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Cuento fantástico de brujería 11/12 años Lectura 22 min.

La hilandera de brumas y el lumen suave

Naira, una joven bruja que aprende la magia suave, recibe un hilo de bruma que la guía al taller donde deberá enfrentar a una fileuse de brumas; con la ayuda de su maestra, intentará comprender y sanar un vínculo roto sin recurrir a la fuerza.

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La hechicera principal, Naira, es una adolescente de cabello castaño claro en trenza desordenada, con capa de terciopelo verde oscuro y mirada determinada y empática; sostiene una pequeña varita de avellano apuntando hacia un cuenco de piedra; la maestra Arelia, mujer de unos 40 años de cabello gris corto y gafas redondas, con vestido color tierra manchado de tinta, está erguida detrás de la mesa, calmada y protectora con una mano sobre un libro antiguo abierto; la hiladora de brumas es una criatura de vapor plateado con reflejos rosados, figura alargada y rostro en remolinos, que se inclina con curiosidad temerosa hacia el cuenco; el taller es antiguo, con estanterías de madera llenas de frascos luminosos, una mesa de roble manchada, un alambique de vidrio y suelo de mosaico; la escena muestra un ritual sereno: Naira concentra un resplandor dorado en la punta de su varita sobre un pequeño cuenco de agua que canta, la bruma se calma entrelazándose con tres frascos luminosos en la mesa, luz cálida de lámpara y expresiones de sorpresa y ternura. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El hilo que nadie veía

Naira no se asustó cuando encontró el misterio; se quedó inmóvil, con la frente arrugada, como si acabara de oír una palabra nueva.

En la mesa de su cuarto —entre plumas, un cuaderno con esquinas dobladas y un caramelo olvidado— había aparecido un lazo de bruma. No era humo ni niebla corriente. Era un hilo delgado, plateado, que se retorcía con paciencia, como un gato estirándose al sol… solo que el sol estaba fuera y el hilo estaba dentro, y eso no tenía ninguna educación.

Naira alargó un dedo.

El hilo se apartó.

—Ah, muy bien —murmuró ella—. Eres de los que no dan la mano.

El hilo se deslizó hacia la ventana cerrada y se pegó al vidrio como si quisiera escapar, aunque no había rendijas. Luego formó una pequeña espiral, casi una letra, y Naira sintió un cosquilleo detrás de los ojos: una especie de idea que no era suya del todo.

“Ve al taller.”

Naira era una bruja, pero no de las que hacen que las cucharas bailen por puro orgullo. Su magia, cuando salía bien, era suave: una manta tibia en invierno, una palabra que calma, una luz que no hace daño. Eso era lo que ella quería aprender a canalizar sin que se le desparramara por todas partes como sopa en un plato torcido.

Miró el hilo otra vez.

—¿Al taller de alquimia? ¿A esta hora?

El hilo se tensó, como si asintiera con un gesto invisible.

Naira se puso la capa, agarró su varita de avellano y una bolsita de galletas (porque nunca se sabe cuándo la magia te deja con hambre). Antes de salir, dejó una nota en la mesa: “Vuelvo pronto. Si el hilo vuelve, dile que tengo cosas que hacer.”

No sabía a quién se lo escribía. Pero, por alguna razón, eso la hizo sentirse mejor.

Capítulo 2: El taller de las fiolas luminosas

El taller de alquimia estaba al final del pasillo más antiguo del colegio de artes arcanas, donde las piedras del suelo tenían marcas de cientos de pasos y algún que otro derrame legendario. La puerta, de madera oscura, tenía un pomo en forma de salamandra que parecía juzgarte.

Naira empujó. La puerta cedió con un suspiro.

Dentro, el aire olía a menta, cobre y lluvia reciente. Estanterías repletas de frascos rodeaban la sala, y en cada uno brillaba una luz distinta: verde como hojas nuevas, azul como una noche limpia, ámbar como miel. Algunas fiolas burbujeaban en silencio; otras parecían cantar, muy bajito, como si tuvieran vergüenza.

