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Cuento sobre la Pascua 7/8 años Lectura 14 min.

El huevo dorado y los nidos de chocolate de Pascua

Dos amigas preparan nidos de chocolate en Pascua y, al encontrar notas misteriosas, emprenden una búsqueda llena de pistas, encuentros y pequeños gestos de gratitud.

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Hay 3 personajes: Clara, niña de 7 años, cabello castaño en coletas, vestido amarillo con lunares blancos, arrodillada junto a una pequeña fuente de piedra sosteniendo cuidadosamente un huevo de Pascua dorado; Vega, niña de 7 años, cabello corto negro, peto azul y zapatos rojos, inclinada a la izquierda de Clara con la boca abierta de asombro señalando una pequeña marioneta de cesta o una mariposa blanca posada en una rama; la madre, mujer de unos 35 años, cabello recogido en moño, delantal con flores, de pie detrás de las niñas a la derecha, sonriendo con la mano sobre el respaldo de un banco de madera. Lugar: jardín doméstico al crepúsculo, césped verde, macizo de flores amarillas y violetas, pequeña fuente redonda de piedra con agua que corre, un manzano al fondo con una rama baja y una pequeña cesta de mimbre atada con cinta verde, camino de losas, luz cálida y sombras suaves. Situación principal: las niñas encuentran un huevo dorado escondido junto a la fuente; lo abren para leer una nota y sus rostros se iluminan de asombro; la madre las observa con orgullo; ambiente tranquilo y alegre, colores pastel, textura de lápiz y acuarela, trazos redondeados y expresiones claras. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Un sábado con olor a chocolate

Clara y Vega tenían siete años y la misma idea dando vueltas en la cabeza como un carrusel de colores: ¡ya casi era Pascua! En la cocina de Clara, la mesa estaba lista como un pequeño escenario: un bol grande, una cuchara de madera, servilletas con conejitos y un plato lleno de galletas en forma de palito.

La mamá de Clara dejó una bandeja y guiñó un ojo.

“¿Preparadas para hacer nidos de chocolate?”

“¡Sí!” dijeron las dos a la vez.

Vega se subió un poquito las mangas, muy seria, como si fuera una chef famosa.

“Hoy vamos a cocinar con magia”, anunció.

Clara se rió.

“Con magia… y con mucho chocolate.”

En la ventana, el sol entraba como una linterna cálida. Afuera, el jardín parecía recién peinado: el césped verde, unas flores amarillas y, aquí y allá, huevos de plástico que brillaban como caramelos.

“Primero, derretimos el chocolate”, explicó mamá. “Luego mezclamos con los palitos de galleta. Y hacemos montoncitos como nidos. Encima, ponemos huevitos.”

Vega olfateó el aire.

“Este olor debería venderse en frascos. ‘Perfume de Pascua'.”

Clara levantó una ceja.

“Si te lo pones, los conejos te perseguirán.”

“¡Pues que vengan!” dijo Vega, y ambas rieron.

Mamá les pasó unos moldes de silicona. Uno era de flores, otro de estrellitas y otro tenía un borde ondulado como una corona pequeñita.

“Elegid uno para hacer la forma del nido”, dijo.

Clara tomó el molde con borde ondulado.

“Este parece un trono para un huevo.”

Vega escogió el de estrellitas.

“Y este es para un huevo astronauta.”

Mientras el chocolate se derretía, las dos miraban el bol como si fuera un lago marrón y brillante. Clara removía despacio. Vega contaba los palitos de galleta.

“Diez para ti, diez para mí… y uno extra por si el chocolate se pone travieso.”

“¿Travieso?” repitió Clara.

Vega señaló una gotita que casi se escapaba del bol.

“¡Mira! Quiere saltar.”

Clara atrapó la gota con la cuchara.

“Queda arrestada.”

La mamá aplaudió suavemente.

“Equipo perfecto. Ahora, mezclad.”

