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Cuento de viaje en el tiempo 11/12 años Lectura 24 min.

La pasarela entre dos fechas

Aina activa por curiosidad una pasarela temporal que conecta 1926 y 2026; junto a Teo deberá aprender prudencia para evitar que las dos épocas se mezclen.

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Una niña de 12 años con coleta alta, pecas, ojos grandes, sudadera verde y vaqueros, expresión sorprendida y decidida, sostiene una pequeña pieza cilíndrica brillante con la mano derecha y se agarra a la barandilla de vidrio con la izquierda; un niño de unos 12 años, pelo castaño despeinado y mono azul de técnico, atento y precavido, manipula una placa metálica a pocos pasos en la misma pasarela ayudando desde el lado moderno; un hombre mayor de unos 60 años, don Eusebio, con traje antiguo, sombrero oscuro y paraguas cerrado bajo el brazo, está abajo en la plaza vintage, sorprendido y vacilante, mirando la pasarela; la escena ocurre en una pasarela de vidrio suspendida entre dos torres altas, estructura metálica brillante con reflejos del cielo azul y fisuras donde se superponen dos escenas —una plaza de los años 1920 con carros y gente y, sobre ella, calles modernas con pantallas LED y patinetes eléctricos visibles a través del vidrio—; el puente medio abierto entre épocas, una luz parpadeante y el aire ondulante crean tensión: la niña está a punto de cruzar con la pieza, el chico la asiste desde el lado moderno y el hombre del pasado observa desde abajo; colores vivos, contrastes fuertes, texturas de cel shading simples, lineart fluido y curvas exageradas tipo rubber hose, expresiones claras y composición dinámica con la niña en el centro. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La pasarela que zumbaba

Aina tenía doce años y una costumbre peligrosa: meterse donde no la llamaban, pero con una sonrisa tan franca que casi siempre la perdonaban.

Aquella tarde, el cielo estaba limpio y azul, y el edificio de las dos torres brillaba como un par de lápices gigantes. Entre ellas, a muchos metros del suelo, colgaba una pasarela de cristal y metal. Aina la había visto desde abajo mil veces, pero ese día estaba más cerca que nunca.

—Solo quiero mirar —se dijo, apretando la barandilla de la escalera de servicio.

No era una escalera “prohibida” con un cartel enorme, pero sí era de esas que huelen a pintura vieja y a secretos. Aina subió contando escalones para no pensar en la altura.

Al llegar, la pasarela parecía un puente hacia el aire. El suelo transparente dejaba ver la plaza como un tablero de juego. Aina tragó saliva, fascinada.

Entonces lo oyó: un zumbido suave, como el de un mosquito educado.

En el centro de la pasarela había una placa metálica con letras pequeñas y un botón redondo del tamaño de una galleta.

Aina se agachó. La placa decía: “PASARELA TEMPORAL. USO EXCLUSIVO DE PRUEBAS. NO TOCAR.”

—Claro… y yo soy una estatua —murmuró.

El botón tenía una luz que parpadeaba, insistente, como si estuviera guiñándole un ojo.

Aina miró a un lado y a otro. Nadie. Ni un guardia, ni un técnico, ni una paloma curiosa.

—Solo un toque. Uno —prometió, levantando el dedo índice como si firmara un contrato con el universo.

Lo presionó.

La luz se hizo firme. El zumbido creció, y el aire olió a lluvia recién caída. La pasarela vibró bajo sus zapatillas. Aina soltó un “¡Uy!” y se agarró a la barandilla.

El mundo se estiró como un chicle y luego… ¡clac! Todo encajó de nuevo, pero distinto.

Los ruidos de la ciudad cambiaron. Las torres seguían allí, sí, pero la plaza de abajo no era la misma.

Aina parpadeó.

—Vale… esto no estaba en el folleto —susurró.

Capítulo 2: Dos fechas, una sola pasarela

Aina caminó despacio. Cada paso sonaba más hueco, como si el aire tuviera eco. Se asomó al suelo de cristal y casi se pegó la nariz.

Abajo había coches, pero no se movían solos: parecían cajas con ruedas empujadas por cables, como juguetes muy serios. La gente vestía abrigos largos y sombreros redondos. Y, lo más raro: en una esquina, un gran cartel pintado a mano anunciaba una exposición con fecha: “Año 1926”.

—¿Mil… novecientos…? —Aina sintió que la boca se le quedaba seca—. No puede ser.