En el centro había una mesa larga salpicada de manchas coloridas que ningún limpiador había logrado vencer. Sobre ella, un alambique de vidrio reflejaba destellos y, al lado, una lámpara con una llama que no quemaba. Era un lugar que parecía sostener el mundo con pequeños trucos.

La maestra Arelia, alquimista del taller, estaba agachada, examinando una bandeja con polvo brillante.

—Llegas tarde, Naira —dijo sin levantar la vista—. Aunque… no sueles venir sin motivo.

—Tampoco suelo recibir hilos de bruma en mi cuarto —respondió Naira, y sacó el lazo plateado de su bolsillo como quien muestra un insecto raro.

La maestra alzó las cejas.

—Vaya. Eso es… un mensaje antiguo.

El hilo se deshizo en el aire y volvió a aparecer sobre la mesa, más inquieto. Giró alrededor de una fiola que emitía luz rosada, como si la estuviera oliendo.

—¿Quién lo envía? —preguntó Naira.

Arelia se enderezó, seria de pronto.

—Una fileuse de brumas podría hacerlo.

—¿Una qué?

—Una hilandera de brumas —aclaró Arelia—. Las llaman así porque tejen niebla con intención. No todas son malas… pero todas son complicadas. Su magia es sutil y se pega a las cosas, como el olor a cebolla en la ropa.

Naira soltó una risita pese a todo.

—Eso sí que da miedo.

—No te burles. —Arelia señaló las fiolas—. Aquí guardamos el Lumen Suave, el tipo de magia que cura sin mandar y guía sin empujar. Tú quieres aprender a canalizarla. Y, si esa bruma te ha encontrado, quizá sea porque algo en ti ya brilla… o porque algo quiere apagarlo.

El hilo plateado vibró y se estiró hacia una puerta pequeña al fondo del taller, una puerta que Naira nunca había visto abierta.

—Ahí no solemos entrar —dijo Arelia.

—¿Y hoy sí?

Arelia suspiró, como si el taller le hubiera contestado.

—Hoy, parece que sí.

Capítulo 3: La sala del Lumen Suave

La puerta pequeña tenía un cerrojo de hierro. Arelia no sacó llave; apoyó la palma y murmuró una frase que sonó a campanillas. El cerrojo se abrió con un clic tímido.

La sala interior era más cálida, y el suelo estaba cubierto por un mosaico que dibujaba un mapa de constelaciones. En el centro había un cuenco de piedra con agua quieta. Sobre el cuenco, flotaba una fiola diminuta, luminosa por dentro como un amanecer en miniatura.

Naira se acercó con cuidado.

—¿Eso es Lumen Suave?

—Una porción —dijo Arelia—. La magia suave no se agarra con fuerza. Se le pide permiso.

Naira tragó saliva. Había practicado hechizos mil veces, pero casi siempre con nervios, como quien intenta sostener una mariposa sin romperle las alas. Arelia le había repetido: “Más lento. Más amable. Menos ‘mírame' y más ‘te escucho'.”

El hilo de bruma se enrolló alrededor de la fiola flotante, sin tocarla del todo, como si quisiera medirla.

—No le gusta que le presten atención —susurró Naira.

—Las brumas son celosas —dijo Arelia—. Naira, quiero que intentes canalizar el Lumen. Solo un poco. Úsalo para… —miró alrededor— para hacer que ese agua cante.

—¿Que cante?

—Una melodía sencilla. No una ópera, por favor. Ya tuvimos una “ópera del caldero” el año pasado. Fue traumática.

Naira sonrió. Se arrodilló junto al cuenco y apoyó la varita sin tocar el agua. Cerró los ojos y pensó en algo pequeño y bueno: cuando un alumno nuevo se pierde y alguien lo acompaña sin burlarse; cuando compartes tu último trozo de pan y, de alguna manera, el hambre se vuelve menos importante.

Susurró:

—Lumen, ven suave.

La fiola en el aire latió. Una luz cálida bajó, se posó sobre el agua y la superficie tembló con un “plin” claro. Luego otro. Y otro. Como gotas que no mojaban.

