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Cuento sobre la Pascua 7/8 años Lectura 14 min.

Las cáscaras mágicas de Pascua y el secreto de la paciencia

Lola dibuja símbolos en cáscaras de huevo que parecen marcar un orden, y su familia sigue esos pasos con paciencia y asombro; juntos descubren que la atención y la calma transforman la Pascua en algo especial.

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Niña de 8 años, alegre y concentrada, con coletas castañas claras y ojos avellana, vestida con vestido de lunares amarillos y un delantal manchado de pintura, pinta símbolos coloridos (sol, espiral, flecha, punto, estrella) sobre cáscaras de huevo alineadas en una mesa de madera; a la izquierda, su hermano de 5 años, excitado y curioso, con el pelo castaño despeinado y camiseta verde, listo para coger una cáscara pero contenido; detrás de la niña, la abuela de unos 70 años, dulce y sonriente, con moño gris y gafas redondas, apoya la mano en su hombro; al fondo junto a la ventana, el padre de unos 35 años, cómico y afable, con barba corta y camisa a rayas, sostiene una cesta de mimbre y mira con cariño; cocina interior soleada y cálida con una gran ventana que deja entrar un rayo dorado, mesa de madera clara, toallas coloridas, alfombra de cuadros azul, caja con huevos de chocolate y lazos; momento sereno antes de la búsqueda de Pascua, símbolos brillan sutilmente, atmósfera suave en tonos pastel con pinceladas visibles y pequeños confetis cayendo. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La mesa, las cáscaras y un lápiz travieso

Lola tenía siete años y una risa que parecía hacer cosquillas al aire. Aquella mañana de Pascua, la cocina olía a pan tostado y a chocolate, y en la mesa había un cuenco lleno de cáscaras de huevo limpias y secas.

“Mamá, ¿por qué guardamos las cáscaras? ¿No son basura con forma de barco?” preguntó Lola, levantando una como si fuera un sombrero.

“Porque hoy vamos a pintarlas. Tu abuela dice que las cáscaras guardan secretos si las tratas con cariño”, respondió mamá, guiñándole un ojo.

Papá entró con una bolsa de chocolatinas y cantó como si fuera un gallo: “¡Coo-coo-chocolateee!”

“Papá, los gallos no cantan ‘chocolate'”, se rió Lola.

“Este sí. Es un gallo de Pascua”, dijo él, muy serio, pero con migas de risa en la comisura.

Lola se sentó, sacó sus rotuladores y su lápiz favorito, uno amarillo con una nube dibujada. Empezó a trazar símbolos en las cáscaras: un sol, una espiral, una flecha, un puntito y una estrella. Los hacía despacio, con la lengua asomando un poco por concentración.

“¿Qué estás dibujando?” preguntó su hermano Nico, que tenía cinco años y curiosidad de gato.

“Símbolos”, dijo Lola con voz importante.

“¿Y para qué sirven?”

Lola miró sus cáscaras. No sabía exactamente para qué… pero sentía algo, como una cosquilla suave en los dedos.

“Para… para poner orden”, inventó, y se quedó pensando. “Mira: primero el sol, luego la espiral, luego la flecha. Es como… una receta.”

Nico abrió los ojos como platos. “¿Una receta de chocolate?”

“¡Ojalá!” dijo Lola. “Pero no. Creo que es un orden que hay que respetar.”

Justo cuando terminó la estrella, la cáscara hizo un “tinc” muy pequeñito, como si un duendecillo hubiera tocado una campana invisible.

Lola parpadeó. “¿Has oído eso?”

Nico acercó la oreja a una cáscara. “Yo oigo… mi oreja.”

Mamá se rió. “A lo mejor las cáscaras están contentas.”

Lola colocó las cáscaras en fila sobre la mesa: sol, espiral, flecha, punto, estrella. En cuanto la fila quedó perfecta, una brisa dulce pasó por la cocina y movió una servilleta.