La pasarela seguía uniendo las dos torres, pero al mirar hacia la torre de la derecha, el paisaje era otro. Allí abajo se veían pantallas gigantes, patinetes eléctricos, y el mismo kiosco de helados que conocía, con su letrero moderno: “HOY”.

Aina giró sobre sí misma, mareada.

—Estoy… entre dos fechas —dijo en voz alta.

En ese momento, una voz respondió, muy cerca:

—Entre dos torres, seguro. Entre dos fechas… eso suena a que alguien tocó lo que no debía.

Aina se giró y vio a un chico de su edad, con mono azul de trabajo y el pelo revuelto como si hubiera luchado con un ventilador. Llevaba una herramienta en el cinturón y una expresión de “te lo dije” aunque no se conocieran.

—¿Quién eres tú? —preguntó Aina, intentando sonar valiente.

—Teo. Aprendiz de… bueno, de esto —señaló la placa y el botón—. Y tú eres la que acaba de activar la pasarela temporal sin pedir permiso, ¿no?

Aina se sonrojó, pero alzó la barbilla.

—Solo lo toqué. No sabía que funcionaba.

Teo soltó una risa corta.

—Funciona demasiado. Mira, regla número uno: si algo dice “no tocar”, es que alguien ya lo tocó y pasó algo.

—Gracias por la lección, profe —respondió Aina, aunque no pudo evitar sonreír.

Teo se asomó al lado “1926” y chasqueó la lengua.

—Uff. Estás viendo el borde de una ventana temporal. Normalmente es estable, pero no debería estar abierta así, a medias. Es como dejar la puerta del frigorífico entreabierta: luego todo se llena de niebla y se estropea la leche.

Aina miró el borde invisible donde el aire parecía distinto, como un cristal caliente.

—¿Y puedo… bajar? —preguntó.

Teo la miró como si hubiera pedido saltar a una piscina sin agua.

—Poder, puedes. Pero regla número dos: en un viaje temporal, tu mejor amiga es la prudencia.

—Mi mejor amiga se llama Lía —protestó Aina.

—Pues que se haga un hueco. La prudencia también cabe.

Aina soltó una carcajada nerviosa. El miedo se le aflojaba un poco con humor, como un nudo mal hecho.

—Entonces, ¿cómo lo cerramos?

Teo señaló el botón, ahora con una luz fija.

—Hay que reiniciar el puente. Pero antes… hay un problema.

—¿Qué problema?

Teo se agachó y mostró un pequeño reloj de pulsera atado a su muñeca. En la pantalla aparecían dos números que iban y venían: 1926 y 2026.

—Estamos en un punto de cruce. Si alguien cruza sin cuidado, puede llevarse algo de un lado al otro. O peor: puede dejarse a sí misma en el lugar equivocado.

Aina tragó saliva.

—Yo me quiero quedar… en mi año.

—Buena decisión —dijo Teo—. Empezamos por no complicarlo.

Y justo entonces, desde el lado de 1926, se oyó un golpe metálico y un grito:

—¡Eh! ¡Ese puente no estaba ahí esta mañana!

Aina y Teo se miraron.

—Demasiado tarde para “no complicarlo”, ¿verdad? —susurró Aina.

—Sí —respondió Teo—. Pero aún estamos a tiempo de ser prudentes… rápido.

Capítulo 3: El hombre del sombrero y el paraguas imposible

Un hombre alto apareció desde la puerta de la torre “1926”. Llevaba un sombrero oscuro y un paraguas cerrado bajo el brazo, como si fuera un bastón elegante. Sus zapatos brillaban tanto que casi reflejaban el susto de Aina.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó con voz firme, mirando el cristal bajo sus pies como quien pisa un lago congelado.

Teo levantó las manos, como diciendo “no venimos a pelear”.

—Buenos días, señor. Eh… esto es una prueba técnica.

Aina se mordió la lengua para no decir: “¿Buenos días? ¡Pero si yo venía de merendar!”

El hombre frunció el ceño.

—Prueba técnica… ¿en un puente entre torres? ¿Y por qué se ve… eso? —Señaló el lado de 2026, donde parpadeaba una pantalla gigante con un anuncio de un robot aspirador bailando.

El hombre dio un paso atrás, agarrando el paraguas con fuerza.

—Eso… es brujería.

Aina dio un paso adelante, antes de pensarlo. Audaz, como siempre.

—No es brujería. Es… ciencia —dijo, con la seguridad de alguien que ha visto vídeos de experimentos y cree que eso cuenta como diploma.

