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Cuento de viaje en el tiempo 11/12 años Lectura 19 min. Disponible en audiocuento (1)

Entre ayer, hoy y mañana

Lucía y sus amigos descubren una brújula mágica que les permite viajar a diferentes tiempos, donde aprenden la importancia de la paciencia y cómo sus acciones pueden afectar tanto el pasado como el presente. A medida que exploran, se dan cuenta de que el tiempo es un camino que hay que recorrer con calma y reflexión.

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Hay 4 niños: - Lucía: una niña de 10 años con cabello largo castaño y ojos brillantes. Lleva un vestido amarillo con flores y sostiene una misteriosa brújula de bronce en sus manos. - Mateo: un niño de 11 años con cabello corto y despeinado, lleva una camiseta azul y pantalones cortos. Está inclinado hacia adelante, curioso, con una sonrisa traviesa en el rostro. - Sara: una niña de 10 años con gafas redondas y cabello castaño recogido en una coleta. Lleva un suéter verde y observa atentamente la brújula, con las cejas fruncidas. - Iker: un niño de 11 años con cabello rubio y una gorra roja. Está sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, dibujando flechas en una piedra con un trozo de carbón. El lugar es una biblioteca antigua, con grandes estanterías de madera oscura llenas de libros de cubiertas coloridas. La luz dorada del sol se filtra a través de las ventanas, iluminando el polvo en el aire. La situación principal muestra a los niños reunidos alrededor de la brújula misteriosa, sus rostros iluminados por la emoción. La brújula gira lentamente y granos de arena dorada se escapan, creando una atmósfera mágica. Los niños están cautivados, listos para sumergirse en una aventura a través del tiempo. reportar un problema con esta imagen

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DuraciĂłn del audiocuento: 21:00

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La brĂşjula de arena

Lucía abrió el cajón secreto de la biblioteca del colegio porque sonaba hueco. Empujó con el dedo y la madera cedió con un suspiro. Dentro había un objeto redondo, de bronce, con un cristal que guardaba arena dorada. Parecía una brújula, pero en lugar de puntos cardinales tenía tres palabras: AYER, HOY, MAÑANA. En el canto, grabado con letras finas, se leía: “El camino se ve mejor si esperas”.

—Parece un juguete —dijo Mateo, que siempre quería probarlo todo primero.

—No es un juguete —replicó Sara, tocando el cristal—. Mira cómo la arena se mueve sola.

Iker acercĂł la cara como si fuera a olerla.

—Huele a tostadas —bromeó—. O a playa. Las dos cosas me gustan.

LucĂ­a mirĂł alrededor. La bibliotecaria no estaba; ya se habĂ­a despedido. Era tarde. La luz entraba baja y naranja por las ventanas. La brĂşjula pesaba justo lo suficiente para parecer importante. Ella pasĂł el dedo por la palabra HOY. La arena se arremolinĂł y el bronce se templĂł en su mano.

—Si es una brújula, que nos enseñe el norte —dijo Mateo.

—No tiene norte —observó Sara—. Tiene tiempo.

—Eso es mejor que el norte —sonrió Iker—. ¡Vamos a ver si anda!

LucĂ­a tragĂł saliva. No querĂ­a romper nada. Tampoco querĂ­a guardar aquello sin saber. Lo puso en el suelo, en el centro de un cĂ­rculo de luz. Les hizo un gesto a sus amigos.

—Todos a la vez —dijo—. Manos encima. Y no os mováis. Si algo pasa, respiramos despacio. Sin prisa.

—Qué manía con la paciencia —bufó Mateo, pero obedeció.

Los cuatro posaron las manos sobre el cristal. La arena giró, giró más, hasta convertirse en un torbellino dorado. El aire olía ahora a tierra mojada. Lucía notó cosquillas en los dedos, como si una corriente suave les acariciara.

—No soltéis —susurró—. Esperad.

El torbellino fue perdiendo fuerza. La arena se asentó al fin con un pequeño latido. El suelo vibró lo justo como para que los libros susurraran en sus estantes. Lucía abrió los ojos. La mesa de préstamos ya no estaba. La biblioteca no era la biblioteca. Seguían en una sala con estanterías, sí, pero eran de madera tosca y estaban llenas de rollos atados con cintas. Por la ventana se veía un cielo limpio y muy azul. Se oían cascos de caballos. Y a lo lejos, el rumor de un río.

