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Cuento fantástico de brujería 11/12 años Lectura 22 min.

La pluma de hilo y el vestíbulo mudo

Nerea, una alumna despistada, y Lía exploran el misterioso Vestíbulo Mudo para recuperar la Pluma de Hilo, enfrentando espejos que no reflejan y una sombra que pone a prueba su confianza y honestidad.

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La heroína es una aprendiz de bruja de unos 12 años, pelo castaño en trenza, rostro redondo con pecas y mirada decidida pero algo inquieta, sosteniendo una pluma blanca luminosa sobre un pedestal de piedra; junto a ella, Lía, también de unos 12 años, coleta castaña y cuaderno verde apretado contra el pecho, sonriente y valiente, lista para apoyar; un gato negro llamado Sierpe, ojos amarillos y pelaje brillante, está en un banco a la derecha observando la pluma como guardián travieso; en los espejos se insinúa una silueta alta y sin rostro, forma ahumada que se repliega ante la luz; el lugar es un vestíbulo circular antiguo con suelo de piedra gastado, docenas de espejos enmarcados en plata con molduras de nubes y relámpagos, pilares oscuros y una gran puerta metálica con motivo de pluma; en el centro el pedestal tiene una grava en forma de pluma; la escena muestra a la aprendiz colocando la pluma luminosa mientras finos hilos de luz se extienden hacia los espejos formando puentes brillantes, gama de tonos entre dorados cálidos y azules profundos, iluminación tenue, ambiente misterioso pero reconfortante, trazos nítidos y expresiones claras al estilo cómic infantil. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La equivocación del corredor azul

El primer día en la Escuela de Artes Sutiles, Nerea llevaba el mapa al revés.

No era una exageración: lo tenía literalmente girado, y por eso avanzaba con seguridad hacia donde el papel juraba que estaba el comedor… aunque el aire olía más bien a tiza húmeda y a madera vieja. Sus botas nuevas crujían sobre un suelo de piedra tan pulido que parecía que alguien lo había frotado con luna.

—Si me pierdo antes de la primera clase, me convertiré oficialmente en una leyenda—murmuró, con una sonrisa nerviosa.

Doblando una esquina, se metió por un pasillo estrecho, pintado de un azul profundo. En la pared colgaban retratos de brujas y magos con cejas imponentes. Uno de ellos le guiñó un ojo.

—Ese pasillo no es para novatas—dijo el retrato, bostezando—. A menos que seas del tipo valiente… o del tipo despistado.

—Un poco de ambos—respondió Nerea sin detenerse.

Entonces lo vio: una puerta alta, de metal oscuro, con un tirador en forma de pluma. La pluma tenía una pequeña grieta, como si hubiera sido reparada con prisas. Nerea sintió un cosquilleo en las yemas de los dedos, una especie de llamado silencioso.

Empujó.

El aire cambió de golpe: olía a lluvia y a papel antiguo. Estaba en un vestíbulo enorme, circular, con decenas de espejos enmarcados en plata. Había espejos de pie, espejos en el techo, espejos inclinados como si quisieran escuchar. Y ninguno reflejaba nada.

Ni su cara, ni su uniforme, ni siquiera el polvo.

En lugar de reflejos, cada espejo mostraba una sombra oscura, como si mirara hacia una noche distinta.

—Vale… esto no es el comedor—susurró Nerea.

En el centro del vestíbulo había un pedestal vacío. Encima, una marca en forma de pluma, grabada en la piedra.

“Pluma encantada”, pensó. Y la idea le atravesó como una flecha.

Su abuela le había hablado de ella: la Pluma de Hilo, capaz de escribir palabras que se convertían en puentes invisibles entre lo cotidiano y lo extraordinario. Se decía que, si la usabas con honestidad, la magia te encontraba. Si mentías… la magia se reía de ti y te dejaba con la tinta en la nariz.

Nerea era idealista por naturaleza. Creía, con una fuerza casi terca, que las cosas mágicas no debían perderse ni ocultarse por miedo. Si existía un objeto que unía mundos, debía estar donde hiciera bien.

Y ese pedestal vacío parecía una herida.

