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Pequeños aventureros 11/12 años Lectura 19 min.

Las huellas del mapache y el camino de cintas naranjas

Cuatro amigas siguen misteriosas huellas por el barrio hasta toparse con un mapache herido, y entre pistas y trabajos en equipo improvisan un plan para cuidarlo y no perderse.

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Seis personajes: cuatro niñas de unos 9 años —Aina, cabello castaño medio con flequillo, chaqueta mostaza manchada de barro, arrodillada y tendiendo la mano al mapache; Vera, con trenzas y bloc de detective, vestida kaki, observando con curiosidad; Inés, coleta castaña, lleva bufanda roja y una cuerda en el hombro, prepara provisiones; Lúa, rubia en moño con camisa a rayas, detrás del grupo sosteniendo una linterna o rama—; un mapache adulto gris y negro con la pata trasera vendada envuelta en un trozo de calcetín blanco, sentado delante de Aina; y un mapache bebé peludo asomando la cabeza desde un escondite de cartón. Escenario: claro tras arbustos verdes, caseta de jardín verde envejecida con ventana de cuadricula, suelo fangoso con hojas húmedas, tablas y grava en primer plano y cintas naranjas anudadas en ramas marcando el camino. Situación: las niñas ayudan a un mapache herido y reencuentran a su cría en una escena cálida de solidaridad con luz suave de tarde, colores vivos y texturas (barro, madera, pelaje, telas) y expresiones tiernas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Huellas junto al portal

Aina era de esas niñas que hablaban bajito y miraban mucho. Tenía una paciencia que parecía una manta tibia. Esa tarde, al salir del colegio, se agachó junto al portal de su edificio. La lluvia de la noche había dejado la tierra blandita, como chocolate en polvo.

—¡Mira esto! —susurró.

Vera, Inés y Lúa se acercaron. Eran cuatro, casi siempre juntas, como una fila de cometas en el mismo hilo.

En la tierra había marcas pequeñas, repetidas. Cinco puntitos, una almohadilla, y otra vez cinco puntitos. Iban en línea, como si alguien hubiera escrito con un lápiz invisible.

—¿Un gato? —preguntó Vera, que llevaba una libreta de detective en la mochila “por si acaso”.

—No. Los gatos caminan como si no quisieran hacer ruido —dijo Inés, que lo sabía todo sobre animales y también sobre las cosas que se podían construir con pinzas de la ropa.

Lúa, que tenía el humor fácil, se inclinó y olfateó el suelo.

—Huele a aventura con barro.

Aina sonrió. No era una sonrisa enorme, pero sí una que empujaba.

—Quiero seguirlas —dijo—. Solo un poco. A ver adónde van.

Vera levantó un dedo, como si firmara un contrato en el aire.

—Reglas. No entramos en sitios raros, no nos separamos, y si una dice “alto”, es alto.

—Y si alguien se cae, las demás no se ríen… mucho —añadió Lúa.

Inés ya estaba sacando una tiza del bolsillo.

—Podemos marcar por dónde vamos. Para volver.

Aina miró las huellas otra vez. Iban hacia la esquina, pegadas a la pared, como si quisieran esconderse. El mundo de siempre —el portal, el bordillo, el árbol del parque— se estiró de pronto, como si dijera: “Ven, que hoy tengo un secreto”.

Y ellas fueron.

Capítulo 2: La calle se convierte en mapa

Las huellas cruzaron la acera y se metieron en un parterre junto a la panadería. El olor a pan caliente se mezclaba con el de tierra mojada. Aina caminaba despacio, casi sin pisar, como si cada paso pudiera borrar una palabra importante.

—Van hacia el parque —dijo Vera, anotando—. Direcciones: norte, o sea… hacia el columpio viejo.

—No es norte. Es “hacia donde vive mi abuela” —corrigió Lúa.

Inés iba delante, observando. De vez en cuando se arrodillaba y señalaba:

—Aquí están. Se ve la uña. Y aquí… mira, esta marca es más profunda. El animal llevaba peso.

Aina tragó saliva. La idea le hizo cosquillas en la nuca.

—¿Y si llevaba algo que se le cayó? —preguntó.