La melodía nació sola, simple y dulce, como un tarareo.

Naira abrió los ojos, emocionada.

El hilo de bruma, en cambio, se tensó como un cordón enojado. Se estiró hacia el cuenco y, sin tocar el agua, lanzó una sombra leve. La melodía se apagó como una vela con viento.

Naira sintió un frío en la nuca.

—¿Lo hice mal?

—No —dijo Arelia, y su voz se volvió más baja—. Eso fue una interrupción.

El hilo se elevó, describió un círculo en el aire y, por un instante, tomó forma de mano delgada hecha de niebla. Una mano que “señalaba” a Naira.

Entonces, una voz, suave como polvo, llenó la sala:

—Devuélveme lo que es mío.

Naira se quedó con la boca entreabierta.

—¿Qué… qué cosa?

La bruma no respondió con palabras. Respondió con un tirón invisible que hizo que el aire vibrara y que la fiola de amanecer palpitara, insegura.

Arelia levantó su varita.

—¡Basta! Este lugar está protegido.

La bruma soltó una risa silenciosa, como una exhalación. Y desapareció, dejando un rastro plateado que olía a lluvia vieja.

Naira notó que le temblaban las manos.

—¿Qué quiere?

Arelia miró el cuenco, serio.

—Quiere el Lumen Suave. O quiere lo que tú puedes hacer con él.

Capítulo 4: La fileuse de brumas

Esa noche, Naira no durmió mucho. Cada vez que cerraba los ojos, soñaba con hilos que se metían por debajo de las puertas y anudaban los tobillos de las camas. Al final, se levantó y fue al taller antes del amanecer.

Encontró a Arelia ya allí, revolviendo un cajón como si estuviera buscando un recuerdo.

—¿Sabías que vendría? —preguntó Naira, apoyándose en el marco de la puerta.

—No —respondió Arelia—. Pero el taller lo sospechaba. Mira.

Le mostró un libro antiguo, con páginas amarillentas y un dibujo de espirales.

—Las fileuses de brumas aparecen cuando hay un vínculo invisible tirante —explicó—. Un lazo entre lo ordinario y lo extraordinario que se está estirando demasiado. Como una cuerda de cometa en plena tormenta.

—¿Y ese vínculo… soy yo?

Arelia la miró con franqueza.

—En parte. Eres magnánima, Naira. Tu magia se inclina a ayudar. Eso atrae cosas buenas… y también criaturas que quieren usar esa bondad como una herramienta.

Naira frunció el ceño.

—Entonces tengo que volverme menos… buena.

—No —dijo Arelia, tajante—. Tienes que volverte más hábil. La bondad sin límites es como un faro sin paredes: ilumina, sí… pero también deja entrar a cualquiera.

En ese momento, el aire del taller se enfrió. Las fiolas luminosas parpadearon como si alguien hubiera contado un chiste malo y ellas no supieran si reír o no.

En la esquina, cerca del estante de esencias, la bruma se acumuló. Tomó forma de una figura alta, casi elegante, con un vestido hecho de vapor. Donde debería haber ojos, había remolinos claros.

Naira tragó saliva, pero no retrocedió.

La fileuse habló con voz de seda mojada:

—La niña que canta al agua.

—Soy una bruja, no una canción —dijo Naira, sorprendiéndose de su propio tono.

La fileuse inclinó la cabeza.

—La bruja que no empuja. Eso es raro. Eso es… delicioso.

—¿Qué quieres? —preguntó Arelia, firme.

La fileuse extendió una mano de niebla hacia las fiolas.

—Lo que guardáis aquí. El Lumen. Quiero envolverlo. Tejerlo. Convertirlo en bruma obediente.

—Eso lo arruinaría —dijo Naira, sin poder evitarlo—. El Lumen no sirve para mandar.

La fileuse soltó un suspiro que hizo temblar las llamas de la lámpara.

—Todo sirve para mandar, si sabes cómo apretar.