—La han robado… o se ha escapado—dijo en voz alta, como si el vestíbulo pudiera contestar.

Un estornudo la interrumpió.

Detrás de un espejo inclinado apareció una chica de su edad, con el pelo recogido en una trenza y una mochila demasiado llena, como si dentro llevara una biblioteca entera.

—¡Achís! Perdón. El polvo me ataca cuando estoy nerviosa—dijo la chica, sacudiéndose las manos—. Tú también lo has encontrado, ¿verdad?

—¿Encontrado qué? ¿El… lugar que no refleja?

La chica asintió con ojos brillantes.

—El Vestíbulo Mudo. Y el pedestal. Me llamo Lía. Dicen que aquí se guardaba la Pluma de Hilo… hasta que desapareció.

Nerea tragó saliva. No estaba sola. Y de algún modo, eso hacía el misterio más grande… y menos aterrador.

—Soy Nerea. Me perdí por error.

—Entonces tu error tiene buen gusto—respondió Lía, y sonrió como si acabara de descubrir un chiste secreto—. ¿Quieres… buscarla conmigo?

Nerea miró otra vez el pedestal vacío. Sintió el cosquilleo, como si la escuela misma le empujara suavemente la espalda.

—Sí. Vamos a traerla de vuelta.

Capítulo 2: Espejos que escuchan

Se acercaron al primer espejo. Era alto y tenía el marco tallado con pequeñas nubes y rayos. Nerea levantó la mano para tocar el cristal, pero su dedo no encontró superficie: atravesó una película fría, como agua quieta.

—¿Has visto eso?—dijo.

Lía sacó un cuaderno de tapa verde de su mochila.

—Mi hermano mayor me dio esto. Dijo: “Si te metes en sitios raros, apunta todo. Así al menos te perderás con estilo”.

Nerea rió, agradecida por el humor.

—¿Y qué apuntamos? “Espejos que no son espejos”.

“Espejos que no reflejan, pero sienten”—corrigió Lía, muy seria—. Mira.

Lía se colocó delante del espejo de nubes y dijo, con voz clara:

—Vestíbulo Mudo, muéstranos el hilo.

Nada pasó. El espejo siguió siendo una sombra.

Nerea se cruzó de brazos.

—Quizá hay que pedirlo de otra manera. O… no sé… quizá es tímido.

—O quizá nos está probando—dijo Lía—. Los objetos encantados siempre prueban. Mi profesora de iniciación dice que la magia no es una puerta automática. Es más como… un perro desconfiado. Si hueles a miedo, te ladra. Si hueles a verdad, te sigue.

Nerea miró su propia mano, aún fría por el “agua” del espejo.

—Yo no tengo miedo—mintió.

En el espejo de nubes, la sombra se agitó. Algo como una burbuja oscura subió desde el fondo y estalló sin sonido. Nerea dio un salto hacia atrás.

—Vale. Quizá un poquito.

Lía no se burló. Solo dijo:

—Confiar no es no tener miedo. Es seguir aun con el miedo en el bolsillo.

Nerea respiró hondo. Le gustó esa frase. Le sonó a algo que su abuela habría dicho mientras removía sopa de calabaza.

Volvió a acercarse. Esta vez habló sin intentar parecer valiente, solo sincera:

—Queremos encontrar la Pluma de Hilo para devolverla al pedestal. No para presumir ni para hacer travesuras… bueno, travesuras pequeñas quizá, pero responsables.

Lía carraspeó, como si le diera risa.

El espejo de nubes se aclaró un poco. No mostró su reflejo, pero sí una escena: un corredor con ventanas, y sobre un banco, una pluma blanca que brillaba como si estuviera hecha de luz enredada.

—¡Ahí!—susurró Nerea.

La imagen tembló y desapareció.

—Solo nos enseñó un vistazo—dijo Lía, apuntando rápido—. Corredor con ventanas. Banco. Pluma blanca.

—¿Y cómo llegamos?—preguntó Nerea.

Lía señaló otros espejos.

—Puede que cada espejo muestre un paso. Como un mapa… pero en pedazos.