—No estamos en HOY —dijo Sara, apretando los labios y mirando la palabra AYER, que brillaba flojito en el borde.

—Estamos en ayer fuerte —añadió Iker, que siempre inventaba escalas.

—Respirad —dijo Lucía, con ganas de reír y de correr a la vez—. Esto es real. Y va a estar bien si no nos precipitamos.

El salto a la calzada

Salieron con cuidado. La puerta de la sala daba a un patio con un pozo y un gato que los miró como si supiera cosas. Cruzaron el arco y se encontraron con una calle de tierra. Gente con túnicas, con capas. Un carro chirrió al pasar. Un hombre con un haz de leña les saludó con la cabeza, sin extrañarse. Tal vez los veía como niños de allí, pensó Lucía. Quizá el tiempo, además de mover, disfraza.

—¿Eso es el río? — preguntó Mateo, señalando un brillo.

Siguieron la bajada hasta el agua. No habĂ­a puente. El rĂ­o era ancho, pero en el centro no parecĂ­a profundo. A la orilla, un chico de su edad clavaba un palo y dibujaba con carbĂłn una flecha negra en una piedra plana.

—Por aquí, el vado —decía a una mujer que llevaba una cesta—. Sigue las flechas. Mira, mira, ¿ves que no hay remolino?

LucĂ­a se acercĂł demasiado silenciosa.

—¿Eres tú el que muestra el camino? —preguntó, justo detrás.

El chico dio un salto y se le cayĂł el carbĂłn al agua.

—¡Me has asustado! —se le escapó, con una mezcla de risa y susto—. Sí, soy yo. Bueno, casi. Ayudo a mi tío. Hay viajeros que se meten donde el río honda y luego hay que sacarlos con cuerda.

Mateo se agachĂł para rescatar el carbĂłn. Iker le sujetĂł la capucha.

—No te caigas tú, por favor.

La arena de la brĂşjula, que LucĂ­a guardaba en una bolsa, estaba tibia, como si supiera que era un tiempo que debĂ­a durar.

—¿Puedo? —preguntó Lucía, tomando un pedacito de carbón del suelo.

Dibujó otra flecha en la siguiente piedra, igual que el chico, pero al terminar trazó además dos puntitos a la izquierda.

—¿Y eso? —se interesó él, inclinando la cabeza.

—Para que se vea de lejos —explicó Lucía—. Si te pierdes un momento, los puntos te recuerdan que miras del lado correcto. Así seguimos todos el mismo camino.

El chico sonriĂł. Le brillaron los ojos como un rĂ­o al sol.

—Me gusta. Doble aviso. No se lo he visto a nadie. Me llamo Gil.

—Yo soy Lucía, y ellos, Mateo, Sara e Iker.

Gil siguiĂł clavando palos y dibujando flechas con puntos. La mujer con la cesta cruzĂł despacio por el vado, paso a paso, siguiendo los signos. Incluso una vaca obedeciĂł, lo cual a Iker le pareciĂł un milagro.

—No es magia —dijo Gil—. Es paciencia. Mira el agua. Si te paras a ver cómo se mueve, te cuenta por dónde quiere que pases.

—Eso también sirve para las mates —murmuró Sara, como si tomara nota.

El sol se moviĂł un poco. La arena en la bolsa de LucĂ­a empezĂł a enfriarse. Un latido leve le indicĂł que el salto siguiente se preparaba.

—Nos tenemos que ir —dijo ella, sin quererlo de verdad—. Gracias por… mostrar el camino.

Gil hizo un gesto con la mano, como si dibujara una Ăşltima flecha.

—Y si volveis, traed más ideas para no perdernos.

LucĂ­a sonriĂł. ContĂł hasta diez. Puso la bolsa en el suelo, llamando a los otros. De nuevo, manos juntas, respiraciĂłn lenta. La arena girĂł un instante y, cuando se posĂł, el rĂ­o ya no estaba.

