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Pequeños aventureros 11/12 años Lectura 16 min.

La noche del «clonc» y la brújula de la luna

Lupo, un lobito curioso con una libreta, se une al ratón explorador Nilo para investigar un misterioso “clonc” en el parque nocturno. En su aventura, guiados por la luna, enfrentan peligros y aprenden sobre responsabilidad y coraje.

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Un lobo pequeño antropomorfo (lupet) de pelaje gris suave, orejas rosadas y ojos redondos, valiente pero atento, sostiene una linterna amarilla y una chapa reflectante junto a una tapa de registro entreabierta; un ratón explorador minúsculo con casco de juguete y linterna frontal, pelaje beige, mirada viva y soplando tres silbidos representados como líneas blancas, está agazapado junto al lobo; un zorro hombre (Manolo) con chaleco naranja reflectante y pelaje rojizo, apenado pero aliviado, sostiene un destornillador inclinado hacia la tapa justo detrás; la guardiana, señora Oliva, mujer robusta con gran linterna plateada y guantes, al fondo preparada para asegurar la escena; parque nocturno con suelo de tierra y huellas de neumáticos, columpios y tobogán metálicos, bancos de madera, árboles con hojas recortadas como papel, faroles amarillos con halos suaves y luna pálida entre las ramas; situación principal: el lobo y su equipo aseguran una trampa abierta junto a un quiosco con una cuerda tendida entre dos bancos y cinta azul, ambiente de calma tras la tensión, contraste entre la luz fría de la luna y la cálida de los faroles, composición centrada y colores vivos con texturas superpuestas estilo papel recortado. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Una libreta, un farol y una luna tímida

Lupo era un lobito pequeño con orejas atentas y una mochila siempre ordenada. Dentro llevaba una libreta de tapas azules, un lápiz mordisqueado, una cuerda, una linterna y una manzana. También llevaba, por costumbre, una lista de cosas por hacer. Le hacía sentir que el mundo no se le escapaba por los bordes.

Esa tarde, la abuela Loba le había dicho:

—Si algún día te pierdes, mira el cielo. La luna puede ser tu brújula.

Lupo abrió la libreta y escribió: “Aprender a orientarme con la luna”. Luego dibujó un círculo y lo pintó con cuidado, dejando un huequito blanco para el brillo.

Pero cuando salió al patio, la luna aún no se veía. El cielo estaba como una sábana azul oscuro sin botones.

—¿Y si hoy se esconde? —murmuró Lupo.

En la valla, su vecina Urraca Pina lo miraba con un ojo curioso.

—¿Qué haces con tanta seriedad? Pareces un profesor de zanahorias.

—Voy a observar la luna para orientarme —dijo Lupo, muy digno.

Pina soltó una risita.

—¿Orientarte? Yo me oriento con el olor de las cosas. Si huele a pan, voy hacia el pan.

—Eso funciona hasta que el pan se acaba —respondió Lupo, sin enfadarse.

En ese momento, el viento trajo un sonido raro desde el parque del barrio: un “clonc… clonc… clonc” como si alguien golpeara una tapa de metal. Luego, silencio.

Lupo sintió cosquillas de aventura en el estómago.

—Voy a investigar. Pero con responsabilidad —se dijo, como si se diera una orden.

Metió la libreta en la mochila, se colgó la linterna y salió, dejando una nota en la mesa: “Vuelvo antes de cenar. Voy al parque. —Lupo”.

Capítulo 2: El camino de las sombras torcidas

El parque estaba cerca, pero el camino tenía sus trucos. Había setos que parecían gigantes dormidos y farolas que parpadeaban como si pestañearan con sueño.

Lupo caminaba despacio, contando pasos en voz baja.

—Cuarenta y dos… cuarenta y tres… Así, si me vuelvo, sé cuánto retroceder.

Cuando llegó a la esquina de la panadería, el olor a masa dulce intentó convencerlo.

—Solo una mirada… —susurró su barriga.

—No. Primero el misterio del “clonc”. Luego, si sobra tiempo —decidió Lupo, orgulloso de su propia firmeza.

En la acera vio algo brillante: una chapa redonda, como una pequeña moneda de luna. La recogió. Era parte de un reflector de bicicleta.

—Esto no debería estar aquí —dijo.

Entonces escuchó una voz que venía desde abajo, desde la rejilla de un desagüe:

—¡Eh! ¡Cuidado con pisarme el bigote!

Lupo dio un salto.

—¿Quién anda ahí?