Se movieron de espejo en espejo. Uno mostraba una escalera con alfombra roja. Otro, una puerta con un número: 13. Otro, un gato negro que bostezaba junto a una estatua.

Nerea se mareó un poco con tantas sombras, pero notó algo: cada vez que hablaba con honestidad, el vestíbulo respondía. Y cada vez que intentaba sonar “importante”, los espejos se quedaban mudos.

En el último espejo, el marco era simple, de madera clara. Lía leyó una frase grabada en la esquina:

“Lo invisible ata lo verdadero”.

—Suena a pista—dijo Lía.

Nerea apoyó la frente en el espejo, que estaba frío como una tarde de invierno. Susurró:

—Enséñanos el último hilo, por favor.

La sombra se abrió como una cortina. Vieron el corredor con ventanas… y al fondo, una puerta azul, igual que el pasillo por el que Nerea había entrado por error.

—¡Volvemos al inicio!—exclamó Nerea—. Mi equivocación… era el camino.

Lía cerró el cuaderno, satisfecha.

—Los mejores mapas empiezan con una mancha de tinta.

Capítulo 3: El corredor de las ventanas y el gato juez

Salieron del Vestíbulo Mudo con cuidado, como si dejaran atrás una habitación que podía ofenderse. La puerta de metal se cerró sola con un clic suave, como una pestaña al parpadear.

El pasillo azul ya no parecía tan estrecho. O quizá Nerea caminaba distinta.

—¿Y si alguien más la busca?—preguntó Nerea mientras avanzaban.

—Seguro—dijo Lía—. Pero no todos la buscan por el mismo motivo.

Bajaron la escalera de alfombra roja, contaron trece escalones (Lía insistió; “por si el trece está de humor”), y atravesaron una puerta con el número 13 que olía a manzanas verdes.

Llegaron al corredor de las ventanas. La luz era dorada, como si el sol estuviera contando secretos. Sobre un banco de madera oscura, algo brilló.

La pluma.

Era más bonita de lo que Nerea imaginaba: blanca, con filamentos finísimos que parecían hilos de telaraña luminosa. No flotaba, pero daba la impresión de que no pesaba nada.

Nerea dio un paso… y un gato negro se deslizó delante de ella, silencioso como una sombra bien educada. Se sentó justo frente al banco, con la cola enrollada como un signo de interrogación.

—Hola—dijo Nerea—. ¿Eres… el guardián?

El gato la miró con ojos amarillos y medio cerrados, como si evaluara su alma y su forma de atarse los cordones a la vez.

Lía se agachó.

—Gato. No queremos problemas. Solo devolver la pluma.

El gato maulló. Pero no sonó a maullido normal. Sonó a “Ajá”.

Entonces, una voz salió del gato, tranquila y un poco burlona:

—La pluma no se “devuelve” como si fuera un paraguas olvidado. Se gana.

Nerea se quedó tiesa.

—¿Los gatos… hablan aquí?

—Solo los que tienen algo que decir—respondió el gato—. Y yo tengo muchísimo que decir, pero hoy me limitaré. Me llaman Sierpe, aunque no soy una serpiente. Es un chiste antiguo.

Lía intentó no reír, pero se le escapó un sonido raro.

—Señor Sierpe… —empezó.

—Señorísimo, si vamos a ponernos formales—corrigió el gato, lamiéndose una pata—. ¿Por qué quieren la Pluma de Hilo?

Nerea abrió la boca para contestar algo grandioso, pero recordó los espejos. Tragó aire y dijo la verdad simple:

—Porque siento que está fuera de lugar. Y porque… si conecta mundos, puede hacer daño o ayudar. Y prefiero que ayude.

Sierpe la observó un rato. Luego miró a Lía.

—¿Y tú?

Lía apretó su cuaderno contra el pecho.

—Porque Nerea no debería hacerlo sola. Y porque… confío en que la magia no está para asustar, sino para enseñarnos a cuidarnos.

El gato cerró los ojos, como si saboreara esas palabras.

—Muy bien. Prueba número uno: confianza. Pero no solo confiar en ustedes. Confiar en lo que no ven.