Huella en la fuente

Volvieron a su plaza, o eso creyeron al principio. Había gente con ropa como la suya, y un niño en patinete les hizo una cabriola al cruzar, como si fuera el mismo de todas las tardes. Pero algo raro se oía. El agua de la fuente caía de forma desordenada, golpeando la piedra como si estuviera enfadada. Se acercaron. El mascarón de la fuente, que ellos conocían como un pez risueño, tenía la boca torcida hacia un lado. El chorro pegaba en el borde y salpicaba el suelo sin llenar bien el pilón.

—Qué feo —dijo Mateo—. Antes estaba mejor. Y me bañaba los dedos sin mojarme la camiseta.

—Antes… —repitió Sara, señalando una placa de la calle—. ¿Y eso?

La placa decía “Calle de las Flechas Con Puntos”. Debajo, una pintada pequeña: dos puntos junto a una flecha negra. Lucía sintió un cosquilleo raro. Habían dejado una marca en el pasado que había llegado hasta su presente. No estaba mal… pero el pez torcido no le gustaba nada.

—Tal vez tocamos algo —aventuró Iker—. O tal vez alguien se olvidó de poner una pieza.

Lucía sacó la brújula. La palabra HOY se veía, pero junto a ella, muy tenue, parpadeaba ANTES (no estaba escrita, y sin embargo ella la entendió, como si el bronce lo susurrara). Acarició el cristal. La arena se movió suavemente, pidiéndoles paciencia.

—Podemos ir —dijo—. Ver cómo la colocaron. Si ayudamos un poco, quizá el pez se enderece. Pero sin cambiar lo que no debamos.

—¿Cómo se sabe eso? —preguntó Mateo.

—Con calma —contestó Sara—. Viendo y escuchando.

El salto fue corto. Olió a cal recién hecha y a taller. Se encontraron en una habitación con paredes llenas de herramientas. Una mujer mayor, con manos de piedra y ojos de cielo, ajustaba un tubo de bronce dentro de la boca del pez. Tarareaba. Sus dedos iban despacio, como quien no quiere asustar al tiempo.

—El agua no es obediente si la apuras —dijo, sin mirarlos—. Hay que pedirle el favor con buena cara.

—¿Necesita ayuda? —preguntó Lucía.

—Necesito tiempo —respondió la mujer, con una sonrisa—. Aguantad aquí, por favor.

Les tendió un cilindro pequeño, un pasador de bronce. Era liso, brillante. Lucía lo tomó. Pesaba menos de lo que parecía.

—Ese perno mantiene derecha la boca —explicó la mujer—. Si lo metes de golpe, se atasca y escupe. Hay que girarlo con paciencia. Un cuarto. Dos cuartos. Escucha el agua. Ella te dice cuándo.

LucĂ­a sostuvo el pasador mientras la mujer alineaba. Mateo quiso apretar, pero Sara le puso una mano en el brazo. Iker se puso a contar en voz baja, como si fuera un conjuro. La mujer girĂł, parĂł, girĂł. El agua hizo un sonido dulce, como cuando se saluda a un amigo de verdad.

—Así —dijo ella—. ¿Ves?

Un golpe en la calle hizo que todos miraran. Fue un segundo. Al volver, LucĂ­a vio que el pasador habĂ­a desaparecido de sus dedos. Se palpĂł el bolsillo y lo encontrĂł allĂ­, colado por un descuido.

—Lo siento —susurró.

—Las cosas buscan bolsillos —rió la mujer—. Pero también saben volver a su sitio.

LucĂ­a devolviĂł el pasador. La mujer lo encajĂł. El pez parecĂ­a ahora sonreĂ­r de verdad. La arena de la brĂşjula vibrĂł otra vez, llamando.

—Gracias —dijo Lucía.

—Gracias por esperar —contestó la mujer—. Dadme tiempo, y el agua os contará cuentos.

El salto los llevĂł de nuevo a la plaza. El pez lanzaba su chorro limpio. Mateo metiĂł los dedos y no se mojĂł la camiseta.

—Magia —dijo Iker.

—Paciencia —corrigió Sara.

