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Cuento sobre la Pascua 7/8 años Lectura 20 min. (1)

La canción de Pascua y el huevo saltarín

Clara compone una canción con pistas para encontrar huevos de Pascua en el jardín; la búsqueda reúne a su familia y despierta pequeñas magias y lecciones de responsabilidad.

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Niña de 8 años, pelo castaño en coleta alta, rostro redondo y sonrisa orgullosa, agachada junto a una pequeña fuente de piedra sosteniendo un huevo de chocolate envuelto en papel plata; madre (≈35) con moño suelto y vestido de flores, mano en el hombro de la niña, sonriente; padre (≈38) con barba corta y camiseta a rayas, detrás, brazos cruzados y pulgar levantado; abuela (≈68) de pelo gris corto y cárdigan, sentada en un banco con una pequeña cesta de madera con huevos pintados; niño Nico (≈7) rubio, camiseta roja, corriendo hacia la fuente con dos huevos coloreados; jardín con césped y margaritas, parterres de tulipanes rojos y amarillos, un limonero a la izquierda, un columpio de madera en una rama y una fuente redonda que lanza gotas brillantes; escena: una silenciosa y alegre búsqueda de huevos de Pascua: la niña ha encontrado el último huevo plateado junto a la fuente y se dispone a compartirlo; hay envoltorios coloridos, huevos pintados sobre una servilleta y confeti de papel flotando en el aire. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La mañana con olor a cacao

A Clara, que tenía ocho años y una coleta que siempre parecía dar saltitos, le gustaba despertarse antes que el sol cuando era un día especial. Y el domingo de Pascua era de los más especiales de todos.

La casa olía a pan tostado, a cacao caliente y a algo más difícil de explicar: un olor a colores, como si el aire estuviera pintado con pinceles suaves. En la cocina, su madre colocaba servilletas con conejitos, y su padre buscaba un mantel de cuadros que solo salía del armario en días de fiesta.

Clara miró la mesa y luego miró su cuaderno. Ese cuaderno tenía una pegatina brillante en la portada y un montón de páginas con letras un poco torcidas, porque Clara escribía rápido cuando tenía una idea.

Aquella Pascua, Clara había decidido una misión: componer una canción, una comptina de Pascua, como decía su abuela, una de esas rimas que se repiten y se cantan sin darse cuenta. Pero la suya iba a tener un truco: cada estrofa daría una pista para encontrar los huevos de chocolate que su padre escondía en el jardín.

“¡Hoy seré responsable!”— se dijo Clara en voz bajita, como si lo prometiera a su cuaderno.

Ser responsable, para ella, significaba varias cosas: no dejar las cosas a medias, recoger lo que ensuciaba, y no comerse el chocolate antes de tiempo aunque el chocolate la mirara con cara de “cómeme”.

Su abuela llegó con una cesta de mimbre. Traía la cesta llena de huevos para decorar, pinturas, pinceles y una bolsita de confeti de papel. También traía esa sonrisa suya que parecía una manta calentita.

“Buenos días, pequeña artista”— dijo la abuela, dándole un beso en la frente.

Clara respondió con una sonrisa enorme, pero habló poco. Tenía la cabeza llena de rimas. Se sentó en el suelo del salón, donde entraba una luz dorada, y abrió el cuaderno.

La primera estrofa tenía que empezar con algo sencillo y feliz. Probó:

“Pascua llega con solito,

pinta el aire de colores;

si buscas dulce tesoro,

mira cerca de las flores.”

Clara lo leyó en voz baja. Sonaba bien. Sonaba a jardín y a risa. Y además daba una pista clara: flores. Había flores en el jardín, cerca de la valla y también al lado del limonero.

Pero todavía faltaba algo: la magia.

La magia, en casa de Clara, no era de varitas ni de grandes truenos. Era pequeña: una cucharita que se caía justo cuando se necesitaba remover, una mariposa que se posaba en la mano, un brillo en el azúcar que parecía estrellitas.