Naira sintió rabia, pero también algo más: pena. La fileuse parecía hambrienta, como si llevara siglos respirando niebla sin encontrar aire de verdad.

—¿Por qué lo necesitas? —preguntó Naira, despacio.

La figura se agitó.

—Porque… —La palabra se quebró como hielo fino— porque yo estaba unida a algo. A alguien. Un vínculo. Y se rompió. Ahora la bruma me devora por dentro.

Arelia no bajó la varita, pero su mirada se suavizó un poco.

—Los vínculos no se arreglan robando —dijo.

La fileuse se acercó un paso. El suelo no crujió; la bruma no pesa.

—Entonces enséñame otra forma, brujita magnánima —susurró—. O verás cómo tejo tu taller hasta dejarlo en silencio.

Capítulo 5: Lecciones en voz baja

Arelia y Naira se miraron. Había decisiones que pesaban más que los calderos.

—No te daremos el Lumen para dominar —dijo Arelia—. Pero… quizá podamos ayudarte a no ahogarte en tu propia bruma.

La fileuse tembló, como si esa oferta fuera una palabra en un idioma olvidado.

Naira dio un paso adelante, despacio, para que la bruma no sintiera una emboscada.

—Yo estoy aprendiendo a canalizar magia suave —dijo—. Si me dejas intentarlo contigo… tal vez puedas sentir algo distinto. No como una cuerda que aprieta, sino como una mano que sostiene.

—¿Vas a “sostenerme”? —La fileuse soltó una risa tenue—. Qué valiente. O qué imprudente.

—Puedo ser las dos cosas —admitió Naira—. Depende del día.

Arelia carraspeó, como si quisiera recordar que seguía siendo la adulta responsable.

Colocaron tres fiolas sobre la mesa: una de luz rosada (calma), una azul clara (claridad) y una dorada (valor). Arelia explicó:

—El Lumen Suave no es una fuerza única. Es un tejido de emociones luminosas. No es cursi; es práctico. Calma para no entrar en pánico. Claridad para no engañarte. Valor para actuar sin aplastar.

Naira se concentró. El taller olía a menta y a posibilidades.

—Fileuse —dijo ella—, no voy a amarrarte. Solo voy a… a ofrecerte un borde.

La bruma se arremolinó, desconfiada.

—Si intentas encerrarme…

—Si intento encerrarte, puedes convertirme el pelo en nube para siempre —dijo Naira—. Y sería un peinado espantoso.

La fileuse soltó un sonido que, si no era risa, se le parecía bastante.

Naira levantó la varita y, en vez de apuntar como una flecha, la sostuvo abierta, como quien invita a sentarse.

Susurró:

—Lumen, ven suave. No para atar. Para escuchar.

La luz rosada salió como un hilo cálido y se mezcló con la bruma sin pelear. La azul le siguió, como agua clara. La dorada llegó al final, firme, sin prisa.

La fileuse se estremeció. Su silueta dejó de vibrar tan rápido. Por un instante, pareció más… presente.

—Eso… —susurró— no duele.

—La bondad no debería doler —dijo Naira.

—A veces duele cuando no la mereces —contestó la fileuse, y esas palabras pesaron en el aire.

Arelia observaba con atención, como quien mira a un pájaro herido aprender a confiar.

—¿Quién rompió tu vínculo? —preguntó Naira con cuidado.

La bruma se encogió.

—Una niña —dijo la fileuse—. Una niña a la que protegí. Creció, me tuvo miedo, me llamó monstruo. Me cerró la puerta del mundo ordinario. Desde entonces solo tengo niebla y ecos.

Naira apretó los labios.

—No eras un monstruo para ella, entonces.

—No lo sé ya —susurró la fileuse—. La bruma cambia las cosas. Las vuelve… resbaladizas.

Naira sintió el misterio como una piedra en el bolsillo: ya lo entendía. La bruma no venía solo a robar; venía a buscar un sustituto para un vínculo perdido.

—No podemos devolverte esa puerta tal como era —dijo Naira—. Pero quizá podamos tejer una nueva, sin mentiras.