“¡El viento de la Pascua!” anunció papá, dramático, como si presentara un espectáculo.

Lola no dijo nada, pero su lápiz amarillo parecía más calentito. Y, por dentro, ella también.

Capítulo 2: El orden de las cáscaras y la prueba de la paciencia

Después del desayuno, Lola llevó su fila de cáscaras al salón. Allí estaba la cesta de Pascua, vacía todavía, esperando como un nido.

La abuela llegó con un delantal lleno de manchas de pintura. “¡Mis pollitos!” saludó. “¿Listos para el gran día?”

“¡Sí!” gritó Nico.

Lola mostró sus cáscaras. “Abuela, mira. He dibujado símbolos y… creo que dicen el orden de algo.”

La abuela se ajustó las gafas y miró muy de cerca. “Mmm… sol… espiral… flecha… punto… estrella. Esto parece un mapa de juegos antiguos.”

“¿Juegos?” Nico dio un saltito.

“Juegos tranquilos”, aclaró la abuela, levantando un dedo. “En Pascua hay emoción, sí, pero también paciencia. La paciencia es como esperar a que el chocolate se derrita sin meter el dedo.”

Papá levantó la mano. “Yo he fallado esa asignatura.”

“¡Papá!” dijo mamá, riéndose.

La abuela se inclinó hacia Lola. “Vamos a probar algo. Si los símbolos marcan un orden, lo seguiremos. Pero sin correr. El orden se respeta y el corazón también.”

Lola tragó saliva, emocionada. “¿Qué hacemos primero? ¿El sol?”

La abuela señaló la ventana por donde entraba la luz. “El sol pide… luz. Vamos a poner la cesta donde le dé un rayito.”

Lola llevó la cesta cerca de la ventana. La luz cayó dentro como una manta dorada. Entonces, desde la cocina llegó un olor más fuerte a chocolate, como si el aire dijera “¡hola!”

Nico olfateó. “¡El sol huele a huevo de chocolate!”

Mamá trajo un paquete de cintas de colores. “Segundo símbolo: la espiral.”

“¿Espiral es dar vueltas?” preguntó Nico, ya girando sobre sí mismo.

“Sí, pero sin marearte”, dijo la abuela, sujetándolo con cariño. “La espiral pide enrollar.”

Lola enrolló una cinta rosa alrededor del asa de la cesta, despacio, como si abrazara el aire. La cinta brilló un poquito, solo un poquito, como cuando el agua juega con el sol.

“¡He visto una chispa!” dijo Lola.

“Ha sido tu imaginación de artista”, respondió mamá, pero sus ojos también habían visto algo y se hicieron redondos un segundo.

La flecha era el tercer símbolo. La abuela miró el pasillo. “La flecha señala un camino. Vamos a buscar las pistas… siguiendo una dirección.”

“¡Yo quiero ir el primero!” dijo Nico.

“Primero Lola”, dijo la abuela con suavidad. “Porque ella dibujó los símbolos.”

Nico infló las mejillas. “Pero yo soy rápido.”

“Y eso está genial para correr en el parque”, dijo Lola. “Aquí… hay que ir en orden.”

Nico cruzó los brazos. “¿Y si el chocolate se escapa mientras esperamos?”

Papá se agachó a su altura. “El chocolate no tiene piernas. Bueno… excepto las chocolatinas con forma de conejo, pero esas saltan poquito.”

Nico soltó una risa. “Vale.”

El cuarto símbolo era un punto. La abuela dijo: “El punto es parar. Un momento de calma.”

Lola se quedó quieta en mitad del pasillo. Todos se quedaron quietos con ella. Incluso el reloj pareció hacer “tic… tic…” más bajito.

“Esto es raro y divertido”, susurró Nico.

“Shhh, que el punto escucha”, susurró Lola, y los dos se taparon la boca para no reír demasiado.

Por último, la estrella. La abuela levantó las manos como si presentara un truco de magia. “La estrella es celebrar. Cuando lleguemos al final del camino, haremos algo especial.”