La casa de los rumbos

La brújula pesaba menos. O más. Era difícil de explicar. Tenía la sensación de que quería enseñarles algo más. Lucía volvió a acariciar el cristal. MAÑANA brilló como una luciérnaga. Los cuatro se miraron. No hacía falta decirlo. Respiraron hondo y hicieron el gesto que ya era suyo. La arena danzó. De pronto, las paredes de la biblioteca se alzaron cambiadas, grandes, blancas, con pantallas, con niños de excursión y una guía con pelo plateado y voz que calmaba.

—Bienvenidos a la Casa de los Rumbos —anunció—. Aquí contamos cómo aprendimos a ver el tiempo en los caminos.

Lucía apretó el brazo de Mateo. Estaban en el mismo edificio… años después. Un cartel explicaba la historia de su ciudad con dibujos: flechas antiguas, flechas con puntos, vados, puentes, una fuente sonriendo. Había una vitrina en el centro con una base de terciopelo. Y en la base, una etiqueta: “Brújula de arena (origen desconocido). A veces aparece. A veces se pierde. Regresó por última vez gracias a manos pacientes.”

La vitrina estaba vacĂ­a.

—Eh —susurró Iker—. ¿Manos pacientes? ¿Somos…?

La guía con pelo de plata se acercó a un grupo de niños y puso una mano en el suelo. Las luces formaron una línea suave, delgada, que serpenteba entre vitrinas, marcando un recorrido.

—Seguid la luz —les dijo—. Os muestra el camino sin empujaros.

LucĂ­a se quedĂł quieta, mirando la etiqueta vacĂ­a.

—Se espera que vuelva —murmuró.

—Y que volvamos nosotros —añadió Sara, muy seria.

La guĂ­a pasĂł junto a ellos y les sonriĂł sin sorpresa, como si los conociera de siempre, o de todavĂ­a.

—El tiempo es como la masa del pan —les dijo—. Si la apuras, se hunde. Si la dejas, crece y huele bien. Cuando algo debe volver, vuelve. Pero hay que dejarle hueco.

—¿Y si alguien la coge sin permiso? —preguntó Mateo, mirando la vitrina vacía.

—Entonces aparece otra vez en el cajón donde empezó su viaje —contestó la guía—. O en el bolsillo de quien aprendió a esperar. Depende.

LucĂ­a notĂł que la brĂşjula, en su bolsa, latĂ­a con calma. Supe que la etiqueta hablaba de ellos. Y que la historia, como las flechas con puntos, se leĂ­a mejor de lejos.

—Volvamos —dijo.

La paradoja paciente

Decidieron que harĂ­an dos cosas. Una, devolver el pasador de bronce al taller, al momento exacto. Dos, volver al presente y colocar la brĂşjula en el cajĂłn donde la habĂ­an encontrado. No habĂ­a prisa. Pero sĂ­ habĂ­a un tiempo.

—¿Y si se nos escapa la hora buena? —preguntó Mateo, nervioso—. ¿Y si no encaja?

—Nos sentamos, respiramos y esperamos a que encaje —dijo Sara—. Como con el pez.

Iker se inventó un reloj con los dedos. Lucía abrazó la bolsa. El primer salto los llevó de vuelta al taller. La mujer mayor no estaba. En la mesa, sin embargo, había un montón de piezas, y una nota, doblada. Lucía la abrió. La letra era firme. Decía: “No os preocupéis. Las cosas vuelven. Con paciencia.”

—Nos conoce —susurró Iker, entre serio y contento.

Lucía colocó el perno de bronce en el cuenco donde faltaba, con el cuidado con que se deja dormir a un gato. Encajó justo. No hizo sonido. O tal vez hizo uno tan pequeño que sólo el tiempo lo oyó. Salieron de puntillas. Afuera, el mundo siguió igual.

El segundo salto fue al HOY. Al hoy de verdad. La biblioteca se veía como la primera vez. El sol entraba por las ventanas. La bibliotecaria estaría volviendo del café. Pero todavía no. Tenían unos minutos. El cajón secreto esperaba, oscuro y tímido.

Lucía puso la brújula sobre la mesa. La arena giraba, lenta. Nunca la había visto tan lenta. Parecía un gato que decide dónde va a dormir. Mateo se paseaba. Sara contaba las vueltas en silencio. Iker hizo un chiste de susurro, dos, luego se calló como si también la arena pudiera reírse.

—Cuando la arena se pare del todo —dijo Lucía—, la guardamos. No antes.

