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Pequeños aventureros 11/12 años Lectura 16 min.

La pieza de la luz del faro

Alba, su taza Lino, Don Plátano y el gato Nube buscan una pieza perdida de un rompecabezas con un faro, siguiendo pistas por la cocina y enfrentando pruebas que les enseñan paciencia y valor.

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El personaje principal es una taza de porcelana color crema con liseré azul y una fina fisura en forma de sonrisa, mirada concentrada y amable, señalando delicadamente una pieza de puzzle azul sobre una mesa de madera clara; Alba, niña humana de unos 12 años, pelo castaño corto y expresión alegre y aliviada, está agachada junto a la mesa sosteniendo la pieza del faro lista para encajar; Don Plátano, una banana antropomórfica amarilla con una mancha marrón, divertido y orgulloso, aplaude desde una cesta de frutas a la izquierda; Nube, un gato gris y regordete con un trocito de cartón en el bigote, sentado en una silla detrás de Alba observa la escena; la cocina es cálida con rayos de sol oblicuos, migas, caja de puzzle abierta y piezas dispersas, un libro gordo al lado y un cajón entreabierto; momento del "clic" cuando la pieza del faro encaja, expresión de asombro y luz suave emanando del dibujo del faro, composición centrada, colores pastel vivos, contrastes suaves y líneas simples, ambiente de pequeño equipo de aventureros. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El mantel de los mapas

Lino era una taza de cerámica con una grieta fina en el borde, como una sonrisa tímida. Vivía en la cocina de la casa de Alba, en una estantería donde el sol llegaba por la mañana y dejaba un calorcito amable.

Lino era tranquilo. Le gustaba mirar sin prisa. Contar cucharillas. Escuchar cómo la nevera suspiraba. Y, sobre todo, le encantaban los rompecabezas.

No los hacía con manos, claro. Los hacía con ojos, con memoria y con paciencia. Alba, que tenía doce años y una risa rápida, le ponía el rompecabezas sobre el mantel y decía:

—Lino, hoy toca el del faro.

Lino se sentía importante. Porque Alba hablaba como si él pudiera ayudar. Y, de alguna manera, ayudaba.

Ese sábado, cuando el reloj dio las diez, algo raro pasó. Alba abrió la caja del rompecabezas y el aire olió a cartón limpio… y a misterio.

—¿Qué? —murmuró Alba, revolviendo—. Falta una pieza. No puede ser.

Lino se inclinó todo lo que pudo desde la estantería. Vio el hueco en la imagen del faro. Justo donde el haz de luz debía tocar el mar.

Sin esa pieza, el faro parecía un ojo cerrado.

—Tranquila —dijo una voz grave desde el frutero.

Era Don Plátano, un plátano con una mancha oscura que él llamaba “mi medalla de aventuras”.

—Seguro que está por ahí. Las piezas son como calcetines. Les encanta esconderse.

—No me hace gracia —respondió Alba, frunciendo el ceño—. Quiero terminarlo hoy.

Lino sintió un cosquilleo en la grieta. Si faltaba una pieza, el rompecabezas no era un rompecabezas. Era una pregunta.

Y a Lino le gustaban las preguntas.

—Yo la encontraré —dijo, con su voz de porcelana que sonaba a campanita.

Alba lo miró y sonrió, como si entendiera el plan aunque fuera imposible.

—Vale, equipo —dijo—. Operación “Luz del Faro”. Sin dramas. Con cabeza.

Don Plátano se estiró en el frutero, orgulloso.

—Y con snacks —añadió.

Lino no se rió fuerte, porque era una taza. Pero por dentro, sí.

Capítulo 2: La pista bajo la mesa

La cocina era el lugar más conocido del mundo. Pero ese día parecía un país nuevo.

Alba se agachó y encendió la linterna del móvil. La luz dibujó un túnel bajo la mesa. Las patas se convirtieron en columnas.

—Vamos por orden —dijo Alba—. Primero, suelo. Luego, sillas. Luego… el universo.

Lino bajó de la estantería con ayuda de Alba. Lo puso con cuidado sobre la mesa, cerca del rompecabezas incompleto. Lino observó la caja. Un dibujo de faro, nubes y gaviotas. Nada más.

Don Plátano rodó un poco hacia el borde del frutero.

—Yo puedo vigilar desde aquí. Tengo vista panorámica.

—Tú tienes vista a los limones —contestó Alba.

—Los limones cuentan cosas —susurró Don Plátano, muy serio—. Pero en ácido.

Alba buscó bajo la mesa. Encontró migas, un lápiz y un pequeño ejército de pelusas.