—Soy Nilo, ratón explorador, profesional del túnel —respondió una vocecita—. Y tú casi me haces tortilla.

De la rejilla asomó un ratón con casco de juguete y una linterna en la frente. Lupo pensó que parecía un héroe diminuto.

—¿Has oído el “clonc” del parque? —preguntó Lupo.

Nilo asintió, muy serio.

—Lo he oído. Y he olido algo raro. Huele a hierro y a… calcetín mojado.

—Eso suena… preocupante —dijo Lupo.

—Suena, huele y seguramente se mueve —añadió Nilo—. ¿Vas hacia allá?

Lupo respiró hondo. Le gustaba estar preparado, y el parque era un lugar conocido de día, pero de noche se volvía distinto. Como si se pusiera un disfraz.

—Sí. Pero con un plan —dijo Lupo.

Abrió la libreta y escribió: “Equipo: Lupo + Nilo. Objetivo: descubrir ‘clonc'. Seguridad: volver antes de cenar. Señal: tres silbidos si hay peligro”.

Nilo sonrió.

—Me gustan los planes. Son como queso: cuanto más firmes, mejor.

Y juntos siguieron hacia el parque, donde el cielo comenzaba a aclararse con un brillo pálido. La luna, por fin, se estaba poniendo de pie detrás de una nube.

Capítulo 3: La luna como brújula y una pista inesperada

En la entrada del parque, la reja estaba entreabierta. Eso era raro. Normalmente la cerraban al anochecer. Lupo tocó el metal con la punta de un dedo. Estaba frío.

—Si está abierta, alguien ha entrado… o ha salido —dijo Lupo.

Nilo olfateó el suelo.

—Huellas pequeñas. Y una rueda. Y… una hoja pegada.

Lupo iluminó con la linterna. En el camino de tierra había marcas de neumático y pequeñas huellas, como de patas apuradas. También vio un trocito de cinta adhesiva azul.

—Eso es de… —Lupo frunció el hocico— del taller de Manolo el zorro. Usa esa cinta para arreglar cosas.

Nilo se rascó la cabeza.

—¿Y qué arregla un zorro en un parque a estas horas?

Lupo levantó la mirada. La luna, casi redonda, asomaba por encima de los árboles. Su brillo caía como una lámpara suave sobre los columpios. Lupo recordó las palabras de su abuela.

—La luna está hacia el este, por ahí —se dijo—. Si vuelvo mirando la luna por encima del tobogán, encontraré el camino a casa.

Se sintió más seguro. No era magia de cuento. Era una regla sencilla. Pero se sentía como un superpoder.

Caminaron entre los juegos. El “clonc” volvió a sonar, más cerca. Venía de la zona del quiosco, donde a veces vendían limonada.

Al doblar un seto, vieron una bicicleta tumbada. Tenía un farol delantero apagado y el reflector roto: faltaba justo la chapa brillante que Lupo había encontrado.

—Alguien perdió esto —dijo Lupo, sacando la pieza de la mochila.

Nilo apuntó con su linterna hacia el quiosco.

—Y alguien sigue ahí.

Detrás del quiosco se movía una sombra grande y nerviosa. Lupo tragó saliva, pero no retrocedió. Se acercó despacio, con las orejas levantadas.

—¡Hola! —dijo, intentando que la voz sonara valiente—. ¿Necesitas ayuda?

La sombra se congeló. Luego salió a la luz… y resultó ser Manolo el zorro, con un chaleco reflectante y cara de “yo no fui”.

—Eh… buenas noches —dijo Manolo, acomodándose un destornillador en la oreja—. Yo… solo… revisaba una cosa.

—¿Qué cosa? —preguntó Lupo, sin acusar, pero sin dejarlo escapar.

Manolo miró a un lado, luego al otro, y por fin suspiró.

—Se me cayó la caja del farol del parque. La que enciende las luces. Quise arreglarla rápido para que mañana todo estuviera bien. Soy… el encargado de mantenimiento esta semana. Y… bueno, me dio vergüenza decir que la rompí.

Nilo levantó una ceja.

—¿Y el “clonc”?

Manolo señaló un objeto metálico en el suelo: una tapa de registro que había estado golpeando con una herramienta.

—Eso. Intenté abrirla. Pero está dura como una nuez gigante.

Lupo se acercó. La tapa estaba medio levantada y debajo se veía un cable.

—Esto es peligroso —dijo Lupo, sintiendo un cosquilleo de responsabilidad—. Si alguien pisa aquí, puede tropezar. O peor.