Mientras Clara pensaba, un huevo blanco rodó por la mesa, como si tuviera patas invisibles. Rodó despacito, muy educado, y se detuvo justo al lado de su cuaderno.

Clara se quedó quieta. Miró a su madre. Su madre seguía poniendo platos como si nada. Miró a la abuela. La abuela estaba sacando pinceles, tranquila.

El huevo dio un pequeñísimo salto. No se rompió. Solo saltó, como diciendo: “¡Hola!”

Clara parpadeó.

“Vale… tú quieres ayudar”— susurró.

El huevo, muy serio, se quedó quieto. Clara juraría que, si tuviera cara, estaría poniendo cara de “sí”.

Clara tomó el huevo con cuidado. Estaba tibio, como si hubiera guardado un poquito de sol dentro.

“Entonces, haremos una canción con pistas, y yo la cantaré para que todos busquen. Pero primero, hay que decorar los huevos de verdad y recoger luego todo”— se recordó.

Porque la responsabilidad también era eso: disfrutar sin dejar un desastre gigante.

Se levantó, se lavó las manos (bien lavadas, con espuma como nube), y volvió a la mesa. Sacó las pinturas. El huevo “saltador” se quedó cerca, mirando.

Clara empezó a pintar un huevo de azul con puntitos blancos. Otro lo pintó de amarillo con rayas naranjas. Y al tercero le hizo una cara de conejo con bigotes torcidos, porque los bigotes siempre se le torcían un poco, pero eso lo hacía más gracioso.

En el cuaderno, escribió la estrofa uno con letra grande. Y, debajo, dejó un espacio para la estrofa dos.

Fuera, el jardín esperaba. Clara lo sabía porque las ventanas brillaban y los pájaros cantaban como si estuvieran practicando para un concierto.

Capítulo 2: Estrofas que señalan caminos

Después del desayuno, la familia salió al jardín. La hierba estaba fresca y verde, y había pequeñas margaritas como botones. El aire olía a tierra limpia y a limón.

Clara llevaba su cuaderno bajo el brazo, como si fuera un mapa secreto. La abuela llevaba la cesta vacía, porque ya habían pintado los huevos y los habían puesto a secar en la cocina. El padre de Clara tenía una sonrisa misteriosa: esa sonrisa de “yo sé dónde está el chocolate y tú no”.

Clara decidió que la búsqueda no empezaría hasta que ella terminara al menos tres estrofas. No quería improvisar y luego quedarse sin pistas, porque eso sería un lío.

“Primero, canción completa, luego búsqueda”— dijo Clara en voz baja, como un plan importante.

Cerca de las flores, Clara vio un bancal con tulipanes rojos y amarillos. Recordó su estrofa uno y se sintió contenta, como si su rima ya estuviera haciendo cosquillas en el jardín.

Se sentó en el escalón de la terraza. Abrió el cuaderno. El huevo “saltador” estaba allí también. No lo había visto salir, pero ahí estaba, quieto, como un guardaespaldas redondito.

Clara pensó en la segunda pista. Tenía que ser algo que los niños pudieran entender rápido. Y también algo real del jardín: el limonero, la caseta de herramientas, el columpio, la fuente pequeña donde bebían los pájaros.

Escribió:

“Si el conejo da un saltín,

no te pierdas por el prado;

sigue el aroma del limón,

y hallarás algo dorado.”

Leyó despacio. “Aroma del limón” era perfecto, porque el limonero siempre olía a limpio. “Algo dorado” podía ser el papel brillante de un huevo de chocolate.

El huevo “saltador” dio un mini salto, como aplaudiendo con todo su cuerpo.

Clara rio por dentro. Luego miró el suelo. Había un rastrillo pequeño, y cerca, una maceta con tierra que alguien había movido ayer. Clara pensó en lo que siempre le decía su madre: “Las cosas vuelven a su sitio”. Así que tomó el rastrillo y lo puso donde debía. Enderezó la maceta. No costaba nada, y el jardín se veía más bonito.

“Eso también es Pascua: cuidar lo que tenemos”— pensó.