Nerea frunció el ceño.

—¿Cómo se hace eso?

Sierpe saltó al banco y se colocó al lado de la pluma sin tocarla.

—Cerrando los ojos. Y dando un paso.

—Eso suena peligrosamente como caerse—murmuró Lía.

—La vida es peligrosamente parecida a caerse—dijo Sierpe—. Adelante.

Nerea sintió que el corazón le daba un golpe en las costillas. Cerró los ojos. El corredor olía a madera calentada por el sol. Escuchó la respiración de Lía. Y, por debajo, un murmullo suave… como hilos rozándose.

Dio un paso hacia el banco.

No chocó con nada. No tropezó. En cambio, sintió bajo sus pies una superficie elástica, invisible, como una red tensada. Un puente que no estaba antes.

—Lo sientes—dijo Sierpe—. Los hilos.

Nerea abrió los ojos. Del banco a sus zapatos había líneas finísimas de luz, casi transparentes. La pluma estaba conectada a ella, como si la reconociera.

—Ahora tómala—ordenó el gato—. Pero con cuidado. Y sin mentirte.

Nerea extendió la mano. La pluma se deslizó sola hacia su palma, tibia como un pájaro vivo.

En el instante en que la tocó, vio algo: un destello de espejos, el pedestal vacío… y una sombra más oscura que las otras, escondida dentro del Vestíbulo Mudo, esperando.

—No somos las únicas—susurró Nerea.

Sierpe abrió un ojo.

—Nunca lo son.

Capítulo 4: La promesa escrita en el aire

Regresaron hacia el pasillo azul con la pluma envuelta en el pañuelo de Nerea, aunque el pañuelo brillaba un poco, como si le hubiera caído harina de estrellas. Lía caminaba pegada a ella, mirando hacia atrás cada dos pasos.

—¿Viste lo mismo que yo?—preguntó Lía—. Algo… acechando.

—Sí—dijo Nerea—. Y creo que está en el vestíbulo.

—¿Entonces por qué la pluma estaba aquí?—insistió Lía—. Si la sombra quería la pluma, la habría… bueno, robado del banco.

Nerea apretó el pañuelo.

—Tal vez la pluma se escondió. O tal vez la sombra no puede tocarla.

Sierpe los había seguido hasta la escalera roja, pero allí se detuvo, como si hubiera una línea invisible que no debía cruzar.

—No me gustan los espejos mudos—dijo el gato—. Guardan demasiadas palabras tragadas. Ustedes entran, ustedes salen. Yo me quedo con mis bigotes intactos.

—Gracias, señorísimo—dijo Lía.

—Ajá—contestó Sierpe, que era su forma favorita de despedirse.

Al llegar a la puerta del vestíbulo, Nerea notó que el tirador en forma de pluma estaba más frío. Como si la puerta hubiera estado esperando impaciente.

Entraron.

Los espejos seguían sin reflejar, pero ahora las sombras en su interior parecían moverse como humo. El pedestal en el centro brillaba tenuemente, como si recordara la forma de la pluma.

Nerea avanzó despacio.

—Solo la colocamos y nos vamos, ¿vale?—susurró Lía—. Sin aventuras extra.

—La escuela entera es una aventura extra—susurró Nerea de vuelta.

Cuando Nerea se inclinó para poner la pluma en el pedestal, una ráfaga helada atravesó el vestíbulo. Las sombras en los espejos se estiraron, formando una silueta alta, sin rostro, hecha de oscuridad arrugada.

Lía se agarró al brazo de Nerea.

—Eso… eso no es un profesor.

La silueta habló sin boca. La voz parecía venir de detrás de ellos, y también desde dentro de los espejos.

—La pluma escribe vínculos. Yo quiero cortar.

Nerea tragó saliva. Sus rodillas querían imitar a gelatina, pero recordó lo que Lía había dicho: miedo en el bolsillo, paso hacia delante.

—No—dijo Nerea, y su “no” sonó más firme de lo que esperaba—. No vas a cortar nada.

La sombra se inclinó, como si oliera la pluma.