—Nada —dijo.

Lino miró la silla de Alba. En una pata había pegada una pegatina vieja de estrella. Una estrella. Un faro. Una pista, quizá.

—Mira ahí —indicó Lino, señalando con su borde hacia la pegatina.

Alba se acercó.

—¿Crees que está pegada? —preguntó, y pasó la mano por la madera.

No era una pieza. Pero había algo más: una rayita de cartón asomando entre el asiento y el cojín.

—¡Ajá! —Alba tiró con cuidado.

Sacó… un trozo de cartón. Pero era de una caja de cereales.

—Falso tesoro —dijo Don Plátano—. Eso pasa en las mejores expediciones.

Alba suspiró, pero no se rindió. Se levantó, tomó aire y miró la cocina como si fuera un mapa.

Lino la admiraba. Tenía ese tipo de valor que no grita. Solo insiste.

—Quizá cayó al suelo y alguien la llevó en un zapato —dijo Alba.

—O en una pata de gato —añadió Don Plátano.

En ese momento, apareció Nube, el gato de la casa. Entró como si fuera dueño de todo, con la cola alta y cara de “no he hecho nada”.

—Nube —dijo Alba, estrechando los ojos—. ¿Tú sabes algo del faro?

Nube parpadeó. Se sentó. Se lamió una pata. Eso, en lenguaje gato, era: “¿Qué faro? Yo solo soy belleza”.

Lino observó un brillo en el bigote de Nube. Un hilito de cartón.

—Alba… —susurró Lino—. Mira su bigote.

Alba se inclinó. Nube hizo un “mrrr” ofendido, pero no huyó. Alba tomó el hilito con dos dedos.

Era una esquina de pieza. Solo una esquina. Como si la pieza hubiera sido mordisqueada por el mundo.

—No es la nuestra —dijo Alba, al verla—. Pero estamos cerca. Muy cerca.

Y esa “cerca” sonó como una puerta abriéndose.

Capítulo 3: La isla de los cajones

Alba declaró la siguiente zona de búsqueda: los cajones. Para Lino, los cajones eran islas oscuras llenas de cosas olvidadas. Una moneda vieja. Un botón sin camisa. Un sacacorchos que parecía un dragón dormido.

—Exploración con cuidado —ordenó Alba—. Nada de revolver como tornados.

Don Plátano se ofendió.

—Yo nunca he sido un tornado. Soy más bien una brisa tropical.

Alba abrió el primer cajón. Cubiertos alineados como soldados. Nada.

Segundo cajón. Servilletas, velas pequeñas, un paquete de pilas.

—Esto parece la tienda de un explorador —dijo Alba.

Lino vio algo: una bolsita transparente con piezas sueltas… de otro rompecabezas, uno de mil piezas que Alba empezó el verano pasado y abandonó con un “mañana lo sigo”.

—Aquí no —dijo Alba—. Este es el rompecabezas del aburrimiento eterno.

En el tercer cajón, encontraron un cuaderno de Alba y, encima, un sobre de papel.

—¿Y esto? —Alba lo abrió.

Dentro había una nota escrita con letra de su madre:

“Para cuando necesites un poquito de luz. (No es magia… bueno, un poco sí.)”

Y, pegada a la nota con cinta, una pieza de rompecabezas.

Alba se quedó quieta. Luego soltó una risa corta.

—¡Mamá! —gritó hacia el pasillo—. ¿En serio?

Desde el salón llegó una voz:

—¡No mires! ¡Spoiler!

Alba corrió, pero volvió a los dos segundos, con la pieza en la mano como si fuera un diamante.

Lino la examinó. Era azul y blanca. Parecía cielo.

—No encaja —dijo Alba al probarla en el hueco del faro.

Se le cayó la sonrisa.

Don Plátano carraspeó.

—A ver… quizá tu madre dejó una pista, no la solución. Los adultos hacen eso. Les encanta.

Alba miró la nota otra vez. “Para cuando necesites un poquito de luz.” Y el rompecabezas era un faro. Luz.

—Es una señal —dijo Alba, más animada—. La pieza de verdad tiene que estar donde haya luz.

Lino pensó en la cocina. En los reflejos. En el microondas que devolvía una cara deformada. En la ventana. En el balcón.

Y en algo más: el cajón de las cosas “importantes”, el que tenía una etiqueta que decía “NO TOCAR”. Esa etiqueta, por supuesto, era una invitación.

Alba se mordió el labio.

—No deberíamos… —empezó.

Don Plátano se inclinó.

—A veces el valor es abrir un cajón con respeto. Y cerrar con respeto también.