Vera se encogió de hombros, pero sus ojos brillaron.

—O alguien pequeño. O un tesoro.

Lúa se llevó una mano al pecho, dramática.

—Un tesoro. Una corona de galletas. Una carta secreta. ¡Un calcetín perdido que ahora es rey!

Se rieron, y la risa les dio valor. Pasaron junto a la fuente, esquivaron un charco enorme que parecía un espejo sucio, y llegaron al columpio viejo, ese que chirriaba como un pájaro enfadado.

Las huellas se metían entre los arbustos. Allí el suelo estaba lleno de hojas y ramitas, y las marcas se perdían a ratos.

Aina frunció el ceño. Era dulce, sí, pero también terca cuando algo le importaba.

—No podemos perderlas —murmuró.

Inés sacó de la mochila una cuerda fina, de esas de manualidades.

—Podemos hacer una línea, como los exploradores. La atamos a un banco y la llevamos con nosotras. Así no nos perdemos.

Vera la miró con admiración.

—Eres un kit de supervivencia con trenzas.

Lúa señaló una hoja con una mancha oscura.

—¡Eh! Eso parece… ¿mermelada?

Se agacharon. Era una gota roja pegajosa sobre una piedra. Aina tocó con cuidado y se olió el dedo. Puso cara de sorpresa.

—No es mermelada. Es… fresa. Pero de chuche.

En el suelo, un poco más allá, había un envoltorio arrugado con un dibujo de fresas.

—Alguien iba comiendo caramelos —dedujo Vera—. Y dejándolos caer.

Aina sintió un tirón en el pecho, como si esa pista fuera una mano que pedía ayuda.

—Si es un animal, ¿por qué tendría chuches? —preguntó.

El parque, de pronto, pareció escuchar la pregunta. El viento movió las hojas, y el columpio chirrió otra vez, como diciendo: “Sigue”.

Capítulo 3: El túnel de los arbustos

Las huellas reaparecieron junto a una rejilla de desagüe. Pasaban por encima, como si el animal hubiera saltado con cuidado. Luego se dirigían a una zona donde los arbustos formaban un pasillo estrecho. Un túnel verde.

—Aquí no entra mi madre si supiera que estoy —susurró Lúa.

—Por eso vamos juntas —dijo Aina. Su voz era suave, pero firme.

Ataron la cuerda al banco. Inés la sostuvo como si fuera un hilo de Ariadna. Vera iba detrás, mirando a ambos lados. Lúa cerraba la fila, haciendo de “guardiana del chiste” para que el miedo no se sentara con ellas.

Dentro, el mundo olía a hojas aplastadas y a tierra fría. Se oían gotas caer de alguna parte. Y, muy lejos, un perro ladrando, como un tambor.

Las huellas se hicieron más claras en un tramo de barro.

—Es un mapache —dijo Inés de repente.

Vera abrió la libreta.

—¿Por qué?

—Mira las “manitas”. Son como pequeñas manos. Y aquí… —señaló unas marcas más largas—. Arrastraba algo. O llevaba una bolsa.

Aina imaginó a un mapache con una bolsa de chuches, como un ladrón torpe y adorable. Pero el envoltorio le había dado otra idea.

—O alguien le dio chuches —dijo—. Alguien que quería que viniera.

En ese momento, algo crujió. Muy cerca. Las cuatro se quedaron quietas, con el aire agarrado en la garganta. Lúa levantó un dedo y susurró:

—Si es un monstruo, que sea uno educado.

Otro crujido. Y apareció… una paloma. Entró caminando como si tuviera prisa, les miró con un ojo, y siguió.

Vera se tapó la boca para no reír.

—Casi muero asesinada por una paloma.

Siguieron. El túnel se abrió a un claro pequeño detrás de los arbustos. Había un montón de hojas secas y una caja de cartón, medio aplastada, con la palabra “FRÁGIL” escrita en grande. La caja tenía un agujero.

Aina se acercó despacio. Se agachó. Y habló como se habla a una herida.

—Hola… ¿hay alguien ahí?

Del agujero salió un sonido. Un “grrr” bajito, como si alguien protestara por ser despertado.

Inés, sin pensarlo, sacó de su bolsillo una manzana.