Teo le clavó una mirada de “prudencia, por favor”, pero Aina ya estaba hablando.

—Estamos en una especie de… ventana. Un puente que conecta dos fechas distintas.

El hombre la observó, extrañado.

—¿Fechas? ¿Como el calendario?

—Sí —dijo Aina—. Y si usted baja por aquí —señaló—, podría acabar en… bueno, en un lugar que le parecería muy raro.

—Más raro que esto, imposible —murmuró el hombre.

Teo se inclinó hacia Aina.

—No deberías explicar tanto.

—Pero si no entiende, va a cruzar —susurró ella.

Teo suspiró.

—Vale. Explica, pero con cuidado. Regla número tres: no cambies el pasado.

Aina asintió. Se giró al hombre del sombrero.

—Escuche… señor…

—Me llamo don Eusebio —dijo él, con cierta dignidad—. Y tengo un almacén de telas en la calle Mayor.

Aina sonrió.

—Don Eusebio. Este puente es… temporal. Si usted cruza, verá cosas del futuro. Y si se lleva algo del futuro al pasado… puede pasar un lío.

Don Eusebio levantó una ceja.

—¿Un lío?

Aina buscó un ejemplo sencillo.

—Imagine que usted se lleva un paraguas… —miró el suyo— que se abre solo, con un botón. En 1926 todos dirían “¡invento genial!” y alguien lo copiaría antes de tiempo. Eso cambia qué se inventa, cuándo y por quién.

Teo añadió:

—Y a veces el cambio se vuelve como una bola de nieve. Pequeña al principio, enorme después.

Don Eusebio apretó su paraguas normal, ofendido.

—Mi paraguas no se abre solo.

Aina señaló, sin querer, el lado de 2026, donde una tienda mostraba en su escaparate… un paraguas automático en una pantalla.

Don Eusebio siguió su dedo y abrió mucho los ojos.

—¿Eso es… un paraguas que piensa?

—No piensa —corrigió Teo—. Solo obedece. Pero el problema es el mismo.

Don Eusebio respiró hondo. Durante un segundo, pareció a punto de salir corriendo. Luego se quedó quieto, mirando con una mezcla rara de miedo y curiosidad.

—Entonces… ¿qué hago?

Aina sintió un alivio. Preguntar era mejor que correr.

—Lo prudente: no cruzar. Y, por favor, no contarle esto a nadie —dijo ella—. No es un secreto por diversión. Es… para que el tiempo no se rompa.

Don Eusebio los miró. Sus ojos se suavizaron un poco.

—Ustedes son niños.

—Y usted es un señor con sombrero —dijo Aina—. Pero aquí arriba, todos tenemos el mismo problema.

Teo sacó una pequeña tarjeta de su bolsillo. Tenía un sello y letras diminutas.

—Trabajo con el equipo de mantenimiento de la pasarela. Necesitamos que se quede en su lado, don Eusebio. Vamos a cerrar esto.

Don Eusebio dudó, pero asintió despacio.

—De acuerdo. No cruzaré. Pero… —bajó la voz— ¿puedo hacer una pregunta?

Aina y Teo dijeron a la vez:

—Depende.

Don Eusebio señaló el lado del futuro.

—¿En su época… todavía llueve?

Aina soltó una risa, sorprendida.

—Sí, llueve. Y sigue siendo igual de molesto cuando te pilla sin paraguas.

Don Eusebio pareció tranquilizarse, como si esa respuesta cosiera un hilo entre los años.

—Entonces el mundo no se acaba hoy —murmuró—. Bien.

Se dio la vuelta, despacio, y regresó a su torre de 1926, sin mirar atrás. Como quien decide dejar un libro misterioso cerrado… por ahora.

Teo exhaló.

—Bien hecho… casi.

—¿Casi? —protestó Aina.

—Hablaste mucho. Pero evitaste que cruzara. Eso fue prudente —admitió Teo—. Ahora toca cerrar esto antes de que aparezca alguien menos sensato que don Eusebio.

Aina miró el botón. La luz parecía más intensa, como si el puente estuviera impaciente.

—¿Y cómo?

Teo se agachó junto a la placa.

—Necesito una cosa del lado “hoy”. Una pieza de reinicio. Está en una caja en la otra torre. Pero el problema es que el puente está a medias: si cruzo, puedo “resbalar” de fecha.

Aina se señaló el pecho.

