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Cuento de superhéroes cómico 11/12 años Lectura 17 min. (1)

La noche en que las estatuas de cera se pusieron a bailar

Leo, un héroe con poderes eléctricos y máscara torcida, acude a la inauguración de un museo de cera donde las estatuas cobran vida y provocan un divertido caos; ahora debe lidiar con las sorprendentes figuras en movimiento para evitar que todo se descontrole.

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Un hombre, Leo Relámpago, concentrado y algo avergonzado, con máscara textil azul ladeada y capa roja corta, sostiene con las manos rodeadas por un halo eléctrico translúcido la cola de un gran T‑rex de cera que flota a centímetros del suelo; una mujer, Marta, aliviada y entusiasta en vestido amarillo y chignon suelto, aplaude desde la izquierda junto a la entrada sosteniendo una barqueta de nachos; un hombre, Tino, estresado pero aliviado, delgado con gorra gris y auriculares alrededor del cuello, sostiene un mando junto a un panel técnico detrás de Leo; una niña de unos 8 años, excitada con coletas, señala y ríe en primer plano a la derecha; el lugar es una gran sala de museo con suelo de mármol blanco, alfombra roja, vitrinas y cúpulas de cristal que reflejan luces neón rosas y doradas, y un gran panel de control con un botón rojo bajo una cápsula transparente; momento cómico y heroico mientras Leo estabiliza el T‑rex con un campo eléctrico azul pálido y se dispone a pulsar el botón para detener la música, ambiente festivo, colores saturados y gestos dinámicos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La máscara torcida y el lunes que se disfrazó

A Leo Relámpago le gustaba empezar el día con calma: tostadas, radio bajita y el noble arte de ajustar su máscara… que nunca quedaba recta. Siempre se le torcía hacia la izquierda, como si la tela tuviera opinión propia.

—Quietecita —murmuró, tirando de la goma—. Hoy vas a portarte bien.

La máscara respondió haciéndole cosquillas en la punta de la nariz. Leo estornudó tan fuerte que una chispa azul salió disparada por la ventana y dibujó en el cielo una especie de bigote brillante sobre un anuncio de refrescos.

El móvil vibró con un zumbido heroico (se lo había puesto él mismo, claro).

—¿Señal de auxilio? —Leo se enderezó, intentando parecer imponente. Con la máscara torcida, parecía más bien un pirata con resaca.

En la pantalla: “Gran inauguración del Museo de Cera Ultrarrrealista. Hoy: ¡Noche de Fiestón Familiar!”.

Leo frunció el ceño. No era exactamente un crimen. Pero la palabra “fiestón” le llamó como si fuera un imán hecho de confeti.

—Una fiesta… con estatuas —dijo—. ¿Qué podría salir mal?

En ese instante, el microondas pitó. Leo, nervioso, levantó la mano para apagarlo con su poder de electricidad. La tostada salió volando como un disco de hockey y aterrizó en su hombro.

—Perfecto. Desayuno portátil.

Se colocó la capa, se miró en el espejo y se dio ánimos:

—Imperturbable, Leo. Poderoso. Controlado. Y si no… al menos divertido.

La máscara se le torció un poco más, como para aplaudir la idea.

Capítulo 2: Entrada triunfal… y resbalón elegante

La ciudad moderna brillaba con pantallas gigantes y semáforos que parecían guiñar el ojo. Leo llegó al museo con un salto eléctrico. O intentó llegar.

Calculó mal la dosis de energía, como siempre. En vez de aterrizar en la acera, cayó encima de una fuente y activó sin querer el modo “géiser alegre”: el agua salió disparada en forma de espiral, como una serpentina líquida.

—¡Uuuh! —gritó un niño, empapado y feliz—. ¡Es el héroe aspersor!

Leo se levantó con dignidad acuática.

—Eh… hidratación gratuita —improvisó—. Es un servicio público.

En la entrada del museo, una mujer con chaleco brillante y sonrisa de organizadora profesional se le acercó.

—¡Señor Relámpago! Soy Marta, directora del evento. Gracias por venir. Queremos que la inauguración sea… inolvidable.

—Eso está hecho —dijo Leo, ajustándose la máscara. Se le quedó tan torcida que Marta dudó un segundo.

—¿Es parte del… estilo?

—Totalmente. Diseño aerodinámico… emocional.

Marta le entregó una pulsera con luces.

—Esta noche es “Fiesta de Héroes”. Música, juegos, fotos con figuras de cera… Pero tenga cuidado: nuestras figuras son tan realistas que la gente se confunde.

