Parte 1. Una noche de brujitas y sorpresas
La luna estaba redonda y brillante. En la calle, las hojas crujían bajo los pies pequeños de Marta. Tenía cinco años, pelo castaño y unas ganas enormes de que Halloween fuera hoy diferente.
Marta llevaba un disfraz de brujita: vestido morado, gorro puntiagudo y una varita mágica de cartón, pintada con estrellitas plateadas. Pero no era una brujita cualquiera: este año, tenía un plan especial. En su pequeña mochila, guardaba un paquete de estrellas fosforescentes. Su misión era pegarlas por toda la casa para que, al oscurecer, las paredes se llenaran de lucecitas mágicas y los sustos de Halloween no dieran tanto miedo.
—Esta noche voy a hacer brillar hasta la sombra más escondida —dijo Marta, sonriendo mientras apretaba la mochila.
El viento movía las ramas y jugaba con el sonido de los gatos que saltaban por los tejados. Marta sentía un cosquilleo en la barriga, de esos que mezclan emoción y un poquito de miedo. Solo un poquito.
Cuando entró en su casa, apagó la luz del pasillo para ver mejor. Las sombras bailaban. Marta notó que su corazón se aceleraba, pero su curiosidad fue más fuerte.
—¡Un buen lugar para la primera estrella! —susurró. Pegó una estrellita verde justo encima del marco de la puerta. Brillaba con un resplandor suave.
De repente, escuchó un “cric crac” en la cocina. Marta se quedó quieta, como una estatua. Pero enseguida se escuchó un “miau” travieso: era Tofu, su gato naranja, que andaba buscando su cena.
—¡Ay, Tofu! Me has asustado más que un fantasma —le dijo Marta, soltando una risa bajita.
Parte 2. El pasillo de las mil sombras
Marta siguió con su misión. Caminó de puntillas hasta el pasillo largo. Allí, las sombras se estiraban y se encogían cuando pasaba. Parecían monstruos, pero Marta ya sabía el truco: acercó su varita y les habló en voz queda.
—No sois monstruos de verdad. Solo sois sombras bailando.
Entonces, pegó una estrella justo al final del pasillo. Otra en el pomo de la puerta. Y una más, cerquita del perchero donde mamá cuelga los abrigos. Las estrellas empezaron a brillar, y el pasillo que antes daba miedo ahora parecía un camino de aventuras luminoso.
Escuchó un “¡toc toc!” en la ventana. Marta dio un saltito del susto. Pero al mirar, solo vio a su vecino Hugo, disfrazado de vampiro pero con colmillos de cartón que se caían todo el rato.
—¿Puedo ayudarte, Marta? —preguntó.
—Claro, pero ten cuidado… ¡Mis estrellas no muerden! —respondió Marta, riendo.
Hugo ayudó a pegar más estrellas, y entre los dos, el pasillo se llenó de pequeños soles verdes y amarillos. Jugaban a que eran exploradores descubriendo un tesoro brillante.
Parte 3. El rincón secreto y la última estrella
Solo quedaba un sitio por iluminar: el rincón detrás del sofá. Allí, Marta siempre creía que vivía un monstruo dormilón. Nunca había mirado debajo, pero esta noche, sentía que tenía la valentía suficiente.
—Hugo, ¿tú crees que hay un monstruo de verdad ahí? —preguntó en voz baja.
—Si hay un monstruo, será uno que quiere ver estrellas —dijo Hugo con una sonrisa traviesa.
Juntos, apartaron un poco el sofá. El rincón estaba oscuro y polvoriento, pero tranquilo. No había monstruo, solo una pelusa grande y redonda. Marta y Hugo se rieron.
—¡Le pondremos una estrella para que sueñe bonito! —dijo Marta.
Pegaron la última estrella. De repente, el rincón se llenó de luz suave y mágica. Hasta Tofu vino a olisquearla y terminó acurrucado en el rincón iluminado.
Parte 4. Un descanso merecido
Cuando terminaron la misión, mamá llamó desde la cocina:
—¡Venid, aventureros, la merienda está lista!
Marta y Hugo fueron corriendo. Había galletas en forma de fantasmas y leche dibujada con caramelo. Comieron, charlaron y rieron, contando lo valientes que habían sido.
Después, Hugo se despidió y mamá ayudó a Marta a ponerse el pijama. Desde la cama, Marta miraba a su alrededor: las estrellas brillaban por toda la casa, haciendo que las sombras se fueran a dormir.
Mamá se sentó a su lado, le acarició el pelo y le dijo:
—Qué bonito has hecho todo, mi pequeña brujita curiosa.
Marta sonrió, cerró los ojos y escuchó la voz suave de mamá:
—Hoy has hecho brillar toda la casa. Y ahora… ¡buen descanso, tesoro!