Manolo bajó la cabeza.

—Lo sé. Me asusté. Y me enredé.

Lupo apretó el lápiz entre los dientes, pensando. La luna seguía allí, observándolo como un ojo tranquilo.

—No vamos a esconderlo —decidió—. Vamos a hacerlo bien. Con ayuda.

Capítulo 4: Un plan con cuerda, valor y tres silbidos

Lupo abrió su mochila como si fuera una caja de herramientas.

—Tengo cuerda. Y cinta. Y una linterna que no se muere rápido.

Manolo soltó una risita nerviosa.

—¿Eres un lobito o una ferretería?

—Soy organizado —respondió Lupo—. Y ahora, responsable.

Primero, Lupo marcó una zona segura alrededor de la tapa con la cuerda, atándola a dos bancos. Nilo, pequeño y ágil, pasó por debajo del quiosco y encontró un palo rojo de una señal vieja. Lo clavaron en el suelo y colgaron la cinta azul para que se viera.

—Así nadie se acerca sin mirar —dijo Lupo.

Luego, Lupo miró el cable.

—No lo tocamos. Eso es regla número uno. Regla número dos: avisamos a un adulto.

Manolo se mordió el labio.

—¿A quién?

Lupo pensó en el guardaparque, la señora Oliva, que vivía en la caseta al fondo del parque.

—Vamos con ella. Y no corremos —dijo Lupo—. La prisa también tropieza.

Caminaron por el sendero. El parque parecía distinto a cada paso: los árboles eran torres, las sombras eran barcos. Pero la luna se mantenía fija, como una señal.

De pronto, un ruido de ruedas. Una bicicleta venía rápido por el camino, sin luz. Era una niña humana del barrio, Lea, que a veces jugaba a las carreras.

—¡Eh, cuidado! —gritó Nilo, y dio tres silbidos tan fuertes que casi se le salió el casco.

Lea frenó justo antes de la cuerda. La bicicleta patinó un poco y quedó parada, temblando.

—¡¿Qué pasa?! —preguntó Lea, con los ojos muy abiertos.

Lupo se acercó, con el corazón golpeándole el pecho.

—Hay una tapa abierta y un cable. Es peligroso. Te has salvado por poco.

Lea miró la cinta azul y tragó saliva.

—Yo… no la vi. Iba pensando en… en nada. Solo en ir rápido.

Manolo dio un paso adelante.

—Fue culpa mía. Lo rompí y quise arreglarlo a escondidas. Perdón.

Lea frunció el ceño, luego soltó aire.

—Bueno. Lo importante es que nadie se lastime. ¿Qué hacemos?

Lupo sonrió un poco. Le gustaba cuando la gente decía “¿qué hacemos?” en lugar de “¿quién tiene la culpa?”.

—Vamos a avisar a la señora Oliva —dijo—. Tú puedes ir por la entrada y decirle que venga con la caja de herramientas grande.

Lea asintió y se fue, esta vez despacio, con la bici empujada a mano.

Nilo miró a Lupo.

—Buen silbido, ¿eh?

—Fue tuyo —dijo Lupo.

—Pero el plan era tuyo —respondió Nilo, inflando el pecho como un globo orgulloso.

Capítulo 5: El arreglo justo y la verdad sin esconderse

La señora Oliva llegó con una linterna enorme y una chaqueta con bolsillos infinitos. Lea venía a su lado, seria como si estuviera en una misión.

—¿Quién ha dejado esto así? —preguntó Oliva, mirando la tapa.

Manolo dio un paso al frente antes de que nadie hablara.

—Yo. Se me cayó la caja del farol. Quise arreglarla solo. Me dio vergüenza. Lo siento.

Oliva lo observó un segundo, como si pesara sus palabras.

—La vergüenza es pesada, Manolo. Pero no más que un accidente. Gracias por decir la verdad ahora.

Manolo parpadeó, sorprendido.

—¿No me va a gritar?

—Te voy a hacer trabajar —respondió Oliva—. Y aprender. Eso sirve más.

Oliva se agachó, revisó el cable sin tocarlo y sacó guantes especiales.

—Lupo, Nilo, buena idea la cuerda. Y la señal. Eso es responsabilidad.

Lupo sintió calor en las orejas. No de vergüenza. De alegría.

Mientras Oliva y Manolo aseguraban la tapa y desconectaban el circuito, Lea ayudó a sujetar la linterna. Nilo, desde abajo, iba diciendo:

—Un poquito a la izquierda… ahora… ¡clac!

