Capítulo 1: La torre de las ideas disparatadas
Había una vez, en el centro de un pueblo muy peculiar, una torre de reloj que no solo daba la hora: también guardaba secretos mágicos. Allí vivía Luna, una niña de ocho años, aprendiz de bruja con el pelo tan despeinado como sus pensamientos.
Luna tenía más ideas que dedos en las manos y en los pies juntos. Un día soñaba con inventar una escoba voladora que sirviera helados, otro día quería transformar las campanadas de la torre en canciones de rock. Pero ese sábado, mientras los engranajes de la torre hacían “tic-tac” y los pájaros acomodaban sus nidos en lo alto, Luna decidió organizar un concurso muy especial: ¡El Gran Duelo de Grimaces Mágicos!
—¡Quien gane, recibirá el Sombrero de los Mil Chistes! —anunció Luna a viva voz, colgando carteles hechos con papel de magdalena.
Pronto, brujitas y brujillos de todos los rincones acudieron a la torre, algunos con narices falsas, otros con orejas de cartón. La emoción chisporroteaba en el aire.
Capítulo 2: El mago de las muecas y la rana distraída
El primer participante fue Bruno, el mago de las muecas, famoso por sus cejas bailonas y su lengua enroscada.
—¡Mira esto, Luna! —dijo Bruno, cruzando los ojos y sacando la lengua hasta la barbilla.
Luna aplaudió. —¡Puntos extra por la baba brillante!
Después, Clarita la distraída subió al escenario. Traía una rana en la mano y, de los nervios, la rana saltó y se escondió en el sombrero de un duende.
—¡Oh, no! —gritó Clarita—. ¡Mi rana mágica!
El duende, riendo, sacó la rana y la devolvió haciendo una reverencia exagerada.
—Gracias, señor duende. Te regalo un abrazo antiestrés, ¡sin ranas incluidas! —dijo Clarita.
El público se partió de risa. Luna pensó: “En esta torre, hasta las ranas tienen sentido del humor”.
Capítulo 3: El plan de Luna y el reloj travieso
Mientras todos se preparaban para la gran final, Luna sintió cosquillas en la cabeza. ¡Sus ideas no paraban! Se preguntó cómo podía impresionar al jurado.
—¿Y si hago la grima más divertida de todas? —pensó—. Una cara de reloj despistado.
Fue al gran reloj de la torre y, mirándose en el cristal, practicó: un ojo abierto, otro cerrado, boca en forma de campana y nariz arrugada como caracol. Hasta el reloj pareció reírse: las manecillas se movieron solas, tocando las once y media... ¡pero solo eran las seis!
—¡Ay, reloj travieso, te has adelantado solo para verme hacer el payaso! —rió Luna.
Un buhíto que dormitaba en la cuerda del péndulo abrió un ojo y dijo:
—No te preocupes, Luna. Las mejores ideas siempre llegan un poco antes que la hora.
Luna se sintió animada. Podía confiar en su plan, aunque fuera un poco loco.
Capítulo 4: Las caras más disparatadas del universo
La gran final estaba a punto de comenzar. Todos los concursantes bajaban las escaleras en fila, torcidos de tanto practicar muecas.
Luna subió al escenario, respiró hondo y miró a su público encantado. Recordó lo que decían las abuelas brujas: “Las ideas mágicas nacen de la confianza y de las ganas de jugar”.
—¡Aquí va mi cara de reloj despistado! —gritó Luna, mientras se retorcía como si fuera de goma.
La torre entera rugió de risas. Hasta el reloj no pudo contenerse y giró sus manecillas por su cuenta, marcando una hora imposible que nadie entendió.
De pronto, todos los niños y niñas empezaron a imitarla, haciendo muecas tan graciosas que los gatos callejeros saltaron a las ventanas para mirar y los pájaros se unieron al alboroto con gorjeos muy raros.
—¡Este concurso lo gana la imaginación! —declaró la rana, que saltó sobre un cojín y se puso una corona de papel.
—¡Sí! ¡Y la confianza en uno mismo! —gritó Luna, saltando y chocando las manos con Clarita.
Capítulo 5: Un toque mágico en el hombro
El día terminó con una fiesta de tartas de nube y zumos que cambiaban de color. Todos bailaban y reían, menos Luna, que se apartó un ratito a observar la torre desde lo alto.
De repente, sintió una mano suave en el hombro. Era la directora de la escuela de brujas, con una sonrisa más grande que la luna llena.
—Luna, hoy has demostrado que confiar en tus ideas puede iluminar a todo el mundo —le susurró bajito—. Y, entre todas esas ideas, la mejor es ser tú misma.
Luna se giró y, con una gran sonrisa, abrazó a la directora. El reloj, desde arriba, marcó la hora perfecta: la hora de creer en uno mismo y de seguir teniendo ideas… aunque sean más que los dedos para contarlas.