“¿Cantar?” preguntó mamá.

“¿Bailar?” preguntó papá, ya moviendo los pies.

“¿Comer?” preguntó Nico, muy serio.

Lola miró la última cáscara, la de la estrella, y sintió otra cosquilla en los dedos. “Creo que la estrella es… descubrir.”

Y siguieron la flecha: hacia el salón, luego a la alfombra grande, la de cuadros azules que siempre parecía un mar cuadradito.

Capítulo 3: La alfombra que guardaba risas

Lola se arrodilló junto a la alfombra. “Aquí termina la flecha. Y aquí hicimos el punto.”

Todos se quedaron quietos otra vez. Lola respiró hondo, como si estuviera escuchando un secreto.

“¿Y la estrella?” preguntó Nico, ya medio saltando.

“La estrella es el final bonito”, dijo la abuela. “Pero hay que hacerlo bien. Sin arrancar, sin romper, sin enfadarse. La paciencia abre puertas que la prisa ni ve.”

Lola tocó la alfombra. Estaba un poco tibia por el sol. En una esquina había una pequeña arruga, como una ola.

“Creo que… hay algo debajo”, dijo Lola.

Nico se lanzó a levantar la alfombra.

“¡Punto!” dijo Lola, rápida. “El punto todavía. Espera.”

Nico se quedó congelado con las manos en el aire. “¡Pero mi mano ya está lista!”

“Tu mano puede esperar”, dijo la abuela, y le guiñó un ojo. “Mira, haremos esto: contamos hasta diez. Despacito. Como si cada número fuera una gota de miel.”

“¿Miel con chocolate?” preguntó Nico.

“Con lo que quieras”, dijo papá.

Lola empezó: “Uno…”

Nico apretó los labios para no decirlo a toda velocidad.

“Dos…”

Mamá puso una mano en el hombro de Lola.

“Tres…”

La luz de la ventana parecía más brillante.

“Cuatro…”

La cesta de Pascua, cerca del sol, esperaba.

“Cinco…”

Lola sintió que su corazón iba tranquilo, como un barco sin prisa.

“Seis…”

Nico movió un pie, pero no se lanzó.

“Siete…”

Papá susurró: “Mi gallo de Pascua está orgulloso.”

“Ocho…”

La abuela sonrió con ojos de fiesta.

“Nueve…”

“Diez”, dijo Lola.

“Ahora sí”, dijo la abuela. “Estrella.”

Lola miró a Nico. “¿Lo hacemos juntos?”

Nico asintió. “Juntos.”

Los dos levantaron una esquina de la alfombra con cuidado. No había monstruos, ni nada que diera miedo. Solo… una cajita de cartón con un dibujo de conejo y un lazo verde.

“¡Una caja!” gritó Nico.

“Una sorpresa”, corrigió mamá.

Lola abrió la cajita. Dentro había huevos de chocolate, pero también pequeños huevos de colores de plástico con mensajes enrollados. Uno decía: “Ríe”, otro: “Comparte”, otro: “Espera un poquito y verás.”

Nico sacó un huevo de chocolate y lo abrazó como si fuera un tesoro. “¡Mi nuevo mejor amigo!”

Papá fingió celos. “¿Y yo qué?”

“Eres mi segundo mejor amigo”, dijo Nico, masticando una risita.

Lola encontró un último mensaje, escrito con letra redondita: “El orden trae calma. La calma trae magia.”

Lola miró sus cáscaras. “Entonces… ¿mis símbolos funcionaron de verdad?”

La abuela tocó el lápiz amarillo de Lola. “La magia a veces está en los objetos… y a veces en quien los usa. Tú dibujaste con atención. Y la atención es una forma de querer.”

Mamá añadió: “Y de ser paciente.”

Lola sonrió. “Me gusta ser paciente… aunque a veces me dan cosquillas por correr.”

“Las cosquillas también se pueden ordenar”, dijo la abuela. “Primero una risa, luego otra.”