Ahora la estrofa tres. Clara quería que señalara un lugar divertido: el columpio. Allí se reían mucho. Y además, cerca del columpio, había un arbusto redondo que parecía una nube verde.

Escribió:

“Baila el viento en el columpio,

y la risa va detrás;

mira donde la nube verde

esconde un guiño y se va.”

“Guiño” le gustaba. Sonaba a juego. Sonaba a misterio amable, del que no da miedo, solo curiosidad.

Clara se sintió orgullosa. Pero todavía necesitaba una estrofa más para el final, una que llevara a todos al último escondite: la fuente de piedra, donde el agua hacía “plin plin” y parecía contar secretos.

El huevo “saltador” rodó un poquito y se detuvo mirando hacia la fuente, como si dijera: “Allí”.

Clara lo entendió.

“Gracias”— susurró, aunque no sabía si los huevos entendían el español. Por si acaso.

Se fue caminando hacia la fuente. No corrió, porque el suelo estaba un poco húmedo y no quería resbalar. Ser responsable también era mirar por dónde pisaba.

En la fuente, dos gorriones se bañaban y luego saltaban a una rama. Clara se quedó un momento mirando sin hacer ruido. Le pareció un pequeño milagro: esas gotitas volando como chispas de cristal.

Se sentó en una piedra seca y escribió la última estrofa:

“Cuando el agua hace ‘plin plin'

y la luz se vuelve espejo,

si compartes con buen corazón,

te sonríe el último huevo.”

Clara lo leyó y le gustó mucho. No era una pista exacta como “debajo de tal cosa”, pero tenía un mensaje: compartir. Y la pista estaba allí: la fuente.

Cerró el cuaderno con cuidado. Lo apretó contra el pecho. El huevo “saltador” dio un salto más alto que antes, y por un segundo a Clara le pareció que dejaba una estela de brillitos, como polvo de azúcar.

“¡Hora de cantar!”— dijo Clara, y su voz sonó como campanitas.

Capítulo 3: La búsqueda de chocolate y risas

Clara reunió a su madre, su padre y su abuela en medio del jardín. También estaba allí su vecino Nico, que tenía siete años y una energía como de pelota rebotadora. Nico había venido porque su familia celebraba Pascua más tarde, y Clara lo había invitado a buscar huevos.

Clara se aclaró la garganta. Le dio un poco de vergüenza, pero una vergüenza pequeñita, de esas que se pueden llevar en el bolsillo. Miró su cuaderno y empezó a cantar, suave al principio y luego más segura.

“Pascua llega con solito,

pinta el aire de colores;

si buscas dulce tesoro,

mira cerca de las flores.”

Nico abrió los ojos como si acabara de ver un truco de magia.

“¡Flores!”— dijo, y luego se tapó la boca porque Clara había dicho que habría pocos gritos para no asustar a los pájaros.

Clara asintió y siguió con la segunda estrofa:

“Si el conejo da un saltín,

no te pierdas por el prado;

sigue el aroma del limón,

y hallarás algo dorado.”

Todos se separaron con calma, buscando sin aplastar las flores ni arrancar hojas. Clara estaba atenta. Quería que la búsqueda fuera divertida, pero también ordenada. Su padre siempre decía que un buen juego no deja el jardín triste.

Nico se acercó a los tulipanes y miró detrás de una maceta. Su madre habría dicho “no metas la mano ahí”, pero aquí solo había tierra. De pronto, Nico encontró un huevo de chocolate envuelto en papel rojo brillante. Lo levantó despacio, como si fuera un tesoro antiguo.

“¡Lo encontré!”— susurró, con un orgullo que se le notaba en las orejas.

La abuela encontró otro junto a las margaritas. La madre de Clara encontró uno cerca de la valla, escondido entre hojas grandes. Clara no buscó todavía; ella quería cuidar el ritmo del juego.

Cuando todos tuvieron al menos un huevo, Clara cantó la tercera estrofa:

“Baila el viento en el columpio,

y la risa va detrás;

mira donde la nube verde

esconde un guiño y se va.”