—Eres pequeña. Idealista. Fácil de engañar.

Nerea sintió una tentación extraña de decir algo valiente y falso, como: “¡No le temo a nada!”. Pero la pluma en su mano se calentó, advirtiéndole.

Lía dio un paso adelante.

—Puede que sea pequeña—dijo—, pero no está sola.

Nerea miró a Lía. Una alumna prometedora, sí. Pero, sobre todo, una amiga recién estrenada que se estaba quedando a su lado cuando era más cómodo salir corriendo. Eso era magia también.

Nerea levantó la pluma.

—Si la pluma escribe vínculos, entonces escribiremos uno ahora. Un vínculo de confianza.

—¿Con qué tinta?—se burló la sombra—. Aquí no hay nada.

Nerea recordó los hilos invisibles del corredor de ventanas. Miró alrededor. No reflejos, pero sí aire. Y el aire estaba lleno de cosas que no se ven.

—Con lo invisible—susurró.

Pasó la pluma por el aire, como si dibujara una palabra. La punta dejó un rastro luminoso, finísimo. No era tinta; era hilo de luz.

Escribió: “CONFÍO”.

La palabra quedó flotando entre ella y la sombra, y los espejos temblaron. La oscuridad retrocedió un poco, como si el hilo le diera cosquillas.

Lía entendió al instante y tomó el cuaderno verde, arrancó una hoja y la sostuvo como si fuera una vela.

—Yo también—dijo, y con voz clara añadió—: “CONFÍO EN TI”.

Nerea pasó la pluma sobre la hoja sin tocarla. Las letras aparecieron solas, delicadas, y luego se soltaron del papel como mariposas de luz, uniéndose a la palabra del aire.

El vestíbulo se iluminó lo justo, como cuando una habitación se acostumbra a tu presencia.

La sombra siseó.

—Los vínculos son cadenas.

—No—dijo Nerea—. Son puentes.

Y colocó la pluma en el pedestal.

Capítulo 5: El hilo que cose la noche

En cuanto la pluma tocó la marca del pedestal, un sonido suave llenó el vestíbulo, como si alguien rasgara seda. De la base del pedestal salieron hilos luminosos que se extendieron hacia cada espejo.

Los espejos, uno por uno, dejaron de mostrar sombra. En su lugar aparecieron escenas normales: el pasillo azul, la escalera roja, el comedor de verdad (con una sopa que burbujeaba como un volcán amable), el patio con alumnos riendo.

No eran reflejos de Nerea y Lía. Eran… ventanas a lugares reales. El Vestíbulo Mudo estaba recordando su función: unir, no esconder.

La sombra chilló sin sonido y se encogió, como si la luz le quitara el aire.

—Esto no ha terminado—susurró, ya casi transparente.

—Puede que no—dijo Nerea, sorprendiéndose de lo tranquila que sonaba—. Pero hoy no vas a ganar.

Lía, que había estado temblando, respiró por fin.

—¿Crees que se irá?

—Creo que no le gusta cuando la gente confía—respondió Nerea—. La confianza es… pegajosa.

Lía soltó una risita, y hasta en ese momento tenso sonó bien, como una campanita.

La última hebra de luz llegó al espejo de madera clara. En su marco apareció una frase nueva, grabándose como si una mano invisible la tallara:

“Lo invisible ata lo verdadero… y lo verdadero ahuyenta la sombra”.

El aire dejó de estar helado. Volvió el olor a lluvia y a papel antiguo, pero ahora era un olor agradable, como una biblioteca después de ventilar.

En el centro, la pluma reposaba tranquila. No brillaba tanto. Parecía satisfecha.

Nerea se acercó al pedestal y habló en voz baja, como si hablara con un animal que por fin se ha dormido.

—Gracias por dejarnos encontrarte.

Lía se inclinó a leer el pedestal. Había una inscripción pequeña que antes no habían visto:

“Solo quien se equivoca se mueve. Solo quien confía encuentra.”

Nerea miró a Lía.

—Mi mapa al revés…

—Tu error con estilo—dijo Lía.