El chocolate abrazó los palitos y, de pronto, todo parecía más divertido. Cada nido que formaban era una pequeña montaña crujiente.

Clara apretó su mezcla en el molde ondulado y dijo:

“Que quede bonito… que quede bonito…”

Vega hizo lo mismo con el molde de estrellitas.

“Que quede espacioso… para huevos valientes.”

Cuando terminaron, mamá llevó los moldes al frigorífico.

“Un ratito de frío y estarán listos.”

Clara y Vega se sentaron en el suelo de la cocina, con las mejillas calientes de emoción.

“¿Crees que el Conejo de Pascua prueba los nidos?” preguntó Clara.

Vega se quedó pensativa.

“Yo creo que sí. Y si están ricos, deja pistas.”

“¿Pistas de qué?”

Vega sonrió.

“De dónde esconde los huevos de verdad.”

Capítulo 2: El molde que susurraba

Pasó un rato. Las dos niñas dibujaron con lápices de colores: conejos con gafas, pollitos con gorra, huevos con bigote. Cada dibujo era una risa.

Cuando por fin mamá abrió el frigorífico, dijo:

“Momento importante. Sin prisas.”

Clara y Vega se acercaron como si fueran a escuchar un secreto.

Mamá sacó los moldes y los dejó en la mesa. Clara tocó el suyo con un dedo.

“Está duro. ¡Funciona!”

Vega intentó desmoldar el suyo y de pronto se quedó quieta.

“Clara… mira esto.”

En el fondo del molde de estrellitas, pegado como si fuera parte del dibujo, había algo que no era chocolate. Era una tirita de papel muy fina, doblada y un poquito brillante, como si tuviera polvo de azúcar.

“¿Eso estaba ahí antes?” preguntó Clara.

“Yo no lo vi,” dijo Vega en voz baja, pero no con miedo, sino con esa emoción que hace cosquillas.

Mamá frunció el ceño, confundida.

“Yo tampoco. ¿Será una etiqueta?”

Vega tiró con cuidado. El papel salió sin romperse. Era tan pequeño que parecía una nota para un ratón.

Clara se acercó.

“Ábrelo.”

Vega lo abrió despacio. Dentro había un dibujo de un huevo con una flecha, y debajo, una frase escrita con letras redondas:

“GRACIAS POR COMPARTIR. BUSCA DONDE CANTA EL AGUA.”

Clara leyó en voz alta y luego miró a Vega.

“¿Dónde canta el agua?”

Vega pensó un segundo.

“¡El grifo! O… la fuente del jardín.”

Mamá sonrió, como si aceptara el juego.

“Tal vez sea una sorpresa de Pascua. Podemos buscar juntas.”

Clara apretó la nota contra su pecho.

“Me gusta que diga ‘gracias'.”

Vega asintió.

“Sí. Es como cuando alguien te deja un abrazo en un papel.”

Las dos desmoldaron sus nidos con cuidado. Salieron enteros, brillantes y crujientes, y los colocaron sobre un plato. Encima pusieron huevitos de colores: azul, rosa, verde, amarillo.

Clara puso tres.

“Uno para mí, uno para ti, y uno para… compartir.”

Vega añadió uno más.

“Y otro para dar las gracias a la cocina.”

Clara se rió.

“¿A la cocina?”

Vega señaló la mesa.

“Nos ayudó.”

Mamá se llevó la mano al corazón, divertida.

“Entonces la cocina estará muy orgullosa.”

Con la nota en la mano, las niñas fueron al jardín. El aire olía a hierba y a flores. Cerca del seto había una pequeña fuente de piedra. El agua caía con un sonido alegre: plin, plin, plin.

Vega se acercó y escuchó.

“Sí… aquí canta.”

Clara miró alrededor, con ojos atentos. No era una búsqueda de tesoro peligrosa; era una aventura suave, como seguir una canción.

“¿Ves algo?” preguntó Vega.

Clara agachó la cabeza.

“Veo… una hoja… una piedrita… ¡y algo brillante!”