—Si es un mapache, le gusta la fruta.

Vera le agarró la muñeca.

—Si es un mapache, también le gustan los dedos.

Lúa se inclinó, con cara de actriz.

—Señor mapache, venimos en son de paz y de merienda.

Entonces, una nariz negra asomó. Luego dos ojos brillantes. Y, por fin, una carita con máscara. Era un mapache joven, más pequeño de lo que esperaban. Tenía el pelaje algo mojado y una pata trasera vendada con… ¿un trozo de calcetín?

Aina sintió que el corazón se le hacía grande.

—Está herido —dijo.

El mapache olfateó la manzana, pero no la cogió. Miró hacia el parque, inquieto. Y dio un pasito fuera. Cojeaba.

Vera bajó la voz.

—No podemos tocarlo. Pero podemos ayudar.

Inés miró la venda improvisada.

—Alguien intentó curarlo. Con un calcetín. Eso es… raro y tierno a la vez.

Lúa levantó una ceja.

—Mi hermano perdería el calcetín y diría que es arte moderno.

Aina extendió la manzana en el suelo, a cierta distancia. El mapache la cogió rápido y retrocedió. Luego, como si tomara una decisión, salió de la caja y empezó a caminar. Despacio. Cojeando. Dejando huellas claras.

Y, lo más extraño: se giró y las miró, como si dijera: “Venid”.

Capítulo 4: La prueba del charco gigante

El mapache avanzó hacia la zona más húmeda del parque, donde el terreno se hundía y los charcos eran lagunas. Las huellas iban marcando un camino zigzagueante. Aina seguía la línea con atención, como si leyera una historia en el suelo.

—Nos está guiando —dijo Vera, excitada y seria a la vez.

—O nos lleva a su guarida de villano —bromeó Lúa—. Y allí tiene un ejército de ardillas.

Inés tiró suavemente de la cuerda.

—No nos alejemos demasiado. Y si llega alguien mayor, explicamos todo.

Llegaron al charco gigante. Era enorme, y el agua estaba marrón, con hojas flotando como barquitos. Las huellas entraban por un lado y salían por el otro, justo donde había una tabla vieja medio escondida.

—Eso es una trampa —dijo Vera—. Esa tabla no aguanta.

El mapache ya estaba del otro lado, mirándolas. Se rascó la oreja, impaciente.

Aina miró alrededor. Había piedras, ramas gruesas, y un trozo de rejilla metálica tirada. Inés se iluminó.

—Podemos hacer un puente corto. Poner piedras grandes, luego la rejilla encima. Así el peso se reparte.

Lúa sopló un mechón de pelo que se le pegaba a la frente.

—Inés, si un día el mundo se acaba, te sigo. Pero con casco.

Trabajaron juntas. Vera buscó piedras planas, Aina las colocaba despacio para no hundirlas en el barro, Inés acomodó la rejilla como si armara un puzzle, y Lúa recogió ramas para reforzar los bordes. Sus manos se mancharon. Sus zapatillas hicieron “chof”. Pero nadie se quejó. Se sentían útiles.

—Vale —dijo Vera, probando con un pie—. Aguanta.

Cruzaron de una en una. Aina fue la última. En mitad del puente, la rejilla se movió un poco. Se le heló la espalda. Lúa, desde el otro lado, extendió la mano.

—No te caigas, que el charco tiene cara de querer adoptarte.

Aina apretó los dientes. Dio un paso. Luego otro. Y llegó. Se agarraron las manos un segundo, como un pequeño pacto.

Al mirar atrás, vieron algo bonito: su puente improvisado, y al lado, la cuerda que marcaba el camino de regreso. El parque ya no era solo parque. Era un sitio que ellas podían entender, leer y cuidar.

El mapache siguió andando. Y ellas, con el barro como medalla, siguieron detrás.

Capítulo 5: La caseta del jardinero

Las huellas salieron del parque por una verja baja y se metieron en una zona de huertos comunitarios. Allí olía a menta, a compost y a tomates que todavía no eran tomates. Había casetas pequeñas de madera y un camino estrecho de gravilla.

El mapache se detuvo frente a una caseta verde con una ventana diminuta. Olfateó la puerta y rascó, suave.