—Yo cruzo.

Teo la miró como si le hubiera ofrecido llevar un volcán en una mochila.

—No.

—Sí —dijo ella—. Yo fui la que lo tocó. Yo lo arreglo. Además, soy rápida.

Teo frunció los labios, pensando.

—Regla número cuatro —dijo al fin—: si cruzas, no toques nada. No hables con nadie. No mires demasiado tiempo un solo punto, como si fuera un recuerdo. Vuelves en cuanto tengas la pieza.

Aina levantó la mano como en clase.

—¿Y si me encuentro conmigo misma?

Teo palideció un poco.

—Entonces… no te acerques. Te das la vuelta. Y vuelves. Eso sí que es un lío.

Aina tragó saliva. La audacia le brillaba en los ojos, pero ahora iba acompañada de una chispa de sensatez.

—Entendido.

Y dio el primer paso hacia el lado “hoy”.

Capítulo 4: El presente se vuelve resbaladizo

El aire cambió de golpe, como cuando entras en una piscina y el cuerpo dice “¡frío!” aunque el agua esté templada.

Aina cruzó al lado de 2026. La ciudad sonaba normal: motos, risas, un perro ladrando, música lejana. Pero la pasarela seguía temblando, como si no supiera a qué año pertenecer.

Teo, al otro lado, le gritó:

—¡La caja está en el armario de mantenimiento, puerta gris, a la derecha!

Aina asintió y corrió por la pasarela hacia la torre del presente. La puerta gris estaba allí, con un candado simple. Encima, un letrero: “Mantenimiento”.

—Genial… —murmuró—. Candado.

Buscó alrededor y vio, pegada con cinta, una tarjeta con un código de emergencia. Alguien había escrito: “POR SI ACASO”.

Aina sonrió.

—Me gusta esta persona.

Tecleó el código y el candado hizo “clic” como si bostezara.

Dentro olía a polvo limpio y a metal. Había cables enrollados, una linterna, un chaleco reflectante… y una caja transparente con una etiqueta: “PIEZA DE REINICIO. NO SACAR SIN AUTORIZACIÓN”.

—Hoy todo el mundo escribe “no” para tentar —dijo Aina, sacando la pieza con mucho cuidado.

Era un cilindro pequeño, con una banda azul que latía como un corazón.

Aina lo guardó en su bolsillo como si llevara un secreto caliente.

Cuando salió, oyó voces en la pasarela del presente. Dos turistas se acercaban, mirando el suelo de cristal.

—¡Mira, se ve todo! —decía uno, emocionado.

Aina se tensó. Si ellos avanzaban, quizá verían el otro lado… 1926. Y entonces vendrían las preguntas, los móviles, los vídeos, el caos.

Se acordó de la regla: no hablar con nadie. Pero también de otra cosa: prudencia no es quedarse quieta cuando hace falta actuar.

Aina se colocó delante, sonriendo como si fuera una guía improvisada.

—Perdón —dijo—, está… en reparación. Hay vibración.

El turista frunció el ceño.

—Pero no hay cartel.

Aina señaló el aire, como si lo hubiera visto.

—Se cayó. Con el viento. Mucho viento aquí arriba, ¿sabe?

El otro turista miró el suelo y notó el temblor.

—Uy, sí. Vámonos. No quiero que mi estómago haga acrobacias.

Se alejaron, riéndose.

Aina soltó el aire que había estado guardando en los pulmones. “Bien”, pensó. “Sin discursos.”

Volvió corriendo hacia Teo. Pero a mitad de camino, algo raro pasó: el borde entre fechas se movió como una ola.

Aina frenó en seco. Delante de ella, el aire parpadeaba y, por un instante, vio la plaza de 1926 superpuesta con la del presente. Dos kioscos, dos sonidos, dos mundos apilados.

—Teo —llamó, con la voz temblorosa—. ¡El puente se está… mezclando!

Teo le respondió desde el otro lado, más fuerte:

—¡No mires abajo! ¡Mira mis manos! ¡Camina hacia mí, despacio!

Aina levantó la vista. Teo estaba de pie, firme, con los brazos abiertos como si fuera un faro.

Aina avanzó paso a paso. Cada vez que el aire parpadeaba, ella apretaba la pieza en el bolsillo, como si eso la anclara.

Entonces, de reojo, vio algo que la dejó helada: en el cristal, reflejada, había otra niña con su misma coleta.

Aina sintió un golpe en el pecho.