Leo miró la fachada del museo: un edificio de cristal con reflejos que parecían chicles estirándose. La palabra “Ultrarrrealista” estaba escrita con tres erres, como si el letrero también quisiera presumir.

—Confundir… No me pasa —dijo Leo.

Justo entonces, un “guardia” junto a la puerta le guiñó el ojo. Leo respondió con un saludo heroico. El guardia no se movió ni un milímetro.

—Ah. Era cera.

—Exacto —dijo Marta—. Ya ha caído en la trampa.

Leo carraspeó, fingiendo que lo sabía desde el principio.

—Estaba… comprobando la calidad.

Una banda de música empezó a tocar dentro, y el olor a palomitas se coló por la puerta como un abrazo. Leo sintió una emoción sencilla y enorme: ganas de pasarlo bien. Y de que nadie se electrocutara con su entusiasmo.

Capítulo 3: El museo donde todo te mira… aunque no

El interior era una mezcla rara: luces de neón, alfombra roja y vitrinas que brillaban como si hubieran sido pulidas con risas. Había figuras de cera de cantantes, deportistas y, por supuesto, superhéroes.

—Mira, ¡ese eres tú! —dijo una niña señalando una figura con capa.

Leo se acercó y se quedó quieto un segundo. La figura tenía la máscara… perfectamente recta.

—Eso sí que es ciencia ficción —murmuró.

Un grupo de preadolescentes se acercó, con vasos de refresco y una actitud de “hoy manda mi peinado”.

—Oye, Leo —dijo uno, alto y con flequillo desafiante—, si eres tan imperturbable, ¿puedes encender las luces del museo con un chasquido?

—Puedo encender… algunas cosas —respondió Leo con prudencia.

—¡Un chasquido! —insistió otra, grabándolo con el móvil—. Para el vídeo.

Leo tragó saliva. Sus poderes eran como un perro enorme: muy cariñoso, pero a veces tiraba demasiado de la correa.

—Vale. Pero chasquido pequeño —advirtió.

Chasqueó los dedos.

Las luces del museo parpadearon, se encendieron, se apagaron… y luego empezaron a cambiar de color al ritmo de la música, como si el edificio tuviera alma de discoteca. Un foco giratorio iluminó una estatua de un astronauta, que de pronto pareció estar en una fiesta en la Luna.

—¡Sí! —gritó alguien—. ¡Esto se puso buenísimo!

Marta apareció corriendo, pero no parecía enfadada. Más bien sorprendida.

—No teníamos presupuesto para esto —dijo—… pero me encanta.

Leo sonrió. Por una vez, su caos era útil. Entonces escuchó un ruido raro: “cloc, cloc, cloc”, como tacones en una escalera de mármol.

Se giró.

Una figura de cera de un famoso mago (sombrero alto, capa morada, cara de “yo sé un secreto”) estaba… moviéndose. O al menos, eso parecía.

—Eso no es posible —susurró Leo.

La figura levantó un brazo lentamente y señaló hacia una puerta con el cartel “Sala de Control”.

Leo se quedó helado… por dentro. Por fuera, siguió imperturbable, porque esa era su marca.

—Marta… ¿las figuras tienen… motores?

—No —dijo ella, con los ojos como platos—. Solo cera. Muy buena cera.

Los adolescentes se acercaron.

—¿Es un show? —preguntó el del flequillo.

La figura del mago inclinó el sombrero, como saludando.

Leo respiró hondo.

—Ok. Esto… está interesante.

Capítulo 4: Sospechas pegajosas y un héroe con ritmo

Leo siguió al “mago” a través de un pasillo lleno de estatuas históricas. Había una reina con expresión severa, un inventor con bigote de nube y un pirata que parecía demasiado contento de estar quieto.

—No me gusta esto —susurró Leo—. Cuando algo es tan realista, suele tener truco… o chicle en el zapato.

La puerta de la Sala de Control estaba entreabierta. Dentro, pantallas, botones, cables y un ventilador que parecía estar bailando solo.

Leo empujó despacio. El “mago” entró primero, pero al cruzar el marco… se detuvo. Se quedó rígido. Inmóvil. Otra vez cera.

Leo parpadeó.

—¿Me estás vacilando? —le dijo a la estatua, con total seriedad—. Porque lo estás logrando.

En una silla giratoria había un hombre flaco con gorra, auriculares enormes y cara de “yo no he sido”. Tenía una caja de mando con una palanca.

—¡No grites! —dijo el hombre—. Se me derriten las ideas.

—¿Quién eres? —preguntó Leo.

—Soy Tino, técnico de efectos especiales del museo. Y… vale, también soy el responsable de que esto parezca más real de lo normal.