Desde dentro se oyó una voz ronca:

—¿Otra vez tú? ¿Qué traes hoy?

La puerta se abrió un palmo. Apareció el señor Eusebio, el jardinero del barrio. Tenía manos enormes y un gorro de lana incluso en días que no hacían falta. Al ver a las cuatro niñas, abrió los ojos como si le hubieran puesto un susto en una maceta.

—¿Y vosotras? ¿Qué hacéis aquí?

Vera dio un paso al frente, con la libreta en alto como credencial.

—Seguimos huellas. Y… creemos que él nos ha traído.

Eusebio miró al mapache, que cojeaba. Su expresión se ablandó.

—Este bandido se mete en mis huertos desde hace días. Pero no para romper. Para buscar.

Aina señaló la pata vendada.

—¿Usted le puso eso?

Eusebio carraspeó, incómodo, como si la ternura le diera alergia.

—Se enganchó con algo. No podía dejarlo así. Le puse el primer vendaje que encontré. Un calcetín limpio, eh. Bueno… casi.

Lúa murmuró:

—Un calcetín con vocación de enfermero.

Eusebio se agachó con cuidado. El mapache no huyó. Solo miró sus manos, atento.

—Tiene miedo —dijo Aina—. Pero también confía un poco.

Eusebio asintió.

—Busca a su hermana. O su madre. Algo así. Vino ayer con una bolsa de caramelos que alguien tiró, y se me quedó mirando, como pidiendo ayuda. Yo le dejé agua y fruta. Y hoy… hoy me ha traído a vosotras.

Inés miró alrededor.

—¿Cómo sabe que busca a alguien?

Eusebio señaló el suelo junto a la caseta. Había huellas más pequeñas, mezcladas con las del mapache. Huellas que entraban y salían, pero que en un punto se cortaban.

—Se separaron aquí. Luego las huellas pequeñas desaparecen hacia el seto de allí. Pero el terreno es duro y no marca bien. Yo ya soy mayor para meterme por setos.

Vera levantó la barbilla.

—Nosotras no.

Aina sintió un nudo de preocupación. Y otro de ganas. Era como tener dos pájaros en el pecho: uno que decía “cuidado” y otro que decía “adelante”.

—Vamos —dijo—. Pero con calma. Y dejando señales.

Eusebio les dio cuatro trozos de cinta de tela naranja.

—Atadlas a ramas cada pocos metros. Así no os perdéis. Y así, si pasa alguien, sabrá que hay un camino.

Aina tomó la cinta. Era suave. Brillante como un atardecer.

—Gracias —dijo.

Eusebio se rascó la barba.

—Gracias vosotras. A veces la generosidad es solo… no mirar a otro lado.

El mapache, como si entendiera, dio un pasito y dejó una huella nueva, fresca, apuntando al seto.

Capítulo 6: Un camino balizado

El seto era una pared de hojas. Pero había un hueco bajo, como una puerta para criaturas pequeñas. Las huellas del mapache y las más pequeñas se colaban por allí.

—Por orden: Vera, Inés, Aina y yo —dijo Lúa—. Yo voy detrás para que nadie se convierta en leyenda.

Entraron. El suelo cambió. Ya no era parque ni huerto. Era una franja de tierra entre dos vallas, un pasillo olvidado con hierbas altas. Se oía el tráfico lejos, como el mar.

Ataron la primera cinta naranja a una rama.

—Marca uno —dijo Vera.

Caminaron despacio. Cada cierto tramo, otra cinta. La tela naranja aparecía y desaparecía entre el verde, como pequeñas banderas de “por aquí”.

Las huellas se dirigían hacia un montón de tablones y macetas viejas. Allí, en una esquina protegida del viento, había una caja más pequeña. De dentro salió un quejido finito.

Aina se agachó. Su voz salió todavía más suave.

—Hola… estamos aquí.

Asomó una carita con máscara, más pequeña. Un mapache bebé. Tenía los ojos grandes y una oreja doblada como un sobre. Temblaba.

El mapache herido dio un sonido corto, como un “¡eh!”. El bebé salió un poco. Olfateó el aire. Luego se acercó cojeando pero rápido, como si el miedo le empujara.