La fileuse la miró, o algo parecido.

—Te escucho, bruja que canta al agua.

Capítulo 6: El nudo invisible

Arelia abrió el libro antiguo en una página marcada con una cinta.

—Hay un ritual de costura luminosa —dijo—. No une por fuerza. Une por elección. Pero requiere algo difícil: sinceridad.

La fileuse se agitó.

—La sinceridad es peligrosa.

—Lo sé —dijo Naira—. Por eso funciona.

El ritual era simple en apariencia. Tres cosas: una hebra de bruma ofrecida sin truco, una gota de Lumen Suave pedida con respeto y un recuerdo verdadero, dicho en voz alta.

Se colocaron alrededor del cuenco de piedra. Las fiolas iluminaban el taller como luciérnagas atrapadas en cristal.

—Empiezo yo —dijo Naira, antes de que el silencio se volviera cobarde—. Un recuerdo verdadero.

Cerró los ojos.

—Cuando era pequeña, hice un hechizo para que mi hermano dejara de llorar. Solo quería ayudar. Pero lo hice tan deprisa que le cambié la voz por la de un pato durante una semana. —Abrió un ojo hacia Arelia—. Fue… terrible.

—Cuac —imitó Arelia, muy seria, y luego carraspeó—. Continúa.

Naira se rió, y esa risa alivió el aire.

—Aprendí que ayudar sin escuchar puede asustar a quien quieres proteger. Desde entonces intento ser suave.

Arelia asintió.

—Mi recuerdo —dijo ella—: una vez mezclé una esencia de valentía con una de euforia. Toda la clase se creyó invencible y un alumno intentó pelear contra una escoba. Perdió. La escoba ganó con elegancia. Aprendí que el valor necesita dirección.

La fileuse permanecía quieta, como si los recuerdos fueran chispas que no sabía tocar.

—Ahora tú —dijo Naira, sin exigencia.

La bruma tardó en responder. Al fin, una hebra plateada salió de su “mano” y se dejó caer sobre el borde del cuenco.

—Mi recuerdo —susurró—: yo tejía niebla alrededor de una ventana para que la niña durmiera sin pesadillas. Todas las noches. Ella me llamaba… “Señora Suave”.

Naira sintió un nudo en la garganta.

—¿Y qué pasó?

La bruma tembló.

—Creció. Oyó historias. Vio mi niebla y pensó en sombras. Dijo: “Fuera”. Me cerró la ventana. Yo… tiré del vínculo. Demasiado fuerte. Rompí el cristal. La asusté. Y entonces sí, fui un monstruo.

Arelia bajó la mirada.

—El vínculo invisible se rompió por miedo y por prisa —dijo—. Como muchos.

Naira sostuvo la varita sobre el cuenco.

—Lumen, ven suave —susurró—. Solo una gota.

La luz del amanecer en miniatura descendió, con delicadeza, y tocó el agua. La hebra de bruma se mezcló con esa luz. No chisporroteó. No explotó. Solo… se entrelazó.

El agua empezó a cantar otra vez, pero ahora la melodía era distinta: tenía una nota melancólica y otra esperanzada, como si dijera “lo siento” y “aún podemos” en el mismo compás.

La fileuse se quedó inmóvil, y su silueta se volvió menos afilada.

—Siento… aire —dijo, sorprendida—. Aire de verdad.

—Porque no estás intentando robarlo —dijo Naira—. Lo estás recibiendo.

La bruma se inclinó hacia ella.

—¿Y mi hambre?

—Puede volverse deseo de cuidar sin poseer —dijo Naira, con la voz temblorosa pero firme—. Es más difícil. Pero dura más.

La fileuse guardó silencio. Luego, muy despacio, retiró su mano de bruma del cuenco, como quien se aparta de algo frágil para no romperlo.

—No quiero destruir vuestro taller —admitió—. Quería apagar el dolor… aunque fuera apagando todo lo demás.

Arelia exhaló, como si hubiera estado conteniendo el aire desde hacía horas.

