Capítulo 1
Mina tenía ocho años y una nariz que siempre se arrugaba cuando olía cosas nuevas. Era aprendiz de bruja en la Fería de los Familiares, un lugar donde los animalitos mágicos vendían chuches y los objetos encantados hacían pequeños trucos para los visitantes. Había un búho que dormía con gafas y un gato que enseñaba chistes. Mina los conocía a todos y sonreía con ganas.
Un día, mientras barría confeti de estrellas, la vendedora de capas, la señora Pelines, sacó algo brillante. "¡Es la capa anti-corriente de aire!" anunció. "Evita que te despeine el viento molón y te protege de remolinos traviesos." Mina dio un salto. Siempre le encantaron las capas, sobre todo las que prometían aventuras sin líos.
"¿La puedo probar?" preguntó Mina, con los ojos como dos lunas llenas.
"Con mucho gusto," dijo la señora Pelines. "Pero recuerda: prudencia, y una sonrisa. La capa obedece si la tratas con cuidado."
Mina se la puso. La tela era suave, con botones en forma de semillas risueñas. Al principio solo le dio cosquillas. Luego, la capa comenzó a zumbar. "¡Oh!" exclamó Mina, sosteniendo los extremos. "Se siente... viva."
"Exacto," dijo la señora Pelines. "Es una capa lista. Te protege de corrientes de aire, pero también le encanta jugar. Si la usas, prueba con movimientos pequeños."
Mina prometió ser prudente, aunque su pulgar derecho ya quería apretar un botón dorado que parpadeaba. Era difícil resistirse.
Capítulo 2
La Fería estaba llena de voces: risas de escarabajos cantores, pitidos de dragones miniatura y el rumor de ruedas de carritos que vendían sombras comestibles. Mina decidió salir a la plaza para ver cómo funcionaba la capa en medio de la feria. "Será solo un paseo," pensó. "Prudente, con una sonrisa."
"Hola, Mina," saludó Tito, su familiar, un conejito con gafas de cartón. "¿Esa capa hace cosquillas?"
"Sí, pero recuerda la palabra clave: suave," dijo Mina, imitando a la señora Pelines. Tito se subió a su hombro y empezó a tamborilear con las patitas.
Mina caminó despacio al principio. La capa repelía las corrientes que venían de las carpas: una ráfaga que quería volar los sombreros, otra que intentó robar un algodón de cielo. La capa las desvió con un pequeño "puf" que olía a lavanda. Mina se rió. Era divertido y, además, seguro.
Pero entonces vio el puesto de caramelos chispeantes. Una nube de azúcar bailaba alrededor, haciendo volteretas. Un grupo de niños reía y tiraba pequeñas confeti-burbujas. Mina sintió algo en la espalda: el botón dorado parpadeaba más rápido. "Solo miraré," se dijo. "Prudencia."
"¡Mina!" gritó una voz, era Lía, amiga suya. "¿Vienes a la carrera de sombreros voladores?"
"Solo voy a ver," respondió Mina, pero su pulgar se deslizó casi sin querer hacia el botón dorado. La capa zumbó, y, antes de que pudiera parar, un gustito de viento salió, no para proteger, sino para jugar. Le levantó el sombrero a un vendedor y lo hizo bailar como un pez en el mercado.
Mina y Lía se miraron. Tito soltó un «¡hop!» divertido. "Ups," dijo Mina, riéndose y sonrojándose. "Creo que la capa quiso hacer un poco de travesura."
Capítulo 3
La travesura fue contagiando a la feria. Un remolino empezó a recoger notas de música y las transformó en burbujas que explotaban en risitas. Un farol decidió cantar en lugar de iluminar. La gente aplaudía porque era todo muy gracioso, pero Mina sintió un pequeño cosquilleo de preocupación. "La señora Pelines dijo prudencia," murmuró.
Decidió probar la capa de otra manera: hablarle con calma. "Hola, capa," dijo Mina en voz baja. "Sé que te gusta jugar. Podemos divertirnos, pero con cuidado, ¿sí?" La tela respondió con un suave brillo y dejó de zumbar tan fuerte. Tito ronroneó contento.
Mina aprendió rápido: la capa le gustaba que la obedecieran con cariño. Si pedía las cosas con voz alegre, la capa ayudaba; si movía el botón con prisas, la capa improvisaba bromas. Entonces vieron a un grupo de abuelitas que intentaba cruzar la calle con bastones y sombrillas. Un viento travieso quería volar sus papeles de recetas, y Mina sintió que era momento de usar la capa bien.
"¡Atención, viento!" exclamó Mina con un gesto de actriz. La capa se extendió como una tienda protectora y desvió el alboroto. Los papeles quedaron intactos, y las abuelitas aplaudieron y regalaron pastelitos diminutos. Mina sonrió, orgullosa. Había logrado usar la capa con prudencia y alegría.
Pero aún quedaba el botón dorado que parpadeaba. No quería dejarlo sin probar, así que ideó un plan: una prueba pequeña y controlada. "Vamos a hacer una broma buena," susurró a Lía. Lía asintió. "Una que haga reír a todos, pero que no cause lío."
Juntas, dirigieron la capa hacia un puesto de globos. Mina pidió con voz de cuento: "Capa, por favor, inflama los globos con risas." La capa soltó un suspiro de color y los globos comenzaron a inflarse cantando chistes cortos. "¿Por qué la luna no se cae? Porque está en fase de equilibrio," dijo uno y todos se echaron a reír. Fue perfecto: risas, sin enredos.
Capítulo 4
Al final de la tarde, el cielo se tiñó de naranja y plata. Mina y sus amigos se sentaron sobre una montaña de almohadas de feria. La señora Pelines vino a buscar la capa. "La probaste bien," dijo, acariciando la tela. "Tras un poco de riesgo controlado y mucha ternura, aprendiste su lenguaje."
Mina le devolvió la capa. "Gracias por confiar en mí," dijo, con los ojos brillando. Tito se acomodó en su regazo. Lía les contó a todos cómo los globos habían contado chistes malos y cómo una ardilla había aplaudido con las patas.
Mientras recogían, una nube pequeñita, blanca y redonda se acercó, flotando con curiosidad. No traía lluvia ni truenos; traía cosquillas del horizonte. Pasó por encima de la feria, y todas las luces se transformaron en pequeñas luciérnagas que parpadearon como guiños. Mina miró hacia arriba y dijo: "Hola, nube. Gracias por venir a vernos."
La nube respondió con un ligero "puf" y dejó caer un brillo tenue que olía a naranja. Nadie tuvo miedo; todo fue tranquilo y bonito. Era como si la nube dijera: "Buen trabajo, pequeña bruja prudente." Mina sintió que su corazón hacía piruetas de alegría.
Antes de irse a casa, la señora Pelines le dio un consejo final: "La magia está bien, pero la prudencia hace que las risas duren más." Mina asintió y lo guardó en su bolsillo como si fuera un caramelo. En su camino, cantó una canción con Tito; la capa anti-corriente de aire colgaba del puesto, esperando a la próxima sonrisa.
Desde ese día, Mina supo que jugar con magia era un regalo y que la prudencia alegre podía convertir cualquier desorden en una fiesta amable. Y cuando, al día siguiente, una nube pasó otra vez por la Fería y dejó caer una lluvia de pétalos musicales, todos bailaron, sabiendo que la aventura siempre puede ser segura y muy, muy divertida.