Entre dos piedras, justo al lado de la fuente, había un huevo de plástico dorado. No era muy grande, pero brillaba como si guardara un pedacito de sol.

Vega abrió la boca.

“¡Lo encontramos!”

Clara lo levantó con cuidado.

“Parece importante.”

Mamá se acercó.

“¿Lo abrimos?”

“¡Sí!” dijeron las dos, y sus voces sonaron como campanitas.

Capítulo 3: Un mensaje para el corazón

Clara abrió el huevo dorado. Dentro no había chocolate. Había otra nota, enrollada, y una pegatina con forma de zanahoria.

Vega desenrolló el papel y leyó despacio, moviendo los labios:

“SI ENCUENTRAS ESTO, ES PORQUE SABES ESPERAR Y COMPARTIR.

HOY, DI ‘GRACIAS' TRES VECES, Y EL ÚLTIMO HUEVO TE ENCONTRARÁ A TI.”

Clara parpadeó.

“¿El último huevo… nos encontrará?”

Vega se encogió de hombros.

“Eso suena muy mágico.”

Mamá se sentó en el banco del jardín.

“Podemos jugar a decir ‘gracias'. No cuesta nada, y hace el día más bonito.”

Clara pensó un momento y miró a Vega.

“Gracias por venir a mi casa.”

Vega sonrió, con esa sonrisa que se siente tibia.

“Gracias por hacer nidos conmigo.”

Mamá levantó una ceja.

“¿Y el tercer ‘gracias'?”

Las dos niñas miraron alrededor. El jardín parecía escuchar.

Clara miró la fuente.

“Gracias, agua, por cantar.”

Vega miró el cielo.

“Gracias, sol, por pintar todo de luz.”

Mamá rió.

“Eso ya son un montón de gracias.”

Vega se quedó pensativa, mirando los nidos de chocolate que habían traído en un plato.

“Podemos compartirlos con alguien,” dijo. “La nota lo dice.”

Clara asintió.

“Con la señora Lidia, la vecina. Siempre nos saluda.”

Fueron a la casa de al lado. La señora Lidia abrió la puerta con un delantal floreado y ojos sorprendidos.

“¡Hola, pequeñas!”

Clara levantó el plato como si fuera un regalo real.

“Hicimos nidos de chocolate. Queremos compartir.”

Vega añadió:

“Y decirle gracias por ser amable.”

La señora Lidia se llevó la mano a la boca, emocionada.

“Qué detalle tan precioso… Gracias a vosotras. Me habéis alegrado el día.”

Les dio dos pegatinas de pollitos y un abrazo suave, de esos que no aprietan, solo acompañan.

De vuelta en el jardín, Clara notó algo raro: una mariposa blanca revoloteaba cerca, como si quisiera llamar su atención. Volaba en círculos y luego se posaba, esperando. Después volvía a volar unos pasos, y otra vez se posaba.

Vega la siguió con la mirada.

“Creo que nos está guiando.”

Clara dio un paso.

“¿A dónde?”

La mariposa fue hasta el árbol del fondo, el manzano donde a veces colgaban una cuerda para jugar. Se posó en una rama baja, justo encima de una cesta pequeña que no estaba allí antes. La cesta tenía un lazo verde y una pluma amarilla.

Mamá se levantó despacio.

“Yo no puse esa cesta.”

Vega susurró:

“Entonces… tal vez…”

Clara se acercó con cuidado. No había nada que asustara: el árbol estaba quieto, el aire era dulce, y la cesta parecía un regalo dejado con cariño.

Dentro había una bolsita de papel y un huevo, el más bonito que habían visto: era de color violeta con puntitos dorados, como un cielo de noche lleno de estrellas.

Vega respiró hondo.

“¿Este es el último huevo?”

Clara lo tocó.

“Creo que sí.”

La mariposa se fue volando, como si su trabajo ya estuviera hecho.