Lino asintió. El valor no era romper reglas por deporte. Era elegir bien.

Alba caminó hasta el cajón “NO TOCAR”. Lo abrió despacio.

Dentro había una linterna pequeña, cables, una caja de cerillas y… una bolsita con piezas de rompecabezas.

—¡Aquí! —dijo Alba, emocionada—. ¡Aquí es donde mamá guarda las cosas que “no se pierden”!

Lino miró la bolsita. Había piezas de varios rompecabezas. Como un cementerio de cielos, mares y praderas.

Alba volcó las piezas sobre la mesa. El sonido fue como lluvia de cartón.

—Ahora toca paciencia —dijo Lino.

—Paciencia tengo —dijo Don Plátano—. Lo que me falta es pulgar oponible.

Alba empezó a separar por colores. Azul. Blanco. Gris. Marrón. Y, entre ellas, una pieza con una línea amarilla, como un rayo.

—Esa… —susurró Lino.

Alba la levantó.

En la pieza se veía un trocito del haz de luz del faro.

—Vamos —dijo Alba—. Vamos a casa.

Como si estuvieran lejos, aunque solo estaban en la cocina.

Capítulo 4: El pasillo del viento

Cuando Alba intentó encajar la pieza, no entró.

—¿Qué? —Alba apretó un poco—. No, no, no… ¡Es esta!

Lino observó. La forma era casi perfecta, pero una esquina estaba doblada hacia abajo, como una pestaña cansada.

—Está herida —dijo Lino, suave—. Se dobló en algún viaje.

Alba dejó la pieza en la mesa como si fuera un pájaro mojado.

—Entonces no sirve —murmuró, y por primera vez su voz sonó pequeña.

Don Plátano rodó desde el frutero hasta quedar cerca de la mesa. Fue un viaje épico de veinte centímetros.

—Oye. Las cosas dobladas no están rotas. Solo necesitan un plan.

Alba lo miró. Lino también. Don Plátano podía ser dramático, pero a veces acertaba.

—¿Qué plan? —preguntó Alba.

Lino miró alrededor. Vio un libro pesado de cocina. Vio papel de horno. Vio un vaso con agua. Vio la ventana abierta, por donde entraba una brisa que olía a ropa limpia.

—Podemos alisarla —dijo Lino—. Con cuidado. Con peso. Y tiempo.

—Tiempo tenemos —dijo Alba, pero sonó como si el tiempo fuera un enemigo.

—El tiempo también ayuda —dijo Lino—. Si lo tratas bien.

Alba colocó la pieza entre dos trozos de papel de horno. Encima puso el libro más grueso.

—Queda oficialmente en spa —anunció Don Plátano—. Masaje de páginas.

Alba soltó una risita. Un poquito de luz, como la nota.

Mientras esperaban, Alba se sentó y miró el rompecabezas incompleto. El faro seguía sin su haz. Como si quisiera hablar y no pudiera.

—Me da rabia —confesó—. Por una pieza tonta.

—No es tonta —dijo Lino—. Es la pieza de la luz.

Don Plátano asintió, solemne.

—Y la luz se gana. No se compra.

Alba apoyó la barbilla en las manos.

—A veces siento que si no termino algo, es como si yo… tampoco.

Lino se quedó quieto. Una taza no sabía de notas escolares ni de grupos de amigos. Pero sí sabía de grietas. Y de seguir siendo útil con una grieta.

—Alba —dijo—. Yo tengo una grieta y sigo aquí. Sirvo chocolate. Escucho secretos. No me caigo por eso.

Alba lo miró con los ojos un poco brillantes, pero sonrientes.

—Eres mi taza favorita —dijo, y le dio un toque suave con el dedo, como un saludo.

Don Plátano carraspeó.

—Yo soy el plátano favorito de alguien. Estoy seguro. En algún lugar.

Esperaron. Hablaron de tonterías. De Nube, que se creía espía. De cómo las cucharillas siempre desaparecían. Del misterio de los calcetines.

El libro descansó encima del papel como un guardián paciente.

Al cabo de un rato, Alba levantó el libro con cuidado. Sacó la pieza.

La esquina estaba más recta. No perfecta, pero mejor.

—Ahora —dijo Alba, decidida.

Lino sintió que la cocina entera contenía el aliento.

Capítulo 5: La luz que encaja

Alba colocó la pieza sobre el hueco del faro. Giró un poquito. Bajó con suavidad.

Clic.

El sonido fue pequeño, pero en la cabeza de Lino sonó como una campana enorme. La imagen quedó completa: el faro, el mar oscuro, y el haz de luz atravesando la noche como un camino.