—Eso también es sinceridad —dijo.

Capítulo 7: Una puerta nueva

El ritual no terminó con fuegos artificiales. Terminó con algo más raro: calma.

La fileuse ya no parecía un remolino desesperado. Seguía siendo bruma, sí, pero ahora la bruma tenía bordes suaves, como una bufanda. El taller dejó de parpadear; las fiolas volvieron a su brillo constante.

—¿Qué pasará ahora? —preguntó Naira.

Arelia cerró el libro.

—Has tejido un vínculo temporal —explicó—. Una puerta pequeña, no a una persona, sino a un lugar: este taller. Mientras lo respetes y ella lo respete, podrá venir a respirar Lumen sin robarlo.

La fileuse observó las estanterías, los frascos, la lámpara de llama fría.

—No me merezco tanta luz —murmuró.

Naira se encogió de hombros.

—La luz no es un premio. Es una herramienta. Y si la usas para no hacer daño… ya es bastante.

La fileuse la miró, y por primera vez su voz no sonó como amenaza.

—Bruja magnánima… ¿me enseñarás a no apretar?

—Si tú me enseñas a reconocer cuándo alguien tiene miedo —dijo Naira—. Porque yo, a veces, me lanzo a ayudar y olvido preguntar.

La fileuse hizo un gesto, como un asentimiento hecho de neblina.

—Trato.

Arelia tosió.

—Y yo os enseñaré a limpiar después. La magia suave también incluye recoger tus propios desastres.

Naira sacó su bolsita de galletas.

—¿Galleta? —ofreció a la fileuse antes de pensar si una criatura de bruma podía comer.

La fileuse acercó la mano. La galleta no desapareció, pero su olor a mantequilla se mezcló con la niebla y el taller olió, de pronto, a merienda en día lluvioso.

—Curioso —dijo la fileuse—. No puedo masticarla, pero puedo… recordarla.

—Eso cuenta como disfrutar —dijo Naira, satisfecha.

Cuando Naira regresó a su cuarto, el aire se sentía distinto, como si hubiera más espacio. En la mesa no había hilos inquietos, solo su cuaderno abierto por una página en blanco.

Escribió: “Hoy aprendí que la magia suave no es débil. Es valiente. Y que los vínculos invisibles se cuidan con paciencia, no con tirones.”

Luego añadió, con letra más pequeña: “También aprendí que una escoba puede ganar una pelea.”

Esa noche, al dormirse, Naira soñó con un cuenco que cantaba y con una ventana abierta. La bruma, en el sueño, no entraba a la fuerza: se asomaba, preguntaba con educación y, cuando alguien decía “sí”, pasaba despacio, como una visita que trae silencio bueno en lugar de susto.

Y el misterio, al fin, dejó de ser una amenaza y se volvió una lección: entre lo ordinario y lo extraordinario hay hilos. No se ven, pero se sienten. Y, si los tratas con bondad, pueden sostener más de lo que imaginas.

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Alambique
Un recipiente de vidrio que sirve para calentar y separar líquidos en la alquimia.
Fiola
Un frasco pequeño para guardar líquidos o pócimas en el taller.
Alquimia
Una antigua práctica que combina química simple y magia para crear remedios y pociones.
Alquimista
La persona que trabaja con pociones, frascos y experimentos mágicos en el taller.
Fileuse de brumas
Una criatura que teje y maneja niebla, como si la hilara con sus manos.
Lumen Suave
Un tipo de magia luminosa y delicada usada para curar o calmar sin forzar.
Cerrojo
Una pieza de metal que cierra una puerta y se abre con llave o palabra.
Mosaico
Un dibujo hecho con muchas piezas pequeñas en el suelo o en la pared.
Ritual
Un conjunto de pasos y palabras que se hacen para lograr un efecto mágico.
Vínculo
Un lazo o unión entre personas o cosas que las conecta de verdad.
Bruma
Niebla ligera, una nube baja que cubre y suaviza las formas.
Hebra
Un hilo delgado, literal o figurado, que se puede usar para tejer o unir.

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