La capa perdida
Mateo tenía cinco años y una linterna en la mano. La noche olía a hojas calientes. El viento cantaba entre los árboles. Caminaba despacio porque era Halloween. Todo brillaba con calabazas y luces.
En un rincón del parque vio algo rojo. Era una capa pequeña, con puntitos de plata. Se movía como si tuviera vida. Mateo la tocó. Estaba suave y fría. Sonrió.
—Hola, capa —murmuró—. ¿De quién eres?
La capa no habló. Pero de su dobladillo salió un susurro leve, como si alguien riera a lo lejos. Mateo sintió un cosquilleo en la barriga. No tenía miedo. Tenía curiosidad.
Una niña con alas de murciélago pasó volando y dijo:
—Esa capa parece mágica.
—¿Para quién es? —preguntó Mateo.
—Debe tener dueño —dijo la niña—. A veces las capas se pierden en Halloween.
Mateo decidió: la devolvería.
El paseo de Halloween
Mateo siguió las pistas. La capa brillaba cuando pasaban cerca de una casa. Se pegó al hombre de la casa de las calabazas. Luego voló hacia la esquina donde vivía la señora del té. Mateo la levantó y la sostuvo con cuidado.
La capa susurró otra vez. Esta vez se oyó como hojas que aplauden. Mateo escuchó una voz pequeñita:
—¿Puedes ayudarme, por favor?
Mateo miró a su alrededor. No vio a nadie. La capa tembló y se abrió un poco. Dentro había una nota, casi invisible.
"Devuélveme a la Torre del Reloj antes de la medianoche."
Mateo tragó saliva. La Torre del Reloj estaba en el parque. Era alta y tenía luces como ojos.
Caminaron juntos. Mateo era pequeño. La capa le rozaba la cara como una gata amable. La noche era fresca. Olía a chocolate y a manzanas. Se oían risas. A veces, una figura vestida de fantasma pasaba y las hojas se enredaban en su disfraz. Mateo seguía. La capa guiaba.
De pronto, una araña con sombrero se colgó delante de ellos.
—¡Buu! —dijo la araña con voz grave—. ¿Quién viene por mi puente de telarañas?
Mateo se rió.
—Soy Mateo. Tengo que devolver esta capa.
La araña inclinó su sombrero.
—Pasa. Pero responde una adivinanza.
Mateo no lo pensó mucho. Le gustaban las adivinanzas.
—¿Qué tiene patas pero no camina?
Mateo pensó en patas de mesa.
—¡Una mesa! —dijo.
La araña aplaudió con sus patas pequeñas. La dejó pasar. Esa fue la primera mini-aventura.
Más adelante, un pequeño fantasma con gafas se les acercó.
—Yo cuido la luz del farol —dijo—. Si la capa es muy mágica, podría volverse traviesa.
La capa brilló como una estrella. Mateo la abrazó.
—No creo que sea traviesa —dijo—. Creo que está asustada.
El fantasma sonrió.
—Entonces venga con nosotros. La curiosidad es buena. Pero no la pierdas.
Siguieron. Las lámparas olían a caramelo. Un gato con una bufanda habló en voz baja:
—Si la capa quiere volver a casa, debe decir "gracias" cuando la devuelvan.
Mateo repitió la palabra en su cabeza: gracias. La capa se movió como si estuviera de acuerdo.
Cerca de la Torre del Reloj, la niebla se puso juguetona. Aparecieron sombras que parecían árboles bailando. Algo rozó el zapato de Mateo. Era una calabaza pequeñita con ojos curiosos.
—¿Te asustas? —preguntó la calabaza.
Mateo miró la Torre. La campana marcaba casi la medianoche. Supo que tenía que moverse rápido.
La devolución y la lista
Al llegar a la base de la Torre del Reloj, una figura muy pequeña esperaba. No era ni un fantasma ni un niño. Era una bruja diminuta, con nariz chiquita y sonrisa grande. Llevaba una mochila y dos botas que chirriaban como hojas.
—¿Esa capa es mía? —preguntó la bruja con voz temblorosa.
La capa saltó hacia la bruja, como si hubiera esperado mucho tiempo. Se envolvió en su cuello y brilló fuerte. La bruja soltó una pequeña lágrima.
—La perdí cuando recogía estrellas —contó—. Gracias por encontrarla.
Mateo se sonrojó. Le hizo cosquillas la emoción.
—¿Te dan miedo las sombras? —preguntó la bruja.
—Un poco —admitió Mateo—. Pero me gusta saber qué hay detrás.
La bruja rió.
—Esa es la curiosidad que necesitamos. La curiosidad hace amigos con la noche.
De repente, la capa dio un brinco y mostró algo escondido en su forro: una moneda tiny con una cara sonriente. Brilló y se convirtió en una luz pequeña que subió y encendió la torre. La campana sonó tres veces. La niebla se transformó en confeti. Un coro de pequeñas voces dijo:
—¡Gracias, Mateo!
La bruja le ofreció una galleta de luna y le dio una medalla hecha de tela.
—Por ser curioso y amable —dijo—. Y por devolver mi capa.
Mateo se sintió orgulloso. Volvió a casa con las manos vacías y el corazón lleno.
Antes de irse, la bruja sacó un papel. Lo puso sobre una piedra y dijo:
—Para recordar lo que hiciste. Una lista es buena para los recuerdos.
La lista tenía casillas. Mateo leyó en voz alta y marcó con su dedito cada una.
✓ Encontrar la capa roja.
✓ Preguntar con amabilidad.
✓ Pasar por la telaraña y responder la adivinanza.
✓ Seguir la luz hasta la Torre del Reloj.
✓ Devolver la capa a su dueña.
✓ Decir "gracias" y recibir una galleta.
✓ Aprender que la curiosidad hace amigos.
La bruja aplaudió. La noche ya no daba miedo. Daba ganas de explorar. Mateo comprendió que si mira con ojos curiosos, la oscuridad está llena de sorpresas tiernas.
Se despidió de la capa, de la bruja y de sus nuevos amigos. La ciudad se iba dormitando. Las calabazas bostezaban. Mateo volvió a su cama con la medalla en la mesita. Soñó con capas que van y vienen, con pequeñas aventuras y con muchas preguntas.
Cuando cerró los ojos, pensó en la lista. Sonrió. Sabía que la curiosidad le mostraría más caminos mañana. Y si alguna capa se perdía otra vez, él estaría listo para ayudar.