Pasó un minuto. Luego otro. Un coche pitó en la calle. Un pájaro se posó en el alféizar, miró, se fue. La arena casi se había asentado, pero aún no del todo.

—Ahora —susurró Mateo, alargando la mano.

—Todavía no —lo paró Lucía, con una mirada—. Falta un grano.

Sara sonriĂł. Iker le dio un codazo a Mateo, suave.

El Ăşltimo grano cayĂł. Fue un sonido imaginario, como una idea que encuentra su sitio. LucĂ­a abriĂł el cajĂłn secreto. DeslizĂł la brĂşjula dentro. TocĂł la madera. No la empujĂł. La dejĂł. Hubo un clic muy leve. El mismo suspiro con el que se habĂ­a abierto por primera vez.

—Ya está —dijo.

Y lo estaba. Se oyó la voz de la bibliotecaria en el pasillo, saludando a alguien. La mesa de préstamos volvió a ser su mesa de siempre. La luz tenía el color exacto del presente.

—¿Creéis que alguien se dará cuenta? —preguntó Iker.

—De que la arena duerme donde debe —respondió Sara—. Sí. Alguien lo sabrá. Aunque no sepa que lo sabe.

—Yo sí me doy cuenta de otra cosa —dijo Mateo, sacando unas migas del bolsillo—. Ahora tengo hambre.

Lucía rió. Miró a sus amigos y pensó en todas las veces que querrían correr, apretar, llegar ya. Pensó en Gil, en las flechas con puntos. Pensó en la mujer del taller y su pasador. Pensó en la guía y su camino de luz. Pensó en que el presente era, a veces, un lugar al que también había que volver.

—Vamos a la plaza —propuso—. Me apetece escuchar el agua.

El pez que sonriĂł

Salieron con las mochilas, con los pasos como cuando vuelves de un viaje que nadie ha visto pero tú no puedes olvidar. En la plaza, el pez sonreía y lanzaba el chorro en un arco limpio. Un niño en patinete pasó otra vez, esta vez más despacio, y los saludó como si fueran viejos conocidos. En la pared, la placa seguía igual: “Calle de las Flechas Con Puntos”. Debajo, alguien había pegado una pegatina con dos puntitos y una flecha. Al lado, otra flecha señalaba el camino a la biblioteca.

—¿Te imaginas que Gil ve esto? —dijo Iker.

—Lo verá —respondió Lucía—. A su manera. O alguien se lo contará. Entre ayer, hoy y mañana se cuentan cosas.

Se sentaron en el bordillo. El agua caía con ese sonido que parece un secreto despierto. Sara se quitó el reloj de pulsera y lo puso al sol para que brillara. Mateo compartió galletas. Iker las partió en cuartos “para que sean más largas”. Lucía cerró los ojos un segundo. Vio la brújula en su cajón. Vio la vitrina del futuro, por fin llena. Vio, sobre todo, que todo tenía un sitio. También el tiempo.

—Aprendimos una cosa muy simple —dijo al fin—. Que apretar no sirve. Que esperar hace ver.

—Y que las vacas también siguen flechas —añadió Iker.

Rieron. Cuando se levantaron, la tarde estaba en ese punto perfecto que no pide prisa. Caminaron despacio, como quien no quiere perderse nada. Al pasar junto a la biblioteca, Lucía apoyó la mano en la puerta de madera, suave, agradecida. Dentro, en su sitio, la brújula descansaba. No había luces mágicas ni música. Sólo el presente en su lugar.

Y eso bastaba. Porque el mayor viaje, a veces, es volver, y colocar lo que toca en su lugar. Y vivir, con paciencia, el camino de hoy.

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El cuestionario: Âżhas entendido bien el cuento?

CajĂłn
Un tipo de caja o compartimento donde se guardan cosas.
BrĂşjula
Instrumento que muestra la direcciĂłn con respecto al norte.
Torbellino
Movimiento rápido y en espiral de algo, como aire o agua.
Perno
Elemento de metal que se usa para unir o sujetar cosas.
MascarĂłn
Escultura o figura que adorna una fuente o edificio, a menudo con forma de cara.
Terciopelo
Un tipo de tela suave y rica que tiene un acabado lujoso.

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