Se quedaron un segundo en silencio, mirando los espejos-ventanas. El mundo ordinario y el extraordinario, separados por un cristal que no era cristal, unidos por hilos que no se veían.

—¿Y si alguien pregunta qué hicimos aquí?—preguntó Lía.

Nerea pensó en profesores, castigos y sermones interminables.

—Diremos la verdad—decidió—. Pero quizá… empezamos por una parte pequeña de la verdad. La parte que no nos mete en una torre sin postre.

Lía asintió con una seriedad cómica.

—La confianza también puede ser estratégica.

Nerea se rió.

—Eso suena a frase de bruja.

—Bueno—dijo Lía, levantando la barbilla—. Lo somos.

Capítulo 6: Un regreso con las manos abiertas

Salieron del vestíbulo y, por primera vez, el pasillo azul no parecía una trampa sino un saludo. En una esquina, el retrato de cejas imponentes los observó.

—¿Sobrevivieron?—preguntó, decepcionado, como si hubiera apostado a otra cosa.

—Más o menos—respondió Nerea—. Y aprendimos algo.

—Qué aburrido—se quejó el retrato, pero en su ojo había un brillo divertido—. Sigan caminando, entonces.

Bajaron hacia el comedor de verdad. El olor a sopa ahora sí era real. Las voces de otros alumnos llenaban el aire, y ese sonido cotidiano hizo que lo ocurrido pareciera un secreto guardado en el bolsillo.

Antes de entrar, Nerea se detuvo.

—Lía.

—¿Sí?

Nerea dudó un segundo. No era difícil agradecer; lo difícil era admitir lo importante que había sido.

—Gracias por quedarte. Cuando apareció… eso, yo… quería correr.

Lía se encogió de hombros, pero sus mejillas se pusieron un poco rojas.

—Yo también quería correr. Solo que mis piernas no se pusieron de acuerdo conmigo.

Nerea sonrió.

—Entonces confiaste aunque tu cuerpo protestara.

—Y tú escribiste en el aire—dijo Lía, admirada—. Eso no lo hace cualquiera.

Nerea miró sus manos.

—No lo hice por ser especial. Lo hice porque… te creí. Cuando dijiste que confiar era seguir con miedo en el bolsillo.

Lía abrió su cuaderno verde y escribió una línea.

—¿Qué apuntas ahora?—preguntó Nerea.

—Que hoy hice una amiga—dijo Lía—. Y que los errores pueden ser puertas. Ah, y que un gato puede ser “señorísimo”.

Nerea rió y empujó la puerta del comedor.

Dentro, el mundo era normal: platos, cucharas, alumnos discutiendo si un hechizo para inflar panecillos contaba como “cocinar”. Pero Nerea sentía el hilo invisible: el que unía el vestíbulo a este lugar, el que la unía a Lía, el que la unía a su propia valentía imperfecta.

Se sentaron juntas. Al otro lado del comedor, una ventana dejó entrar una franja de luz dorada.

Nerea la miró y pensó, con calma, que la magia no siempre era un estallido. A veces era una promesa pequeña que te atreves a cumplir.

Y, en algún lugar del castillo, el Vestíbulo Mudo, ya no tan mudo, sostenía sus espejos como quien guarda secretos buenos: los que te enseñan a confiar.

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Vestíbulo
Sala de entrada grande dentro de un edificio, antes de otras habitaciones.
Pedestal
Base o soporte donde se coloca un objeto importante para mostrarlo.
Pluma
Objeto con punta que sirve para escribir; aquí, un objeto mágico para escribir.
Espejos
Superficies que reflejan imágenes; aquí muestran escenas en vez de reflejos.
Sombra
Figura oscura que carece de luz, o forma poco clara y misteriosa.
Corredor
Pasillo largo dentro de un edificio que comunica varias habitaciones.
Alfombra
Tela gruesa que cubre el suelo, usada para decorar o hacer más suave.
Inscripción
Texto grabado en una superficie, como piedra o madera, para leer.
Vínculos
Uniones o lazos que conectan personas, lugares o cosas entre sí.
Hilos
Fibras finas que forman cuerdas; aquí son líneas de luz que conectan.

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