—¡Sí! —Alba levantó los brazos—. ¡Sí, sí, sí!

Don Plátano aplaudió… de una manera difícil para un plátano. Básicamente vibró de emoción.

—¡Tenemos luz! —gritó—. ¡Que lo sepa el océano!

Nube, que estaba en la puerta, maulló como si él también hubiera encajado la pieza con sus bigotes.

Alba se inclinó sobre el rompecabezas terminado. Lo miró despacio, como si el faro pudiera guiñarle un ojo.

—Gracias —susurró.

—A ti —dijo Lino—. Tú lo hiciste. Con calma. Con cabeza. Y sin rendirte cuando la esquina estaba doblada.

Alba se rió.

—Eso suena a frase de galleta de la suerte.

—Pues funciona —dijo Don Plátano—. Yo soy básicamente una galleta de la suerte con cáscara.

Alba llamó a su madre. Su madre apareció en la puerta, con un paño en la mano y cara de “yo no he sido”.

—¿Lo terminaste? —preguntó.

—Sí —dijo Alba—. Y encontré tu pista secreta.

Su madre se encogió de hombros.

—A veces la vida es un rompecabezas —dijo—. Y a veces una madre también.

Alba le dio un abrazo rápido.

—Te perdono, pero solo porque escondiste luz.

Su madre miró a Lino y a Don Plátano, como si entendiera el equipo sin que nadie lo explicara.

—Buen trabajo, exploradores —dijo.

Alba miró el rompecabezas y luego miró a la mesa, como si pensara en algo más grande que una imagen.

—¿Sabes qué? —dijo—. Tengo piezas sueltas de otros rompecabezas. Podríamos hacer una caja para donar. En el centro juvenil siempre buscan juegos completos.

Don Plátano soltó un suspiro feliz.

—Generosidad. Mi vitamina favorita.

Lino sintió que su grieta, por un instante, parecía menos grieta y más sonrisa.

Alba empezó a separar las piezas que no eran del faro, guardándolas en una bolsa con cuidado, como si cada una tuviera su propia historia.

—No todo tiene que quedarse aquí —dijo—. Si a alguien le falta una pieza, quizá esta sea la suya.

Lino miró el faro terminado. La luz apuntaba hacia el mar. Y, de alguna manera, también apuntaba hacia fuera, hacia otros.

Capítulo 6: El saludo del equipo

Ya era tarde. La cocina tenía olor a cena y a misión cumplida. Alba dejó el rompecabezas en una bandeja para que no se desarmara y lo llevó al salón para enseñárselo a su padre.

—¡Mira! —dijo—. ¡Conseguimos la pieza!

—¡Qué bien! —respondió su padre—. Ese faro parece de verdad.

Alba volvió a la cocina. Se apoyó en la encimera y miró a Lino.

—Gracias por estar —dijo.

Lino se sintió cálido, como cuando le servían cacao.

Don Plátano, ya un poco más maduro y orgulloso, dijo:

—Cuando quieras, hacemos otra expedición. Pero la próxima, sin pelusas gigantes. Me traumaron.

Alba soltó una carcajada.

—Trato hecho.

Lino miró a su pequeño equipo: Alba, con su curiosidad valiente; Don Plátano, con su humor y sus ideas raras; Nube, que estaba lamiéndose como si todo hubiera sido su plan desde el principio; y él, Lino, tranquilo y atento, contento de encajar cosas.

—Equipo —dijo Alba, levantando la mano como si fuera una capitana de barco—. ¿Saludamos?

—Saludamos —dijo Don Plátano.

Nube maulló, que era su manera de aceptar sin firmar nada.

Lino inclinó su borde con elegancia.

—Buenas noches —dijeron, y fue un saludo simple, pero lleno de luz.

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Grieta
Una abertura fina en un objeto, como una línea donde está partido o débil.
Cerámica
Material duro hecho con arcilla y cocido, usado para tazas y platos.
Estantería
Mueble con baldas donde se colocan cosas como libros o tazas.
Frutero
Recipiente donde se ponen frutas para tenerlas en la cocina.
Hueco
Espacio vacío en una superficie o entre objetos, como un lugar sin pieza.
Bolsita
Pequeña bolsa de plástico o tela que guarda objetos o piezas.
Linterna
Aparato que da luz portátil, funciona con pilas o baterías.
Paciencia
Capacidad de esperar sin enfadarse y de intentar con calma.
Exploración
Acción de buscar y mirar con atención para encontrar algo.
Haz de luz
Rayo de luz concentrado que sale de un faro o foco.
Etiqueta
Papel o señal pegada a algo que indica nombre o aviso.

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