Capítulo 4: El tapiz sacudido y la Pascua en el aire

Todos llevaron la cajita y los huevos a la mesa del salón. Lola colocó los chocolates en la cesta iluminada por el sol, con la cinta en espiral. Nico quería comerse uno ya mismo.

“Puedo esperar… un poquito”, dijo, hinchando el pecho.

“Eso es”, dijo Lola. “Como el punto.”

Papá se acercó a la alfombra. “Ahora que ya sabemos el secreto… toca la parte final de cualquier aventura doméstica.”

“¿Cuál?” preguntó Nico.

Papá agarró la alfombra por dos puntas. “¡Sacudirla!”

Mamá levantó las cejas. “Papá, no la sacudas como si fuera una tormenta.”

“Será una brisa elegante”, prometió él, muy convencido.

La abuela se rió. “Sacudir un tapiz también es tradición. Se va lo viejo, se queda lo bueno… y aparece lo que estaba escondido.”

Lola se acercó. “Yo también quiero.”

Entre los tres —papá, Lola y Nico— levantaron la alfombra y la sacudieron con cuidado. “¡Uno, dos… y ya!” dijo Lola.

La alfombra soltó unas miguitas, un poco de polvo y… ¡un confeti pequeñito! Eran trocitos de papel de colores que debían de haberse quedado de una fiesta antigua. Volaron por el aire como mariposas tontas.

“¡Mira, está nevando arcoíris!” gritó Nico.

“Es la Pascua saludando”, dijo la abuela.

Un trocito de confeti se le pegó a la nariz a papá. “Achoo… ¡estornudo de celebración!” dijo, y todos se rieron.

Lola levantó una cáscara con la estrella dibujada. Por un segundo, le pareció que la estrella brillaba, como si estuviera contenta de que hubieran hecho todo con calma. Luego, volvió a ser una cáscara normal, ligera y bonita.

Mamá sirvió chocolate caliente en tazas. “Brindemos por la paciencia.”

“¡Y por los huevos!” añadió Nico.

“Y por la imaginación”, dijo la abuela.

Lola miró la cesta, los colores, la luz, el confeti en el suelo y la alfombra ya lisa. Se sintió como dentro de una postal viva.

“¿Sabéis qué?” dijo Lola. “El mejor chocolate no es el más grande. Es el que esperas con alegría.”

Nico asintió, muy serio, con bigote de chocolate ya dibujado en los labios. “Sí. Aunque el grande también ayuda.”

Papá le limpió la cara con una servilleta. “Tu bigote te convierte en conejo.”

“¡Soy el Conejo Nico de Pascua!” anunció él, dando un saltito.

Lola rió y guardó las cáscaras en una caja especial. “El año que viene haré más símbolos.”

“Pero despacio”, recordó la abuela.

“Despacio”, repitió Lola. Y, mientras el confeti se posaba como un final suave, ella pensó que la paciencia era como sacudir una alfombra: al principio no pasa nada… y de pronto, ¡zas!, aparece el color.

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Cáscaras
Las partes duras y vacías que quedan fuera de un huevo.
Cuenco
Un recipiente redondo donde se pone comida o cosas.
Guiñándole
Cerrar un ojo de manera rápida para mostrar cariño o broma.
Travieso
Que hace pequeñas bromas o juegos que molestan un poco.
Espiral
Una figura que da vueltas y se va alejando como una caracola.
Paciencia
Esperar sin enfadarse hasta que algo pase.
Arruga
Una línea o pliegue en tela o piel que no está lisa.
Confeti
Pequeños trozos de papel de colores que se lanzan en fiestas.
Cajita
Una caja pequeña para guardar cosas o sorpresas.
Delantal
Prenda que se pone para no manchar la ropa al cocinar o pintar.
Magia
Cosas que parecen milagrosas o sorprendentes sin explicación clara.
Tradición
Algo que las familias o pueblos hacen muchas veces en fiestas.

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