Nico corrió hacia el columpio, pero Clara le hizo un gesto suave con la mano, como diciendo “despacio”. Nico frenó, caminó más lento, y miró bajo el asiento del columpio. Nada. Miró detrás de la cuerda. Nada. Entonces vio el arbusto redondo, la “nube verde”. Metió la mano con cuidado, sin arrancar ramas, y sacó un huevo de chocolate envuelto en papel dorado. Parecía un pequeño sol.

Nico se quedó tan feliz que dio un salto. El huevo casi se le cae, pero lo agarró a tiempo.

“Casi lo tiro… lo cuidaré”— murmuró, serio por un segundo. Eso hizo reír a Clara, porque Nico casi nunca era serio.

La madre encontró otro huevo cerca del columpio, escondido al lado de una piedra. La abuela encontró uno en una rama baja, colocado con equilibrio como si un pajarito lo hubiera dejado allí.

Clara notó que el jardín estaba quedando con algunas envolturas pequeñas de los huevos que ya habían abierto para mirar (nadie había comido todavía, porque Clara había pedido esperar). Clara sacó del bolsillo una bolsita de tela y empezó a recoger las envolturas sueltas.

“Así después no volarán por todo el jardín”— dijo, muy bajito.

Su padre la miró con orgullo, pero no dijo nada. Solo levantó el pulgar, como un aplauso silencioso.

Entonces Clara se puso en el centro otra vez. El sol brillaba más fuerte, y parecía que el aire cantaba con ellos.

Cantó la última estrofa:

“Cuando el agua hace ‘plin plin'

y la luz se vuelve espejo,

si compartes con buen corazón,

te sonríe el último huevo.”

Todos fueron hacia la fuente. Allí el agua seguía haciendo “plin plin”, como si estuviera riéndose.

Nico miró detrás de la fuente. Nada. La abuela miró alrededor, con calma. La madre se agachó para ver si había algo entre las piedras. Clara se acercó despacio, mirando la superficie del agua.

Y entonces lo vio: justo en el borde interior, donde la piedra formaba un pequeño escalón, había un huevo de chocolate envuelto en papel plateado. No se caía al agua, estaba colocado de manera perfecta.

Clara lo tomó con cuidado. El papel plateado reflejó su cara, pero la reflejó un poquito distinta: como si en sus ojos hubiera un brillo extra, un brillo de “lo hice bien”.

En ese momento, el huevo “saltador” apareció cerca de sus zapatos. Dio un salto mínimo, como diciendo “misión cumplida”, y luego rodó hacia una sombra y desapareció. No dejó huellas. Solo dejó un cosquilleo de alegría.

Clara no se asustó. Sintió que era una magia amable, como un secreto que el jardín guardaba para Pascua.

Clara miró el huevo plateado. Era el último. Podía quedárselo. Pero su estrofa había dicho “compartes con buen corazón”.

Nico la miró. Tenía dos huevos ya, pero su mirada decía que el plateado parecía especial.

Clara pensó un segundo, con esa sensación de decisión importante.

“Lo partimos”— dijo Clara en voz bajita.

Su abuela sacó una servilleta y la puso sobre una piedra seca. Clara colocó el huevo plateado encima. Lo abrieron con cuidado, sin hacer migas por todas partes. Dentro había chocolate con un pequeño relleno de crema. Olía tan bien que a Nico se le escapó una risa.

Clara repartió los trozos: uno para su madre, uno para su padre, uno para la abuela, uno para Nico, y uno para ella. Todos tuvieron una porción parecida.

“Sabe a felicidad”— dijo Nico, y luego se quedó pensando. —“Y a limón… bueno, casi.”

Clara rio. No dijo mucho más. Sentía que el momento estaba lleno y no hacía falta llenarlo con palabras.

La abuela sacó el confeti de papel y lo lanzó al aire. Cayeron pedacitos de colores como lluvia lenta. Los pájaros miraron desde lejos, curiosos, pero sin miedo. El jardín parecía una fiesta tranquila.