Leo señaló la estatua del mago.

—Esa cosa se movió.

Tino se encogió de hombros.

—Es un truco con imanes, ruedas y… un poquito de ventilación creativa. Lo hago para que la gente se sorprenda. Pero hoy… se me fue de las manos.

—¿Cómo se te va de las manos una estatua? —Leo alzó una ceja (o lo intentó, la máscara le estorbaba).

Tino apretó un botón sin querer. En una pantalla apareció el mapa del museo y varios puntitos parpadearon.

—Las luces que encendiste… activaron mi sistema de “Sorpresa Total”. Y ahora… las figuras están en modo… fiesta.

—¿Modo fiesta? —Leo repitió, muy despacio.

Tino asintió, pálido.

—Bailan. Se mueven. Siguen la música. Es para un evento que planeamos para adultos, pero… hoy hay niños. Y si una estatua de un dinosaurio se pone a hacer breakdance, alguien va a llorar. O peor: alguien va a grabarlo y me hago famoso por el motivo equivocado.

Desde el pasillo llegó un “¡BOOM!” suave, como cuando cae una caja de cartón llena de peluches.

Leo miró a Tino.

—¿Qué fue eso?

—La sala de “Criaturas Prehistóricas”.

Leo respiró hondo. Imperturbable.

—De acuerdo. Vamos a poner orden. O al menos… a poner música mejor.

Capítulo 5: Dinosaurios con flow y una fiesta a punto de explotar

Corrieron hacia la sala prehistórica. Al entrar, Leo vio el caos más elegante y absurdo del mundo: un T-Rex de cera movía la cola al ritmo de la canción, como si estuviera haciendo “twerking” jurásico. Un pterodáctilo giraba sobre su peana como un ventilador emocionado. Y un grupo de niños aplaudía como si estuvieran en un concierto.

—¡Otra! ¡Otra! —gritaban.

Marta intentaba mantener la calma con una bandeja de nachos en la mano, como si los nachos fueran un escudo.

—¡Leo! —lo llamó—. ¡La estatua del faraón se ha llevado el micrófono!

En una esquina, un faraón de cera sostenía un micro y parecía a punto de rapear. Un DJ improvisado (un adolescente con gorra) había subido el volumen.

Leo miró alrededor. No había miedo, solo sorpresa y carcajadas. Pero el movimiento de las figuras era torpe, pesado. Una peana tembló peligrosamente.

—Si se cae algo, se rompe —dijo Leo—. Y la cera no se repara con cinta adhesiva.

Tino apareció jadeando.

—Si apago la música, se quedan a medias y se desploman peor. Necesito… un apagado suave. Un “off” elegante.

Leo se acercó al T-Rex. Levantó las manos con cuidado.

—Señor dinosaurio, le agradezco su energía, pero está pisando el límite de seguridad.

El T-Rex no contestó, porque era cera, pero su cola casi golpea una vitrina. Leo soltó una descarga pequeña para frenar el mecanismo… y la cola se detuvo de golpe.

Demasiado de golpe.

El T-Rex se inclinó hacia delante como si fuera a besar el suelo. Los niños soltaron un “¡Ooooooh!” dramático.

Leo reaccionó rápido. Extendió los brazos y lanzó un campo eléctrico suave, como una red invisible. El aire zumbó. El dinosaurio quedó suspendido a unos centímetros del suelo, como flotando en una siesta.

—¿Has visto eso? —dijo una niña—. ¡El T-Rex está en modo nube!

Leo tragó saliva. Lo estaba sosteniendo… pero su control era más frágil que un helado al sol.

—Tino —dijo entre dientes—. Necesito ese apagado suave ya.

Tino miró su caja de mando.

—Hay un botón. Pero… está en la sala central, en el panel principal. Un botón grande, rojo, con tapa de seguridad. El “OFF general”. Lo pusieron como broma… pero funciona.

Marta los miró como si estuviera viendo una película.

—¿El final feliz depende de un botón?

—Como muchas cosas en la vida —dijo Leo—. Incluso las tostadas.

Leo soltó el dinosaurio con cuidado (el campo eléctrico lo bajó como un ascensor lento) y se lanzó hacia el pasillo.

—¡Marta! —gritó—. ¡Mantén la fiesta… pero con espacio! ¡Nada de acercarse a las peanas!

Marta levantó la bandeja de nachos como si fuera un megáfono.

—¡Atención! ¡Fiesta con distancia! ¡Como si todos fueran imanes y no quisieran pegarse!

Los niños rieron y obedecieron. Porque sonaba a juego.