“¿Soy yo?”, pensó.

La otra Aina también parecía sorprendida. Levantó la mano… justo igual.

Aina recordó la regla. No te acerques. No te quedes mirando.

Cerró los ojos un segundo, respiró, y siguió caminando sin girarse.

—Eso, eso —decía Teo—. ¡No alimentes el espejo!

—¿El espejo? —susurró Aina, sin detenerse.

—Los cruces a veces crean reflejos temporales. No son “tú” de verdad… pero pueden confundirte. Si dudas, el puente duda contigo.

Aina apretó los dientes. Llegó al centro, donde el zumbido era más fuerte, y cruzó el último tramo hasta el lado de Teo.

Cuando sus pies pisaron el lado de 1926, el reflejo desapareció como una burbuja.

Aina soltó una risa nerviosa, casi enfadada.

—¡No me gusta nada que el tiempo haga bromas con mi cara!

Teo tomó la pieza de reinicio con cuidado.

—El tiempo es un bromista viejo. Por eso hay que tratarlo con respeto.

Aina lo miró.

—¿Y tú por qué sabes tanto?

Teo se encogió de hombros.

—Porque mi madre es ingeniera del proyecto. Y porque una vez… yo también toqué algo.

Aina abrió los ojos.

—¿Y qué pasó?

Teo sonrió, culpable.

—Apareció un gallo en el pasillo de casa. Del año… no preguntes.

Aina se rio, por fin de verdad.

—Vale, eso sí es una broma buena.

El zumbido subió de volumen, como si el puente pidiera que dejaran de charlar y se pusieran a trabajar.

Teo señaló la placa.

—Vamos. A la cuenta de tres. Tú mantén la mano en la barandilla, por si la vibración te desequilibra. Prudencia, ¿recuerdas?

Aina asintió y se agarró fuerte.

—Uno —dijo Teo, encajando el cilindro en una ranura que Aina no había visto.

La luz del botón cambió a un azul frío.

—Dos —Teo giró la pieza con suavidad, como si abriera una cerradura antigua.

La pasarela se tensó. El aire se volvió más claro.

—Tres —Teo presionó el botón.

Hubo un “¡pum!” suave, como el de una almohada gigante.

Y el mundo se estabilizó.

Capítulo 5: La lección del puente

De pronto, el lado de 1926 se apagó como una pantalla que se cierra. La plaza antigua desapareció y quedó solo la ciudad del presente: coches normales, pantallas, el kiosco de helados, todo en su sitio.

Aina respiró como si acabara de salir de una carrera.

—¿Ya está? —preguntó.

Teo miró la placa. Ahora decía: “PASARELA EN MODO SEGURO. VENTANA CERRADA.”

—Ya está —confirmó—. Cerrada.

Aina se dejó caer sentada, pegando la espalda a la barandilla. El viento le revolvió la coleta.

—Creí que iba a quedarme atrapada en… no sé, en un año con sombreros obligatorios.

Teo se sentó a su lado.

—Los sombreros no son tan malos. Lo malo es cambiar cosas sin entenderlas.

Aina miró el cristal bajo sus pies. La plaza parecía de nuevo un tablero conocido. La gente caminaba sin saber que, hace un momento, ese mismo espacio había sido dos épocas a la vez.

—Yo solo quería mirar —dijo Aina, con voz más baja—. Me dio curiosidad.

Teo no sonó enfadado. Sonó serio, pero tranquilo.

—La curiosidad es buena. Es el motor de los exploradores. Pero tiene que ir con un cinturón de seguridad: la prudencia.

Aina soltó una risita.

—¿Y si mi curiosidad es un cohete?

—Entonces tu prudencia tiene que ser… el casco —respondió Teo—. Y el mapa. Y la persona que dice “no aterrices en un volcán”.

Aina lo miró, pensando en el reflejo que había visto.

—Cuando vi… mi cara… casi me quedo congelada. Si me hubiera acercado, ¿qué hubiera pasado?

Teo se frotó la nuca.

—A veces no pasa nada. A veces el cruce se vuelve más inestable. Y a veces… te lías tú misma. Empiezas a dudar de qué hiciste y cuándo. Y el tiempo odia las dudas, porque se cuela por ellas.

Aina se quedó callada un momento, escuchando el viento.

—Entonces, la lección es: no tocar botones misteriosos.

Teo levantó un dedo.

—Y también: si ya lo tocaste, no lo escondas. Pide ayuda. Actúa con calma. Y piensa en los demás.