Capítulo 4: La promesa en el cuaderno y el abrazo final

Después de la búsqueda, volvieron a la casa. Clara no se olvidó de su bolsita de tela con envolturas. La vació en el cubo de reciclaje y se lavó las manos otra vez, porque el chocolate era delicioso, sí, pero también pegajoso.

En la cocina, los huevos pintados ya estaban secos. Clara los miró con cariño. Parecían pequeños planetas de colores. El huevo con cara de conejo tenía los bigotes aún torcidos, y eso lo hacía más simpático.

Clara abrió su cuaderno y volvió a leer su canción completa. La leyó sin cantar, como si fuera un cuento corto.

Su madre se acercó y le puso una mano en el hombro. Su padre trajo un vaso de leche. La abuela se sentó a su lado, con su calma de manta.

Clara escribió al final de la página una frase sencilla, una promesa para ella misma, con letra grande:

“Hoy cuidé el jardín, terminé mi canción y compartí el último huevo.”

Lo subrayó dos veces. No porque fuera una tarea escolar, sino porque quería recordarlo.

Luego guardó el cuaderno en un cajón especial, donde guardaba cosas importantes: una piedra lisa que parecía un corazón, una pluma azul, una foto con Nico en el parque, y ahora su canción de Pascua con pistas.

La tarde siguió con cosas pequeñas y bonitas: una merienda con pan y fruta, una partida de cartas fácil, y risas suaves. A ratos, Clara miraba por la ventana, por si veía al huevo “saltador” otra vez. No lo vio, pero sintió que el jardín estaba contento.

Antes de que Nico se fuera a su casa, Clara le dio un huevo pintado, el azul con puntitos blancos.

“Para que recuerdes la canción”— dijo Clara.

Nico lo tomó como si fuera frágil. —“Lo guardaré en mi estantería. Y no lo tiraré. Seré responsable”— contestó, imitando la voz seria que había usado antes. Le salió tan gracioso que los adultos se rieron.

Cuando la casa quedó más silenciosa, Clara se sentó un momento en el sofá. Estaba cansada, pero era un cansancio agradable, como cuando has jugado mucho y has hecho cosas bien.

Su madre se sentó a un lado y su padre al otro. La abuela se inclinó desde la silla y los miró con ojos brillantes.

Clara apoyó la cabeza en el hombro de su madre. Notó el calor de su familia alrededor. Pensó en las pistas, en el chocolate, en el “plin plin” de la fuente, y en la magia pequeñita que había ayudado sin hacer ruido.

“Me gustó mucho este día”— susurró Clara.

Nadie contestó con grandes discursos. No hacía falta. Su madre la abrazó primero. Su padre rodeó a las dos con los brazos. La abuela los abrazó también, como si quisiera juntar todas las alegrías en un solo nudo suave.

Y así, en un abrazo apretadito y tranquilo, Clara sintió que la Pascua era eso: colores, juego, responsabilidad, y un corazón compartido que siempre encuentra el camino.

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Una pequeña etiqueta con dibujo que se pega en cuadernos u objetos.
Comptina
Una rima o canción corta que se repite, para jugar o recordar pistas.
Estrofa
Cada grupo de versos que forma una parte de una canción o poema.
Bancal
Una parte del jardín donde se plantan flores o verduras, más alto que el suelo.
Rastrillo
Herramienta con dientes para recoger hojas o dejar la tierra lisa.
Maceta
Recipiente donde se planta una flor o una planta pequeña.
Arbusto
Planta de muchas ramas y hojas, más baja que un árbol.
Escalón
Cada peldaño que forma una escalera o un borde para subir o bajar.
Reciclaje
Separar basura para convertirla en cosas nuevas y cuidar el planeta.
Confeti
Pequeños papeles de colores que se lanzan en fiestas y celebraciones.
Mimbre
Material flexible y resistente que se usa para tejer cestas y muebles.
Plin plin
Sonido repetido y suave que hace el agua cuando cae o salpica.

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