Leo corrió, esquivando a una Cleopatra que hacía pasos de salsa y a un superhéroe de cera que parecía intentar un moonwalk con cero talento.

—Te entiendo, colega —le dijo Leo al pasar—. Yo también tengo problemas de coordinación.

Capítulo 6: El botón “OFF” y el último baile

La sala central era enorme, con una cúpula de cristal donde las luces de colores rebotaban como canicas. En el centro, un panel de control con muchos interruptores. Y allí estaba: el botón rojo con una tapa transparente. Encima, una etiqueta escrita a mano: “NO PULSAR A MENOS QUE SEAS DRAMÁTICO”.

Leo se acercó como si el botón pudiera morder.

—Tino —dijo por el comunicador que le había prestado Marta—. Estoy frente al botón.

La voz de Tino sonó con estática y pánico.

—Recuerda: apagado suave. Mantén la música un segundo mientras lo pulsas, para que los motores se frenen con ritmo.

Leo miró alrededor. Varias figuras de cera habían entrado en la sala central: el mago inmóvil otra vez, una astronauta girando lentamente y el faraón acercándose con el micrófono.

El faraón levantó el micro.

—Yo… —hizo una pausa larga, dramática—. ¡Yo…!

Leo pensó: “Por favor, que no rapee”.

El faraón dijo:

—¡Yo… quiero… que suban el volumen!

Los niños que se habían asomado desde el pasillo aplaudieron. Marta, desde lejos, levantó los brazos.

—¡Último tema! —anunció—. ¡El gran cierre!

Leo miró el botón. Miró su máscara torcida reflejada en la tapa transparente. Parecía una sonrisa ladeada.

—Vale —susurró—. Un cierre con estilo.

Se puso firme, como en una final de campeonato. La música subió: un ritmo pegadizo, de esos que obligan a mover el pie aunque no quieras.

Leo levantó la tapa del botón. Sonó un “clic” que pareció un redoble de tambor.

—Tino —dijo—. En tres… dos…

La astronauta hizo un giro perfecto. El faraón levantó el micro como si fuera a soltar el mejor verso del milenio. El T-Rex, allá al fondo, movió la cabeza en cámara lenta, como si se despidiera.

—…uno.

Leo pulsó el botón.

Nada explotó. Nada gritó. No hubo chispazo. Solo un “buuup” suave, como un microondas satisfecho.

Las luces dejaron de parpadear y se quedaron en un tono cálido, dorado. La música bajó poco a poco, como una ola que se retira. Las figuras de cera fueron frenando sus movimientos hasta quedar inmóviles, en posiciones muy graciosas: Cleopatra con el brazo en alto, el faraón señalando al cielo como si acabara de tener una idea genial, la astronauta saludando a nadie.

Silencio.

Luego, un segundo después, el público estalló en aplausos.

—¡Eso fue lo mejor del museo! —gritó el del flequillo—. ¡Parecía un show de verdad!

Marta corrió hacia Leo.

—¡Lo lograste! —dijo—. Has salvado la inauguración… convirtiéndola en una fiesta legendaria.

Tino apareció, sudando pero sonriendo.

—No lo voy a negar… fue espectacular —admitió—. Aunque casi me da un infarto con forma de estatua.

Leo se ajustó la máscara torcida una última vez. Esta vez, por alguna razón, quedó un poco menos mal.

—A veces —dijo Leo—, el control está sobrevalorado. Lo importante es que nadie salga herido… y que todos se lleven un buen recuerdo.

Marta levantó la pulsera luminosa.

—Entonces, oficialmente: ¡fiesta cumplida!

Los niños empezaron a pedir fotos con las estatuas congeladas en poses ridículas. Leo posó también, intentando copiar el saludo de la astronauta. Le salió un poco torcido. Como todo en él.

Pero las risas llenaron el museo como confeti invisible.

Y en el panel, el botón rojo descansó en “off”, tranquilo, como si dijera: “Hasta la próxima aventura”.

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Imperturbable
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Ultrarrrealista
Muy, muy real; algo que parece real hasta parecer exagerado.
Peana
Base o pedestal donde se coloca una estatua o figura para que esté fija.
Vitrina
Caja con cristal donde se muestran objetos para protegerlos y verlos.
Palanca
Barra que se mueve para accionar máquinas o cambiar algo en un aparato.
Ventilación
Movimiento de aire para refrescar o evitar que se caliente un lugar.
Cúpula
Techo en forma de media esfera que cubre y protege una sala grande.
Imanes
Objetos que atraen metales, como el hierro, por fuerza magnética.
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