Capítulo 4: El último huevo y la promesa de Pascua

Clara abrió el huevo violeta. Dentro había un pequeño colgante de cartón con forma de conejo y un último mensaje:

“LA GRATITUD ES UNA LUZ QUE SE MULTIPLICA.

GUÁRDALA Y COMPÁRTELA. FELIZ PASCUA.”

Vega leyó y luego miró a Clara.

“Me gusta eso. Una luz que se multiplica.”

Clara acarició el colgante de conejo. Tenía una cara simpática y una oreja doblada, como si estuviera saludando.

“Entonces… cuando decimos gracias, es como encender una lucecita.”

Mamá asintió.

“Y cuando compartimos, esa lucecita llega a más gente.”

Vega levantó el huevo vacío y se lo puso en la oreja como si fuera un teléfono.

“¿Hola, Conejo de Pascua? Sí, sí… los nidos están muy ricos. No, no hace falta que pagues. Con un ‘gracias' estamos bien.”

Clara soltó una carcajada.

“¡Vega!”

Mamá se rió también.

“Creo que el Conejo está muy contento con vosotras.”

Volvieron a la cocina para merendar. Pusieron los nidos en una bandeja, y cada una eligió uno. El chocolate crujía un poquito y se derretía suave, como una canción dulce.

Clara levantó su nido.

“Brindemos.”

Vega levantó el suyo.

“¿Con nidos?”

“Con nidos,” dijo Clara. “Por Pascua.”

Mamá levantó una taza de leche.

“Y por los ‘gracias'.”

Las dos niñas dieron un mordisco al mismo tiempo y se quedaron con bigotes de chocolate.

Vega se miró en una cuchara como si fuera un espejo.

“Soy un conejo disfrazado.”

Clara se limpió con una servilleta de conejitos.

“Yo soy un huevo que aprendió a reír.”

Después, guardaron el colgante de conejo en una cajita junto a las pegatinas de pollitos y la nota del molde.

Vega tocó el molde de estrellitas, ahora vacío.

“¿Crees que volverá a salir un mensaje algún día?”

Clara miró el molde con cariño.

“Puede ser. Pero aunque no salga… ya sabemos el secreto.”

“¿Cuál?” preguntó Vega.

Clara pensó en la señora Lidia, en la fuente cantando, en la mariposa guía, en el huevo violeta.

“El secreto es que la Pascua no solo está en los huevos. Está en compartir, en esperar con calma, y en decir ‘gracias' de verdad.”

Vega asintió, muy seria, como una capitana.

“Entonces mañana diremos más gracias.”

Mamá apagó la luz de la cocina y dejó encendida la lamparita pequeña, que parecía una estrella tranquila.

“Eso es una buena idea.”

Antes de irse a jugar, Clara miró por la ventana. El jardín seguía brillante, como si la tarde estuviera hecha de papel de colores. Y aunque ya habían encontrado el último huevo, Clara tuvo la sensación de que algo invisible y bonito se quedaba con ellas.

No era un misterio difícil ni un miedo escondido.

Era solo una promesa suave, como un lazo en una cesta: mientras hubiera gratitud, siempre habría un poco de magia esperando en cualquier rincón.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Moldes de silicona
Recipientes suaves donde se pone la mezcla para darle forma al enfriarse
Frigorífico
Lugar frío de la cocina donde se guarda la comida para que no se estropee
Desmoldar
Sacar algo del molde sin romperlo, con cuidado
Pegatina
Etiqueta pequeña y pegajosa que se pega en objetos para decorar
Colgante
Adorno pequeño que se cuelga, por ejemplo en una cuerda o cadena
LA GRATITUD ES UNA LUZ QUE SE MULTIPLICA.
Frase que dice que agradecer hace que la bondad llegue a más personas
Bandeja
Plato grande y plano que sirve para llevar varias cosas a la vez
Delantal
Prenda que se pone en la cocina para no manchar la ropa
Carcajada
Risa muy grande y ruidosa que muestra mucha alegría

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