El “clonc” desapareció. En su lugar hubo un silencio limpio. Luego, de golpe, se encendieron dos farolas cercanas. La luz cayó sobre el suelo como una manta dorada.

—Listo —dijo Oliva—. Mañana lo repararemos del todo con calma. Pero ahora está seguro.

Manolo respiró como si se quitara una piedra del pecho.

—Gracias… por no dejarme solo con mi torpeza.

Lupo miró la luna. Seguía allí, alta y clara. Pensó que, además de brújula, parecía un recordatorio: las cosas brillan más cuando no se esconden.

—A veces ser valiente es decir “me equivoqué” —dijo Lupo, casi para sí.

Nilo asintió.

—Y a veces es silbar como un tren.

Lea se rió.

—Ese silbido me ha salvado la nariz. Te debo una.

—Me debes… que mires por dónde vas —dijo Nilo, muy serio.

—Trato hecho —contestó Lea, y levantó la mano como juramento.

Capítulo 6: Regreso guiado por la luna y un parque saludado

El reloj del quiosco marcaba que faltaba poco para la cena. Lupo sintió un pequeño sobresalto.

—Tengo que volver —dijo—. Dejé una nota, pero igual.

Oliva asintió.

—Buen hábito. La familia también necesita saber que estás bien.

Manolo tomó la bicicleta tumbada.

—Esta es mía. Se me cayó el reflector. Lupo, ¿lo encontraste?

Lupo sacó la chapa brillante y se la dio.

—Estaba en la acera. La guardé porque era una pista.

Manolo sonrió, aliviado.

—Eres un detective con mochila.

Lupo se despidió. Nilo lo acompañó hasta la salida del parque.

—¿Sabes volver usando la luna? —preguntó el ratón, con un tono que intentaba ser despreocupado, pero no lo lograba.

Lupo levantó el hocico. La luna estaba sobre el tobogán, tal como había imaginado.

—Sí. Si la mantengo allí, a mi izquierda, llego a la esquina de la panadería. Y luego a casa.

Nilo dio un golpecito amistoso en su pata.

—Buen viaje, lobo-brújula.

Lupo caminó de regreso. El barrio parecía más amable. Las farolas ya no parpadeaban tanto. En la panadería, el olor seguía tentando, pero Lupo solo sonrió. Había aprendido algo más dulce que un bollo.

Al llegar a casa, la abuela Loba lo esperaba en la puerta, con los brazos cruzados y una ceja levantada.

—Volviste antes de cenar —dijo, revisando la nota en su mano—. Eso me gusta. ¿Y tu aventura?

Lupo contó todo, sin adornos peligrosos, pero con ojos brillantes. Habló del “clonc”, del cable, de la cuerda, de los tres silbidos, y de Manolo diciendo la verdad.

La abuela lo escuchó en silencio. Al final, le revolvió el pelo entre las orejas.

—Observaste la luna para orientarte. Y observaste tu responsabilidad para no perderte por dentro.

Lupo se quedó quieto un segundo, como si esa frase también fuera una estrella que quería guardar.

Después de cenar, volvió a asomarse a la ventana. El parque se veía a lo lejos, tranquilo, con dos farolas encendidas y sombras suaves bajo los árboles.

Lupo levantó una pata y la movió despacio.

—Buenas noches, parque.

Y el parque, desde lejos, pareció responder. No con palabras, sino con un susurro de hojas y una luz que parpadeó como un saludo.

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Libreta
Cuaderno pequeño donde se escribe o dibuja ideas y apuntes.
Brújula
Instrumento o idea para saber direcciones; ayuda a no perderse.
Reflector
Pieza brillante que devuelve la luz para ver o ser visto.
Rejilla
Reja o tapa con huecos que cubre un desagüe o conducto.
Desagüe
Canal o abertura por donde sale el agua hacia alcantarillas.
Neumático
Parte de goma que cubre la rueda de una bicicleta o coche.
Cinta adhesiva
Tira pegajosa que se usa para sujetar o arreglar cosas.
Caseta
Pequeña construcción o refugio donde vive o trabaja alguien.
Responsabilidad
Deber de cuidar algo y cumplir con lo que prometes.
Vergüenza
Sentimiento de miedo o pena cuando crees que hiciste mal.
Orientarme
Acción de saber hacia dónde ir usando señales como la luna.
Chaleco reflectante
Prenda con partes que brillan para ser visto en la oscuridad.

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