Aina asintió despacio.

—Don Eusebio… parecía a punto de desmayarse.

—Pero confió —dijo Teo—. Y tú fuiste clara. Eso también arregla cosas.

Aina sonrió, orgullosa y aliviada.

—¿Y ahora qué hacemos?

Teo se levantó, sacudiéndose el polvo del pantalón.

—Ahora bajamos. Y tú… prometes algo.

Aina se puso de pie también.

—¿Qué?

Teo señaló la placa.

—Que no vuelves sola. Si algún día quieres aprender de verdad, lo haces con supervisión. Con permiso. Con un plan. Con agua. Con todo.

Aina soltó una carcajada.

—¿Con agua?

Teo la miró serio, pero con un brillo divertido.

—Cuando el tiempo te hace correr, se te olvida lo básico. Y nadie piensa bien con la garganta seca.

Aina levantó la mano, como jurando.

—Lo prometo. No más botones sin permiso. Curiosidad con casco.

Teo sonrió.

—Bien. Y por si acaso… —sacó un rotulador del bolsillo y escribió algo en una pegatina que encontró en el suelo—.

La pegó justo al lado del botón. Decía: “SI TOCAS, TE TOCA ARREGLARLO. CON PRUDENCIA.”

Aina lo leyó y se rio.

—Eso sí lo entiendo.

Bajaron por la escalera de servicio. Cada escalón parecía llevarlos más cerca del mundo normal, ese que no se dobla como un chicle. Aina notaba todavía el zumbido en los oídos, como un recuerdo eléctrico.

Cuando salieron al vestíbulo, la luz del atardecer entraba por las puertas giratorias. La vida seguía, tranquila, como si nada.

Aina miró hacia arriba, hacia las torres.

—Teo —dijo—. ¿Crees que el tiempo… nos miró?

Teo se encogió de hombros.

—Si nos miró, espero que haya visto que aprendiste.

Aina sonrió.

—Yo también.

Capítulo 6: Un vaso de agua y el ahora

En la plaza, Aina sintió por fin el cansancio en las piernas, como si su cuerpo hubiera esperado a estar a salvo para quejarse.

Teo la acompañó hasta una fuente moderna, de esas que tienen un botón grande y un chorro fino.

Aina lo miró con desconfianza.

—Hoy no toco botones.

Teo se rió.

—Este sí. Prometo que no te manda a 1926.

Aina lo presionó con cuidado. El agua salió fresca, transparente, con un sonido alegre. Llenó un vaso de papel que alguien había dejado en un dispensador cercano.

—Qué bien huele el agua cuando no huele a nada —dijo Aina, y bebió.

El frescor le bajó por la garganta como una cuerda fría que la sujetaba al presente. Al “ahora” de verdad.

Aina suspiró, feliz.

—Esto sí que es ciencia: el agua llega y te arregla por dentro.

Teo asintió.

—Y sin paradojas.

Aina miró el reflejo de las torres en el agua del vaso. Dos líneas rectas, firmes, unidas por una pasarela que, desde abajo, parecía normal. Como si no guardara ningún secreto.

—Voy a contarle a Lía… pero solo que hoy aprendí a ser prudente —dijo Aina.

—Eso sí puedes contarlo —respondió Teo—. Lo bueno de las lecciones es que no rompen el tiempo.

Aina dio otro sorbo, y sonrió con la boca llena de frescura.

El presente estaba justo donde debía: en sus manos, en su vaso de agua, y en ese “clic” interior que decía, por fin, “piensa antes de tocar”.

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Pasarela
Puente estrecho que une dos lugares y por donde se camina.
Zumbido
Ruido continuo y suave, como el sonido de un insecto o motor.
Placa
Placa metálica con información o instrucciones fijada en un objeto.
Botón
Pequeña pieza que se presiona para activar algo o dar orden.
Ventana temporal
Apertura que conecta dos momentos distintos en el tiempo.
Cruce
Lugar o momento donde se encuentran dos caminos o tiempos diferentes.
Pieza de reinicio
Parte técnica que sirve para volver a poner algo en funcionamiento.
Reflejada
Imagen que aparece en una superficie brillante, como un espejo o cristal.
Estable
Que no cambia y se mantiene firme o sin movimiento brusco.
Prudencia
Actuar con cuidado y sentido común para evitar problemas.
Vibración
Movimiento rápido y pequeño que se siente o se oye en un objeto.

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