Inés se quedó inmóvil.

—No los toquéis —susurró—. Que se encuentren solos.

Se miraron. Guardaron silencio. Fue un momento pequeño y enorme.

El mapache grande se acercó al bebé. Se rozaron la nariz. Luego el bebé se metió debajo de su barriga, buscando calor. El grande se quedó quieto, protegiéndolo.

Vera se limpió una lágrima con la manga, disimulando.

—En mi libreta esto cuenta como final feliz provisional.

Lúa soltó el aire despacio.

—Pensé que me iba a tocar cargar con un mapache en la mochila. Y mi madre… uf.

Aina sonrió, aliviada. Luego miró el pasillo y las cintas naranjas. Ese camino marcaba su ida y su vuelta. Marcaba, también, que la aventura podía ser segura si se hacía con cabeza.

—Hay que avisar al señor Eusebio —dijo—. Y quizá a una protectora. Para que la pata sane bien.

Inés ya estaba pensando en soluciones.

—Podemos dejarles agua aquí, sin acercarnos demasiado. Y comida. Fruta.

Vera asintió.

—Y recoger los envoltorios de chuches. Si los humanos ensucian, ellos se confunden.

Volvieron por el mismo pasillo. Las cintas naranjas les guiaban, una tras otra, como estrellas bajas. No tuvieron que adivinar. Solo seguir.

Al salir, el señor Eusebio esperaba con los brazos cruzados, fingiendo que no estaba preocupado. Aina levantó la mano con el pulgar arriba.

—Está con su hermana —dijo.

Eusebio dejó escapar un “ah” que sonó a abrazo escondido.

—Bien hecho.

Vera le entregó su plan, rápido:

—Hemos balizado el camino con sus cintas. Así puede llegar sin perderse. Y mañana, si usted quiere, volvemos con agua y fruta. Y llamamos a alguien para la pata.

Eusebio miró las cuatro caras manchadas de barro. Cuatro pares de ojos valientes.

—Sois un equipo peligroso —dijo—. Peligroso para la tristeza.

Lúa se enderezó.

—Nos pagan en galletas.

Eusebio se rió, y la risa le cambió la cara.

Cuando caminaron de vuelta a casa, el barrio parecía el mismo. Los coches, las farolas, la panadería. Pero algo había cambiado. Aina miró sus zapatillas llenas de barro y pensó en las huellas.

No era solo seguirlas. Era aprender a leer el suelo, a escuchar, a ayudar sin hacer ruido, a dejar señales para no perderse.

Al pasar por el parque, vieron su puente improvisado. Y, más allá, las cintas naranjas asomando entre las hojas, marcando un camino balizado.

Aina lo miró como quien mira una promesa.

—Mañana —dijo—, traemos agua.

—Y fruta —añadió Inés.

—Y una bolsa para recoger basura —dijo Vera.

Lúa levantó la barbilla.

—Y galletas. Por generosidad… hacia nosotras mismas.

Rieron. Y siguieron andando, juntas, con el corazón ligero y la aventura guardada como una linterna para las noches.

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Parterre
Pequeño espacio de tierra plantado junto a una casa o calle, con flores o plantas.
Almohadilla
Parte acolchada y blanda, como la de la pata de un animal o un dedo.
Chirriaba
Sonido agudo y molesto que hace algo al rozar, como un columpio viejo.
Rejilla
Estructura de metal con agujeros, usada para cubrir o dejar pasar agua o aire.
Compost
Materia orgánica descompuesta que se usa para nutrir la tierra de las plantas.
FRÁGIL
Que se rompe o daña con facilidad; hay que tratarlo con mucho cuidado.
Cojeaba
Andar apoyando mal una pierna o pata porque está herida o dolorida.
Balizado
Marcado con señales o cintas para indicar un camino o una zona segura.
Máscara
Parte delantera de la cara que puede cubrir los ojos y la nariz, o dibujo que parece cara.
Provisional
Que sirve solo por un tiempo corto, mientras se busca algo mejor.
Generosidad
Acto de dar o ayudar sin esperar nada a cambio, con buen corazón.
Calcetín
Prenda de tela que se pone en el pie, dentro del zapato.

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