle”, “Los Cometas con Sueño”, “La Banda del Queso”.

Lía caminaba entre ellos, apuntando, indicando, sonriendo con ojos atentos. Su silencio no era ausencia: era espacio para que otros hablasen.

Capítulo 5: El gran duelo: Bocadillo vs. Calcetín espacial

Nora apagó el audio habitual del planetario y dejó solo un murmullo cósmico. Parecía que el universo estuviera comiendo sopa en una esquina.

—Equipo uno —anunció—, ¡al escenario de butacas!

El primer equipo levantó los brazos y formó algo parecido a un dragón con resfriado. Las estrellas, arriba, intentaron copiarlo… y les salió un patito con bufanda.

—¡Eso cuenta! —gritó el equipo—. ¡Es un dragón evolutivo!

Las risas explotaron.

El segundo equipo hizo la “Constelación del Calcetín Espacial”: cinco personas se colocaron en forma de calcetín gigante, y uno hizo de agujero con los dedos.

Las estrellas copiaron… pero añadieron una línea extra, como si el calcetín estuviera lanzando un rayo láser. Muy dramático para ser un calcetín.

—¡Calcetín superhéroe! —dijo Nora—. ¡Aprobado!

Lía observó las estrellas: ya no estaban soltando cosquillas al azar. Estaban siguiendo el juego, intentando impresionar. Como niños traviesos cuando por fin les das una tarea.

Entonces llegó el turno del “Bocadillo Intergaláctico”. El señor del bigote y su equipo se colocaron: dos filas paralelas (pan), en medio alguien se encogió (jamón) y una niña agitó los brazos (lechuga en pánico).

Las estrellas lo copiaron… con detalles. Le pusieron chispas al queso. Añadieron una aceituna cometa. Incluso hicieron que el bocadillo “masticara” lentamente.

El público aplaudió como si el bocadillo hubiera ganado un premio de cine.

Pero en ese instante, una estrella especialmente brillante se separó del resto. Bajó un poquito más, acercándose al borde de la cúpula, y escribió:

“¿Y TU?”

Se dirigía a Lía.

Nora la miró.

—Creo que te están retando.

Lía se quedó quieta. Ella no era de exhibirse. Lo suyo era lo suave, lo discreto, lo que no hace “¡ta-dá!” sino “aquí tienes, sin sustos”.

Las estrellas insistieron, parpadeando como si dijeran: “venga, venga, no seas aburrida”.

Lía respiró hondo. Cogió su bloc. Escribió:

“OK. PERO TODOS.”

Nora leyó y sonrió.

—¡Último desafío! —anunció—. ¡Constelación colectiva! ¡La hacemos entre toda la sala!

Capítulo 6: La constelación que nació de muchas manos

La gente se levantó. Algunos se movían torpes entre butacas; otros iban con la energía de quien ha encontrado su excusa perfecta para no estar sentado.

—Necesitamos una forma —dijo un chico—. Algo que represente… a todos.

—¡Una mano! —propuso alguien.

—No, un puzle —dijo otra—.

—¿Un… gato en monopatín? —preguntó un pequeño. Nadie supo de dónde había salido esa idea, pero sonó convincente.

Lía alzó el bloc y dibujó rápido: una enorme figura compuesta por piezas distintas, como un mosaico en movimiento. En el centro, un cometa pequeño unía todo con una estela.

Nora entendió.

—Una constelación hecha de partes diferentes… conectadas. Como nosotros.

La sala asintió. El plan fue sencillo: cada fila inventaría “su” pieza. Triángulos, espirales, estrellas pequeñas, una nube, una bicicleta, una tostada, lo que fuera. Luego, Lía las uniría con un gesto final.

Lía se movía de grupo en grupo como una directora de orquesta muda. Señalaba aquí, levantaba dos dedos allá, inclinaba la cabeza cuando alguien proponía una tostada con casco. (La tostada con casco ganó por unanimidad.)

Cuando todo estuvo listo, la gente levantó los brazos y adoptó sus formas. Desde abajo, parecía un gimnasio rarísimo. Desde arriba… era un dibujo vivo.

Lía se colocó en el centro, alzó el broche de cometa y activó su poder, con suavidad, como quien alisa una sábana.

Una luz blanda se extendió, no para apagar la travesura, sino para ordenarla, como si pusiera un marco acolchado a un cuadro.

Las estrellas respondieron con entusiasmo. Comenzaron a conectar las figuras, copiando cada pieza y uniéndola con una estela luminosa que recorría toda la cúpula.

Apareció la gran constelación colectiva: un mosaico cósmico que tenía un poco de todo y, de alguna manera, encajaba.

El público se quedó en silencio… del bueno. Del que no es “me asusta”, sino “me gusta”.

Nora susurró:

—Lo estamos haciendo juntos.

Lía sonrió. No dijo nada. Pero su broche brilló como si aplaudiera.

Capítulo 7: Un último guiño desde el cielo

Las luces de la sala se encendieron poco a poco. La espuma del proyector se desinfló sola, convertida ahora en un montoncito de burbujas obedientes que parecían pedir permiso para desaparecer.

Nora se acercó a Lía.

—Gracias. Sin… gritar, sin pelear. Solo… —buscó la palabra— creando.

Lía escribió:

“MEJOR ASÍ.”

La gente empezó a salir comentando sus constelaciones como si fueran artistas famosos.

—Mi calcetín espacial tenía rayo láser, ¿lo viste?

—El bocadillo masticó, te lo juro.

—La tostada con casco debería existir de verdad.

Lía caminó hacia la salida, intentando pasar desapercibida. Ya casi estaba fuera cuando oyó a un niño decir:

—Ojalá las estrellas vuelvan a jugar.

Lía miró hacia la cúpula, ahora apagada.

En el cristal de la puerta, justo encima del cartel de “SALIDA”, apareció un reflejo imposible: una estrellita dibujada, pequeñísima, que no venía de ninguna lámpara.

Parpadeó una vez.

Luego otra.

Y finalmente, como si se estuviera aguantando la risa, hizo un guiño descarado.

Lía levantó una ceja, se acomodó el pelo (que por fin había dejado de ser un pomelo con antenas) y, sin decir una palabra, guiñó de vuelta.

La estrellita pareció satisfecha. Y desapareció, dejando en el aire una sensación clara: en Ciudad Claraboya, los problemas podían volverse suaves… sobre todo cuando se solucionaban entre todos.

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Rascacielos
Edificios muy altos que parecen tocar el cielo, con muchas plantas y ventanas.
Chaleco fosforito
Prenda brillante y de color llamativo que usan para ser vistos fácilmente.
Cúpula
Techo redondo y curvado, como una gran bóveda que cubre una sala.
Proyector
Máquina que muestra imágenes o luces grandes en una pared o techo.
Nebulosas
Nubes gigantes de polvo y gas en el espacio donde nacen estrellas.
Constelación
Grupo de estrellas que forman una figura imaginada en el cielo.
Estrellita
Forma pequeña y brillante que parece una estrella, a menudo tierna o juguetona.
Espuma de baño
Burbujeante y suave producto que se usa para limpiar y hacer baño divertido.
Mosaico
Imagen hecha con muchas piezas pequeñas que juntas forman un dibujo.
Tripulación
Grupo de personas que trabajan juntas en una nave o en una actividad.

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